Más allá de las discrepancias que sobre algunos
aspectos de la política económica vigente y sus
principales consecuencias se expusieron en los sucesivos debates
televisados entre el ministro de Economía, Roque
Fernández, y el vocero de la Alianza opositora en este tema,
José Luis Machinea, resultó llamativa la coincidencia
en las preocupaciones inmediatas demostrada por el viceministro,
Carlos Rodríguez, y el mismo Machinea. Estas se centraron en
el déficit fiscal y el de las cuentas externas. En el primero
de los casos el punto llamativo es la fuerte resistencia a un
descenso más acelerado. En particular, porque el nivel final
previsto para todo el año, en la definición amplia del
déficit, no significará una reducción
significativa respecto de los valores que había alcanzado en
1996.
La inquietud adquiere sentido si se atiende a que el PBI
está creciendo, de acuerdo con las estimaciones oficiales que
la mayoría de los analistas privados y economistas de la
Alianza comparten, a un ritmo de 8% anual y, consecuentemente, la
recaudación impositiva también exhibe una importante
recuperación. Más aún, se suele hacer referencia
a lo que sucedió después que se implementó el
plan de Convertibilidad y, en especial, a la dinámica del PBI
y del déficit fiscal entre 1992 y 1994.
Al respecto, cuando el PBI también crecía a un ritmo
anual inclusive algo superior a 8%, el resultado fiscal incluidas las
privatizaciones pasaba de un déficit del orden de los US$
2.200 millones en 1991 a superávits de US$ 1.400 millones en
1992 y 2.800 millones en 1993 para, en 1994, volver a un
déficit de US$ 500 millones. En este marco, los US$ 4.800
millones -como mínimo- de quebranto que se esperan para este
año exceden holgadamente a los registros del período
1991-1995 (efecto tequila incluido), y sólo son superados por
los US$ 6.000 millones de 1996.
Arrugas bajo el maquillaje
Pero la cuestión no se agota en este aspecto. Ciertos
arreglos vinculados con la “contabilidad creativa” mejoran la
presentación de los resultados de las cuentas públicas
pero no pueden ocultar definitivamente la existencia de problemas.
Así, durante julio el Tesoro nacional mostró un
déficit de casi US$ 199 millones. Comparados con los US$ 788
millones de un año atrás existen sobrados motivos para
ponerse contento. Sin embargo, a poco andar se comprueba que ese
resultado se pudo obtener por la ayuda de dos factores inestimables.
El primero se relaciona con los US$ 394 millones que el Tesoro
recibió en concepto de la parte que le correspondía por
la venta de las acciones de YPF (US$ 174 millones fueron transferidos
a la Anses, según lo previsto en la ley de
privatización de la empresa). El segundo, con la
acreditación en las cuentas del Tesoro de US$ 160 millones
provenientes de los intereses percibidos por la colocación de
las reservas internacionales del Banco Central.
Respecto de esto último cabe señalar que
habitualmente la imputación en las cuentas del Tesoro de los
intereses por las reservas se realiza a la finalización de
cada trimestre y no, como ahora, en el inicio. En suma, de no haber
contado con la ayuda de ambos recursos, el déficit fiscal
habría sido equivalente a US$ 753 millones; esto es, un valor
no muy diferente del de un año atrás. En ese contexto,
se entiende la creciente preocupación de los técnicos
del FMI por los resultados de las cuentas públicas y sus cada
vez más reiteradas apelaciones al gobierno para que no ceda a
las presiones electorales por un aumento en el nivel del gasto
público, situación que la conducción
económica blanqueó al aceptar públicamente que
las presiones electorales son formidables.
¿Crecer sin mejorar?
El otro centro de preocupación en el que coincidieron los
economistas de la oposición y los del gobierno es que en cada
etapa de expansión que se produjo dentro del esquema de la
Convertibilidad el desequilibrio en las cuentas externas
aumentó rápidamente. En 1992 el déficit en la
cuenta corriente había alcanzado, con la nueva
metodología de medición, US$ 5.400 millones de
dólares. Dos años después, con el PBI creciendo
a razón de 8% anual, el quebranto externo había trepado
a US$ 10.000 millones.
El esquema se repite en los dos últimos años.
Durante 1996 el saldo negativo de la cuenta corriente se situó
en torno de US$ 4.000 millones. Para este año Carlos
Rodríguez espera no menos de US$ 9.000 millones. Atento a la
experiencia por la que están atravesando los países del
sudeste asiático, es indudable que tal comportamiento plantea
el interrogante sobre la sustentabilidad de la actual fase de
expansión, si bien los niveles de déficit externo de
esos países son muy superiores al que presenta la Argentina.
En otras palabras, parece que la economía local oscila
entre situaciones que le permiten crecer más rápido,
disminuir los altos niveles de desempleo y mejorar la
situación fiscal, pero agravan los déficit externos y,
por ende, hacen dudar sobre la continuidad del ciclo ascendente, y
escenarios donde impera la fase recesiva o de estancamiento. En ese
contexto, aunque el desequilibrio externo tiende a mejorar, los
problemas de empleo, los sociales y los fiscales tienden a
profundizarse.
