miércoles, 1 de abril de 2026

    Final de siglo, final de juego

    El siglo XX agoniza y su final está muy lejos del brillo que supo mostrar en algunas de sus décadas, y también del honor

    que marcaron muchos de sus años. El siglo se muere intrascendente, a igual distancia de sus picos de gloria.

    El hombre aportó tanta tecnología a la comunicación en este siglo como nunca antes. Hoy somos capaces de mandar

    mensajes a larga distancia en forma instantánea, de realizar reuniones simultáneas con alguien tomando un café en Japón y

    otro en México. Basta apretar un botón y el mundo entra a nuestro living gratis, en colores, vuelo directo y sin demoras ni

    trámite en los aeropuertos. No hace falta más que pulsar estratégicamente una docena de teclas para hablar con Nueva York

    desde un taxi parado en el semáforo de Cerrito y Santa Fe, bajo la mirada primero incrédula y después burlona del taxista

    que sigue guardando algunos cospeles de Entel, por las dudas.

    El hombre puso tanta energía en el cómo tecnológico que se le diluyó el qué comunicacional.

    Los comunicólogos estadounidenses tienen tiempo para todo, incluso para pelearse con los arqueólogos. De Fleur y Ball-

    Rakeach, expertos en comunicación de masas, desarrollan una propuesta a los científicos para que, sin abandonar la

    tradicional división en edades de la evolución de la humanidad tomando como base el material usado para fabricar sus

    armas: piedra, bronce, hierro, se permitan estudiar la misma evolución humana tomando como base el dominio paulatino

    que el hombre fue ejerciendo sobre el sistema de comunicación en los distintos estadios. Podría hablarse entonces de la era

    de signos y señales, millones de años después la era del habla y el lenguaje; hace apenas cinco mil años se produjo la era de

    la escritura, después la de la imprenta, luego la era de los medios de comunicación de masas que arrancó a fines del siglo

    XIX y se desarrolló velozmente con la adopción generalizada del cine, la radio y la televisión en los últimos 80 años. Y

    ahora transitamos la era de las computadoras, que todos sabemos dónde empezó, y nadie cómo y dónde terminará.

    Uno de los productos básicos de la comunicación empresarial es la publicidad institucional, que no logra escapar a este

    anodino fin de siglo comunicacional. Sus avisos parecen rescatados del anacrónico Simulcop son todos iguales: hablan

    de ética, eficiencia, excelencia, calidez y servicio; todos caminan hacia el mismo lado, no llega nadie. Los receptores

    reaccionan sabiamente, como siempre: a propuestas uniformes, respuestas uniformales. A lo hueco se le responde con

    escepticismo. Fueron más impactantes y modificatorios los mensajes encontrados en las cavernas que los que hoy se

    transmiten a través de la robótica.

    Tal vez, resignando algo de tecnología podamos humanizar el mensaje, adecuar los canales, quitarle protagonismo

    excluyente al emisor, pensar más en el receptor y disfrutar un proceso de comunicación cálido y personalizado. A la medida

    del hombre, lejos del homo-sapiens.