A partir de la diferenciación de los factores productivos,
la teoría económica clásica convertía en
actores principales del proceso económico a los dueños
del capital o capitalistas, a los oferentes de trabajo o
trabajadores, y a los propietarios de la tierra o terratenientes. La
crítica marxista al análisis clásico y el
planteo de clases de la puja distributiva desjerarquizó en la
comunidad académica el uso de las categorías
explicativas originales.
Con la denominada revolución marginalista, la
interacción económica se plantea entre consumidores y
productores de bienes y servicios. El consumidor racional es el gran
personaje en el nuevo escenario descriptivo de asignación
eficiente de los recursos. El decide qué bienes y servicios
consumir, y su decisión condiciona la decisión
empresaria de lo que se debe producir. El consumidor maximiza la
utilidad que le proporcionan los bienes y servicios que consume. El
empresario maximiza el beneficio de los bienes y servicios que
produce.
Para que el encuentro de intereses sea económicamente
eficiente, los mercados deben operar con transparencia y en forma
competitiva. Entonces, las señales de precios aseguran que
unos produzcan lo que los otros desean consumir, con beneficios
mutuos.
Imperfecciones
El paradigma ortodoxo reconoce, sin embargo, que no todos los
mercados funcionan competitivamente, que hay actividades que afectan
a otros para mejor o para peor, sin que éstos paguen por ellas
o sean compensados y que hasta la deseable competencia perfecta puede
perpetuar situaciones de desigualdad.
Por eso, el funcionamiento de una economía de mercado tiene
como contrapartida un Estado eficaz: concentrado en la
prestación eficiente de bienes y servicios públicos (en
sentido económico), capaz de garantizar competencia y defender
al consumidor, ocupado de los costos y beneficios sociales externos
al sistema de precios, y generador de igualdad de oportunidades. Todo
en un contexto de estabilidad macroeconómica, condición
necesaria pero no suficiente para apuntalar el desarrollo
económico y social.
La transformación microeconómica del sector
energético argentino hoy permite hablar de un mercado de la
energía, donde fundamentalmente confluyen la operatoria del
mercado de petróleo y derivados, la del mercado de gas natural
y la del mercado eléctrico. A este nuevo mercado de la
energía le comprenden las generales de la ley del
funcionamiento de una economía de mercado.
Como en los otros mercados, los papeles protagónicos
están cubiertos por los productores y por los consumidores de
energía. A semejanza de otros mercados, hay grandes y
pequeños productores (aunque aquí la escala cuenta
más que en otras actividades) y también grandes y
pequeños consumidores. Pero, a diferencia de otros mercados,
aquí hay mayor presencia de monopolios naturales (oleoductos,
redes de gas, redes eléctricas).
Productores y consumidores de energía interactúan en
un mercado cuya eficiencia depende de las condiciones de competencia,
que pueden simularse para regular los monopolios naturales.
En este mercado, un consumidor supuestamente bien informado no va
a pagar por la energía un precio más alto que el fijado
por la competencia, no va a consumir más energía que la
que establecen los nuevos estándares de eficiencia, y va a
optar por la canasta energética menos contaminante.
El marco institucional (reglas de juego) y el nuevo papel del
Estado en el sector deben afianzar el protagonismo del consumidor de
energía.

