El cambio climático por causas antropogénicas que difieren de la variabilidad climática regular, fue el
capítulo central de la Conferencia de las Naciones Unidas
sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, celebrada en Río de
Janeiro en junio de 1992. Allí se aprobó la
Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio
Climático, donde se establece como objetivo final la
estabilización de la concentración de gases de efecto
invernadero en la atmósfera a niveles que impidan
interferencias peligrosas de origen humano en el sistema
climático y en un plazo suficiente para permitir que los
ecosistemas se adapten naturalmente al cambio.
Para el logro de ese objetivo se fijan obligaciones diferenciadas.
A los países desarrollados, del este europeo y de la ex
Unión Soviética se les exige volver a los niveles de
emisiones con efecto invernadero correspondientes a 1990. A los
países en desarrollo se les exige confeccionar sus inventarios
nacionales de gases de efecto invernadero.
La primera conferencia de las partes signatarias de esta
Convención se celebró en Berlín, en marzo de
1995. En la tercera reunión (en Kioto, Japón, en
diciembre de 1997) las partes aprobaron el llamado “Protocolo de
Kioto”. En noviembre de este año, Buenos Aires será la
sede de la cuarta reunión.
Metas cuantitativas
Mientras los objetivos de la Convención Marco de Río
aparecían como expresiones de deseo, el Protocolo de Kioto
introduce compromisos cuantitativos de reducción de gases de
efecto invernadero y avanza sobre la discusión de mecanismos
para efectivizar esas reducciones.
La idea es terminar fijando metas cuantitativas de emisión
per cápita en todo el mundo e institucionalizar una bolsa
mundial donde empresas y estados puedan negociar de manera
transparente derechos de emisión de gases de efecto
invernadero.
Las reglas previstas en el mecanismo de desarrollo sustentable van
a permitir una transferencia de recursos a los países en
desarrollo, teniendo en cuenta que tienen relativamente bajas
emisiones per cápita.
En la reunión de Buenos Aires se va a avanzar en la
definición de los mecanismos de comercio mencionados y en el
difícil tema de la verificación y el cumplimiento de
los compromisos.
La emisión mundial de dióxido de carbono procedente
de la utilización de combustibles fósiles fue de unos
6.000 millones de toneladas en 1990. Sin Protocolo de Kioto, una
proyección del Ministerio de Industria y Comercio de
Japón pronostica para el 2020 un aumento de las emisiones a
9.500 millones de toneladas. Estados Unidos, que en 1990 era
responsable de emitir unos 1.300 millones de toneladas, en el 2020
pasará a emitir cerca de 2.000 millones. Esto da una idea de
la envergadura del esfuerzo que debe hacer el mundo para estabilizar
las emisiones en torno de los valores de 1990.
El impacto económico
Las consecuencias económicas de las metas ambientales de
Kioto no han sido adecuadamente evaluadas, pero ya no se puede
subestimar la voluntad política de seguir adelante.
La industria petrolera debe comenzar a analizar escenarios
alternativos post-Kioto.
¿Es imaginable que en el 2010 el principal consumidor de
petróleo del mundo esté demandando menos crudo que en
1997? ¿Qué escenario de precios acompaña esa
posibilidad? ¿En cuánto hay que gravar los combustibles
fósiles en el mundo desarrollado para alcanzar las metas de
Kioto? ¿Cuál es la incidencia de este escenario sobre las
inversiones de la industria petrolera? Incógnitas de fin de
siglo.
