Es tentador para las naciones ricas pensar en el medio ambiente entérminos de ríos limpios, aire puro, alimentos sanos yactividades al aire libre, plantean los autores del artículo,en un anticipo de su libro Greening the North. Pero desde unaperspectiva global, lo único que logra este tipo de postura esembellecer islas de riqueza que van a la deriva en un océanode miseria.
El abuso de la naturaleza y de sus recursos en el norte es unobstáculo para lograr más justicia en el mundo. Si lospaíses ricos realmente quieren convertirse en buenos vecinosinternacionales, deberán proponerse construir economíascon menos gravitación negativa en el planeta.
A medida que se acerca el año 2000, no dejarán demultiplicarse las exhortaciones sobre el futuro. Los agorerosseñalarán las amenazas que se ciernen sobre lahumanidad, los neoliberales promoverán la ruptura definitivaque lleve a un capitalismo sin fricciones, y los evangelistasrenacidos exigirán la conversión masiva de lospecadores y su retorno a la buena senda.
El coro de fin de siglo estará formado por muchas vocesdisonantes. Sin embargo, deberán medirse con respecto a unacuestión fundamental que plantea el próximo siglo,¿cómo podremos dar albergue a todas las personas quehabiten el planeta, que se duplicarán en número, sinponer en peligro la base de recursos naturales para las generacionesvenideras?
La respuesta a la pregunta comienza por tomar conciencia de que elcambio debe apuntar en primer lugar a las sociedades ricas. Sin duda,la historia las juzgará por el talento, imaginación yfortaleza moral que sean capaces de demostrar frente a este problema.
No obstante, en un momento en el que la sustentabilidad se haconvertido en un cemento milagroso, capaz de unir los interesesmás contradictorios, y se aplica a todo tipo de estrategiasconvencionales, es necesario identificar de una vez los puntos dereferencia que guían su búsqueda.
En primer lugar, la ecología no puede separarse de lajusticia, ni la justicia de la ecología. La crisis de lanaturaleza y la crisis de la justicia internacional se relacionanentre sí. Esta percepción existe desde los díasde la Comisión Brundtland sobre medio ambiente y desarrollo,pero con el tiempo se la fue dejando de lado, en especial en lospaíses del norte.
Es tentador para las naciones ricas pensar en el medio ambientecomo si se tratara de ríos limpios, aire puro, alimentos sanosy actividades al aire libre para disfrutar. Pero desde unaperspectiva global, es más que evidente que lo únicoque logra este tipo de postura es embellecer islas de riquezas quevan a la deriva en un océano de miseria. En el contexto de unmundo dividido, el abuso de la naturaleza y de sus recursos en elnorte, es un obstáculo para lograr más justicia.
En un mundo finito, en el que 80% de los recursos pertenece a 20%de la población, la marginalización de lamayoría es inevitable. En consecuencia, el primer paso que hayque dar es detener el consumo excesivo de los ricos para poderimpulsar una mejora en las vidas de una creciente cantidad depersonas. Si los ricos realmente quieren convertirse en buenosvecinos internacionales, deberán proponerse construireconomías con menos daño para el planeta y para losdemás.
No alcanza con un tapón
Tradicionalmente, la política ambiental se ha ocupado decombatir la contaminación del aire, el agua y la tierra,colocando un tapón a las fuentes finales de emisión. Loque debemos hacer, en cambio, es concentrarnos en el comienzo de losciclos transformadores de la economía: en las toneladas deenergía y materiales que se invierten permanentemente en elproceso productivo.
La amplia mayoría de los problemas ambientales proviene, enúltima instancia, de la voracidad del sistema postindustrial,del volumen y de la velocidad con que se consume la naturaleza. Enconsecuencia, la sustentabilidad significa una reduccióngradual de la escala física de las economías ricashasta que dejen de estar enfrentadas con la naturaleza o la justiciaen el mundo.
Un cambio de esta dimensión debe contemplar la eficiencia yla suficiencia. Crear una sociedad protectora de la naturalezarequiere, en primer lugar, reformular los procesos deproducción. Las tecnologías y organizacionesdeberán rediseñarse de modo tal de obtener un productocon una cantidad cada vez menor de recursos naturales.
Durante décadas, el progreso tecnológico ha apuntadoa que la producción sea más eficiente desde el punto devista de la mano de obra; ahora llegó el momento de hacer quela producción sea más eficiente desde el punto de vistaecológico.
Así y todo, con la eficiencia no bastará.
Autos con menor consumo de combustible o la producción depapel con una tasa de reciclado superior, servirán paraahorrar recursos solamente si este aumento de eficiencia no terminacontrarrestado por un mayor crecimiento de la producción.
Elecciones trascendentales
Muy pocas veces se ha hablado tanto sobre el futuro en lasnaciones industrializadas como en el presente. En los últimoscinco a diez años nada más, se han producido máscambios que en las décadas anteriores, y es razonable suponerque, durante algún tiempo más, el alcance y lavelocidad del cambio tenderán a aumentar en lugar dedisminuir.
Esto puede confirmarse con un rápido recuento de losprincipales acontecimientos y tendencias de los últimostiempos: la caída del Muro de Berlín y el fin de unmundo bipolar, el surgimiento económico de Asia y la mayorcompetencia en Europa, la convivencia de la globalización conel neonacionalismo, y el retorno del racismo, la violencia y lasguerras.
En los años y décadas por venir, todos lospaíses ricos deberán hacer elecciones trascendentales.¿Cómo puede evitarse que continúe ladivisión de la sociedad entre ricos y pobres?¿Cómo deben ser los sistemas de seguridad social delfuturo en sociedades en las que aumenta la expectativa de vida?¿Qué se necesita para lograr una economíasaludable, y permitir que la mayor cantidad posible de personaspuedan ser autosuficientes? ¿Qué papel puede y debedesempeñar el Estado? ¿Cómo debe estructurarse elmundo laboral? ¿Qué cambios políticos yadaptaciones institucionales se requieren?
Debemos encontrar respuestas a todas esas preguntas perodesconfiar si no se encuadran con las exigencias ecológicas yde la justicia global. Eso es precisamente lo que falta hoydía. El debate sobre el futuro es unilateral. Predomina unconcepto restringido de la economía. Algunas personas inclusoidealizan la competencia como si fuera una guerra. Todo lodemás -los requerimientos de la ecología, el bienestary la democracia- está subordinado a esta lógicamarcial.
Dentro de semejante contexto político, la ecologíasólo parece tener una oportunidad si va acompañada deinnovaciones técnicas y mercados promisorios. Así, serealizan grandes esfuerzos por demostrarle al públicocuántos trabajos podrían crearse mediante laprotección del medio ambiente, cuánto dineropodría ahorrarse y utilizarse en otras cosas, o de quémanera podría beneficiarse la competitividad de un paíssi tan sólo se hiciera del uso de la energía y losrecursos una prioridad máxima.
Este tipo de estrategia abre oportunidades pero tambiénencierra peligros. Es positiva si los temas ecológicos puedencombinarse con intereses económicos poderosos y una grancapacidad tecnológica. Pero algunos de los objetivosecológicos también requieren las virtudes de laprudencia, la suficiencia y la moderación en aquellos casos enque la tecnología no ofrece respuestas.
Desde que se celebró en 1992 la Conferencia sobre MedioAmbiente y Desarrollo de la ONU, la cuestión de lograr unequilibrio más ecuánime entre el Norte y el Sur hapasado a la periferia de las discusiones públicas, en unamedida mucho mayor que el debate ambiental. En consecuencia, nosorprende que los resultados en este campo hayan sido escasos.
Las convenciones de Río para la protección de laatmósfera de la Tierra y su diversidad biológica puedenhaberse puesto en práctica pero las conferencias posterioresde los estados signatarios lograron poco. En el ámbito deldesarrollo y la cooperación, los estados industrialestambién distan de cumplir con las promesas hechas enRío.
Prácticamente ningún país ha cumplido con elcompromiso de elevar la ayuda para el desarrollo a 0,7% del productobruto interno, originalmente asumido en la conferencia sobre laprotección del medio ambiente de la ONU en Estocolmo (1972) yluego en Río. Por el contrario, la ayuda para el desarrollo seha recortado (supuestamente debido a déficits presupuestarios)y se ha transformado cada vez más en un medio para favorecerlas exportaciones de los estados industriales.
Los bajos precios mundiales de las materias primas y los productosagrícolas generan prácticas rapaces en lospaíses del sur. Los países más pobres siguenoprimidos por la enorme carga de la deuda externa, cuyo serviciodeben pagar con sus exportaciones a expensas de su economíanacional. La mayoría de las instituciones financierasinternacionales continúa exigiendo a los países endesarrollo que apunten al mercado mundial, la desregulación ypolíticas de austeridad social a casi cualquier precio. ElNorte divide cada vez más a los países del Sur entrecompetidores en los que ven un promisorio mercado de venta y casossin solución aparente.
Una buena parte de los problemas de los países endesarrollo son sin duda autoinducidos. Los estados industriales noson responsables de la corrupción, el nepotismo, la malaadministración, las violaciones de los derechos humanos y lafalta de democracia en muchos países del sur. Los activistasde derechos humanos y los defensores del medio ambiente en Africa,Asia y América latina critican la retóricaantiimperialista de sus elites políticas para desviar laatención de sus propios fracasos. No obstante, laconclusión de que la existencia de toda esta malaadministración interna elimina la necesidad de equilibrar lasrelaciones entre el Norte y el Sur es una falacia y podríaresultar costosa para todo el mundo.
© MERCADO/New Perspectives Quarterly. Distribuido por LosAngeles Times Syndicate
* Los autores son miembros del The Wuppertal Institute forClimate, Environment and Energy.
