jueves, 2 de abril de 2026

    El rumbo de un estrecho sendero

    Curiosamente, la imagen de debilidad -o de falta de iniciativa- de la conducción política se ha ido instalando en la opinión pública a escasas semanas de que el Presidente, con su pedido de renuncia a Cavallo, lanzara una riesgosa apuesta que involucró una reafirmación de su autoridad. Este proceso ha ido acompañado, como suele ocurrir, de un renacimiento de la actividad de los lobbies, para los que una muestra de deterioro en el poder representa, naturalmente, una invitación a la acción. El escenario estaba, entonces, preparado para que las entidades empresarias pudieran retomar -con mayores bríos y mejores oportunidades de éxito- su campaña en favor de la profundización de la flexibilización laboral. En su mensaje a los empresarios reunidos en la cumbre marplatense de la Unión Industrial, Menem avanzó decididamente en la defensa de esa causa pero, al hacerlo, desnudó una incongruencia política. Pocos días antes había refrendado y publicitado los resultados de una investigación privada según la cual el índice de desempleo habría descendido a 12%. La paradoja es que esta espectacular mejoría se habría logrado sin retoque alguno de la legislación laboral vigente, con lo que el dramatismo del mensaje oficial (la desocupación es imparable si no se hace algo para bajar los costos del trabajo) pierde sustento. El mismo efecto tuvo la difusión de un estudio de la UIA en el que se estima que durante el último quinquenio los costos laborales en la industria se redujeron en 12%. Todo esto conduce a lo que algunos analistas definen como el actual dilema argentino: para salir de la crisis y mejorar la competitividad, la economía se enfrenta a la alternativa de hierro entre el tradicional instrumento del ajuste cambiario (negado por el régimen de Convertibilidad) y medidas como las propuestas en el frente laboral, un recurso irrepetible y de alto costo político. Más anestesia que cirugíaParecería necesario, por lo tanto, examinar en esta etapa algunos interrogantes esenciales. ¿Qué fue el programa del presidente Menem hasta ahora? Fue un programa de reforma económica liberalizante llevado a cabo por una fuerza política de origen populista en un contexto democrático. Rara mezcla, sin duda. Con pocos antecedentes en el mundo. ¿Por qué fue viable el programa hasta ahora? Por un lado, porque el miedo a repetir los episodios hiperinflacionarios obligó a Menem a huir hacia adelante, profundizando las medidas a cada paso. En segundo lugar, porque entre 1991 y 1994 el programa económico casi no tuvo que pagar ningún costo: el ingreso de capitales y el boom de consumo dejaron la sensación de que la anunciada cirugía sin anestesia tenía, en realidad, mucha anestesia o no era siquiera una cirugía. En tercer lugar, porque entre el miedo a una repetición del pasado y lo que aparecía como una rápida cosecha de resultados, el poder de Menem era suficientemente sólido como para no ser desafiado. El problema apareció en 1994 y se profundizó en 1995 y 1996. Ahora los costos comenzaron a pagarse, y esos tres factores aparecen invertidos, como en un espejo. El miedo a la hiperinflación coexiste con el alto desempleo y la recesión prolongada. El boom del consumo dejó paso a un pesimismo generalizado. El ingreso de capitales privados ha descendido casi hasta desaparecer. El poder de Menem se deteriora por las dificultades económicas y por el paso del tiempo. No se trata, como suele decirse ahora, de que cada presidente sólo tiene un ministro fuerte y que, al irse Cavallo, comenzó la descomposición. De hecho, el deterioro ya había comenzado antes, y en todo caso la decisión de Menem de reemplazarlo le evitó a Cavallo seguir desgastándose junto con el Presidente. Así ocurrió, también, en otras etapas históricas. El Cordobazo hirió de muerte a Krieger Vasena y a Onganía. El final de Videla coincidió con la muerte de la tablita cambiaria, que no fue violada por Sigaut, sino por Martínez de Hoz, su propio inventor. La derrota electoral de 1987 dejó a Alfonsín sin poder y al ministro Sourrouille sin instrumentos. En el primer y en el último caso, el relevo de ministros fuertes no fue el origen, sino la consecuencia de la crisis. Parece ser que lo mismo ocurre ahora. La raíz de la debilidadEn este contexto, adquiere otro significado la afirmación de que Roque Fernández es un ministro débil. Su debilidad es un reflejo de la debilidad del gobierno que, en parte, se debe a la productividad decreciente de las políticas del ministro fuerte. En sus últimos días, Cavallo ya no podía imaginar respuestas frente a la crisis: tenía un problema fiscal en buena medida originado en los dineros públicos que gastó para intentar una solución a otros problemas: la baja competitividad y el desempleo. Ahora, Roque Fernández quiere resolver el problema fiscal, pero recurre, para ello, a medidas que hacen mermar la competitividad y desalientan el empleo. Puede haber diferentes criterios acerca de cuál es el problema principal de la economía argentina de hoy, pero la cuestión de fondo es que competitividad, equilibrio fiscal y empleo constituyen manifestaciones diversas y recurrentes de un mismo desequilibrio macroeconómico. En épocas como ésta resulta tentador apelar a propuestas heroicas y peligrosas. Algunos dirán que la solución está en reducir drásticamente el gasto público; otros, que ha llegado la hora de devaluar. Los partidarios de peronizar la economía proclamarán que es preciso abandonar las recetas neoliberales; los ortodoxos seguirán reclamando que hay que persistir y profundizar en ellas. Desafortunadamente, la situación es demasiado compleja como para que alguno de esos instrumentos pueda ofrecer, por sí mismo, la solución a los problemas fundamentales y abrir un horizonte más despejado. La realidad obliga a caminar por un sendero no demasiado ancho, en el que una política económica que busque evitar el caos apunte, al mismo tiempo, a incentivar la productividad a través de estrategias concretas y específicas, que en los últimos años fueron descartadas de plano sólo en nombre de la ideología.