martes, 20 de enero de 2026

    La voz que falta escuchar

    A principios de los ‘90 algunas empresas nacionales
    comenzaron a mostrar interés por medir los niveles de
    satisfacción
    de sus clientes. Cinco años después, aunque el fenómeno aún
    esté poco expandido, la preocupación por dar cabida a las
    demandas y expectativas de quienes están del otro lado del
    mostrador empieza a ocupar un espacio creciente en una nueva
    cultura organizacional, que se propone orientar la búsqueda de
    la calidad a obtener la esquiva y siempre deseada lealtad de
    usuarios y consumidores.

    Cuando las barreras tecnológicas que en la década de los
    ‘80 otorgaron ventajas competitivas a las empresas
    nacionales
    líderes comenzaron a debilitarse y los productos y servicios se
    fueron pareciendo cada vez más entre sí hasta convertirse en
    virtuales commodities, algunas compañías consideraron que
    había llegado la hora de poner en marcha procesos de calidad.
    “Decidieron hacerlo para seguir asegurándose el favor de
    los consumidores, en un escenario en el que ya había muchos más

    actores en condiciones de jugar un papel protagónico dentro de
    la oferta de bienes y servicios”, afirma Norah Schmeichel,
    directora de Sygnos CSM, una de las consultoras que miden
    satisfacción del cliente en el mercado local.
    “Lo que las organizaciones buscan al otorgarle importancia
    al tema de la calidad”, apunta María Lidia Maizlisz,
    presidenta de la filial nacional de Total Research, empresa
    especializada en investigaciones de customer satisfaction,
    “es la
    posibilidad de competir de manera más eficiente, manteniendo un
    liderazgo que les permita seguir haciendo buenos
    negocios. Y en esa definición descubren que prestar atención a
    la voz del consumidor se transforma en un punto crucial en
    la determinación del rumbo que imprimen a sus operaciones”.

    En la actualidad casi todas las empresas nacionales advierten la
    necesidad de retener a sus clientes. “Las compañías
    hicieron propio uno de los dogmas favoritos de los marketineros,
    el que afirma que es mucho más costoso ganar nuevos
    clientes que mantener a los ya existentes. Por eso se propusieron
    satisfacerlos y medir esa satisfacción, para descubrir cuáles
    eran sus verdaderas necesidades y poner en marcha las acciones
    necesarias para cubrirlas satisfactoriamente”, asegura Irene

    Tussie, directora de la consultora Research/S.T. & Asociados.

    Así y todo, dentro del escenario nacional la apuesta a la
    calidad es todavía territorio de unos pocos. Son apenas algo
    más
    de un centenar y medio las empresas que están nucleadas en el
    Instituto Profesional Argentino para la Calidad y la
    Excelencia (Ipace) y en la Fundación Empresaria para la Calidad
    y la Excelencia (Fundece).
    Un estudio llevado a cabo por el Ipace entre las compañías que
    adoptaron sistemas de calidad en los últimos años revela
    que 92% asegura haber llevado a cabo mejoras en sus procesos, 80%
    informa que su personal fue entrenado en la atención
    del cliente y 77% sostiene que encararon mediciones de
    satisfacción entre sus clientes.

    Necesidades Se Buscan

    Las pioneras en poner en marcha este tipo de mediciones en el
    país fueron las compañías del sector servicios —entidades

    financieras, sistemas de medicina prepaga, tarjetas de
    crédito—, a las que les siguieron las que trabajan en
    business to
    business, luego las industrias de consumo masivo y, más
    recientemente, las que pasaron del control estatal a manos
    privadas.
    Sin embargo, la decisión de una empresa de medir la
    satisfacción de sus clientes no necesariamente se corresponde
    con la actitud
    de tener en cuenta sus reales necesidades. “Históricamente
    se trabajó con la percepción interna. Los especialistas de una
    compañía
    —el jefe de Producto o el director de Marketing—
    salían a medir algunos aspectos que las empresas definían como
    estratégicos,
    pero que no hacían al vínculo con el canal de
    comercialización, el responsable de hacer llegar sus productos a
    los consumidores
    finales. De esa forma, mientras las empresas definían los
    atributos, las voces de los clientes reales seguían sin ser
    escuchadas”,
    apunta Susana Beer, vicepresidenta de Total Research.
    Antes de que comenzaran a llevarse a cabo mediciones objetivas de
    satisfacción, la metodología empleada por las
    empresas para incorporar servicios destinados a sus clientes
    respondía a las posibilidades materiales de lo que podían
    ofrecer o al haber copiado rígidamente —el caso más común
    sigue dándose en algunas empresas multinacionales—
    sistemas que en países desarrollados habían tenido éxito, pero
    que no eran revisados para determinar si se adecuaban a las
    demandas locales.
    La tarea de las consultoras externas fue colaborar con las
    empresas en identificar los atributos que resultaran
    verdaderamente importantes a los ojos del cliente.
    “Para que la medición de satisfacción se transforme en
    información capaz de ser llevada a la práctica a través de
    acciones
    dentro de las organizaciones, es necesario determinar qué
    mejoras deben operarse en los distintos procesos para sumar valor

    a la percepción de la calidad global que hace el cliente. Las
    empresas no pueden exagerar con la idea de deleitarlo, porque
    no fueron creadas para ser buenas, sino para ser rentables. Antes
    deben asegurarse lograr un retorno de la inversión”, dice
    Schmeichel.

    Cómo Medir el Deseo

    Los modelos que emplean las consultoras para desarrollar sus
    mediciones de satisfacción coinciden, en general, en cuatro
    etapas: la primera se lleva a cabo juntamente con la empresa que
    encarga el trabajo, y apunta a determinar los objetivos de
    medición, el segmento de clientes que las compañías deciden
    evaluar, y a elaborar un diagnóstico del interior de las
    organizaciones.
    Para Rosa Schapira, directora de Research/S.T. & Asociados,
    “la importancia de ese contacto inicial reside en obtener la

    visión de la empresa respecto de cuáles son los atributos que
    ellos creen que más impactan sobre la satisfacción de sus
    clientes, para poder después cruzarlos con las respuestas que
    dan esos clientes y comprobar en qué porcentaje coinciden
    ambas visiones, la calidad ofrecida con la demandada”.
    Las etapas que siguen a la definición de objetivos varían en
    cuanto a sus denominaciones y a las herramientas
    metodológicas empleadas por cada consultora, pero pueden
    sintetizarse en los siguientes pasos: una etapa cualitativa, en
    la
    que se llevan a cabo entrevistas en profundidad entre un número
    reducido de clientes —la cifra oscila entre 25 y 30
    consultas— para determinar los grandes temas que éstos
    consideran importantes o defectuosos en sus vínculos con las
    empresas.
    Luego viene la instrumentación práctica de esos conceptos
    aportados por los clientes, a los que se suman los aspectos que
    resultan de interés de investigación para las empresas. De la
    reunión de ambos intereses surge el cuestionario que será
    aplicado a una muestra mucho más amplia, cuya extensión
    dependerá del rubro en el que opera la compañía, o del lugar
    estratégico que la empresa le atribuya a cada uno de los
    segmentos de clientes —canales de distribución, mayoristas,

    consumidores finales— que desea evaluar.
    “En toda compañía siempre existe un grupo de grandes
    clientes que por sus volúmenes de compra impactan fuertemente
    sobre la facturación. Esos clientes generalmente son los
    primeros en ser evaluados”, asegura Maizlisz. Pero también
    puede
    darse —agrega Beer— que “en determinado momento
    sea de valor estratégico para la empresa indagar sobre un
    segmento
    de clientes donde se percibe poca lealtad. Y en ese caso se pone
    el foco sobre ese grupo, porque si hay algo que las empresas
    tienen en claro es que para mejorar los vínculos con sus
    clientes lo más importante es establecer el orden de prioridades
    de
    los procesos que se deben modificar, atendiendo en primer lugar a
    aquellos en los que la empresa está cediendo terreno a la
    competencia”.

    El Valor de los Atributos

    Los procesos básicos que generalmente son señalados como
    importantes por los clientes no varían demasiado de una
    investigación a otra: la calidad de producto, el precio
    competitivo, la imagen de la compañía, la atención de ventas,
    la
    atención al cliente, las entregas, la facturación, el
    merchandising y las acciones de promoción o publicidad son
    moneda
    corriente en todas las mediciones de satisfacción.
    Pero el verdadero valor de esos atributos se logra cuando en la
    etapa cualitativa los clientes externos definen los procesos
    que los integran —que usualmente se corresponden de manera
    funcional con las áreas en las que está dividida la
    compañía— y en la encuesta propiamente dicha les otorgan
    un valor, comparando a la empresa con una o más competidoras
    y un caso que es tomado como benchmark para el análisis.
    “La elección del benchmark es crucial —dice
    Schmeichel— y se obtiene preguntándoles a los clientes
    quién es, a su
    juicio, su mejor proveedor. Podemos utilizar a esa empresa para
    comparar todos los atributos del producto o servicio que
    estamos evaluando, o bien seleccionar distintos benchmarks
    —el mejor en ventas, el mejor en facturación, el mejor en
    atención al cliente— y cruzar la valoración que se les
    otorga con los atributos y procesos de la empresa analizada. Este

    segundo abordaje se denomina the best of the class.”
    Para Maizlisz, “es necesario medir la performance —es
    decir, las prácticas concretas de las empresas en su relación
    con
    los clientes— separada de la importancia que los clientes
    otorgan a los atributos. A la forma en que la empresa brinda un
    servicio se la puede valorar en una escala de 1 a 10. Pero a la
    importancia que se le asigna a cada atributo no, porque si un
    cliente piensa que la empresa que se está evaluando es mediocre
    y asigna a todos los procesos idénticos valores numéricos,
    eso no significa que para el cliente el mejoramiento de todos
    tenga la misma importancia. Y nosotros nos quedaríamos sin
    poder determinar qué es lo más importante dentro de lo
    importante”.
    Para resolver esta medición, en Total Research conforman pares
    de atributos y luego registran la frecuencia relativa en
    que esos pares son señalados como importantes por los clientes
    encuestados. De esa forma se obtiene el peso relativo que
    permite no sólo hacer un ranking de las prioridades, sino ver
    qué distancia separa al principal problema identificado por los
    clientes de cada uno de los problemas que lo siguen.

    La Calidad Percibida

    Una vez que las respuestas de todos los clientes encuestados son
    cuantificadas, las consultoras presentan sus resultados
    en un gráfico integrado por cuadrantes. “De la lectura de
    ese gráfico se desprende que los atributos que ocupan el
    cuadrante
    superior izquierdo constituyen los puntos críticos, aquellos que
    son percibidos más negativamente por los clientes y a los
    que las empresas deberían asignar prioritariamente sus recursos
    futuros. Los ubicados en el cuadrante superior derecho son
    los que los clientes consideran importantes y valoran muy
    positivamente. Esos constituyen la variable diferenciadora frente

    a los competidores. Y los del cuadrante inferior derecho son los
    que señalan que la empresa evaluada está mejor que la
    competencia en atributos que los clientes no consideran
    importantes. En ese caso, probablemente haya desperdiciado
    recursos humanos y financieros que no arrojaron resultados
    favorables”, grafica Beer.
    Una vez identificados los problemas y determinado el action
    planning que deberían seguir las áreas de la organización
    involucradas en revertir el signo negativo de los procesos
    críticos, el trabajo de las consultoras suele finalizar.
    “De allí en
    más puede encararse una actividad de deployment —dice
    Schmeichel— en la que por un lado se transmiten las
    conclusiones del estudio al top management, y al mismo tiempo se
    organiza un taller para trasladar la información a la
    gente de línea, a la que se le pide que conforme equipos
    intersectoriales para proponer soluciones a las necesidades
    insatisfechas.”
    La máxima apuesta que moviliza a las organizaciones es lograr
    que sus clientes rápidamente descubran mejoras en los
    procesos o atributos que señalaban como perfectibles. “Las
    nuevas mediciones ya apuntan a superar la instancia de la
    satisfacción para centrarse en la lealtad”, apunta
    Maizlisz. En opinión de Schapira, “esa lealtad no es más
    que la relación
    existente entre la calidad global percibida y el valor que los
    clientes le adjudican a ese plus sobre el producto o el servicio
    que brindan las empresas. Si un cliente comprueba que su
    proveedor se preocupa por dar respuesta a sus necesidades,
    introduciendo cambios en su gestión para acompañar su
    crecimiento y facilitar cada vez más la generación del vínculo

    comercial, el resultado no puede ser otro que una mayor
    posibilidad de repetir negocios en el futuro”.

    Clientes argentinos

    Recetas, Frío y Envases

    Las compañías nacionales que optan por sumar calidad a sus
    instancias productivas o a la prestación de servicios para
    generar la lealtad de sus clientes instalan a sus consumidores en
    el centro del rumbo que adoptan sus negocios.
    Y los consumidores no desaprovechan la oportunidad: cada vez más
    exigentes, comienzan a demandar desde recetas de
    cocina a resúmenes de cuentas más detallados, desde el reclamo
    de heladeras que enfríen más a un rediseño en el packaging
    de productos.
    Para las filiales locales de las empresas multinacionales, oír
    la voz del cliente no supone más que interpretar en estas
    tierras una melodía compuesta en sus casas matrices. “En
    American Express, la calidad global del servicio es uno de los
    blue values que conforman el corazón de nuestra filosofía
    empresaria. Sabemos que esa calidad sólo tiene sentido si se
    concreta en la satisfacción de las demandas de todos nuestros
    clientes, sean éstos los socios de la tarjeta, los comercios
    adheridos o las empresas abonadas a la tarjeta Corporate”,
    asegura Concepción D’Agostino, gerenta de Investigaciones
    de
    Mercado de American Express.
    Los estándares de satisfacción de clientes obtenidos por las
    empresas suponen en algunas ocasiones el otorgamiento de
    un bonus para sus empleados, diseñado como un estímulo por las
    casas matrices. Tanto Amex como Whirlpool comparten
    esa estrategia. “En nuestro caso, buscamos descubrir cuál
    es el valor agregado para nuestro cliente o consumidor final,
    apuntando a lograr su lealtad. Y eso se traduce en números: en
    pocos años nuestros índices de satisfacción se duplicaron y
    la empresa logró ocupar rápidamente un lugar de liderazgo
    dentro del sector”, se enorgullece Mary Teahan, directora
    comercial de la empresa.
    Para Teahan, instrumentar un proceso de calidad sólo es posible
    “si el conjunto de la organización se involucra en ese
    objetivo. Y en los últimos tres años la gente de Whirlpool
    Argentina obtuvo el más elevado índice de compromiso con la
    empresa en relación con todas las filiales del mundo. Ese
    compromiso es el que avala nuestra posición en el mercado”.

    En opinión de Ana María López, gerenta de Calidad Total de
    Refinerías de Maíz, “el acento de nuestra empresa está
    puesto en lograr un equilibrio en la satisfacción de todos
    nuestros clientes: los accionistas que aportan los recursos para
    que
    la empresa continúe su marcha, los proveedores y canales con los
    que compartimos una búsqueda común de rentabilidad y
    los consumidores finales, que son los depositarios de nuestro
    esfuerzo”.
    López considera que evaluar la satisfacción de los clientes
    “debe ser un objetivo prioritario para las empresas: ayuda a

    fijar estrategias de negocios adecuadas y a centrar el foco allí
    donde los consumidores señalan que hay que mejorar. El saber
    verdaderamente lo que el cliente quiere permite hacer más
    eficiente la asignación de los recursos que, como se sabe, en
    las
    compañías siempre son limitados”.
    El interés de Petroquímica Cuyo —una de las proveedoras
    nacionales de polipropileno para la industria— por recoger
    las
    demandas de sus clientes “surgió en el mismo momento en que
    comenzamos a desarrollar nuestro sistema de aseguramiento
    de calidad para cumplir con los requisitos de obtención de la
    norma ISO 9002”, asegura Carlos Lavalle, gerente de Calidad
    y Medio Ambiente.
    Si bien la norma no establecía ninguna exigencia expresa con
    respecto a definir pautas de satisfacción del cliente,
    “nos planteamos esa necesidad en la fijación de nuestra
    política de calidad. Así, lograr la satisfacción de nuestros
    clientes pasó a ser ley escrita dentro de la compañía”.
    Los resultados de la investigación permitieron que la empresa
    corrigiera el rumbo de los servicios que rodeaban al producto.
    “Las empresas que nos dedicamos a proveer de un
    commodity a la industria solemos centrarnos casi exclusivamente
    en la calidad del producto y no prestar demasiada
    atención a servicios como los de facturación. Los mismos
    clientes nos hicieron saber que esos servicios también eran
    importantes.”
    Para Rubén Calónico, gerente de Ventas y Distribución de
    Molinos, “los resultados de la investigación sobre la
    satisfacción de nuestros clientes sirvieron para generar una
    variada gama de acciones, que están siendo implementadas en
    áreas como las de infraestructura, sistemas, entrenamiento del
    personal, packaging y comunicaciones”.
    “Toda empresa que pretenda ocupar un lugar destacado en el
    mercado debe poner al cliente en el centro de la escena. Esa
    opción no juega en contra de las organizaciones. Por el
    contrario, en Molinos creemos que acelera la demanda de niveles
    de
    excelencia, niveles a los que el mercado ya está tendiendo y que
    en poco tiempo más tendrán vigencia plena.”