viernes, 3 de abril de 2026

    Los clobots, los genes humanos y el espacio

    A partir de esta edición MERCADO ofrece, en exclusividad
    para sus lectores, las columnas de opinión de Alvin y Heidi
    Toffler, los futurólogos más célebres del mundo,
    autores, entre otras obras, de un clásico
    contemporáneo: La tercera ola.

     

    En 1997 hubo tres acontecimientos históricos que, juntos,
    nos dan la clave del futuro de la humanidad:

    1 El primer clon de mamífero de la historia.

    2 La victoria de la computadora de IBM frente al
    campeón mundial de ajedrez (absolutamente humano) Garry
    Kasparov.

    3 El aterrizaje del Sojourner, el simpático
    robotito de 12 kilos, sobre la superficie de Marte.

    Cada uno de ellos es un imponente logro tecnológico
    y pasará a los libros de historia. Pero su significado
    sólo aparece con claridad cuando los conectamos entre
    sí.

    Esta es la idea que nos rondaba cuando asistimos no hace
    mucho a la centésima conferencia de la Sociedad de
    Ingeniería Mecánica en Tokio, donde 700 personas
    escucharon un debate sobre el futuro entre los principales
    fabricantes de robots y expertos en inteligencia artificial, entre
    ellos Marvin Minsky, del MIT (Massachusetts Institute of Technology).

    También estaba allí Shinsuke Sakakibara, de
    Fanuc, la compañía cuyos 1.000 obreros y 800 robots
    fabrican 500 robots industriales por mes, el primer caso importante
    de utilización de robots para fabricar más robots.

    Lo que nos sorprendió fue la casi total ausencia de jerga
    técnica en las discusiones. El intenso debate que se
    extendió durante dos jornadas se ocupó de la moral y
    los temas filosóficos y religiosos que plantean los avances
    combinados en computación y robótica.

    Esos progresos están llevándonos de las
    máquinas controladas a distancia por humanos hacia
    máquinas que son cada vez más autónomas;
    máquinas que, en principio, pueden tomar decisiones y actuar
    con arreglo a esas decisiones, que pueden aprender y volverse cada
    vez más inteligentes.

    Máquinas que hasta pueden reconfigurarse si lo
    necesitan. Ya hay en los tableros de diseño -y hasta en la
    etapa de prototipo- equipos que, como las hormigas, pueden
    organizarse en equipos y elegir a un líder.

    En la práctica, la difusión del robot ha sido
    lenta. Japón es el país más avanzado en la
    aplicación industrial de robots, con más de 100.000 en
    uso según algunos cálculos. En Estados Unidos hay
    75.000, y éste promete ser el año de las grandes
    ventas.

    Por lo general los robots hacen tareas repetitivas, como
    soldar chasis de autos o trasladar materiales en las fábricas.
    Otros distribuyen correo, lavan pasillos, trasladan materiales en
    hospitales, cortan el césped. Los robots militares han hecho
    excelentes tareas de reconocimiento para Estados Unidos en la guerra
    del Golfo. Debido a ello, cada vez son más los pedidos de
    aviones a control remoto que llegan a las fábricas de Estados
    Unidos e Israel. Hay otros robots que se emplean para realizar
    tareas peligrosas en plantas nucleares, para reparación
    ambiental, para cirugía de precisión, entretenimiento,
    búsqueda subacuática y operaciones en el espacio.

    La reunión de Tokio, sin embargo, se ocupó de
    aplicaciones menos prosaicas. La preocupación de muchos de los
    presentes era que, a menos que los humanos fijen límites
    legales y de otro tipo sobre el grado de libertad y capacidad que se
    transfiere a los robots, nosotros, como especie, podríamos
    lamentarlo más adelante.

    Según el brillante y ácido Minsky, en lo
    inmediato no hay mucho peligro de que vayamos a crear una raza de
    robots capaz de superar a los humanos en pensamiento y obra. Pero a
    más largo plazo, dice, los muy limitados robots de hoy se
    convertirán en versiones paleolíticas de lo que pronto
    será posible.

    ¿Como la oveja Dolly?

    Pero eso es sólo una parte de lo que nos espera. Y
    aquí volvemos a los tres acontecimientos de 1997. Si se los
    observa en conjunto, señalan una convergencia que
    cambiará toda la evolución de la especie humana.

    Imaginemos un futuro -tal vez a sólo unas pocas
    décadas del presente- en el que los robots, mil veces
    más inteligentes que Kasparov, ya no estén hechos de
    piezas metálicas, alambres, cilindros y otros componentes
    mecánicos sino que tengan, en realidad, forma
    biológica: robots húmedos, como los llaman los
    científicos.

    En algún punto se vuelven clonables ¿como la
    oveja Dolly? Y si así ocurre, ¿habrá llegado el
    robot a un estado más alto de evolución, para dar el
    salto a clobot?

    ¿Dónde termina esto?

    Y aquí es donde el tercer acontecimiento de 1997
    proporciona la clave esencial. Porque, además de los enormes
    avances en robótica, inteligencia artificial y
    tecnología clonal, hemos vuelto a lanzar -después de
    una generación de sosiego- el programa espacial con la
    espectacular expedición a Marte.

    Los científicos espaciales, que luchan por conseguir
    fondos y la atención del público, están
    divididos en dos bandos: los que creen en los viajes con
    tripulación humana y los que piensan que se debería
    gastar menos dinero y arriesgar menos vidas enviando al espacio
    robots en lugar de humanos.

    Lo que los avances de este año indican es que, en
    alguna década o siglo distante, podríamos enviar no
    simplemente robots o humanos, sino clobots.

    Puede que sean robots clonados -creados por su habilidad para
    actuar, pensar y tomar decisiones inteligentes- los que pueblen la
    remota vastedad del espacio donde parece estar el futuro humano –o
    posthumano.

     

    © Alvin and Heidi Toffler. Distribución de Los
    Angeles Times Syndicate.

     

     

    volver al índice