jueves, 30 de abril de 2026

    Recuerdos del futuro

    En enero de 1970, el despuntar de la década impulsó a MERCADO a intentar una proyección del escenario del país para los siguientes 15 años. Para el primer quinquenio, los anuncios oficiales planteaban ambiciosos proyectos. La reactivación de centros marítimos, con la transformación de Bahía Blanca en puerto de aguas profundas y tareas de importancia en Mar del Plata, Quequén,

    Puerto Madryn y Río Gallegos, era sin embargo un esfuerzo menor al lado de las obras viales: terminación y arreglo de 20.000 kilómetros de caminos, con el espectacular emprendimiento de la autopista La Plata-Buenos Aires, que se estimaba estaría concluida hacia 1975, y empalmaría con una gran costanera aérea que bordearía el puerto y llegaría hasta Tigre. Otra obra de grandes

    dimensiones era la autopista Acceso Oeste, proyectada en un primer tramo bajo nivel para emerger luego a la superficie y convertirse en una estructura aérea.

    Según ese plan, para 1972 la planta de Somisa habría alcanzado los 2,5 millones de toneladas anuales de acero crudo, mediante la construcción de un segundo alto horno.

    Dentro del mismo quinquenio, se preveía concretar la construcción del Mercado Central de Buenos Aires, y el comienzo de la explotación de los yacimientos de Sierra Grande, que proporcionarían trabajo a un millar de personas y un importante crecimiento del producto bruto regional. El paisaje soñado en el horizonte de 1980 no se quedaba atrás en ambiciones. Según el entonces secretario del Consejo Nacional de Desarrollo, Eduardo Zalduendo, la Argentina debía analizarse de ahí en más desde la imagen física de las regiones: ocho áreas bien definidas a través de las cuales se planificaba el despegue del país. Cuatro de ellas -Metropolitana, Pampeana, Centro y Cuyo- tenían ya sus polos

    de desarrollo en funcionamiento, en tanto que las restantes debían ponerlos en marcha.

    En este imaginario, la intensificación de obras con epicentro en Bahía Blanca, la industrialización de productos mineros en el noroeste, las represas de Salto Grande y Apipé, la construcción de dos usinas atómicas similares a la de Atucha y una red de presas en el río Limay eran hitos de un aparentemente inexorable futuro venturoso.

    EL DESAFIO DE LA MODERNIDAD.

    “Si la Argentina utilizara debidamente los recursos de que dispone, más los que podría obtener del exterior, se podría lograr para 1985 un ingreso medio por habitante equivalente al triple del actual”, se sostenía en el ´70. Para ello, “se parte de premisas sumamente sencillas. Dentro de 15 años los equipos presentes de capital habrán desaparecido o serán obsoletos por el progreso técnico. Para 1985 tendrán que haber sido reemplazados por otros mucho más eficaces y productivos. En el mismo lapso, la mayor parte más importante de la población, los que tendrán menos de 30 años, habrá atravesado el período más formativo de sus vidas. Las decisiones que se tomen ahora con respecto al sentido del reequipamiento técnico y con relación a la educación de los preadolescentes pueden convertir a la Argentina de 1985 en un país totalmente distinto”.

    La experiencia del Japón y sus transistores, los 30 millones de habitantes que la Argentina tendría que tener, el avión supersónico y los satélites circunvalando el mundo, la computadora con su correspondiente explosión de información disponible, configuraban un paisaje promisorio, a condición de que el país utiliza su recurso natural más abundante y valioso: la gente. “En el mundo de 1985 -decía el artículo- los países líderes no serán los que tengan la electricidad, el acero, el aluminio o el papel más barato. Serán los que sepan utilizar mejor el gran recurso económico del siglo XXI: el talento humano multiplicado millones de veces por las computadoras.”

    Como aparente signo precursor de ese panorama promisorio, aquel verano comenzaban a echarse los cimientos del primer gran hotel al estilo norteamericano que se erigiría en la Argentina: el Sheraton, cuyo edificio de 800 habitaciones se constituiría en el pionero de una zona, Catalinas Norte, signada

    por los emblemas de la modernidad.