Una de las manifestaciones más evidentes de la crisis
económica internacional es la fuerte caída en los
precios de los commodities. En ese sentido, la reciente
actualización que hizo el FMI del índice de precios en
dólares muestra que para el conjunto de los productos
primarios los precios cayeron, en promedio, casi 23% entre junio de
1997 y el mismo mes de 1998. Si se excluye el petróleo, la
reducción alcanza a casi 19%.
La fuerte caída en los precios externos de los commodities
está asociada, principalmente, a la etapa recesiva en que se
ha sumido la mayoría de las economías del sudeste
asiático y Japón, grandes demandantes de esos
productos. Y, lo que es peor, no se avizora por el momento una
rápida salida de esa situación.
Pero la cuestión no termina ahí. Ahora comienzan a
manifestarse algunas tendencias negativas en la evolución de
las economías de la Unión Europea y de Estados Unidos.
En el caso norteamericano, la cuestión central reside en
que el gasto en consumo ha sido el principal motor de la importante y
prolongada etapa de crecimiento de los últimos seis
años. Hasta ahora, el efecto más directo de la crisis
asiática es una reducción en el ritmo de crecimiento de
la industria, una caída en las exportaciones y un aumento en
las importaciones. El interrogante es si el gasto de consumo
podrá sostenerse en elevados niveles y, con ello, amortiguar
los impactos negativos de una desaceleración mayor en la tasa
de expansión fabril y de un aumento en el déficit
externo.
Estudios recientes señalan que, aunque entre 1992 y 1996 el
sector privado operó con superávit, el ritmo de aumento
del gasto superó al de los ingresos y, con ello, el excedente
tendió a reducirse persistentemente. Pero, desde 1996 en
adelante, el signo se invirtió: los gastos del sector privado
son superiores a sus ingresos.
El problema es que, para sostener los actuales ritmos de
incremento del gasto privado, se necesitan inyecciones crecientes de
crédito; esto es, que debería aumentar el nivel de
endeudamiento. Y aunque el crédito ha estado creciendo a una
tasa elevada, debería acelerarse aún más. Ello
significa que el motor que ha conducido a la economía
norteamericana a su más reciente etapa de fuerte aumento de la
producción enfrenta serias posibilidades de detenerse.
El lado financiero
En un reciente estudio del Banco Mundial se señala que el
deterioro producido desde la economía real por la
declinación de los precios de los commodities puede conducir a
un aumento de la vulnerabilidad financiera de las naciones afectadas.
Ello es particularmente evidente en el caso de los países
donde la producción y exportación de esas
mercancías constituye uno de los principales motores del
crecimiento, una de las mayores fuentes de divisas y, también,
uno de los sostenes más importantes de los recursos fiscales.
En el ámbito latinoamericano, esa descripción se
ajusta a la situación de países como Chile, Venezuela y
México. En estos casos, aunque no con la intensidad observada
en los países del sudeste asiático, los precios de las
acciones y la cotización de sus divisas han declinado
considerablemente. A su vez, la prima de riesgo se elevó y,
con ello, las tasas de interés internas y el costo del
endeudamiento externo.
En países como Brasil y la Argentina, el aumento de la
vulnerabilidad financiera se relaciona de forma menos directa con la
caída de los precios de los commodities. En ambos casos, los
desequilibrios externos y fiscales eran importantes y anteriores a la
emergencia de la crisis asiática. Hasta ahora, lo que la
crisis trajo fue un mayor grado de dificultad para reducir esas
brechas.
Pronóstico reservado
Sin embargo, los resultados en términos de precios de las
acciones, riesgo soberano y tasas de interés, han sido
semejantes. Así, entre junio de 1997 y 1998, el precio medio
de las acciones en la bolsa de Buenos Aires cayó 32% y 28% en
la de San Pablo. A su vez, la prima de riesgo país se
elevó, en el mismo período, 128 basic points en el caso
de la Argentina, y 193 en el de Brasil.
Como era de esperar, esos desempeños se reflejaron en el
flujo de capitales externos. En los primeros seis meses de 1998, los
activos de reservas internacionales de la Argentina crecieron en US$
598 millones. Ese valor contrasta con los 1.392 millones y los 1.089
millones de aumento de las reservas del Banco Central en la primera
mitad de 1996 y de 1997 respectivamente.
Las reservas externas brasileñas, en cambio, muestran una
marcha ascendente más firme luego de que el ataque contra el
real fuera superado. La razón se encuentra en las elevadas
tasas de interés vigentes que permiten obtener fuertes
ganancias en dólares en el corto plazo. Pero ello determina
que una proporción significativa de los activos de reserva sea
sumamente volátil.
Esta circunstancia, que de por sí involucra un alto grado de vulnerabilidad
financiera, resulta aún más preocupante cuando la tendencia que
se observa en los mercados de capitales privados es un cambio en la preferencia
hacia la calidad en desmedro del rendimiento. Esto explica el sostenido ascenso
de los mercados bursátiles de Estados Unidos y la Unión Europea
y de las cotizaciones de los bonos estatales, lo que ha permitido mantener las
tasas nominales de interés en niveles bajos y decrecientes, aunque sus
valores reales sean los más elevados de los últimos años.
