jueves, 2 de abril de 2026

    El encanto de lo ambiguo

    “Un hombre que trabaja para un instituto que intenta hacer
    contacto con vida inteligente en el espacio está en la misma
    posición que un publicitario, porque tiene que enviar mensajes
    y no obtiene respuesta”, plantea Uli Wiesendanger; “por eso ambos
    deben producir mensajes abiertos, ambiguos, que dejan opciones y le
    dan al otro la posibilidad de hacer”.

    El concepto de ambigüedad ejerce una enorme atracción
    sobre Wiesendanger (cuyo nombre está presente en la W de
    TBWA). “Me gusta por lo que apunté, pero también por
    otras razones. Es una actitud más humana, católica o
    mediterránea, porque los protestantes anglosajones adhieren
    más a la realidad, la claridad. Y es interesante ver
    cómo los creativos superan la media de sus propias sociedades.
    En Estados Unidos, por ejemplo, siempre consideraron que la mejor
    publicidad es bastante ambigua, desde aquel famoso aviso de
    Volkswagen que planteaba ´pensar en pequeño´. ¿Por
    qué habría que pensar en pequeño si allá
    todos piensan en grande?”

    Wiesendanger no se entusiasma con los elementos lógicos.
    “La publicidad no es una ciencia sino un arte. Hay que persuadir a la
    gente de algo superfluo y, por lo tanto, tenemos que seducirla. Pero
    la seducción no funciona con la lógica; no puedo decir:
    ´Mido 1,77, soy millonario, por favor ámeme´; es más
    complicado. Implica sin duda el factor sorpresa y, en ciertos casos,
    una dosis de humor. Uno tiene que poder ser parte de esa persona. Es
    un hecho que a muchas mujeres no siempre les gusta el tipo
    Schwarzenegger sino los hombres más vulnerables, alguien por
    quien puedan hacer algo. Y en la comunicación publicitaria
    todo eso tiene mucho que ver.”

     

    La caza de los espíritus

     

    Las investigaciones de mercado tampoco le parecen un ingrediente
    fundamental a la hora de crear: “Con ellas se obtiene un denominador
    común que, por definición, es mínimo. Si uno
    pregunta: ´¿Cómo le gustaría que fuera su auto?´,
    99% de la gente dice: ´Quiero que sea lindo, cómodo, que ande
    bien y no se rompa´. ¿Y con eso qué? Hay que decirles
    algo que no se imaginan que quieren, de lo contrario no tiene
    sentido”.

    Una cuestión que sí lo desvela es el espíritu
    de las marcas. “Lo que me abrió los ojos fue una
    anécdota relacionada con Lorenzo Piano, el famoso arquitecto
    italiano. Cuando lo invitaron a participar en el concurso para
    construir el aeropuerto de Osaka, en Japón, de inmediato fue
    allí y, claro, no había nada, sólo agua, porque
    precisamente se iba a edificar en una isla artificial; entonces
    alquiló un bote, llegó hasta el sitio exacto donde se
    iba a instalar y comenzó a dibujar. Le preguntaron por
    qué, y contestó: ´Porque aquí está el
    espíritu del lugar, y yo lo tengo que conocer´. En cierto
    modo, nosotros somos como arquitectos; cuando nos enfrentamos con un
    nuevo producto también tenemos que trabajar con
    estadística, ingeniería, datos de mercado, todo eso es
    importante. Pero si no captamos el espíritu tal cual es, todo
    el resto no va a corresponder. Una vez tuvimos que hacer los avisos
    para las pastas Barilla fuera de Italia; todos conocen el
    clisé del ´espíritu italiano y las pastas´: una olla
    con agua hirviendo, niños jugando, rostros felices. Nada
    interesante. Viajé a Parma y conocí a Pietro Barilla,
    el dueño de la empresa. Me sorprendió mucho porque no
    parecía un empresario o un ingeniero, sino un príncipe.
    Vestía ropas exquisitas, se hacía un nudo en la corbata
    que yo jamás logré hacer. La gente de la
    compañía me contó que de joven, ya rico,
    había tenido romances con Rita Hayworth y Gene Tierney. Los
    productos estaban ahí, y me dijo: ´No puede tocarlos sin antes
    ponerse guantes blancos´, y realmente parecían joyas.
    Así que jugamos con esa idea, presentamos las pastas sobre
    terciopelo negro, hicimos películas en las que se les
    vendían esas alhajas a bellas mujeres en fantásticos
    palacios venecianos. Capturamos la magia”.

    Fiel a su concepto, Wiesendanger concluye: “Si lo entendemos bien,
    ese espíritu del producto y de la marca nos ayudará a
    escribir la publicidad. Y los espíritus dan los mejores
    resultados cuando se cuentan historias sobre ellos”.

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