Fernanda L. de Fabiani, subgerenta general a cargo del área comercial, Adriana Oyarzábal, gerenta de Publicidad y Promoción, Alba María Luxich, subgerenta de Promoción y Eventos, Ana Dumocertier, gerenta de Socios, y María Teresa Barletta, gerenta de Organización y Métodos, son las cinco
ejecutivas de Argencard que participaron en la charla convocada por MERCADO para hablar sobre sus experiencias personales y como grupo en una empresa donde las mujeres tienen singular peso dentro del equipo de conducción. Cristina Guarino, gerenta de Capacitación, faltó a la cita por motivos justificados: estaba en ese momento en un viaje de negocios en Italia.
Lo que sigue es una síntesis de ese encuentro, en el que abundaron las reflexiones, la franqueza y el humor.
– Para iniciar esta charla, sería interesante que cada una de ustedes cuente cómo llegó a su posición actual y cómo percibe que la condición femenina incide en su trabajo.
María Teresa Barletta: Soy licenciada en administración, y me especialicé en organización de sistemas informativos, primero trabajando en bancos, y después con otra empresa de tarjetas de crédito.
Llegué aquí como jefa de Organización y Métodos y fui creciendo con la empresa. En octubre voy a cumplir diez años con Argencard.
Quizás porque el área que manejo es bastante técnica, tengo más hombres que mujeres dependiendo de mí. En general, no noto diferencias en cuanto a la forma de trabajar de ambos, pero es cierto que hay cualidades que se consideran típicas de cada sexo. Las mujeres que trabajamos en organización
debemos tener un rigor de análisis que siempre se asocia con el hombre y no tanto con las mujeres.
Ana Dumocertier: Empecé a trabajar en el área de la docencia, luego estuve en una compañía financiera, pasé por distintos bancos, y llegué a Argencard para participar en el desarrollo de un programa de seguimiento de morosidad y análisis de riesgo. Entré como jefa de departamento. Al año siguiente se produjo la vacante de la subgerencia de Capacitación, y ocupé ese cargo, donde
estuve dos años. Finalmente, y para mi sorpresa, me ofrecieron la gerencia de Socios, que involucra el control de la calidad del servicio que se brinda directamente al usuario.
Nuestra área es de servicio, con la particularidad de que atendemos muchos reclamos, y aquí se ve, claramente, que las mujeres tenemos mucha más paciencia para escuchar.
Fernanda de Fabiani: Me gradué en la Universidad de París como licenciada en psicología clínica, pero abandoné mi profesión en 1981, para empezar a trabajar con empresas. Estuve en una compañía de asistencia al viajero, y entré en Argencard en 1991.
Creo que, en el trabajo, la relación entre el hombre y la mujer no es sencilla. Eso no quiere decir que mi experiencia personal no haya sido sumamente positiva. A los hombres y a las mujeres nos preparan en general para cosas distintas, y, porque -por suerte- existen las diferencias, naturalmente las armas que empleamos para defendernos son distintas. Las relaciones no son fáciles, pero tampoco lo son las relaciones entre mujeres. El gran inconveniente es lo que se espera que sean las conductas normales de mujeres y hombres. De una mujer se espera que, ante una agresión, se vaya llorando y dando un portazo, pero si devuelve la agresión se considera que ése es un gesto masculino. El problema son los clichés.
Alba María Luxich: Soy abogada, y mientras estaba estudiando manejé relaciones públicas en un centro de capacitación de la OEA en Buenos Aires. Entré en Argencard en agosto del ´83 para reemplazar, por 15 o 20 días, a una secretaria que se casaba, y aquí estoy. Lo hice por una necesidad de trabajo y también porque era una posibilidad de entrar en una compañía que estaba comenzando una expansión que luego terminó siendo formidable. Después del reemplazo, me ofrecieron continuar ejerciendo tareas generales de la gerencia y a partir de ahí me dieron un ascenso. Comencé a manejar cosas más específicas, y desde hace cuatro años soy subgerenta.
Adriana Oyarzábal: Yo también empecé en la docencia; ejercí un año y medio, y luego comencé a trabajar como secretaria ejecutiva en una empresa metalúrgica, donde estuve casi tres años. Me convertí en una especie de asistenta y terminé coordinando desde mi puesto otro tipo de trabajos.
Luego, por un aviso en el diario, entré como secretaria de ventas en una empresa de asistencia al viajero (donde conocí a Fernanda de Fabiani). Fui ocupando otros cargos, hasta que llegué a la gerencia comercial. Tengo recuerdos muy lindos de esa época. Como responsable del área comercial
trabajaba casi exclusivamente con hombres, en general bastante mayores que yo. Allí aprendí, entre otras cosas, a jugar al truco y a contar chistes.
– Entre ustedes hay dos casos interesantes, que contradicen un prejucio bastante generalizado, según el cual las secretarias están condenadas a no progresar profesionalmente. ¿Cómo enfrentan esta situación ahora, desde posiciones ejecutivas? ¿Hacen, conscientemente, un esfuerzo especial para
contribuir al desarrollo de otras mujeres?
Fernanda de Fabiani: Yo siempre he tratado de promover el criterio -muy difundido entre los norteamericanos- de que la persona que está a mi lado tiene un papel de asistente. Me gusta que se capacite, que entienda, porque es fantástico poder delegar. No quiero que sea una persona que se limite a atender el teléfono, traer un café o el diario a la mañana; eso puedo hacerlo yo misma. No sé si los hombres son tan conscientes de la importancia que tiene esa mujer que les pasa las llamadas, que va al banco y les cobra un cheque…
Creo que las mujeres disfrutamos más con los triunfos de otra mujer. Quizá vemos como algo más natural que un hombre sea nombrado gerente. Cuando promueven a una mujer, todas sentimos que es un logro nuestro, personal, de todas nosotras.
Ana Dumocertier: Hay una discriminación que parece, incluso, como algo “natural”: cuando se le da la oportunidad de crecer a una mujer que tiene chicos, no puede; no porque no sea capaz, sino porque necesita ese tiempo extra para cuidar a sus hijos. En las grandes empresas, el hombre tiende
a entrar más tarde, destina mucho tiempo de su horario de trabajo a almuerzos y salidas, y no tiene, en general, ningún apuro por volver a su casa, a encontrarse con lo doméstico.
Las mujeres rinden mucho durante el día y, además, necesitan volver a su casa a las 6 de la tarde.
Recuerdo que cuando empecé a trabajar en un banco me decían: “Acá todas las cosas importantes pasan después de las 6”, y yo me resistía. Finalmente, empecé a quedarme más tarde, y vi que no pasaba nada: a las 7 no quedaba nadie. Hay un mito en torno de todo eso.
Alba Luxich: Claro, los hombres llegan a su casa cuando los chicos ya están bañados, la comida lista, vino el plomero y se fue, ya se arregló la cañería, está todo en orden, todo perfecto. En cambio, las mujeres tenemos la necesidad de llegar a casa para que todo eso se haga. Y la cuestión de los hijos es como una elección; jamás en una conversación de amigos un hombre se cuestiona tener o no tener hijos porque eso puede complicar su desarrollo profesional.
Ana Dumocertier: De todos modos, estamos avanzando hacia un cambio cultural muy importante, ahora los matrimonios jóvenes comparten la responsabilidad, planifican juntos.
Fernanda de Fabiani: Con respecto al tema de los hijos, hay otro ángulo. Yo tengo dos hijos, uno adolescente, y una hija que tiene diez años. Tengo un marido fantástico, que ejerce una paternidad responsable, sin el cual nada de esto habría sido posible. Sin embargo, yo noto que cuando tengo que hacer algo referido a mis hijos, me sale naturalmente comentarlo, la mujer tiende más a integrar a su familia a la empresa, trata de combinar las dos cosas armónicamente. Raramente escucho a un hombre que diga: “Mirá, te dejo porque tengo que llevar a mi hija al dentista”. Sé que lo hacen – porque cada vez más hay mujeres que trabajan- pero lo esconden.
– La cuestión de los hijos es el aspecto más notorio, pero no el único, de un problema que sigue siendo materia de debate: el desajuste entre la vida personal y las exigencias profesionales para las mujeres que llevan adelante una carrera. ¿Qué piensan ustedes acerca de esto?
Fernanda de Fabiani: Hay gente que alude a ese tema para ver dónde está la falla. Una vez un periodista me preguntó: “Fabiani, ¿casada? Pero, ¿felizmente casada?”, con tono de “¿cómo hacen para sobrevivir?”. Una sacrifica siempre algo, creo que en mi caso personal e s la relación con las amigas, no tener tiempo para ir al cine ni a la peluquería. Tiempo mío, en definitiva.
– El factor de ajuste es, entonces, uno mismo.
Ana Dumocertier: Sí, porque la sociedad exige que una sea la mejor mujer, la mejor madre y profesional, la mejor amante de su marido. Y una se exige mucho a sí misma.
-Fernanda de Fabiani: La clave es dosificar esa exigencia, que no nos dañe. Una cosa es renunciar al tiempo libre, pero hemos visto muchos casos de mujeres que a veces se destruyen mucho por esos renunciamientos, o por la culpa; creo que no hay que llegar a esos extremos.
– Tradicionalmente, las mujeres que accedieron a posiciones de cierto poder se vieron enfrentadas a la tentación (o a la necesidad) de mimetizarse con los hombres, de adoptar un cierto estilo masculino, para ganar credibilidad. ¿Hasta qué punto esto sigue siendo así? ¿Y cómo se maneja la tendencia contraria, la de apelar a las clásicas técnicas de seducción femenina?
Adriana Oyarzábal: Creo que hay que despojarse, tratar de tener un trato de igual a igual para llegar a conclusiones más sanas. Si una se siente diferente, tanto delante de un hombre como de una mujer, no puede lograr las mejores cosas. Esto significa tener la amplitud suficiente para sentirse igual de bien comiendo en un restaurante de lujo como en el bodegón de la esquina. Lo otro son herramientas que la mujer tiene y el hombre no. Quizás es más natural que la mujer sirva el café, el hombre espera que lo sirva. Esas son herramientas que usamos en el trabajo cotidiano y hasta en las negociaciones.
Ana Dumocertier: Las mujeres estamos educadas para desarrollar determinados modos de seducción.
Es muy difícil cortar con esa dependencia cultural que tenemos; decir: “No tengo que ser ni la más linda, ni la mejor, ni la más perfecta”.
Fernanda de Fabiani: Pero tampoco tenemos que saber jugar al truco ni decir piropos.
María Teresa Barletta: Ser uno más no quiere decir perder nuestra esencia como personas, quiere decir ser todos profesionalmente igual de capaces y reconocidos, independientemente del sexo.
Alba Luxich: Creo que el juego de la seducción es algo natural, cuando uno está en una negociación está desplegando allí todas sus armas, los hombres ponen su agresividad y su fuerza y nosotras ponemos lo nuestro.
– Las técnicas de negociación son, en este momento, uno de los temas predilectos de los expertos en management. Sin embargo, en la vida real, ¿ustedes creen que es lo mismo negociar desde el lugar de la mujer que desde el lugar de un hombre?
Alba Luxich: Esto me recuerda una experiencia que tuvimos en el Card Club, la asociación de profesionales de tarjetas de compra y crédito, que no admitía mujeres hasta que entramos nosotras, hace dos años. Bueno, el caso es que en una de las últimas reuniones estuvo un ejecutivo venezolano que decía que las empresas que no se quieran quedar afuera van a tomar mujeres en sus
puestos gerenciales. Tenía toda una teoría acerca de que las mujeres son mucho mejores negociadoras que los hombres. Para empezar, porque la mujer no tiene en su naturaleza ese empecinamiento que tiene el hombre de que “si yo dije que era así, es así aunque esté equivocado”.
Por una cuestión natural de su vida en el hogar, para las mujeres todo es siempre una negociación: con su pareja, con sus hijos, con el plomero, siempre nos están pidiendo o exigiendo algo, y nosotras negociamos. En los hombres, en cambio, suele haber una tendencia a manejarse con eso de que “yo
lo dije”, “la idea es mía”, “yo tengo que sobresalir en la reunión”.
La conclusión de este ejecutivo era que la empresa del futuro será más participativa, y por eso necesitará a las mujeres.
– ¿Ustedes creen que eso está en marcha, o es otra teoría de moda?
Fernanda de Fabiani: Lo veo poco en empresas tradicionales argentinas. Realmente, no me parece que el ordenamiento jerárquico tradicional esté desapareciendo muy rápidamente aquí, como en otros países. En cambio, las empresas que tienen un toque internacional, o que han crecido muy rápidamente en los últimos años, como la nuestra, se caracterizan por integrar todas las formas de management, son más horizontales y en sus mandos se encuentran más mujeres. Pero son todavía una minoría.
– En la experiencia cotidiana de todas ustedes, ¿hasta qué punto llega o qué formas adquiere la resistencia masculina a la autoridad de las mujeres en puestos ejecutivos?
Alba Luxich: Yo no siento esa resistencia, en absoluto.
María Teresa Barletta: Ahora, cuando vuelva a mi oficina, les voy a preguntar a los hombres. (risas).
Fernanda de Fabiani: Creo que todo el mundo resiste un poco la autoridad, y es bueno que así sea.
Más que la cuestión de la resistencia, el problema es cómo se ejerce la autoridad; un estilo muy duro -tanto de un hombre como de una mujer- genera resistencias. En mi opinión, la mujer suele tener un estilo de dirección mucho menos rígido, un liderazgo “sin que se note”, con todo lo que eso significa.
Tal vez porque no está permitido que se note; sea por lo que sea, pero funciona.
Ana Dumocertier: Cuando yo entré a la empresa, hace seis años, las reuniones de gerencia se hacían, generalmente, sólo con los gerentes. María Teresa era una de las pocas personas que asistía con un especialista de su grupo para abordar un tema. Eso quizá haga que un ejecutivo no se luzca tanto, pero me parece una manera muy inteligente, muy participativa, de ejercer un puesto de conducción.
María Teresa Barletta: Es que yo siento, de verdad, que cuanto más crezcan quienes trabajan conmigo más me van a apoyar y más crezco yo con ellos.
Fernanda de Fabiani: Claro que eso también implica un riesgo, puede ser mal interpretado. Hay quienes pueden pensar que ese interés en que el otro crezca es un rasgo de debilidad. Puede ser un arma de doble filo.
Ana Dumocertier: Creo que exige mucha seguridad en la persona que lo hace. El miedo de muchos hombres, cuando llegan a determinada posición, es que el que viene abajo los desplace.
Adriana Oyarzábal: Pero es como una de las leyes de Murphy: si tiene que pasar va a pasar igual, así que es mejor que sea de esa manera.
Josefina Giglio y Dolores Valle.
