jueves, 2 de abril de 2026

    ¿Peor el remedio que la enfermedad?

    Aunque por distintas razones, el gobierno y el director gerente
    del Fondo Monetario, Michel Camdessus, comparten la
    preocupación por los episodios de agitación social que
    se observan en la Argentina. En el caso del partido gobernante, la
    inquietud se explica fácilmente: podría perder un
    caudal importante de votos en la confrontación electoral de
    octubre próximo. En cambio, para el FMI la mirada se extiende
    más allá de la mera coyuntura política. La
    preocupación de Camdessus reside en que, “si no se resuelven
    los problemas de desigualdad… la prosperidad quedaría
    fundamentalmente amenazada por las tensiones que pueden generar las
    frustraciones exacerbadas, presa fácil de todos los populismos
    conocidos”.

    En otras palabras, el hombre del FMI advierte sobre el peligro de
    que, si no se adoptan medidas para paliar las inequidades más
    flagrantes, se corre el riesgo de que una coalición
    política opositora intente dar marcha atrás en las
    reformas encaradas a lo largo de los años 90.

    Sin embargo, a juzgar por cómo se han expresado los
    principales referentes de los partidos políticos opositores,
    ninguno está planteando un retorno al pasado de los
    años 80. A lo sumo, buscan imaginar la existencia de
    paliativos que permitan evitar situaciones que lleven a un estado de
    creciente indisciplina social.

    Pero cuando se entra en el terreno de las propuestas, no queda
    claro, según el planteo del FMI, qué es peor: el
    remedio o la enfermedad. Camdessus reconoce que son “los pobres y los
    trabajadores no calificados los que con más probabilidad
    pierden sus medios de subsistencia en épocas de
    aceleración económica”. Por lo tanto, así como
    sostiene que el Estado debe disponer de una red de protección
    social para ayudar a los sectores más necesitados, advierte
    que a través de ella no debería hacerse asistencialismo
    sino capacitar a la gente para que “vuelva a ponerse de pie”.

    Pero, al mismo tiempo, Camdessus argumenta que todavía
    queda mucho por hacer en el mercado laboral: descentralizar y
    reformar el proceso de negociación colectiva, lograr que las
    obras sociales operen con mayor eficiencia y menores costos y reducir
    las indemnizaciones. Medidas, todas ellas, que al menos en una
    primera etapa acentúan los problemas de desempleo y
    desigualdad sin que nadie pueda asegurar que, más adelante,
    esos desequilibrios puedan corregirse.

     

    Contradicciones

     

    La oposición a las posiciones de Camdessus provino de
    diferentes fuentes. Por lo pronto, mientras el gobernador bonaerense
    Eduardo Duhalde salió a reconocer que los conflictos sociales
    que sacudieron a la Argentina en las últimas semanas reconocen
    una base cierta, el presidente Menem prefirió adjudicar ese
    clima de agitación a la necesidad del periodismo de aumentar
    su rating o su circulación. Duhalde fue más allá
    y, quizá para preocupación de la franja más
    ortodoxa del empresariado, afirmó que “para los ricos siempre
    está el mercado, pero para los pobres, si no es el Estado el
    que está alcanzándoles soluciones, el problema es muy
    serio”.

    El ministro de Economía de la provincia, Jorge Remes
    Lenicov, levantó la apuesta. Afirmó que “hay que hacer
    asistencialismo para conservar la paz social” (el gobierno parece
    seguir su recomendación con la decisión de lanzar un
    programa de empleo mínimo y de becas), pero coincidió
    con Camdessus en que hay que preservar los logros alcanzados: “Si no
    se hace nada, puede aumentar la conflictividad social y amenazar al
    modelo económico en la transición”. Sin embargo, no
    dudó en calificar a la flexibilización laboral como un
    mito: “No hay que verla como la panacea para generar empleo”.

    Por supuesto, Camdessus no pudo sustraerse a la tentación
    de reiterar cuál era, a su juicio (y, por tanto, al de la
    comunidad financiera internacional) el mejor destino que podía
    darse a los recursos que se obtengan por la privatización del
    Banco Hipotecario. Como se recordará, el FMI aspiraba a que
    con esos fondos se cancelara deuda externa, para contribuir a la
    reducción del riesgo país.

     

    Preocupaciones de los banqueros

     

    Este tema, junto con el de la evolución futura del sistema
    financiero local -aspecto sobre el cual Camdessus también
    recomendó una reforma-, se constituyó en uno de los
    ejes centrales de las discusiones de la reciente convención de
    Adeba. En el primer caso, la controversia se entabló respecto
    de una de las calificadoras contratadas por el gobierno (Moodys) que
    no modificó su última evaluación. Las
    críticas llovieron desde todos los ángulos y sectores,
    en particular desde el gobierno, que deslizó la idea de
    cancelar el contrato de la firma (si así lo hiciera
    sentaría un pésimo precedente a nivel internacional).

    El otro aspecto debatido en la convención fue la tendencia
    del sistema financiero a la concentración y
    extranjerización. Diversos analistas coincidieron en que ello
    parece un proceso inevitable, en particular porque las regulaciones
    vigentes en la Argentina sobre capitales mínimos son
    más exigentes que las recomendadas por el Banco de Pagos
    Internacionales de Basilea. En ese marco, si los depósitos se
    duplicaran en los próximos cinco años -una
    hipótesis no descabellada-, los bancos se verían
    obligados a duplicar también sus capitales en el mismo
    período, exigencia que no parece tan fácil de cumplir
    sin el auxilio de una entidad extranjera o mediante una fusión
    de bancos.

     

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