domingo, 21 de junio de 2026

    Mujeres de Buenos Aires

    El narrador estadounidense Ambrose Bierce escribió alguna
    vez que las mujeres serían mucho más encantadoras si
    fuera posible caer en sus brazos sin caer en sus manos. La frase no
    deja de ser sugerente en un terreno radicalmente distinto, a primera
    vista, como el marketing. Por lo menos, no parece que pueda existir
    un destino más venturoso para un producto comercial que los
    brazos abiertos del público femenino. Siempre, claro
    está, que tamaño éxito pueda lograrse sin quedar
    completamente a merced de unas criaturas a las que siglos de
    literatura han conferido cierta fama de esquivas, volubles e
    inconstantes.

    Nada más sensato, entonces, si se trata de ese mercado
    particular, que un estudio como el que ADV/ Vázquez ha llevado
    a cabo recientemente con las mujeres de Buenos Aires. Si se pasan por
    alto los riesgos de una simplificación excesiva, las
    conclusiones del trabajo permiten delinear un perfil: la mujer que
    predomina en esta ciudad y en su cordón suburbano vive
    aún según las pautas del modelo tradicional, con
    independencia de si trabaja o no, y sigue a cargo de las tareas
    domésticas que le asignan antiguas convenciones. Algo
    más de la mitad de la muestra forma parte de los sectores
    socioeconómicos designados como D1 y D2, y sólo 11%
    accede al más exclusivo ABC1. Casi un tercio tiene entre 20 y
    29 años, 38% pertenece al segmento de 30 a 44, y otra tercera
    parte excede los 45. Las que viven en pareja llegan a 72%, y es
    corriente que las que tienen hijos vivan con ellos. Para no alterar
    los promedios considerados típicos, en la mayor parte de los
    casos esos hijos son dos.

     

    Y del trabajo a casa

    Las mujeres de Buenos Aires no le sacan el cuerpo al trabajo. De
    las que tienen entre 20 y 60 años, 43% desempeña
    regularmente actividades laborales fuera de su casa. Pero no
    sólo trabajan. Además, trabajan mucho: 29% lo hace
    durante más de nueve horas diarias, y 53% entre siete y nueve.
    Casi la mitad de ellas asegura que seguiría trabajando aun si
    no mediara necesidad económica alguna. El porcentaje de las
    esforzadas por vocación trepa hasta 58% en el escalón
    ABC1. Claro que en ese tramo de la pirámide
    socioeconómica, el número de las que disponen de
    servicio doméstico asciende a 47%. Para el conjunto del
    sector, ese índice es mucho más escueto: 12%.

    En ese panorama, el acceso a la amplia gama de artefactos
    domésticos y servicios que contribuyen a aliviar la vida de
    las amas de casa no es un detalle menor. También en este rubro
    se registran diferencias marcadas entre los índices generales
    y los que corresponden al sector más acomodado. Apenas 15% del
    total utiliza hornos de microondas, y casi idénticos
    porcentajes recurren habitualmente a vegetales congelados y a comidas
    preelaboradas, mientras que 12% suele pedir comidas a domicilio. En
    el ABC1, esos índices se sitúan en torno de 45%. No
    puede sorprender, entonces, que sean precisamente las mujeres de ese
    segmento las que parezcan más dispuestas a admitir que cocinar
    les gusta poco y nada: las réprobas alcanzan a más de
    40%. En el otro extremo de la escala, son 43 de cada 100 las que, por
    el contrario, declaran que el ejercicio del arte culinario les gusta
    mucho. Es más aguda todavía la polarización en
    lo que se refiere a la limpieza de la casa: 75% de las mujeres del
    sector D1/D2 dice que prefiere hacerse cargo personalmente de la
    tarea, y sólo 15% reconoce que le gustaría dejarla en
    otras manos. En el ABC1, en cambio, las cifras se invierten: 33% para
    las limpiadoras felices contra 58% para las renuentes. Las poco
    afectas parecen, además, haberse cobrado algunas
    víctimas. Es que los números indican que en este
    segmento los maridos colaboran en el trabajo hogareño en una
    proporción considerablemente mayor que en D1/D2.

     

    Al súper voy contenta

    Casi 90 de cada 100 mujeres metropolitanas hacen habitualmente
    compras en un supermercado. Los índices por segmento son algo
    mayores en ABC1 que en D1/D2 y notablemente superiores entre las
    más jóvenes que entre las que han superado los 55. Por
    el contrario, las de menor poder adquisitivo y las de mayor edad
    predominan en ese 12% que se resiste al llamado de las
    góndolas.

    Lo más corriente es que las consumidoras recurran a la
    combinación de una compra quincenal o mensual en el
    supermercado con las más frecuentes visitas a un comercio
    menor. Como complemento del súper, 46% prefiere las
    incursiones a los autoservicios, y un porcentaje igual opta por los
    más tradicionales almacenes, formato que goza de la
    predilección del sector D. Impermeable a tales estrategias,
    29% se abastece con exclusividad en el supermercado. El grupo tiende
    a crecer con amplitud en los segmentos de mayor poder adquisitivo: en
    ABC1 alcanza a 49% y a 38% en C2/C3. En esta elección,
    probablemente, no hay que desestimar el papel que juega la proximidad
    física. Las mujeres de los sectores más pudientes
    suelen tener el supermercado tan cerca que recurren a él hasta
    para las compras más menudas.

    Son ellas también las que con mayor frecuencia empujan el
    carrito solas. El nivel C, en cambio, aporta las mayores tasas de
    presencia masculina en el súper, ya sea del marido solo o como
    acompañante. En términos generales, las solitarias
    llegan a 65%. Las parejas que desfilan juntas frente a las cajas
    registradoras, en cambio, no llegan a 18%. Pero en las excursiones al
    supermercado también hay una cuestión de gusto. Las que
    disfrutan de la compra constituyen nada menos que 57%. Y entre ellas,
    las jóvenes son más.

     

    Es mamá quien manda

    El fin del siglo suele mostrarse impiadoso con toda suerte de usos
    largamente afirmados en las costumbres. El universo femenino de
    Buenos Aires, en ese sentido, también aporta lo suyo. Uno de
    los hábitos familiares que en estas orillas ha sido entregado
    al recuerdo es aquel que hacía del hombre de la casa el
    único administrador de bienes y dineros. Según el
    estudio de ADV/Vázquez, en efecto, la friolera de 61% de las
    mujeres casadas comparte el manejo de los fondos hogareños con
    el marido. Es más: una de cada cuatro de ellas empuña
    sola el timón de la economía doméstica.

    De modo significativo, la toma del poder financiero exclusivo por
    parte de las mujeres en los hogares de los niveles medio y bajo
    duplica al mismo fenómeno en el sector más alto: 35%
    contra 18%. El ABC1, en cambio, es el ámbito por excelencia
    del cogobierno. Curiosamente, en los tres escalones resulta parejo el
    exiguo 10% de hombres que han logrado retener el mando para
    sí.

    Se sabe que una de las cargas que conlleva la administración
    hogareña reside en el pago de las cuentas. En promedio, casi
    56% de las mujeres de Buenos Aires se encarga personalmente de la
    tarea. El índice se acentúa ligeramente en el nivel
    D1/D2, y baja en nada menos que 20 puntos en el ABC1, donde es
    más frecuente que de los pagos se ocupen los hombres. Para
    ellas, según parece, el asunto se vuelve más penoso
    porque sólo un escasísimo 3% recurre al débito
    automático. El porcentaje es apenas un poco mayor que la media
    en el estrato socioeconómico más alto. Es probable que
    el bajo índice de bancarización que parece extendido
    entre las mujeres sea en parte el culpable de que 20% de las casadas
    elija desentenderse del pago de las cuentas y dejárselo al
    marido.

     

    Gastar menos, gastar más

    Hay un aspecto que parece preocupar por igual a las mujeres de
    todos los niveles que participan de la administración
    doméstica: 20 de cada 100 de ellas está pensando en la
    necesidad de eliminar algún gasto. A la hora de resolver por
    dónde debe pasar el ajuste, hay otras coincidencias:
    habría que gastar menos en teléfono y en salidas. Pero
    allí parecen terminar los acuerdos. En los sectores C y D, un
    amplio 23% marca con el lápiz rojo a la televisión por
    cable, a la que apenas pone en cuestión 6% del ABC1. Eliminar
    las revistas y los diarios sólo entra seriamente en los
    cálculos de 5 y 11% de C2/C3 respectivamente, mientras que hay
    otros ahorros que pueden ser pensados exclusivamente en el grupo
    más alto. La cuarta parte de las mujeres del sector incluyen
    en la lista de eventuales prescindencias a la mucama, 12%
    admitiría borrarse del club, y otro tanto hacer que los chicos
    abandonen algunas actividades extraescolares. Llega a 6%, por
    último, el índice de amenaza para el teléfono
    celular y para la escuela privada.

    La otra cara de la reducción de gastos es la que muestra a las
    mujeres que admiten que, en ciertos casos, están dispuestas a
    pagar más por un producto, si les parece que la marca lo
    justifica. En este rubro, las que se llevan las palmas son las cremas
    faciales, producto femenino si los hay. Un verdadero ejército
    compuesto por 73% de las ABC1 no vacila en pagar más por la
    marca preferida. Sus congéneres de los niveles C y D, con
    todo, no se quedan tan atrás, y colaboran en el subsidio a las
    mejores cremas con 52 y 48% respectivamente. Los champúes y
    cremas de enjuague integran también, en lugar destacado, la
    lista de las mercancías por las que vale la pena pagar. En
    este caso, las que descuellan son las más jóvenes de
    cualquier estrato socioeconómico: 61% de las que no han
    cumplido los 30 se declaran capaces de castigar sus billeteras por un
    champú prometedor. Las que han superado esa edad, pero no los
    55, si bien no desdeñan los productos para el pelo, reservan
    algún gastito extra también para el maquillaje.

    Con respecto a ciertos consumos típicamente familiares,
    tienden a desaparecer tanto las diferencias sociales como las que se
    basan en el tiempo vivido. Los lácteos, con 68%, y el polvo
    para lavar la ropa, con 64%, asoman como los universalmente
    preferidos cuando se trata de pagar más por una marca. La
    leche y sus derivados, no obstante, provocan un cierto desnivel entre
    los segmentos: en D1/D2 y entre las jóvenes, las dispuestas a
    consumir sólo lo mejor, cueste lo que cueste, alcanzan a
    más de 70%. En la otra punta del arco, las hamburguesas y los
    helados envasados están entre los productos menos capaces de
    provocar movimientos extraordinarios en los monederos de las mujeres
    de Buenos Aires.

    Por encima de las segmentaciones según la edad o la
    posición socioeconómica, la mayor o menor
    disposición a pagar más por ciertas marcas parece
    atravesada por un condicionante distinto. Las mujeres que trabajan se
    presentan más fácilmente como dispuestas a gastar
    dinero extra en productos que han de depararles satisfacción
    personal. Las que no lo hacen, por su parte, sólo admiten esa
    conducta para los consumos destinados a satisfacer al conjunto de la
    familia, como si una vieja culpa insistiera en azotar a aquellas que
    no quieren o no pueden ganar su propio dinero.

    Ulises Muschietti

     






    Ficha técnica

    Universo: Mujeres entre 20 y
    60 años, Capital y GBA.

    Muestra: 600 casos, probabilística con entrevistas
    telefónicas.

    Ponderada por edad y NSE, según datos del Indec y
    AAM.

    Cuestionario: estructurado.

    Campo: enero y febrero de 1997.

    ADV/Vázquez y GEA.


    Las de los medios

    Más de la mitad de las mujeres, exactamente 54%, no lee el
    diario. El índice de abstemias crece hasta casi 62% en el
    sector D y entre las más jóvenes, y disminuye
    pronunciadamente para las del segmento más alto: en el ABC1
    son solamente 30 de cada 100 las que pasan de largo ante las tapas de
    los matutinos. De las que sí leen, 36% dedica a este menester
    entre media y una hora como máximo. Las que se permiten
    extraviarse más de ese tiempo entre las páginas son,
    como se ve, sólo un puñado.

    La lectura de revistas, en cambio, reúne más
    adherentes: 63% lee habitualmente al menos una. En este
    renglón, el mayor consumo se concentra en el grupo de 45 a 54
    años, tanto en el ABC1 como en el C2/C3. El menor recorre
    todas las franjas de edad del nivel D, con un índice de
    abstinencia que varía entre 44% y 50%, lo que vuelve
    inevitable el establecimiento de una relación con las
    limitaciones económicas del grupo.

    Mayor, sin duda, es la fortuna de la radio. Lo que se considera una
    alta exposición al medio alcanza a 61% del público
    femenino. La adhesión al dial se hace más intensa
    precisamente allí donde menor es la relación con la
    prensa gráfica. Pero las que tienen más de veinte
    años y menos de treinta, y pertenecen al sector ABC1, marcan
    un verdadero récord: 71% de ellas dedican a la escucha
    más de tres horas por día. De cualquier modo, el total
    de las mujeres que escuchan radio, aunque más no sea media
    hora diaria, asciende a 88%.

    La televisión, por su parte, no tiene rivales en el
    corazón del mercado que componen las mujeres: casi la
    totalidad, 96%, registra algún grado de exposición al
    medio. Las que confiesan que miran la pantalla durante más de
    dos horas diarias suman 49%. La teleadicción registra su punto
    más flaco entre las ABC1 de entre 30 y 44 años, y sus
    éxitos más netos en los segmentos integrados por las
    mayores de 55 y por las jóvenes de nivel D.

    De cualquier modo, más allá de las oscilaciones
    según los grupos de que se trate, y más allá
    también de la competencia entre la radio y la
    televisión por el tiempo de las mujeres, existe una ancha
    franja del mercado a la que sólo se puede acceder por uno de
    esos medios, o por ambos. Es que 25% del total de la muestra es
    inaccesible para la prensa gráfica: no lee ni diarios ni
    revistas.