miércoles, 17 de junio de 2026

    Un dilema central

    Más allá de las discrepancias que sobre algunos
    aspectos de la política económica vigente y sus
    principales consecuencias se expusieron en los sucesivos debates
    televisados entre el ministro de Economía, Roque
    Fernández, y el vocero de la Alianza opositora en este tema,
    José Luis Machinea, resultó llamativa la coincidencia
    en las preocupaciones inmediatas demostrada por el viceministro,
    Carlos Rodríguez, y el mismo Machinea. Estas se centraron en
    el déficit fiscal y el de las cuentas externas. En el primero
    de los casos el punto llamativo es la fuerte resistencia a un
    descenso más acelerado. En particular, porque el nivel final
    previsto para todo el año, en la definición amplia del
    déficit, no significará una reducción
    significativa respecto de los valores que había alcanzado en
    1996.

    La inquietud adquiere sentido si se atiende a que el PBI
    está creciendo, de acuerdo con las estimaciones oficiales que
    la mayoría de los analistas privados y economistas de la
    Alianza comparten, a un ritmo de 8% anual y, consecuentemente, la
    recaudación impositiva también exhibe una importante
    recuperación. Más aún, se suele hacer referencia
    a lo que sucedió después que se implementó el
    plan de Convertibilidad y, en especial, a la dinámica del PBI
    y del déficit fiscal entre 1992 y 1994.

    Al respecto, cuando el PBI también crecía a un ritmo
    anual inclusive algo superior a 8%, el resultado fiscal incluidas las
    privatizaciones pasaba de un déficit del orden de los US$
    2.200 millones en 1991 a superávits de US$ 1.400 millones en
    1992 y 2.800 millones en 1993 para, en 1994, volver a un
    déficit de US$ 500 millones. En este marco, los US$ 4.800
    millones -como mínimo- de quebranto que se esperan para este
    año exceden holgadamente a los registros del período
    1991-1995 (efecto tequila incluido), y sólo son superados por
    los US$ 6.000 millones de 1996.

     

    Arrugas bajo el maquillaje

     

    Pero la cuestión no se agota en este aspecto. Ciertos
    arreglos vinculados con la “contabilidad creativa” mejoran la
    presentación de los resultados de las cuentas públicas
    pero no pueden ocultar definitivamente la existencia de problemas.
    Así, durante julio el Tesoro nacional mostró un
    déficit de casi US$ 199 millones. Comparados con los US$ 788
    millones de un año atrás existen sobrados motivos para
    ponerse contento. Sin embargo, a poco andar se comprueba que ese
    resultado se pudo obtener por la ayuda de dos factores inestimables.
    El primero se relaciona con los US$ 394 millones que el Tesoro
    recibió en concepto de la parte que le correspondía por
    la venta de las acciones de YPF (US$ 174 millones fueron transferidos
    a la Anses, según lo previsto en la ley de
    privatización de la empresa). El segundo, con la
    acreditación en las cuentas del Tesoro de US$ 160 millones
    provenientes de los intereses percibidos por la colocación de
    las reservas internacionales del Banco Central.

    Respecto de esto último cabe señalar que
    habitualmente la imputación en las cuentas del Tesoro de los
    intereses por las reservas se realiza a la finalización de
    cada trimestre y no, como ahora, en el inicio. En suma, de no haber
    contado con la ayuda de ambos recursos, el déficit fiscal
    habría sido equivalente a US$ 753 millones; esto es, un valor
    no muy diferente del de un año atrás. En ese contexto,
    se entiende la creciente preocupación de los técnicos
    del FMI por los resultados de las cuentas públicas y sus cada
    vez más reiteradas apelaciones al gobierno para que no ceda a
    las presiones electorales por un aumento en el nivel del gasto
    público, situación que la conducción
    económica blanqueó al aceptar públicamente que
    las presiones electorales son formidables.

     

    ¿Crecer sin mejorar?

     

    El otro centro de preocupación en el que coincidieron los
    economistas de la oposición y los del gobierno es que en cada
    etapa de expansión que se produjo dentro del esquema de la
    Convertibilidad el desequilibrio en las cuentas externas
    aumentó rápidamente. En 1992 el déficit en la
    cuenta corriente había alcanzado, con la nueva
    metodología de medición, US$ 5.400 millones de
    dólares. Dos años después, con el PBI creciendo
    a razón de 8% anual, el quebranto externo había trepado
    a US$ 10.000 millones.

    El esquema se repite en los dos últimos años.
    Durante 1996 el saldo negativo de la cuenta corriente se situó
    en torno de US$ 4.000 millones. Para este año Carlos
    Rodríguez espera no menos de US$ 9.000 millones. Atento a la
    experiencia por la que están atravesando los países del
    sudeste asiático, es indudable que tal comportamiento plantea
    el interrogante sobre la sustentabilidad de la actual fase de
    expansión, si bien los niveles de déficit externo de
    esos países son muy superiores al que presenta la Argentina.

    En otras palabras, parece que la economía local oscila
    entre situaciones que le permiten crecer más rápido,
    disminuir los altos niveles de desempleo y mejorar la
    situación fiscal, pero agravan los déficit externos y,
    por ende, hacen dudar sobre la continuidad del ciclo ascendente, y
    escenarios donde impera la fase recesiva o de estancamiento. En ese
    contexto, aunque el desequilibrio externo tiende a mejorar, los
    problemas de empleo, los sociales y los fiscales tienden a
    profundizarse.

     

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