La comprobación más extraordinaria de las últimas semanas no es el cambio en el humor de la gente, por más que sea evidente y haya quedado registrado de mil maneras. Sindicalistas en abierto enfrentamiento con el gobierno que supuestamente mejor los representaba, industriales que claman por políticas públicas activas, banqueros desanimados, economistas confundidos y, sobre todo, una opinión pública que está girando con la certeza de que la convertibilidad no alcanza a solucionar el problema de fondo: el crecimiento y la reactivación. Lo que sí es extraordinario es el súbito cambio de discurso. Los que hasta hace poco no aceptaban ninguna crítica -o al menos alguna reserva teórica- al programa económico, descubren ahora sus limitaciones y rigideces. Opositores políticos que antes mantuvieron silencio ante lo que parecía ser una mole maciza, sin fisuras, que imponía respeto, se animan a fustigar al gobierno con todo tipo de argumentos. La UIA cobra valor y se lanza a reclamar una política industrial que hace pocos años no parecía importar. Solamente Roberto Rocca, el timonel de Techint, sigue diciendo lo mismo que cinco años atrás, aunque ahora sus intervenciones merecen mayor espacio periodístico que entonces. Era previsible que este giro ocurriera. Aunque más no sea para acompañar el proceso de revisión crítica que se ha dado en el mundo industrializado, donde desde distintos frentes se han cuestionado las limitaciones -o los excesos- de las tesis del libre mercado sostenidas a ultranza. En cambio, lo que siempre resulta difícil de anticipar en la Argentina es lo súbito de la transformación, la velocidad con que el péndulo se desplaza al campo opuesto, la instantaneidad de la conversión de los protagonistas públicos. En este contexto era previsible la repercusión que tendría el último ensayo de Lester Thurow sobre el futuro del capitalismo. En el escenario mundial, al comenzar esta década, con el fin de la guerra fría y del mundo bipolar, apareció el gran debate de fin del siglo. Un debate que por cierto no es nuevo, pero que ahora aparece en primer plano: el de la crisis interna del capitalismo o, mejor aún, el del futuro del capitalismo. Esta no es una cuestión académica. Especialmente hoy, en el caso de la Argentina. Casi sin excepción, los distintos sectores de la sociedad abrazaron súbitamente la causa del libre mercado a ultranza, la apertura económica, la privatización y la desregulación. Ocurrió como suele pasar entre nosotros, que el nuevo credo suscitó fervor de conversos y no dejó mayor espacio para la reflexión crítica o los matices diferenciadores. Pero después de los éxitos evidentes del plan de Convertibilidad, también se comenzaron a percibir las limitaciones del programa. Aunque el futuro nunca fue el tema favorito del equipo económico, en el segundo semestre de 1994 comenzó a tornarse evidente que había interrogantes sin respuesta. Sin poner en discusión los logros, la inquietud de los ciudadanos -y de los empresarios en particular- se canalizó hacia temas como éstos: cómo se asegura el crecimiento de la economía, cómo se combate el desempleo, cuál es el futuro perfil de la industria local. Todos estos tópicos apuntan a perfilar una gran discusión sobre el crecimiento en general. Pero antes, entronca con una tendencia universal a debatir sobre el perfil del capitalismo del próximo siglo, y el papel del Estado en la economía.
¿Ideología versus tecnología?
Cuando la ideología y la tecnología van de la mano, el futuro del capitalismo luce seguro. Cuando se distancian, cuando se acentúa la divergencia, comienza a peligrar. Esta es la tesis central del nuevo libro de Lester Thurow. Las demandas y requerimientos de la tecnología actual, sostiene, chocan con los valores de la ideología del capitalismo. Desde el punto de vista de la distribución del ingreso, hay dos tendencias preocupantes. La primera es la desigualdad. Cada vez es mayor el número de personas que está económicamente peor que antes. Esto ocurre en todos los países, en todos los sectores y en todas las categorías de ingreso. La segunda tendencia es la caída de los salarios. Para la mayoría de la gente, los sueldos están bajando, y aquí tampoco hay grupo que se salve. Y lo que más sorprende es que los salarios caen aún en economías cuyo PBI está en alza. Thurow recurre a un concepto geológico para explicar las fuerzas que están minando las bases del capitalismo. Hay capas en continuo movimiento que provocan alteraciones menores y mayores. Según cómo sea el movimiento, la superficie se modifica muy lentamente (creando montañas centímetro a centímetro) o de golpe (causando terremotos y erupciones volcánicas). Debajo de la superficie económica, dice Thurow, hay cinco estratos en movimiento: 1) caída del comunismo, 2) aparición de las industrias del conocimiento, 3) cambio en la demografía, 4) globalización de la economía y 5) mundo multipolar.
La caída del comunismo
La caída del comunismo ha creado un dilema que cuestiona los argumentos básicos del capitalismo del libre mercado. La ideología del capitalismo no reconoce la necesidad de que los gobiernos inviertan. Los gobiernos deben mantenerse al margen y dejar que el mercado opere con libertad. Para sortear con elegancia esa situación, las inversiones que gobiernos pasados destinaron a investigación y desarrollo, educación e infraestructura, se hicieron en nombre de la lucha contra el comunismo. (Hasta la construcción del sistema de autopistas en Estados Unidos se justificó con el argumento de que facilitaba el traslado de los misiles por el territorio. )Sin el comunismo, la ideología capitalista no puede justificar la inversión estatal. El momento no podría ser peor, porque los cambios tecnológicos y demográficos hacen que sean más importantes que nunca las inversiones de largo plazo de los gobiernos. Por eso, la caída del comunismo está preparando la escena para una batalla entre las demandas de la tecnología y las creencias de la ideología.
Ascenso del conocimiento
Hoy, es el conocimiento y las habilidades de los empleados, no los recursos naturales o el capital, lo que da a las compañías su ventaja competitiva. Esta es la era de la capacidad intelectual. Y la capacidad intelectual está en cualquier parte. Sigue vigente la teoría de la ventaja comparativa, pero ahora no se basa en lo que los países tienen sino en lo que hacen. Por ejemplo, qué inversiones hicieron para capacitar a su fuerza de trabajo. En la clásica teoría de la ventaja comparativa, el gobierno no tiene ningún papel en la decisión de la ubicación de la industria. Había un lugar adecuado y un lugar inadecuado para las diferentes industrias. Ya no. Mediante la inversión pública e investigación y desarrollo, o inversión para construir una buena base de conocimientos, los gobiernos pueden, y deben, marcar las diferencias. Y la era de la capacidad intelectual, o del conocimiento, está provocando una importante conmoción en el capitalismo clásico. ¿Por qué? Porque el capital estratégico es el cerebro de los empleados. El capital humano, no el dinero, ni los equipos o los recursos naturales, es lo que da a una compañía su ventaja competitiva.
Demografía cambiante
Para el año 2030 el Banco Mundial proyecta un aumento en la población mundial de 5. 700 millones a 8. 500 millones. Y lo alarmante es que, de los 2. 800 millones de personas que se sumarán, 2. 000 nacerán en países donde el jornal diario es inferior a 2 dólares. Esos países no van a hacer las inversiones necesarias para alimentar a sus poblaciones, mucho menos educarlas y darles las herramientas que necesitan para ganarse la vida. Ciudadanos de los países pobres se están trasladando masivamente a países industrializados. El resultado es la creación de una sociedad de Tercer Mundo dentro de una sociedad de Primer Mundo, lo que a su vez alienta la hostilidad contra los inmigrantes.
La economía global
Por primera vez en la historia, cualquier cosa se puede hacer en cualquier parte y vender en cualquier parte. Lo que significa que se puede fabricar donde sea más barato y vender donde consiga el precio más alto. Eso es bueno para las empresas. Pero para las naciones y sus trabajadores, la noticia no es tan buena. Con la internacionalización, se terminó la era de la regulación nacional. Las actividades van a donde no están reguladas. El resultado es una competencia entre países para ofrecer el mejor régimen fiscal y las mayores ventajas regulatorias para atraer a las empresas. Al mismo tiempo, la regulación mundial sigue siendo algo impracticable. Nadie puede ponerse de acuerdo sobre quién debe regular, qué hay que regular y cómo hay que regular. Un mundo multipolarDesaparecida la amenaza soviética, los problemas y las perspectivas de Europa no son más los problemas y perspectivas de Estados Unidos. Y a los contribuyentes estadounidenses no les interesa pagar por la defensa de aquellos que son tan pudientes como ellos. El problema es que Estados Unidos ya no quiere, ni puede, liderar, pero nadie quiere tomar la posta. Ahora bien, la economía capitalista global de posguerra fue diseñada para funcionar alrededor de una locomotora económica dominante, un país que ayudara a los otros a mejorar sus condiciones económicas porque no tenía que preocuparse por las suyas propias. Y si Estados Unidos no es esa locomotora, ¿quién? Europa no está lo suficientemente unificada como para ofrecer política militar y economía cohesionadas. La economía nacional de Japón es la segunda más grande del mundo, lo que convertiría al país en el candidato ideal. Pero no tiene capacidad militar global. Y, más importante, no tiene interés político en gran parte del mundo. La única experiencia reciente de un mundo multipolar sin líder dominante ocurrió entre las dos grandes guerras. Gran Bretaña abandonaba su liderazgo mundial y Estados Unidos aún no estaba listo para asumirlo. El resultado fue que la Alemania fascista, Japón e Italia chocaron en una guerra mundial con las democracias capitalistas de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.
Futuro del capitalismo
Desde una perspectiva tecnológica, las industrias del conocimiento de la economía global necesitan inversiones de largo plazo en infraestructura, conocimiento y tecnología que sólo el gobierno puede dar. Desde una perspectiva ideológica, la caída del comunismo ha eliminado toda justificación para la inversión del gobierno. Tecnología e ideología se apartan. Una de las dos deberá ceder. Es dudoso que la tecnología pueda dar marcha atrás. De modo que la ideología del capitalismo deberá transformarse. Si el capitalismo quiere sobrevivir en el próximo siglo, deberá abandonar la ideología del consumo y adoptar la ideología del constructor. La gratificación instantánea deberá dar paso a la idea de crear para el futuro. No todos pueden ser entrepreneurs. Pero todos pueden participar en el proceso de construcción a través de inversiones -no sólo en investigación y desarrollo sino también en educación e infraestructura- que emprenda el gobierno. El objetivo de la inversión pública no es ocupar el lugar del capitalismo privado, sino dar al sector privado los recursos (fuerza de trabajo educada, I&D básicas, e infraestructura en telecomunicaciones y transporte) para aumentar sus posibilidades. En síntesis, para sobrevivir, el capitalismo deberá ocuparse de la sociedad.
