En su oficina del quinto piso del Teatro Municipal
General San Martín, Tita Tamames despliega día a
día su pasión dominante: "El trabajo. Yo descubrí
muy tarde su valor, que es inconmensurable: saber que existe la
posibilidad de crear".
Atraviesan la escena su socia de todo y de siempre,
Rosita Zemborain; coreógrafos, directores, su joven asistente
Iván -"que se me acaba de enamorar, y anda todo el
día en las nubes"-, una llamada telefónica
de su hija que vive en Francia y la preocupación -otra
vez abuela- por los dientes del nieto.
Nació en París hace -según dice-
muchos años. Allá se casó, tuvo a sus hijos,
los vio crecer.
"Yo empecé a trabajar a la edad en que
otras mujeres se jubilan. Me quedé viuda y viajé
a la Argentina a ver a mis padres; venía con una gran pena:
se había muerto la persona que adoraba. Y me cambió
la vida María Luisa Bemberg, que era mi amiga de la infancia."
Ella estaba empezando su
primera película con Raúl de la Torre
-Crónica de una señora-, donde también debutaba
Rosita Zemborain, y Tita se zambulló en el proyecto.
"El primer día que entré al set
de filmación tuve como un deslumbramiento. En ese instante
pensé: es esto. Y nunca más dejé de trabajar;
aunque, para ser más fiel a la sensación, tendría
que decir que de ahí en más nunca dejé de
vivir." Sin lamentarse -"porque antes también
había sido feliz"- se
reprocha no haber empezado veinte años más
temprano. También el no haber tenido una educación
formal ("jamás fui al colegio, tenía profesores
en casa") la dotó de una cultura vasta y ecléctica.
"Pero el no ser siquiera bachiller me trajo muchos problemas,
cuando volví de ganar la nominación para el Oscar
quise hacer un curso de cine y no pude, por no tener el título
secundario."
Aun así, su actividad en este campo fue intensa;
una veintena de películas dan cuenta de ello. "Con
Rosita empezamos bien de abajo; y con un maestro como De la Torre,
que es terriblemente riguroso, cosa que él sabe y no dejo
de agradecerle." De la dirección de arte -ambientación,
vestuario- saltaron
a la producción. "En un momento comprendí
que eso nos permitiría hacer lo que realmente nos gustaba;
fue una herramienta para tener libertad."
Diversas circunstancias, en especial la censura durante
el gobierno militar, la llevaron hacia la producción teatral.
"Empezamos alquilando el Odeón, esa sala maravillosa
que inexplicablemente tiraron abajo, y después tuvimos
durante diez años el Blanca Podestá, junto con Héctor
Cavallero."
Puesta en el brete de elegir sus criaturas más
entrañables, casi no duda. "Mi corazón está
con La Tregua; era la primera película mía como
productora y de Sergio Renán como director. La estrenamos
en una sala pequeña, y se formó como una bola de
nieve; cuando nos dimos cuenta, estábamos en Hollywood
compitiendo por un Oscar, que perdimos dignamente frente al Amarcord
de Fellini."
Desde su creación, hace cuatro años,
preside la Fundación del Teatro San Martín. "Nunca
creí que uno podía amar y atarse tanto a un teatro
como a mí me pasó con éste; siento también
que estoy cumpliendo con un deber, pagando mi tributo a la oportunidad
de participar de esta tarea creativa. Y lo hago con ganas."
Fanática del trabajo, no desdeña sin
embargo a la suerte. "He sido afortunada: con la primera
película, con la primera obra de teatro, Drácula,
que llenó sala durante dos años. Veo a mi lado a
tanta gente creativa y empeñosa que no ha tenido esa suerte…
La fórmula del éxito no existe; y, quizá,
eso es lo fascinante."
