lunes, 22 de junio de 2026

    “Queremos ser la primera gran agencia creativa global”

    Trasponer la puerta de Bartle, Boggle & Hegarty en el
    corazón del Soho londinense es como atravesar el espejo de
    Alicia, aquella de Lewis Carrol y su país de las maravillas.
    Del otro lado de la adusta fachada de una mole victoriana se abre un
    enorme espacio integral dominado por la luz, la transparencia del
    vidrio, el color, en el que se puede percibir el pulso de un mundo en
    ebullición aunque llamativamente silencioso.

    En un despacho despojado y al mismo tiempo cálido espera,
    puntual y afable, un hombre delgado, de mirada intensamente azul. Es
    John Hegarty, el corazón creativo de una de las agencias
    publicitarias más creativas del mundo. Mientras prepara y
    sirve el té, con la mejor cortesía británica, le
    hace sentir a su interlocutor que dispone de todo el tiempo del mundo
    y agradece los elogios respecto de su hábitat casi como
    excusándose.

    “En primer lugar, estar aquí en el Soho es genial, es un
    sector de Londres maravilloso. Para esta actividad, es realmente el
    centro; las salas de edición, las productoras, todo
    está a dos o tres minutos de distancia caminando. En cuanto al
    edificio en sí, hace unos meses que nos mudamos; si hubiera
    conocido el anterior —que quedaba aquí a la vuelta—,
    se habría espantado. Estábamos todos amontonados, era
    decididamente horrible. Usted habría dicho:
    ‘¿Qué, se supone que ésta es una agencia
    líder y trabajan en este cuchitril?’. Pero por suerte
    pudimos hacer esto, que es lindo, da un sentimiento de libertad y nos
    permite hacer lo que nos gusta: relacionarnos con la gente, hablar,
    comunicarnos.”

    — Existe la imagen de que BBH es como una boutique enorme
    y maravillosa que trabaja para todo el mundo sin salir del Soho. Y si
    uno ve cualquiera de las campañas, por ejemplo la de
    Levi’s, es francamente estadounidense, pero fue hecha
    aquí. ¿Cómo lo logran?


    — Pienso que a veces se observa mejor una cultura desde afuera
    que desde adentro de ella misma, porque se ven cosas que son
    interesantes, y desde el exterior también se ve lo que a otros
    les va a parecer interesante. En cuanto a la imagen de BBH, es
    cierto, éramos una agencia muy grande y creativa haciendo
    muchísimos trabajos para otras partes del mundo sin movernos,
    y sentíamos un gran control, que es una condición
    fundamental para hacer un buen trabajo creativo. No se puede enviar
    una idea por fax; no es sólo cuestión de tener buenas
    ideas, es cómo uno hace las cosas lo que las transforma en
    grandiosas. Y cada vez hacíamos más y más cosas
    en el exterior, con grandes logros. Después, muchas
    situaciones cambiaron, y nosotros nos decíamos que
    queríamos mantener el control, pero el tiempo y la distancia
    se complicaban mucho. Por otro lado, nos dimos cuenta de que
    teníamos una marca que la gente conocía en otras partes
    del mundo, y pensamos que, si verdaderamente queríamos
    globalizar nuestra empresa, el principio de tener una sola sede es
    bárbaro pero limita el crecimiento. Entonces nos planteamos
    tener una oficina en cada una de las tres regiones económicas
    más importantes: una en Europa —que es ésta de
    Londres—, una en América y una en el sudeste
    asiático. Decidimos ir primero a Oriente, y abrimos nuestra
    sede en Singapur, para poder hablar con los clientes con mentalidad
    oriental desde una suerte de comprensión de la sofisticada
    publicidad occidental.

    — El anteaño pasado en Cannes, en el
    “encuentro de cerebros” que suele organizar el Wall Street
    Journal, usted se sacó chispas con Sean Fitzpatrick, de
    McCann-Erickson, precisamente sobre este tema.


    Sí, fue una experiencia fabulosa y realmente chispeante.
    Simplemente no estamos de acuerdo. Yo creo que las redes
    publicitarias tradicionales son cosa del pasado; se establecieron
    cuando las grandes compañías —Esso, Procter &
    Gamble— les decían a sus agencias de publicidad,
    mayormente estadounidenses: “Vamos al Reino Unido, necesitamos
    su presencia allá y crear publicidad para Gran Bretaña,
    y después vamos a ir a Francia, Alemania”, y así
    sucesivamente. Y las agencias se desplegaban colgadas a la espalda de
    la estrategia comercial de sus clientes. Pero ahora el mundo se mueve
    en una forma mucho más global. Las agencias no necesitan estar
    en cada uno de los mercados para crear publicidad que atraviese las
    fronteras. Lo que suele suceder, y yo trabajé en agencias
    así, es que, a pesar de que dicen ser internacionales, si un
    comercial viene de Estados Unidos todos en la agencia plantean:
    “Es basura, acá no va a funcionar, es mejor que lo
    rehagamos”. Porque eso es lo que quiere la gente, rehacer la
    publicidad; no les gusta que les den un aviso hecho, y yo lo
    entiendo. ¿Por qué trabajar para traducir un trabajo
    realizado en Estados Unidos y pasarlo aquí en Gran
    Bretaña? Entonces vemos, en las agencias internacionales, que
    todos están luchando contra la idea de globalizar un aviso.
    Pero, ¿por qué comenzar con esa estructura? ¿Por
    qué no decir simplemente: “Vamos a crear un aviso
    publicitario fantástico, hacerlo lo más distintivo que
    podamos y buscar similitudes alrededor del mundo, no diferencias, y
    lograr algo que tenga integridad, valor y clase, y lo vamos a pasar
    en todas partes”? Hollywood se las arregla para hacerlo, Picasso
    pudo hacerlo, Matisse, Da Vinci, ¿por qué no puede
    lograrlo la publicidad? Porque no estamos preparados para pensar
    así; todo el tiempo pensamos localmente, no pensamos
    más allá de las fronteras. Y el chiste está en
    que de eso se trata la publicidad, de reunir a las personas. Las
    fronteras son todas artificiales; Internet las derrumba por completo.

    — Precisamente con Internet y la globalización de
    las comunicaciones, de la que hablan todos los grandes anunciantes,
    ¿para qué necesitan una agencia en cada
    país?


    — Justamente, no las necesitan; eso es ridículo. Si una
    compañía internacional intenta crear una imagen en todo
    el mundo, lo que precisa es una agencia sobresaliente en un solo
    lugar, el que sea, para crear una campaña grandiosa y hacer
    que se diferencie del resto. Y esto no significa que no haya
    —siempre habrá— agencias locales que produzcan
    publicidades maravillosas. El problema con las agencias es que
    siempre quieren que todo funcione para toda la gente. Nos pasamos
    diciendo a nuestros clientes: “Comprendan el mercado, su target,
    dirijan la creatividad, sus objetivos”, y cuando se trata de
    nuestro negocio, actuamos como si todas ésas fueran pavadas.
    Hay que comprender que todos los clientes no son iguales, que desean
    cosas diferentes; nosotros tratamos de gustar a clientes que quieren
    tener avisos fantásticos que se distingan del resto y
    funcionen en todo el mundo. Nuestra ambición es ser la primera
    gran agencia publicitaria creativa internacional. Si lo manejamos
    desde ese posicionamiento, quizá sólo funcione para 10%
    de los clientes internacionales; y está bien, ése es
    nuestro mercado. Es como Harrod’s; sólo le interesa 5% de
    quienes la visitan, pero es una de las tiendas más famosas del
    mundo. Y eso es lo que hacemos, nos preguntamos:
    “¿Qué clase de clientes queremos?, ¿cómo
    podemos ofrecerles un mejor servicio?”. Por eso vamos a ir a
    América, por eso nos instalamos en Singapur, para tener una
    presencia global.

    — Sin el peligro, por ejemplo, de la burocracia.

    — La burocracia es un animal inmenso que demanda
    constantemente de uno, se come demasiada energía. Creo que
    cada vez más las marcas —incluidas las agencias de
    publicidad— deben pensar de una sola manera pero identificando
    qué es lo que ofrecen y distinguiéndose más en
    cómo lo ofrecen. Como digo, muchos clientes internacionales no
    recurrirán a nosotros porque no quieren lo que nosotros
    queremos, y está bien que así sea.

    — En cuanto al impacto de las nuevas tecnologías en
    la creatividad, ¿cree que la modifican? ¿O siempre se da
    que hay una gran idea y eso es todo?

    — Hay cambios en la manera, el estilo de la
    comunicación, pero en esencia el negocio sigue siendo
    prácticamente igual: las ideas son las que transforman la
    manera de pensar del mundo. Esencialmente eso es lo que creamos:
    ideas, y ellas son las que hacen que todo suceda. La
    tecnología nunca las va a reemplazar. El funcionamiento de la
    mente humana, el pensamiento lateral, es lo que la hace algo
    fabuloso; eso es lo que no puede hacer una computadora, sólo
    puede repetir lo que le ha sido introducido. Lo que se pone en ella
    es lo que se obtiene. No tienen capacidad para saltar a la
    imaginación, y espero que pase mucho tiempo antes de que esto
    suceda.

    — Hablando de ideas, ¿prefiere algún tipo en
    particular?

    — Me gustan las ideas que captan la imaginación, que
    tienen cierta integridad a su alrededor, que hacen sonreír a
    la gente. Pienso que el humor es una fuerza muy poderosa, pero hay
    que entender bien su uso. Esas son las cosas que implica nuestro
    trabajo, la habilidad de hacer que la gente tenga una vida mejor, de
    hacerla sentir bien, hacerla disfrutar de lo que estamos diciendo y
    de un modo que sea inteligente sin ser exclusivo, sagaz sin ser
    excluyente.

    — La gente “consume” publicidad, y ésta
    es de algún modo parte del espectáculo.

    — Sí. Es una fuerza de comunicación muy
    poderosa y a la vez muy subestimada. Siempre aparecen
    artículos anunciando el fin de los comerciales y toda esa
    clase de pavadas. Pero el comercial televisivo es verdaderamente la
    única nueva forma de arte del siglo XX. Y si se piensa que en
    30 segundos o un minuto cuenta una historia, sirve para construir una
    marca, aporta a la creación de un estilo de vida, hay que
    reconocer que es algo bastante singular, tremendamente poderoso e
    influyente.

    — Sin embargo, hay quienes anuncian que la
    transformación tecnológica cambiará radicalmente
    esto.

    — Los conversos siempre quieren creer que aquello que
    adoptaron es lo que va a captar la mayor atención, que va a
    cambiar el mundo, pero no es así. La fotografía no
    mató a la pintura, ni la radio a los periódicos, ni la
    televisión a la radio. Pienso que la Internet, lo interactivo,
    son todos elementos fantásticos, maravillosos.

    — Pero son sólo nuevos medios.

    — Exactamente, son sólo medios. La gente
    todavía lee libros, y el libro se inventó en el siglo
    VI o en el VII. Lo que quiero decir es que no importa la manera de
    transmitir información; si uno crea información
    interesante, la gente va a venir a ella. Esa es la idea, eso es lo
    importante.

    V. R.