domingo, 31 de mayo de 2026

    Ética en los negocios (parte i)

    En el mundo, y también en la Argentina, la empresa es un círculo, un centro, que está sometido a por lo menos tres fuentes de presiones: los desarrollos tecnológicos, que cambian en forma muy rápida el contexto en el cual se actúa; la globalización de la economía, y por último (pero no menos importante) la demanda de comportamientos éticos por parte de los distintos sectores de la sociedad hacia la empresa.”

    La opinión de Carlos Tramutola, uno de los más prestigiosos consultores de empresas del país y recientemente designado presidente de Aguas Argentinas (el consorcio que se hará cargo de la privatizada Obras Sanitarias), refleja la creciente preocupación del sector privado ante las exigencias de la opinión pública, que como nunca antes reclama transparencia y honestidad en el mundo de los negocios.

    Una encuesta realizada a mediados del año pasado por el Departamento de Opinión Pública de TEA (ver cuadro) revela un dato curioso en este sentido. Al pedírsele que mencionaran las cualidades imprescindibles para ser un empresario exitoso, una quinta parte de los consultados aludió a las virtudes clásicas (ingenio, inteligencia, audacia). Pero más de un tercio se refirió a dos aspectos relacionados con la ética: “que sea justo, honrado” (20%) y “haber hecho dinero sin estafar a nadie” (16%). A esto se suma una proporción importante (15%) que mencionó requisitos implícitos en el concepto de responsabilidad social de la empresa: “dar trabajo, invertir en el país”.

    Lo sugestivo es que los encuestados no hablaban aquí de la conducta que se espera de los empresarios, sino de lo que hace falta para triunfar en los negocios, lo que indicaría que la opinión pública argentina parece haber aceptado el criterio de que un comportamiento ético y socialmente responsable es, a largo plazo, una clave importante para alcanzar el éxito económico. Esto contrasta con la tradicional visión cínica de que las prácticas reñidas con la moral deparan los mayores beneficios (sólo 9% dijo que se requería “ser tránsfuga, robar”). Las virtudes éticas fueron, incluso, más mencionadas que la condición de contar con recursos y capital (11%) y estar bien conectado con el poder (4%).

    Estos resultados mantienen, por otra parte, una marcada coherencia con las respuestas a una encuesta realizada para MERCADO en agosto de 1991 por Edgardo Catterberg y Asociados. En la lista de principales demandas a los empresarios, una proporción importante del público (19%) mencionó la honestidad. Este reclamo superó, incluso, a los que aluden a las necesidades más inmediatas de la población: pagar buenos salarios (18%), fijar precios accesibles (14%) y mejorar la calidad de los productos (12%).

    EN LA VIDRIERA.

    Pero las convicciones y demandas de la opinión pública no parecen satisfechas a la hora de juzgar el comportamiento de los empresarios. En la encuesta realizada por Edgardo Catterberg, 71% de los encuestados creían percibir “mucha” o “bastante” corrupción en el ambiente de los negocios. Y en un

    estudio más reciente de TEA, destinado a establecer cuáles son las profesiones o actividades más prestigiosas, los empresarios cosecharon un magro 8%, menos aún que los vapuleados políticos (9%) y apenas algo más que los frecuentemente cuestionados periodistas (7%).

    El protagonismo creciente del sector privado en el escenario económico parece haberlo colocado bajo una lupa implacable. A esto contribuyen las publicaciones de nóminas de deudores de la banca oficial y de contribuyentes impositivos renuentes, y los resonantes escándalos en los que empresas y empresarios aparecen involucrados en hechos de corrupción o estafas al Estado.

    Según Tramutola, el sonido y la furia que suelen acompañar este tipo de denuncias pueden tener el efecto negativo de oscurecer otros aspectos fundamentales de la cuestión. “La ética no sólo debe abarcar las relaciones con el Estado o las autoridades, sino con los proveedores, clientes, accionistas, empleados y la comunidad en su conjunto. Ese aspecto del comportamiento incluye, por ejemplo, la obligación de entregar un buen producto, evitar la polución del ambiente, o lograr para el personal un ámbito de trabajo en el que pueda alcanzar su desarrollo integral.”

    Sin embargo, los episodios de convivencia pecaminosa entre empresas y poder político parecen ser el mayor motivo de preocupación en este terreno. Así lo indica la reciente iniciativa gubernamental de llevar al Parlamento un proyecto de ley que obligará a dar transparencia a los aportes que realice el sector privado para campañas electorales. El gesto, aunque impactante, no resulta, sin embargo, suficiente para satisfacer los criterios éticos más estrictos. Tanto el presidente de Cargill en la Argentina (ver recuadro) como el filósofo e investigador Oscar Cornblit señalaron a MERCADO que lo deseable sería, en realidad, eliminar por completo esta práctica.

    Cornblit rechaza el conocido argumento de que esto colocaría a los partidos en una difícil situación para competir en campañas proselitistas cada vez más sofisticadas y costosas.” A medida que la gente se interese por estas cuestiones, también tenderá a favorecer a candidatos y partidos que sean más austeros en su inversión publicitaria. El público no es tan inocente ante los despliegues excesivos de propaganda; sospecha de inmediato que están tratando de engañarlo de algún modo”.

    LAS TENTACIONES.

    Una de las paradojas de la actual situación es que los cuestionamientos a la ética empresaria florezcan en el preciso momento en que la desregulación, las privatizaciones y la acelerada desvinculación del Estado del sector productivo deberían eliminar las principales fuentes y oportunidades de corrupción.

    “Puede ocurrir que, al principio de estos procesos de desregulación, algunos individuos crean que hay piedra libre para todo. En realidad, no es así: la libertad de mercado incrementa las oportunidades de ganancias (que es lo que una empresa obtiene compitiendo con las demás) pero restringe las posibilidades de conseguir rentas por la vía de los privilegios, protecciones o exenciones oficiales”, señala Cornblit.

    “La menor participación del Estado como productor y contratador disminuirá las posibilidades de que ocurran hechos no éticos, pero no las eliminará por completo”, señala Tramutola.

    “Evidentemente, debe haber límites. Es decir, ciertas reglas de comportamiento ético, explícitas o implícitas, deben limitar el rol absoluto de las reglas del mercado. Para empezar, es importante que el marco formal, o jurídico, sea claro y sólido en su aplicación. Pero además tenemos la autorregulación, todo lo que los empresarios pueden hacer para difundir y concientizar acerca de los comportamientos éticos. Y, por último, es fundamental que la sociedad toda internalice esos conceptos y penalice de alguna forma las conductas no éticas. Ese es un poderoso factor de presión.”

    Cornblit cita, en ese sentido, la experiencia de Hong Kong, donde el gobierno aplica un programa de promoción de la conciencia ética. “En el caso de los empresarios, se les recuerda que el pago de un soborno para ganar una licitación pública o privada es, en definitiva, un acto que también los perjudica a ellos, porque quien compre de este modo sus productos o servicios tendrá que aumentar los precios o bajar la calidad, lo que a su vez deteriora la eficiencia del sistema. Por otra parte, quien destina dinero a pagar coimas tendrá menos recursos para invertir y pagar mejores sueldos. Y, finalmente, un país con fama de corrupto no resulta atractivo para los inversionistas externos.”

    En opinión de Tramutola, los empresarios argentinos vienen haciendo progresos visibles, por propio impulso, en varios frentes del terreno ético. “Esto es particularmente notable en lo que concierne a las relaciones con el personal. Cada vez más, las empresas están preocupadas por brindar a sus empleados un ámbito de desarrollo integral, que va más allá de la remuneración. Por otra parte, con la apertura de la economía, se ha puesto particular énfasis en el comportamiento ético hacia los clientes. La cuestión del buen servicio al cliente es hoy el leit motiv para muchísimas empresas. Otro tema de fuerte presencia en los últimos tiempos es la relación con los accionistas. Las empresas que acuden al mercado de capitales comienzan a sentir el peso, no sólo de las obligaciones formales, sino de los inversionistas que esperan de ellas un comportamiento ético.”

    ¿CEGUERA MORAL?.

    En todo el mundo, el papel de la ética en las cuestiones económicas moviliza crecientes polémicas y reflexiones. ¿Es posible usar el poder del mercado con fines morales sin destruir su dinámica? Para el famoso historiador británico Paul Johnson, éste es “el interrogante real y práctico que enfrenta la humanidad”.

    “El capitalismo y el sistema de mercado que le da su eficacia y su poder tienen un solo propósito en su impulso, esto es lo que los hace tan productivos”, señala Johnson en la introducción a su propuesta para dotar al sistema de una dirección moral sin torcer sus mecanismos. “Es materialista, impersonal e inhumano. Es como una maravillosa computadora natural, pero no puede hacer distinciones para las que no ha sido programado. No tiene y no puede poseer un alma, y por lo tanto carece de una inclinación en uno u otro sentido”.

    El filósofo Jaime Barylko, decano de estudios orientales de la Universidad Maimónides y autor de obras conocidas, como El miedo a los hijos y El aprendizaje de la libertad, disiente con este diagnóstico. “En sus orígenes, el capitalismo viene de una ética, que es la del esfuerzo, la de ganarse el pan con el sudor de la frente, la de cuidar el dinero. Todo eso con una concepción de fines. El gran problema del mundo contemporáneo es que la sociedad se ha quedado sin fines y lo único que tiene son medios. El actual sistema de vida está incubando constantemente la decepción y la frustración por la ausencia de ética.”

    “Pero el hecho de que la cuestión de la ética se haya convertido en un tema permanente de debates y reflexiones es, en sí mismo, auspicioso. El hombre comienza a preguntarse cómo se hace para vivir, no para ganar más. Si se toma conciencia de la crisis, el panorama crítico puede volverse favorable. Si sabemos que estamos a oscuras, habrá que ver cómo se hace para crear la luz.”

    Dolores Valle.

    ¿Y LOS COMPETIDORES?.

    Recientemente, una cuestión de ética empresaria sacudió a la opinión pública inglesa cuando trascendieron las denuncias de que personal de British Airways había empleado tácticas desleales para robarle pasajeros a un pequeño competidor, la compañía aérea Virgin, recurriendo a una campaña de desprestigio e, incluso, a la manipulación del sistema de computación de su rival.

    Esto llevó a Christopher Lorenz, un conocido columnista del Financial Times, a poner de relieve que la conducta frente a los competidores es una de las áreas más olvidadas en el vasto tema de la ética empresaria.

    “La literatura especializada se ocupa del comportamiento individual con colegas y subordinados, el uso de información privilegiada para sacar un provecho indebido, las coimas, la seguridad de los productos, la actitud ante la comunidad, la salud pública, el medio ambiente, y asuntos políticos, como si se debe o no comerciar con Sudáfrica”, señala Lorenz. “Las relaciones con los competidores (desde cómo obtener información sobre ellos hasta cómo le habla uno a sus clientes acerca de una empresa rival) han recibido escasa atención.”

    El columnista corrobora esta impresión citando un trabajo de Lynn Paine, una profesora de la Harvard Business School, quien analizó los códigos de conducta de 480 empresas norteamericanas y descubrió que apenas 24 proporcionaban orientación a sus empleados sobre los métodos éticos de lidiar con la competencia.

    Paine destaca como modelo las normas adoptadas por la compañía electrónica Hewlett Packard, que prohiben específicamente utilizar “medios impropios” para obtener información de los rivales y establecen que cualquier comentario o juicio sobre la competencia debe ser “justo, imparcial, y basado en hechos ciertos”.

    La profesora de Harvard advierte que las empresas que les inculcan a sus gerentes y empleados que deben tenerse confianza mutua y decir la verdad, tendrían que reflexionar sobre las consecuencias de cambiar estas reglas cuando se trata de la competencia. “Todos queremos creer que estas cosas pueden meterse en compartimientos estancos, pero no es así.”