miércoles, 17 de junio de 2026

    Por qué se abstuvo Oca

    “Todos los días, cuando me levanto, pienso,
    inconscientemente, que voy a cambiar el mundo”, dice. Y con
    tanta convicción que es muy difícil sustraerse a la
    tentación de creerle. ¿Se trata de un militante
    político o social, un ecologista? No, la afirmación
    proviene de Luis María Saguier, que con sus 30 años es
    el flamante CEO de La Nación. Y la cuestión del cambio
    es quizás el nudo de la historia reciente del matutino
    tradicionalmente identificado como “el diario de los
    Mitre”.

    Porque Luis forma parte de un equipo que se integra con sus tres
    hermanos: Fernán, secretario general de Redacción,
    Alejandro, el hombre de los números, y Julio, el big brother
    —por edad y por cierta reminiscencia orwelliana—,
    recientemente instalado en el cargo de presidente del directorio.
    Además, ellos también son Mitre. Sólo que por
    línea materna, y quizás allí se pueda ubicar la
    matriz del fenómeno.

    Matilde, la madre, tataranieta del político, guerrero y
    fundador Bartolomé, es hija de “La Nena”,
    María Elena Mitre, quien casó con Julio Noble, hermano
    de Roberto, el hacedor de Clarín. Si existe un síndrome
    de destino, con esa genealogía, el del papel entintado de
    noticias parecía inevitable. Sólo que para Matilde, por
    la férrea concepción mitrista de que “el diario es
    cosa de hombres”, aquello era un imposible a pesar de ser la
    principal accionista individual.

    “Cuando mi madre entró al directorio, al heredar el
    paquete accionario de mi abuela, le dijeron: ‘Vos acá no
    abrís la boca’, y no podía siquiera levantar la
    mano y decir: ‘Yo querría opinar’”, cuenta
    Julio. Pero las situaciones se modifican inexorablemente, sobrevienen
    las crisis, y Matilde sin duda tenía vocación de opinar
    y decidir, además del patrimonio de cuatro cachorros
    sabiamente entrenados. El holding MNMS —las iniciales de su
    nombre— no tardaría en ser una realidad.

     

    Comprar o vender

    Julio, el mayor (36 años), había desarrollado una
    importante carrera de abogado. A partir del ‘90 comenzó a
    ocupar puestos en empresas vinculadas, hasta que llegó a ser
    secretario del directorio de la sociedad propietaria del diario.
    “Se metió así en la cocina. Y lo que vio no le
    gustó, ni a él ni a nadie”, afirma Alejandro.
    Algunas decisiones cuestionables, resultados económicos poco
    satisfactorios, accionistas descontentos porque terminaban pagando
    más por el impuesto a los bienes personales que lo que
    recibían de dividendos. Un panorama que anunciaba la hora de
    la verdad.

    “Se fueron dando ciertas circunstancias. No fue que dijimos:
    ‘Vamos a desembarcar allí’”, sostiene Julio.
    “Hubo una crisis seria, muy común quizás en las
    empresas de familia, donde no están bien delimitados los
    campos patrimoniales y los vínculos personales. Se produjeron
    algunas renuncias, algunas peleas, y después de esto una parte
    importante de los accionistas decidió vender.
    Constituían en total cerca de 25%, nosotros teníamos
    17%. Lo que hice fue hablar con mi familia, les dije que lo que no
    podíamos hacer era quedarnos de brazos cruzados: o
    comprábamos o vendíamos. Y mi madre planteó:
    ‘Yo exploraría las posibilidades de comprar’.
    Así que salimos a hacerlo.” Fue un proceso lento,
    había que respetar estatutos, lazos familiares, tradiciones,
    pero entre el ‘93 y el ‘94 lo lograron
    —endeudándose—, y poco después sumaron 10%
    más que estaba en poder de dos hermanos de Bartolomé
    Mitre, tataranieto del homónimo y director del
    periódico. Ya eran los dueños.

    Para entonces, habían conseguido incorporar como director
    ejecutivo a Guillermo Schmitt, un ex Price Waterhouse que
    había auditado a La Nación durante varios años,
    a quien le tocó encarar un proceso de reingeniería que
    asumió las características de una cirugía mayor.
    Más de 300 personas se alejaron de la empresa, que
    “estaba gorda”, en palabras de Alejandro. “Por cada
    persona que escribía había tres en
    administración, ventas, circulación. Así era
    imposible mejorar la productividad.”

    Julio reconoce que “fue un ajuste muy duro, muy doloroso, pero
    el diario no dejó a nadie en la calle de un día para
    otro; puso equipos a funcionar para que pudieran conseguir otro
    trabajo, capacitarse, contar con asistencia psicológica. Fue
    generoso con las indemnizaciones. Se ocupó de su gente, no la
    tiró a los perros”, reivindica.

    Era el momento de tomar las riendas, y el grupo familiar
    resolvió cerrar filas y asumir la conducción global.

     

    Todos a bordo

    Alejandro, que había dejado la carrera de contador a tres
    materias del título, se dedicaba a administrar los campos de
    la familia y vivía en Pergamino para satisfacer su
    vocación rural; Luis, ingeniero, había desarrollado una
    brillante carrera en marketing dentro de la empresa Massalin y estaba
    radicado en Estados Unidos. Fernán era el único que
    había pasado la mayor parte de su vida en el diario, como
    periodista; había empezado a los 19 años picando cables
    y, después de atravesar distintas secciones y
    responsabilidades, era por entonces corresponsal en Washington.

    Los cuatro se formaron en un espíritu de cuerpo que se
    forjó en torno de su madre y se consolidó por varias
    razones. Una, la escasa diferencia de edades —hoy tienen entre
    30 y 36 años—; otra, un padre, Julio César
    Saguier, al que admiran y respetan pero que, atrapado por la
    pasión política (falleció en 1987 siendo
    intendente de la ciudad de Buenos Aires durante la gestión de
    Raúl Alfonsín), estuvo bastante ausente en la
    cotidianeidad familiar. Así, ante la convocatoria del big
    brother, respondieron sin vacilaciones.

    Alejandro se volcó, naturalmente, al control de los
    números de la empresa y hoy es miembro del directorio. Luis
    ocupó un lugar en el Comité Ejecutivo, un órgano
    de gerenciamiento que cumplió su ciclo en la etapa de
    transición, hasta que en mayo fue ungido vicepresidente
    ejecutivo, con la responsabilidad de manager absoluto.

    Además de querer cambiar el mundo cada mañana, Luis
    cree que una de las claves para transformar el diario pasa “por
    liberar la atmósfera para que la gente esté lo
    más cómoda posible; después, el resto es
    automático. Si uno viene con ganas a trabajar, cambia su
    mundo, y eso transforma el producto y el contexto. La
    capacitación, las herramientas de motivación, la
    remuneración variable por el desempeño, todo es muy
    importante; pero lo que más importa es el estilo, una actitud
    en pequeñas cosas”.

    Partidario de un control muy macro —”no se puede meter mano
    directamente en todas las cosas”—, prefiere que todo sea
    “paulatino, tranquilo, sin ningún cambio brusco”. Su
    aspiración: “Que esta empresa sea parte de la oferta de
    cosas que le hacen bien a la gente, que la ayude a vivir mejor, a
    desarrollarse, a crecer, a pensar; sin ser utópico pero sin
    renunciar a volar, porque, si no, uno se vuelve un escéptico
    absurdo”.

    Fernán siempre supo que quería ser periodista, aunque
    después de dos años en esa carrera sintió que
    aprendía más en el trabajo cotidiano —ya estaba en
    el diario—; así que se anotó en psicología,
    donde obtuvo su licenciatura sabiendo que nunca iba a ejercer la
    profesión. ¿Por qué? “Porque, teniendo las
    posibilidades, no podía cometer el pecado de no hacer la
    universidad. Y me gustaba psicología, quizá porque me
    importa la gente, escucharla y, si puedo, ayudarla.”

    Cuando la familia se hizo cargo de la empresa, Julio le
    encomendó a Claudio Escribano —subdirector
    periodístico y toda una institución dentro del
    diario— que tomara las decisiones en esa materia con estricto
    criterio profesional, que no eligiera a nadie por un apellido. Y
    Escribano le ofreció el cargo de secretario general a ese
    joven brioso que había aprendido el oficio allí mismo,
    desde la adolescencia, para formar un equipo más equilibrado
    en lo generacional junto a él y al prosecretario,
    Germán Sopeña.

    Sus años de corresponsal, más las pasantías que
    hizo en el Wall Street Journal, el Los Angeles Times, el Washington
    Post, el USA Today y algunos diarios ingleses marcaron su
    predilección por la prensa sajona. ¿Su ideal de
    redacción? “Una donde todos piensen, la
    comunicación sea muy fluida, los periodistas rebalsen de
    ambición, de orgullo, donde se edite con un rigor y una
    calidad linderos con la perfección.”

    Con respecto al meneado tema de las supuestamente conflictivas
    relaciones con el director, Bartolomé Mitre, Fernán es
    diplomáticamente contundente: “El papel del director
    aquí siempre estuvo vinculado con la política
    editorial; trabaja estrechamente con los editorialistas y el
    caricaturista de humor político. Por lo demás, es
    cierto que en su momento hubo una puja muy fuerte por la compra de
    las acciones, pero, una vez que se decantó la
    situación, las relaciones quedaron en excelentes
    términos. Porque, juntos, los Mitre y los Saguier hemos
    logrado poner a la empresa en el lugar donde está. Todo lo
    demás son especulaciones, ésta es la verdad”.

     

    Primeros frutos

    Aunque se cuidaron de guardar un delicado equilibrio para no
    ahuyentar a los lectores tradicionales y a la vez incorporar otros
    nuevos, los cambios se fueron sucediendo con velocidad. Nuevos
    suplementos temáticos, la reformulación de la revista
    dominical con más de 100 páginas —que
    rápidamente se puso a la cabeza del ranking de
    captación publicitaria frente a sus pares de otros medios y
    ayudó a levantar la venta de ese día en más de
    20.000 ejemplares—, el abordaje de temas que en otros tiempos
    habrían constituido tabúes, conforman un menú
    que parece haber satisfecho a los paladares más exigentes. Los
    datos de una reciente encuesta dan cuenta de que 70% de los lectores
    considera que los cambios han sido muy positivos, sólo 6% los
    ve como negativos y un dubitativo 24% no sabe, no contesta.

    En términos económicos, los resultados también
    parecen alentadores. El último ejercicio cerró con una
    ganancia de $ 20 millones, la rentabilidad fue 32 veces superior al
    promedio de los cinco años anteriores y crecieron las ventas
    netas y la participación en el mercado de avisos. Al mismo
    tiempo, los Saguier se desprendieron de dos emprendimientos
    deficitarios —Radiodifusora del Plata y Cele Video Color— y
    para fin de año habrán cancelado toda la deuda
    financiera.

    Conscientes de que no conviene depositar toda la carga sobre la nave
    insignia, se plantean la expansión. Están en estudio
    nuevos productos editoriales y, pese a la fallida experiencia
    multimedia, no descartan volver a encararla, aunque desde otra
    perspectiva, quizás una radio, y seguramente el espectro de
    posibilidades que se abre desde los medios interactivos, con el
    management adecuado (una de las razones a las que adjudican el
    fracaso en la anterior incursión en los medios
    electrónicos). El proyecto podría incluir la
    conformación de alianzas que por ahora no quieren revelar.

    Desde el imponente retrato de cuerpo entero que domina la
    recepción del sexto piso —el ámbito del
    poder— Bartolomé Mitre observa el accionar de
    éstos, sus choznos. Cuatro jóvenes que parecen tan
    distintos, alejados de toda militancia política, sencillos,
    cultores del bajo perfil. Sin embargo, hay algo que los emparenta,
    más que la genealogía, con el político y
    guerrero carismático. Quizá la pasión —que
    recorre todos sus discursos—, la ambición —orientada
    a otra meta, la de llegar a hacer el mejor diario, el más
    comprometido con las grandes causas—, la extraña mixtura
    de audacia y sutileza, el estilo. Por alguna, o todas esas cosas,
    ellos también son Mitre.