Los historiadores dedicados a la investigación dependen cada
día más de los sistemas de almacenamiento electrónico;
éste es un hecho irrefutable. A medida que más y más
fuentes primarias, sean o no impresas, ingresen a esos sistemas, el historiador
que investiga dejará gradualmente de ser un tipo extravagante que
utiliza su tiempo, su energía y su dinero para viajar a y de las
bibliotecas, archivos y otros depósitos de material histórico.
Pronto podrá realizar la mayor parte de su trabajo de investigación
&endash;y con el tiempo, probablemente todo&endash; sin moverse
de su estudio.
Además, la tecnología podrá ahorrarle también
una buena parte de su precioso tiempo si puede clasificar, analizar y presentar
su material. Sus resultados deberían ser, en consecuencia, más
precisos y confiables, dado que muchos de los errores que se cometen en
la investigación histórica provienen de la transcripción
manual. Sin embargo, el principal resultado debería ser un aumento
de la productividad del historiador y, por consiguiente, de la cantidad
de estudios especializados que publique.
Los críticos podrían decir que ya se ha publicado demasiada
investigación histórica especializada y que la consecuencia
de ello es una gran confusión y aturdimiento. A lo que respondo
que el historiador sinóptico &endash;el que construye las visiones
globales de los grandes temas y las presenta al lector de la manera más
comprensible posible&endash; existe precisamente para eliminar la confusión
y el aturdimiento. Esto lo realiza mediante un análisis y una selección
rigurosos del material de investigación e incorporando a su visión
sinóptica sólo aquellos estudios que modifican significativamente
la visión recibida de la historia.
De ese modo, para el historiador sinóptico las herramientas técnicas
modernas son una “herramienta auxiliar de segunda mano”. Esta tecnología
sólo tiene un valor limitado, directo y de primera mano para los
historiadores generales. Recurramos a esta comparación esclarecedora:
durante casi toda mi vida me dediqué tanto a escribir historia como
a pintar paisajes. Ambas actividades tienen ciertos puntos importantes
en común.
Cuando miramos un paisaje real, los ojos absorben los millones de formas,
tonos y texturas que están ubicados a distancias que pueden variar
casi imperceptiblemente de unos pocos centímetros a varios kilómetros.
El artista tiene que reducir toda esa complejidad a unos cientos de pinceladas,
empleando quizás una docena de colores sobre una superficie bidimensional.
Ese enorme y cruel esfuerzo de selección, que intensifica las formas,
contornos y profundidades salientes del paisaje sin abandonar por ello
la ilusión del detalle, asegura la verosimilitud general de la pintura.
En ese esfuerzo hay ciencia y arte. Pero, en definitiva, el arte importa
más.
Escribir historia es, en esencia, similar a pintar un paisaje. En cierta
forma, todos somos actores de la historia cada día de nuestras vidas.
Nuestras actividades de un día cualquiera &endash;ni que hablar
de las de un año o una década&endash; son virtualmente
infinitas. El investigador histórico filtra y elimina una enorme
cantidad de esas actividades y clasifica lo que resta siguiendo algún
tipo de orden. La nueva tecnología juega un papel importantísimo
en ese proceso preliminar.
Pero el historiador sinóptico, que utiliza todas sus habilidades
analíticas y literarias, lleva adelante el proceso final de selección
que realmente da significado y relevancia a un período de la historia.
La nueva tecnología no es de mucha ayuda en este caso, excepto de
una forma totalmente auxiliar. La habilidad para captar los temas principales
sin dejar por ello de evaluar los detalles significativos, para rastrear
con su cámara narrativa un territorio y un período enormes
en un determinado momento, y luego poner el foco en el siguiente para encapsular
el carácter, llegar a los orígenes del cambio institucional,
identificar los momentos clave &endash;que se transforman en las bisagras
de la historia&endash; para dejar que los actores históricos
hablen por sí mismos, constituyen técnicas que crean imágenes
vívidas en la mente del lector. Estas son hazañas de habilidad
literaria y criterio histórico que ninguna máquina &endash;por
más sofisticada que sea&endash; puede lograr.
El historiador sinóptico que cuenta en un solo tomo de 800 páginas
la historia de la cristiandad o del judaísmo, del siglo XX o del
pueblo norteamericano, está sentado en la punta de una vasta pirámide
de material compilado por los investigadores que constantemente utilizan
las nuevas tecnologías pertinentes. En definitiva, su tarea consiste
en reducir la pirámide a unos pocos miles de hechos y figuras convincentes
utilizando para ello su propia inteligencia y sagacidad, sin ninguna ayuda
externa.
© Forbes ASAP / MERCADO
(*) Paul Johnson es historiador, ensayista y periodista. Reside y trabaja
en Londres. Sus obras más conocidas son Modern times, A history
of jews, Intellectuals, The birth of the modern y A history of the English
people. Su libro más reciente es The quest for God.
