martes, 9 de junio de 2026

    Una herramienta para la libertad


    En su oficina del quinto piso del Teatro Municipal
    General San Martín, Tita Tamames despliega día a
    día su pasión dominante: "El trabajo. Yo descubrí
    muy tarde su valor, que es inconmensurable: saber que existe la
    posibilidad de crear".


    Atraviesan la escena su socia de todo y de siempre,
    Rosita Zemborain; coreógrafos, directores, su joven asistente
    Iván -"que se me acaba de enamorar, y anda todo el
    día en las nubes"-, una llamada telefónica
    de su hija que vive en Francia y la preocupación -otra
    vez abuela- por los dientes del nieto.


    Nació en París hace -según dice-
    muchos años. Allá se casó, tuvo a sus hijos,
    los vio crecer.


    "Yo empecé a trabajar a la edad en que
    otras mujeres se jubilan. Me quedé viuda y viajé
    a la Argentina a ver a mis padres; venía con una gran pena:
    se había muerto la persona que adoraba. Y me cambió
    la vida María Luisa Bemberg, que era mi amiga de la infancia."
    Ella estaba empezando su


    primera película con Raúl de la Torre
    -Crónica de una señora-, donde también debutaba
    Rosita Zemborain, y Tita se zambulló en el proyecto.


    "El primer día que entré al set
    de filmación tuve como un deslumbramiento. En ese instante
    pensé: es esto. Y nunca más dejé de trabajar;
    aunque, para ser más fiel a la sensación, tendría
    que decir que de ahí en más nunca dejé de
    vivir." Sin lamentarse -"porque antes también
    había sido feliz"- se


    reprocha no haber empezado veinte años más
    temprano. También el no haber tenido una educación
    formal ("jamás fui al colegio, tenía profesores
    en casa") la dotó de una cultura vasta y ecléctica.
    "Pero el no ser siquiera bachiller me trajo muchos problemas,
    cuando volví de ganar la nominación para el Oscar
    quise hacer un curso de cine y no pude, por no tener el título
    secundario."


    Aun así, su actividad en este campo fue intensa;
    una veintena de películas dan cuenta de ello. "Con
    Rosita empezamos bien de abajo; y con un maestro como De la Torre,
    que es terriblemente riguroso, cosa que él sabe y no dejo
    de agradecerle." De la dirección de arte -ambientación,
    vestuario- saltaron


    a la producción. "En un momento comprendí
    que eso nos permitiría hacer lo que realmente nos gustaba;
    fue una herramienta para tener libertad."


    Diversas circunstancias, en especial la censura durante
    el gobierno militar, la llevaron hacia la producción teatral.
    "Empezamos alquilando el Odeón, esa sala maravillosa
    que inexplicablemente tiraron abajo, y después tuvimos
    durante diez años el Blanca Podestá, junto con Héctor
    Cavallero."


    Puesta en el brete de elegir sus criaturas más
    entrañables, casi no duda. "Mi corazón está
    con La Tregua; era la primera película mía como
    productora y de Sergio Renán como director. La estrenamos
    en una sala pequeña, y se formó como una bola de
    nieve; cuando nos dimos cuenta, estábamos en Hollywood
    compitiendo por un Oscar, que perdimos dignamente frente al Amarcord
    de Fellini."


    Desde su creación, hace cuatro años,
    preside la Fundación del Teatro San Martín. "Nunca
    creí que uno podía amar y atarse tanto a un teatro
    como a mí me pasó con éste; siento también
    que estoy cumpliendo con un deber, pagando mi tributo a la oportunidad
    de participar de esta tarea creativa. Y lo hago con ganas."


    Fanática del trabajo, no desdeña sin
    embargo a la suerte. "He sido afortunada: con la primera
    película, con la primera obra de teatro, Drácula,
    que llenó sala durante dos años. Veo a mi lado a
    tanta gente creativa y empeñosa que no ha tenido esa suerte…
    La fórmula del éxito no existe; y, quizá,
    eso es lo fascinante."