jueves, 30 de abril de 2026

    El tipo de cambio (I)

    Esta entrega y la próxima estarán destinadas a

    presentar algunas cuestiones vinculadas a un precio clave para la

    explicación de estos movimientos: el tipo de cambio. Se

    intentará aquí exponer del modo más sencillo

    posible asuntos tales como sus diferentes definiciones, los dilemas

    que genera la elección del régimen cambiario y las

    interacciones entre esta variable y algunas otras igualmente

    relevantes.

     

    En contradicción con la promesa formulada en la

    presentación de este capítulo, vamos a empezar a

    complicar las cosas con una primera distinción entre el tipo

    de cambio nominal y el tipo de cambio real.

    El tipo de cambio nominal (el lector lo sabe por su propia

    experiencia) no es otra cosa que el precio de la moneda extranjera

    medido en unidades de la moneda local. La Argentina de hoy brinda el

    ejemplo más sencillo: un dólar cuesta un peso.

    El tipo de cambio real del que hablaremos en la próxima

    entrega es un precio relativo, visto en relación con otro u

    otros, y es un indicador de la competitividad de los productos

    nacionales frente a los extranjeros

    En principio, y como cualquier otro precio, el tipo de cambio

    nominal se determina por la acción conjunta de compradores y

    vendedores. Por el lado de la demanda de moneda extranjera, en

    tiempos normales, habitualmente encontramos a importadores, a quienes

    están endeudados con el exterior y deben pagar los servicios

    de esa deuda y a personas e instituciones que quieren realizar

    inversiones en el extranjero. Por el lado de la oferta, están

    los exportadores e inversores extranjeros, sea en activos

    físicos o financieros.

    De nuevo, como con cualquier otro precio, un exceso en la demanda

    de moneda extranjera (debido, por ejemplo, a un súbito aumento

    en las importaciones a causa de una baja de aranceles)

    presionará a la suba el tipo de cambio y la moneda se

    depreciará. El movimiento inverso (debido, por ejemplo, al

    ingreso de capitales extranjeros por la aparición de

    oportunidades de negocios en el país) generará una

    presión a la baja en el tipo de cambio y la moneda nacional se

    apreciará.

    En esta breve descripción de los operadores de este mercado

    omitimos intencionalmente a un peso pesado: el propio Estado. Por

    razones que veremos más adelante, el Estado puede tener

    interés en fijar la cotización del tipo de cambio

    nominal durante lapsos importantes, para lo cual debe estar dispuesto

    a comprar divisas cuando existe oferta excedente y a venderlas cuando

    la demanda de divisas supera a la oferta.

    Resulta ilustrativo, en este sentido, recordar la promesa muchas

    veces repetida pero no siempre cumplida de la autoridad

    económica de turno, de vender todos los dólares que el

    mercado requiera, cuando se trata de convencer a los operadores

    económicos y al público en general de que no se va a

    alterar la cotización del tipo de cambio.

    Existen dos opciones extremas en materia de política

    cambiaria: el tipo de cambio plenamente flexible, con su valor

    determinado por las fuerzas del mercado, y el tipo de cambio fijo,

    cuya cotización es un objetivo de la política

    pública. Como todos sabemos, la realidad y la experiencia

    histórica son ricas en ejemplos de sistemas intermedios entre

    ambas categorías polares.

    Pueden citarse en este sentido el tipo de cambio fijado pero no

    fijo de la tablita cambiaria de Martínez de Hoz o el tipo de

    cambio flotante pero entre bandas fijadas por la autoridad

    económica (flotación sucia) de la administración

    Erman González-González Fraga. Es difícil, en

    cambio, encontrar ejemplos de regímenes cambiarios

    perfectamente flexibles.

     

    Dilemas: ¿fijo o flexible?

    Existe abundante experiencia histórica y discusión

    teórica sobre las bondades y desventajas de los distintos

    regímenes cambiarios. Uno de los dilemas tradicionales

    contrapone el tipo de cambio fijo al flexible.

    El mundo de posguerra vivió, entre 1945 y 1971, bajo las

    reglas del acuerdo de Bretton Woods. Cada moneda nacional se cambiaba

    a una paridad fija por la moneda de reserva del sistema, el

    dólar norteamericano, y la alteración de esa paridad

    sólo se justificaba frente a lo que se definía como un

    “desequilibrio fundamental” en el balance de pagos.

    Entre los justificativos del tipo de cambio fijo se encuentran la

    certeza si el compromiso de los estados involucrados es

    creíble en cuanto al valor futuro de la moneda extranjera.

    Contar con un valor cierto del tipo de cambio futuro, al eliminar el

    riesgo cambiario, facilita el cálculo económico en

    operaciones financieras y de comercio exterior y, por lo tanto, las

    incentiva.

    El otro elemento positivo del sistema consiste en que los estados

    que adhieren a él renuncian implícitamente a la

    política de devaluaciones competitivas. Durante la crisis del

    ´30, las naciones devaluaban su moneda para aumentar las

    exportaciones, disminuir las importaciones, y así aumentar los

    niveles de actividad y empleo.

    Una consecuencia de esta política era que los mayores

    niveles de exportaciones netas significaban menores niveles de

    actividad y empleo en otras partes de la economía mundial, lo

    que se constituía en un estímulo para que estas

    naciones reaccionaran a su vez devaluando su propia moneda. Esta

    dinámica de devaluaciones recurrentes para tratar de

    transferirle el desempleo a otras economías se conoció

    como “política de empobrecer al vecino”.

    Una de las desventajas de este tipo de régimen cambiario,

    desde el punto de vista de la política económica hacia

    el interior del país, es la pérdida relativa de

    libertad de las autoridades para determinar otros aspectos igualmente

    importantes, como las políticas monetaria y crediticia.

    Esto es así porque el compromiso de mantener la

    cotización del tipo de cambio involucra la necesidad de

    comprar y vender moneda extranjera según lo requieran las

    condiciones del mercado, lo que a su vez lleva a alterar la cantidad

    de dinero en circulación y dados los coeficientes de encaje

    bancario el crédito disponible para el funcionamiento de la

    economía.

    Basta acudir a acontecimientos no tan lejanos de la historia

    económica argentina para descubrir otra desventaja propia de

    este tipo de régimen cambiario en períodos de alta

    inflación. El aumento sostenido del nivel de precios interno a

    tasas superiores a la inflación internacional deriva, si el

    tipo de cambio es fijo, en un atraso de la paridad real.

    A este tema nos referiremos en extenso en la próxima

    edición, pero digamos aquí que esta situación

    enfrenta a la autoridad económica con el dilema de mantener su

    política cambiaria y permitir de esta forma la pérdida

    de competitividad de la producción local (con los efectos que

    esto tiene), o bien alterar periódicamente la

    cotización para seguir la evolución de los precios

    internos, vulnerando de hecho la esencia del régimen cambiario

    vigente e introduciendo un componente de inestabilidad.

    A los sistemas de tipo de cambio flexible se les adjudican

    virtudes que son la contracara de los defectos de los

    regímenes de tipo de cambio fijo. Una primera cualidad

    positiva es que proporcionan mayor autonomía de la

    política monetaria.

    Virtudes y defectos

    Tomemos el caso de una nación con un régimen de tipo

    de cambio fijo que enfrenta una situación de fuerte desempleo

    y al mismo tiempo un severo déficit comercial. El compromiso

    de mantenimiento del tipo de cambio fijo obliga al Banco Central a

    vender divisas a cambio de moneda local, cuando, por otra parte, el

    desempleo está requiriendo mayor oferta de dinero para bajar

    la tasa de interés y estimular así el nivel de

    actividad. Con tipo de cambio flexible, el propio movimiento de esta

    variable se encarga de corregir el desequilibrio externo, mientras

    que el Banco Central puede elegir el tipo de política

    monetaria deseada para enfrentar las contingencias.

    Implícito en la explicación anterior se

    encontraría otro rasgo positivo del sistema de flexibilidad

    cambiaria: el ajuste automático hacia los valores que

    equilibran el sector externo.

    La experiencia práctica de la convivencia con los tipos de

    cambio flexibles ha mostrado que, si bien evitan la vulnerabilidad de

    los cambios fijos a por ejemplo los ataques especulativos terminales

    como el que describimos antes, presentan problemas propios. El

    principal de ellos es la alta volatilidad de los tipos de cambio bajo

    estos regímenes, lo que aumenta la incertidumbre, puede

    afectar los volúmenes de comercio y dar lugar a movimientos

    especulativos.

    Otro problema que se deriva de los regímenes cambiarios

    flexibles tiene que ver con un fenómeno que la ciencia

    económica bautizó como la enfermedad holandesa. Esta

    denominación deviene del hecho que en la tierra de los polders

    y los molinos de viento aparecieron repentinamente importantes

    yacimientos de gas que incrementaron fuertemente las exportaciones y,

    por lo tanto, la oferta de moneda extranjera. Esto llevó la

    cotización a un nivel que, aunque era compatible con el

    equilibrio de las cuentas externas del país, ponía en

    jaque la competitividad externa del resto de los bienes que Holanda

    exportaba y, consecuentemente, del nivel de actividad y el empleo que

    dependían de estos.

    Un problema similar enfrentó años más tarde

    Gran Bretaña con el descubrimiento de los yacimientos de

    petróleo del Mar del Norte.

    La dificultad para hacer un balance de las ventajas y desventajas

    de un tipo de régimen cambiario u otro lleva a que sea

    más habitual encontrar regímenes mixtos, como el

    sistema de tipo de cambio fijo pero reptante (crawling-peg) que busca

    mantener el valor real de la paridad cambiaria, o la flotación

    libre pero entre un piso y un techo fijados por la autoridad

    económica (flotación sucia) que procura acotar la

    inestabilidad propia del tipo de cambio flexible.

    La Argentina es, como en tantos otros casos, una excepción

    a esta regla, dado que aquí no sólo se ha fijado la

    cotización, sino que para alterarla es necesario aprobar una

    ley en el Congreso. Las razones de este aparente fundamentalismo

    cambiario deben buscarse en la extrema sensibilidad de nuestras

    variables económicas a la cotización del dólar y

    en la necesidad de realizar una apuesta fuerte en el sentido de la

    estabilidad y la certidumbre, aun a costa del deterioro de la paridad

    real. Pero a esto nos referiremos en la próxima nota.