jueves, 30 de abril de 2026

    Adam Smith

    Nació en Escocia, tierra de durísimos puritanos que empujaron a Cromwell a la revolución de 1640.

    Su padre fue abogado incorporado al ejército y luego funcionario de Aduana. En 1722 aún no se extendían las secuelas de las dos estafas gigantes, pioneras de las bubble companies: la South Sea Company, en Londres, y la Compagnie du Mississippi, en París. La primera ofreció pagar toda la deuda inglesa a cambio de ciertas condiciones y privilegios. Sus acciones subieron en 1717 de 150 a 300, y luego llegaron a 1.000. Los primeros miembros de los Comunes y los Lores participaron en un sistema de coimas que llegó hasta el premier Walpole, quien admitió haber recibido acciones gratis.

    Los primeros damnificados fueron holandeses que suscribían acciones con pagarés de favor emitidos en Amsterdam. Treinta mil ingleses, llenos de oro y papeles, compraban en París las acciones de un banco -con respaldo oro- que explotaría la Luisiana.

    París se llenó de boletines e informes confidenciales sobre la fantástica evolución de los papeles. La emisión de billetes y acciones era descomunal, pero en Luisiana nada ocurría. Para aventar los rumores, John Law, escocés al servicio de Francia como redentor económico, hizo vaciar las prisiones

    francesas y organizó un desfile de criminales por París, todos con picos y palas, simulando que eran trabajadores que iban hacia América para traer oro y plata a los inversores. Todo explotó, América aumentó su población en miles de morosos incobrables y unas 60 compañías burbujas devastaron Gran Bretaña entre 1711 y 1734, hasta llegarse al extremo de prohibirse la emisión de acciones sin autorización del Parlamento durante cuarenta años.

    La última gran estafa inglesa fue la de 1773: una suscripción de acciones para caminos de peaje y canales que nunca se hicieron, por parte de la East India Co., cuyo agente promotor era Daniel Defoe (sí, el de Robinson Crusoe, también pornógrafo).

    La explicación ambiental es necesaria para visualizar ciertas afirmaciones de Smith que luego se repetirían fuera de contexto histórico. Smith fue profesor de lógica y filosofía durante trece años. En 1759 publicó su primera gran obra: Teoría de los sentimientos morales, tratado de ética en el que la conducta es movida por seis motivos: el amor propio, la simpatía, el deseo de libertad, el sentido de propiedad, el hábito de trabajo, la tendencia a cambiar una cosa por otra.

    Asignaba al gobierno tres deberes: la defensa común, la buena administración de justicia y sostener obras e instituciones que, por no dar ganancias, quedaban fuera del interés de los individuos particulares.

    En las universidades de Escocia, hacia 1750, los profesores recibían una paga proporcional al número de alumnos que lograran atraer con sus clases. Smith estaba muy de acuerdo con eso y ganaba muy bien. Los malos profesores sin atractivo renegaban y pugnaban para que sus cursos vacíos se hicieran

    obligatorios. Como competir es pedir con otro, la incompetencia protegida y subsidiada por el ancien régime sublevaba tanto a los pioneros de la Revolución Industrial como a los defensores del libre comercio, y a Smith.

    Cansado de dar clases, tomó el trabajo de educar a un noble a cambio de un buen sueldo y una generosa jubilación, que cobró hasta su muerte. (Eso funcionaba.) Parte del trabajo consistió en viajar por Francia dos años, lo que lo llevó a Suiza. Ahí conoció a Voltaire e hicieron amistad, en inglés, ya que Smith nunca aprendió francés. Los dos mayores racionalistas de la era moderna

    desmenuzaron la mitología, el esoterismo y las mentiras convencionales.

    La máxima volteriana sobre los banqueros suizos: “Si ve uno saltando por una ventana, sígalo, debe ser un buen negocio”, hizo segura mella en Smith. En París conoció a Quesnay, prócer fisiócrata y médico del Rey. La Tableau Economique le pareció una interesante diversión sin importancia, ya que

    su utilitarismo extremo descartaba todo lo que tuviera efecto inmediato.

    Dos siglos después, Leontieff ganó el Nobel reivindicando a Quesnay y su tablita (hoy, input-output).

    Otro contertulio, Turgot, tomó el encargo de hacer justicia social en Francia, de parte del Rey. Limitó los ingresos de la nobleza y los parásitos, que tanto pesaban sobre el producto neto de Francia. Los privilegiados lo echaron bruscamente, ya que sus privilegios derivaban de Dios mediante actos

    solemnes y fundamentales. Todos veían venir la tormenta pero nadie hacía techos. En Francia proliferaban los magos de las finanzas, como Necker y Calonne, y hasta alquimistas como Cagliostro, mutando plomo en oro. Y le creían.

    En 1776, cuando las colonias de América del Norte se separaron, Smith publicó La riqueza de las naciones, síntesis admirable de interrelación entre los fenómenos económicos. Sostenía que la libre competencia, aún promovida por el Estado, era el principal deber de la política económica. Las subvenciones, restricciones, acciones concertadas, reglamentos, privilegios y prohibiciones eran antinaturales y provocarían más daño general que la satisfacción grupal derivada.

    Dijo que la riqueza de una nación dependía de la productividad del trabajo y de la cantidad de trabajo útil que emplee. No asignaba valor a los servicios: “El Rey, con todos los funcionarios que lo sirven, tanto judiciales cuanto militares, son trabajadores improductivos. En la misma clase deben incluirse algunas de las profesiones más graves e importantes, y algunas de las más frívolas:

    sacerdotes, médicos, hombres de letras, cómicos, bufones, músicos, cantantes y bailarines de ópera, etc.”. Incluía cuatro máximas de tributación: igualdad, certidumbre, conveniencia, economía. En la época en que nobles e Iglesia no pagaban impuestos, y además tenían monopolios y subsidios, esto

    era revolucionario.

    Smith escribió ampliamente sobre el valor de uso y el valor de cambio, ejemplificando con el agua y el diamante. Utilitarista derivado de Bentham, sostenía que la persecución individual de la propia riqueza, en su sumatoria, incrementaría la riqueza nacional. En una época en que se descubrían las

    leyes físicas, Smith trató de descubrir y publicitar las leyes de la economía. Los males de la libertad y la competencia se subsanaban automáticamente: los patrimonios de los quebrados no se perdían, sólo cambiaban de manos. Los más aptos desplazaban a los incompetentes.

    Una mano invisible aportaba el nuevo equilibrio. Negaba el conflicto de clases toda vez que el mercado abierto ofrecía infinitas posibilidades de ascenso, y además estaban América y la recién incorporada India como válvulas de escape y nuevas tierras de promisión. Expresaba que la división del trabajo hacía elevar la productividad, sobre todo mediante la línea de montaje, ejemplificando con los alfileres y avanzando un siglo y pico sobre Henry Ford. Suponía que en todo momento el sujeto actuaba con total racionalidad buscando su ventaja, con toda la información y los recursos para actuar. Esto podía ser cierto en las pequeñas escalas, distancias y tamaños de la época.

    Smith brilla cuando arremete contra los enemigos de la libertad: los comerciantes monopolistas y el Estado al servicio de los privilegiados. Incluso los empresarios conspiran contra la libertad al seguir sus invariables instintos y promover conspiraciones contra otros grupos. Decía: “de toda reunión de

    gente del mismo oficio, aun social, se termina, o en un alza de precios, o en una conspiración contra el público”. Sospechaba de toda agrupación empresaria y aún más de toda agrupación de trabajadores. Sostenía que los capitalistas son los más capaces para apreciar sus propios intereses; luego, es siempre sospechosa su actitud hacia la política pública. Cualquier proposición que venga de ellos “procede de una clase cuyos intereses no son nunca exactamente los del público, clase a la que generalmente le interesa engañar y hasta oprimir”.

    Era enemigo de las sociedades por acciones: “Los accionistas raras veces saben algo del negocio, y los directores son negligentes, pródigos y manejan mal los negocios aun con privilegios exclusivos”. De tal naturaleza eran las sociedades y los empresarios cortesanos que Smith había visto operar durante

    su vida, y hasta su muerte no se encontraron hechos que hubieran contribuido a variar tan lapidarias opiniones.

    En 1778 aceptó un alto puesto en la Aduana, que iba contra sus convicciones, ya que ocuparía un lugar improductivo para controlar algo que no debía ser controlado, el comercio exterior. Pero Smith era un escocés práctico, el sueldo era bueno y ocupó el cargo hasta su muerte en 1790, a un año de comenzada la Revolución Francesa. Su libro, que habla de la riqueza de las naciones y no de las personas, fue el Manifiesto capitalista, la expresión magistral de lo que la burguesía necesitaba: libertad económica completa. Las guerras napoleónicas y el bloqueo continental contra Inglaterra convirtieron en doctrina nacional las ideas de Smith, y la supervivencia nacional amenazada terminó en un capitalismo salvaje sin el cual Inglaterra difícilmente hubiera sobrevivido.

    Fue objeto de apologías y diatribas como si hubiera escrito sentencias bíblicas intemporales, cuando fue un hombre de su tiempo y de su patria que ayudó a mejorar ambas y al mismo futuro.