jueves, 14 de mayo de 2026

    Devaluación, recesión, o ¿Qué?


    En esencia, ¿qué pasó? Hubo un
    gran susto y una minicrisis cambiaria -rápidamente superada-
    que se originó en el desfasaje de los precios relativos,
    pero que detonó por la percepción de riesgo explicitada
    por los operadores financieros.


    En verdad, una vigorosa reacción del gobierno
    logró conjurar el auténtico peligro: un colapso
    del sistema financiero. Pero nada aportó a la cuestión
    de fondo. Sigue sin corregirse la estructura de los precios relativos.
    Lo que significa postergar el tema central, indefectiblemente,
    para algún momento


    del año próximo.


    Devaluación, la palabra prohibida, la que
    no podía admitirse como hipótesis so pena de excitar
    la ira del ministro de Economía fue, imprevistamente, el
    vocablo preferido por la opinión pública durante
    casi una semana, a mediados de noviembre, en la que se volatilizaron
    US$ 300 millones de las abultadas reservas en divisas del Banco
    Central.


    El actual dilema de la economía argentina
    se sintetiza en estos dos conceptos: 1) nadie ignora que la convertibilidad
    no es eterna, inamovible; y


    2) nadie sabe cómo salir de la trampa que
    ella supone. La mera posibilidad de un cambio provoca una crisis
    de confianza tan profunda que puede hacer añicos


    este nuevo totém de la convertibilidad.


    Más allá de las teorías conspirativas
    que, como de costumbre, pulularon, lo cierto es que resulta evidente
    para los agentes económicos que para nivelar la cuenta
    corriente de la balanza de pagos en 1993 se impone un ingreso
    de US$ 7.000 millones de capital externo. (El déficit comercial
    se estima


    en US$ 1.500 millones; el servicio de la deuda externa
    según los términos del Plan Brady, en US$ 4.500
    millones; y el déficit en la balanza de otros servicios
    -especialmente el sector turismo- en US$ 1.000 millones.)


    Los observadores económicos están conscientes
    de lo difícil que será captar esa masa de recursos
    el año próximo, en un contexto internacional de
    aguda escasez de capitales. Más aún, si se consiguen,
    queda pendiente saber a qué tasa de interés. Si
    es alta repercutirá en el costo del dinero que habrá


    que pagar internamente.


    Tanto las empresas multinacionales como algunos bancos
    decidieron que era tiempo de cubrirse frente al riesgo argentino,
    y optaron por pasar buena parte de sus pasivos de pesos a dólares.
    El razonamiento es que en algún momento el gobierno deberá
    enfrentar el problema de fondo: el desequilibrio de los famosos
    precios relativos.


    La consecuencia de poner en marcha este "seguro
    de cambio" fue el inicio de una corrida cambiaria.


    El argumento más escuchado en esos días
    -y en los que lo siguieron- era que el embate no podía
    tener éxito, dada la magnitud de reservas en divisas acumuladas
    por el Banco Central y la disposición oficial a vender
    dólares a quien los requiriera. Pero hay una falacia en
    el razonamiento: si a los


    bancos se les hubieran reclamado los depósitos,
    que a su vez habían sido prestados, y puesto que no hay
    posibilidad inmediata de recuperar esos créditos, el sistema
    financiero habría sido sometido a una inmensa presión
    que podía haber terminado con algún derrumbe estrepitoso.


    Peor aún, lo más grave que podía
    ocurrir era que buena parte de los recursos que están hoy
    en el circuito fueran a parar bajo el colchón o emigraran
    al extranjero. El mecanismo ideado por las autoridades económicas
    fue exitoso: si alguien se quiere cambiar de pesos a dólares,
    puede hacerlo sin sustraer esos fondos del sistema financiero.
    La reforma al sistema de encajes bancarios (en pesos o en dólares,
    que tenderán a equipararse) apunta a ese objetivo.


    Las nuevas medidas implican, en teoría, un
    avance en el camino de la dolarización de la economía,
    aunque éste sea un proceso lento y complicado.


    Si el Ministerio de Economía hubiera querido
    enterrar definitivamente el espectro de una devaluación,
    habría debido optar por una dolarización total.


    En la economía real hay dos grandes áreas
    que trabajan en pesos: el pago de salarios y la recaudación
    de impuestos. Si se acudiera a la devaluación para corregir
    el nivel de los precios relativos, habría dos claros perjudicados:
    los asalariados y el fisco. En cambio, si también se dolarizaran
    los salarios, se angostaría mucho más la vía
    devaluatoria, ya que el único perjudicado


    sería el Estado.


    La nueva situación plantea un interesante
    problema: hasta la conmoción cambiaria de noviembre, el
    gobierno tenía ante sí tres alternativas de acción:
    la devaluación, la recesión, y el uso de una batería
    de políticas públicas.


    El primer mecanismo, la devaluación, tiene
    todas las limitaciones ya expuestas. El segundo, la recesión,
    es siempre posible (y es tal vez el caso de la profecía
    que se cumple a sí misma). Aunque una recesión agudizaría
    la "cuestión social" y provocaría una
    caída en el ingreso fiscal. En definitiva,


    menor demanda y menor consumo implican menos recaudación
    tributaria.


    Para que el parche aguante, la tasa de inflación
    debería ajustarse a la de la inflación internacional
    (en torno de 0,5% mensual, como máximo). En noviembre y
    diciembre de 1991 se lograron esas metas:


    0,4 y 0,6% respectivamente. Pero éstos suelen
    ser los "buenos" meses del implacable índice.
    Para saber qué pasará de verdad en 1993 hay que
    esperar los indicadores de enero, febrero y marzo.


    Queda una tercera opción: la utilización
    de políticas públicas alternativas. Un buen ejemplo
    es el reciente paquete de medidas anunciado por Domingo Cavallo
    en el Teatro Cervantes. Protección frente a las importaciones
    y estímulo a las exportaciones. Ese programa fue la primera
    víctima del episodio cambiario de noviembre.


    También se puede optar por políticas
    más ortodoxas. En definitiva, la llamada flexibilización
    laboral persigue la reducción de costos del trabajo. Cavallo
    es un entusiasta de la búsqueda de políticas públicas
    aplicables al momento. Está en contra de la devaluación
    y también de la recesión. Pero hacer políticas
    públicas puede obligarlo a transitar por veredas muy estrechas.
    Si de verdad fuera un


    ortodoxo dejaría venir la recesión
    y que el mercado se hiciera cargo de las correcciones necesarias,
    por dolorosas que fueran.



    EL DICTADO DEL MERCADO.



    La duda es si el gobierno tiene, de verdad, la posibilidad
    de implementar este tipo de mecanismos. El mensaje de los mercados
    fue categórico: si se aprueba lo que el mercado cree que
    es bueno -como la ley de flexibilidad laboral y la de los fondos
    de pensión- hay apoyo al programa. Si no, como en el caso
    del paquete industrialista, la reacción será negativa
    y acarreará conmociones importantes que pueden dinamitar
    el programa de estabilidad.


    Un ingrediente desafortunado del programa de estabilidad
    (como antes ocurrió con el Plan Austral) es que todos los
    beneficios se disfrutan en los primeros tiempos y luego, cuando
    se perciben los efectos del ajuste, llega la hora de pagar. Pero
    ningún gobierno lo "vende" con esta advertencia,
    y todos prefieren sumergirse en la retórica del crecimiento.
    A la hora de la verdad, deben enfrentarse con una explosiva combinación
    de aspiraciones sociales, de perspectivas políticas y de
    realidades económicas.


    ¿Cuánto durará la actual "normalidad"?
    Hasta abril, dicen algunos; todo el primer semestre de 1993, según
    otros. En lo que hay consenso es en que, inevitablemente, esta
    situación deberá resolverse en 1993.



    ENCUESTA ENTRE ECONOMISTAS.



    Por primera vez desde que se inició el plan
    de convertibilidad, las opiniones de los economistas y empresarios
    están tan divididas sobre la paridad cambiaria entre el
    peso y el dólar. Una encuesta realizada por MERCADO en
    la reunión anual de la Asociación Argentina de Economía
    Política, celebrada en la Universidad de San Andrés
    durante la crisis cambiaria de mediados de noviembre, reveló
    que 52,5% no considera que la paridad pueda modificarse en el
    próximo año, mientras que 47,5% cree que sí.


    El ex presidente del Banco Central Enrique Folcini
    admite los costos que implicaría la ruptura, "pero,
    profesionalmente, un economista no puede dejar de advertir el
    atraso cambiario actual y la posibilidad de que aumente el año
    que viene con una inflación mundial de 5%". Previene:
    "Si la dispone el gobierno, significa que domina la situación
    por difícil que sea, pero si la fuerza el mercado


    el costo es mayor". Un razonamiento parecido
    sustenta el ex colaborador de Juan Sourrouille, Roberto Frenkel,
    desde su bunker del CEDES: "Una deflación de 40% es
    imposible de afrontar. Ni Pinochet pudo hacerlo, pese a que Chile
    tenía superávit fiscal. La situación amenaza
    con entrar en una fase recesiva que provocará caída
    en las reservas y contracción monetaria, con la consecuente
    suba de la tasa de interés que traerá aparejada
    recesión, crisis financiera y merma en la recaudación
    fiscal".


    El director de Macroeconómica, Mario Vicens,
    reconoce que si bien el tipo de cambio tiene que subir, ya que
    hoy equivale a 30-35% del nivel que exhibía en 1980, la
    opción es de largo plazo: si se devalúa por los
    métodos tradicionales, todo vuelve al pasado en virtud
    de que el Estado no puede sostener la


    paridad resultante.


    Una y otra posición coinciden en diagnosticar
    que en los dos años del plan de estabilidad los precios
    de la economía crecieron en forma desproporcionada, beneficiando
    a los sectores que producen bienes o prestan servicios no transables
    internacionalmente, en desmedro de los comercializables en


    el exterior. Según la oficina de Cepal en
    Buenos Aires, desde el comienzo de la convertibilidad los precios
    industriales retrocedieron 35,7% con respecto a los servicios.


    Pese a las desmentidas y posteriores rectificaciones
    del ministro Cavallo, la balanza comercial de este año
    perfila ya un saldo negativo de US$ 1.500 millones (una cifra
    casi equivalente al deficitario intercambio con Brasil). La visión
    optimista de funcionarios de Economía es que en 1993, en
    el mejor


    de los casos, el resultado será equilibrado.


    La corrida cambiaria del mes pasado mostró
    que algunos agentes económicos tenían expectativas
    diametralmente opuestas a las del gobierno. Contener el daño
    costó US$ 300 millones de las reservas y la implementación
    de un mecanismo por el cual se dolarizaron las cuentas bancarias
    y los


    encajes, por un lado, y se soltaron las tasas en
    pesos de los pases, por otro.


    A las entidades financieras con contactos en el exterior
    se les abaratará el costo del dinero, ya que captarán
    a nivel internacional, mientras que la banca nacional pequeña
    y mediana se verá en figurillas para cubrir sus posiciones
    con moneda local.



    EL CONTEXTO INTERNACIONAL.



    La mayoría de los expertos económicos
    admite que el gobierno deberá hacer frente a dificultades
    adicionales durante 1993 para sostener el pilar de la convertibilidad:


    1) Una eventual guerra comercial entre Estados Unidos
    y la Comunidad Europea -aun si se logra un acuerdo provisional
    en el GATT- afectará todavía más las exportaciones
    argentinas hacia ambos destinos y estimulará agresivas
    políticas de penetración de productos desde esas
    regiones del mundo.


    2) El fortalecimiento del dólar y el alza
    paulatina de las tasas de interés internacionales que vaticina
    el último reporte del FMI dejarán al país
    en desventaja competitiva. Ya en pleno despunte, consumieron la
    mejora real de 5% en el tipo de cambio para el comercio exterior
    dispuesta por el


    equipo de Cavallo, a través de una batería
    de reembolsos y de derechos, destinados a mitigar el sesgo negativo
    de la balanza comercial.


    3) La entrada en el Plan Brady obliga a amortizar
    préstamos por US$ 4.500 millones a partir del año
    que viene.


    4) La dolarización del sistema financiero
    y de los bienes que compiten dentro y fuera de las fronteras ata
    la suerte de la inflación interna a cualquier medida cambiaria.
    Aunque de todos modos ya se encuentra supeditada, en parte, a
    la indexación de los servicios y de los salarios, que son
    los que con su avance provocan el retraso del tipo de cambio.




    LA DIMENSION POLITICA.



    Pero más allá de lo que piense cada
    uno y de las recetas que propicie, existe un contexto político
    que, por primera vez desde que se implantó la convertibilidad,
    confluye con la marcha de la economía. Así como
    hasta mediados de este año los casos de corrupción
    y las rencillas palaciegas no


    ponían en peligro la estabilidad económica
    alcanzada, el aire político se enrareció con varios
    hechos simultáneos que resonaron en las sensibles paredes
    del mercado de capitales:


    1) El apresurado lanzamiento de la campaña
    por la reforma constitucional, con la reelección del presidente,
    que se interpretó como un proyecto personalista y de perpetuamiento
    en el poder de la élite que lo rodea.


    2) La forzada intervención a Corrientes y
    la derrota electoral en la Capital a manos del radicalismo, que
    desembocó en la crisis que posteriormente tumbó
    al intendente Carlos Grosso.


    3) Los indisimulables ataques a Cavallo por parte
    de los ministros Julio César Aráoz, Antonio Erman
    González y Rodolfo Díaz, más la confirmación
    presidencial a Martín Redrado en la presidencia de la Comisión
    Nacional de Valores, desautorizando al jefe del Palacio de Hacienda
    que pretendía


    desplazarlo.


    4) Los paros del empresariado rural y de los obreros
    industriales, más las reiteradas protestas de los jubilados.


    Un influyente banquero admitió que, de todos
    modos, el flujo de capitales se viene cortando desde hace seis
    meses y que, para restablecer el circuito de la confianza, tendrían
    que suceder tres milagros: una purga en el gabinete nacional que
    expulse a los ministros enfrentados con Cavallo, un


    compromiso público de Menem para alinear su
    gestión de gobierno detrás de la política
    ejecutada por su ministro de Economía (virtualmente tendría
    que ser percibido como un premier), deponiendo explícitamente
    el proyecto personal de reelección, y, por último,
    la morigeración de las ambiciones de Cavallo, que lo arrojan
    a la arena que más lo incomoda, la política.


    El secretario de Coordinación Económica,
    Juan Llach, es optimista en cuanto a la recomposición estructural
    del tipo de cambio sin que haya que tocar la paridad. Las condiciones
    que esgrime son:


    1) Firmeza oficial para mantener a ultranza el programa
    durante mucho tiempo por encima de las presiones devaluatorias
    que pudieran aparecer.


    2) Mejorar la productividad de las empresas por reducción
    de los costos laborales (piensan reintegrar con el IVA las cargas
    sociales a los exportadores una vez que se morigere la evasión
    previsional) y por la flexibilización de las relaciones
    (Llach habla de una promoción de empleos, en especial para
    las


    pymes) que permita negociaciones por empresa e incorporación
    de tecnología (lo que, en su opinión, sólo
    se ha cumplido en 10% de las posibilidades) para cuyo estímulo
    el Estado dispone de herramientas fiscales. El funcionario sostiene
    que en 1993 la Argentina puede compensar la diferencia de inflación
    internacional con 5% de aumento en la productividad. Si a esto
    se suma la


    mejora del tipo de cambio exportador contenida en
    las recientes medidas para el comercio exterior (estimada en 10-11%
    neto) se llegaría a un nivel adecuado de competitividad.


    3) Acción conjunta de la Nación y las
    provincias para hacer que el gasto público sea más
    eficiente, sin alterar la estructura prevista para lo social.


    4) Corrección del déficit comercial
    con Brasil que, según interpreta Llach, obedece a que se
    combinaron la recesión del país vecino con la etapa
    de reactivación que se vivió de este lado, y al
    efecto que tuvieron las importaciones de autos, bienes de capital,
    hierro y acero por los regímenes


    excepcionales de esos sectores.



    TRIBULACIONES CAMBIARIAS.



    El experto norteamericano Jeffrey Sachs previene
    que si la Argentina deja fijo el tipo de cambio no permanecerá
    nada en pie, mientras William Cline, desde el Institute for International
    Economics, descarta que haya sobrevaluación cambiaria en
    razón de que "los costos se están ajustando".
    Cavallo


    hoy dice que devaluar sería un suicidio, pero
    en marzo (cuando el saldo negativo de la balanza comercial era
    apenas un atisbo) había puesto sus barbas en remojo al
    ver que su colega mexicano abandonaba la rigidez cambiaria -y
    aceleraba la devaluación del peso- ante el desequilibrio
    de sus


    cuentas externas. "Si algún día
    hubiera necesidad, podría aplicar un pequeño ajuste
    diario en la paridad", declaró el 18 de marzo en la
    Bolsa de Cereales.


    El gabinete, con el propio presidente a la cabeza,
    le cayó encima. Tuvo que rectificarse y modificar de allí
    en más el discurso. Menem se abrazó a la no devaluación
    como consigna política y Cavallo, muy a su pesar, tuvo
    que seguirlo. El ministro y su equipo son muy imaginativos y todavía
    pueden


    sorprender con medidas que capturen la atención
    e incluso el entusiasmo de la opinión pública. Un
    economista que participó del diseño del Plan Austral
    recordó, a propósito de la actual circunstancia,
    que cuando le explicaron todo lo que estaban haciendo a Axel Leijonhufvud,
    el prestigioso economista radicado en Estados Unidos, éste
    les dijo: "Don´t be too smart" ("no sean tan inteligentes").
    En suma: la economía no está para tantas sorpresas.


    Los empresarios navegan entre dos aguas cuando les
    toca hablar de la paridad. Todos, en la intimidad, afirman que
    el tipo de cambio está rezagado, pero ninguno se atreve
    a reclamar en voz alta una devaluación. Agostino Rocca,
    directivo de Techint, se convirtió en el blanco de las
    diatribas presidenciales y se lo acusó de ser cabeza de
    un presunto complot por haber sugerido -en un


    encuentro con corresponsales extranjeros- la necesidad
    de una corrección en la paridad.



    EL ESCENARIO DEL CONGRESO.



    Sin embargo, pocos repararon en que, para modificar
    la actual paridad, se necesita una ley del Congreso, y el simple
    anuncio de su tratamiento entrañaría una oleada
    de especulación y terror en la sociedad. El ahora jefe
    del bloque radical, Raúl Baglini, descarta la posibilidad
    de un trámite parlamentario, argumentando que "el
    gobierno ha hecho uso y abuso del decreto", pero admite que
    "hoy nos preocupa una devaluación cruda y clásica
    porque todos los precios y costos están indexados, salvo
    el salario y los impuestos, que junto con las deudas en moneda
    extranjera serían los que recibirían el impacto".


    Con la convertiblidad, sostiene Baglini, el gobierno
    "se encerró y tiró la llave" que, desgraciadamente,
    cayó cerca del Congreso, que, sin ser responsable de los
    resortes de política económica, es el responsable
    de sus efectos últimos, como la paridad cambiaria.


    Quizá el dato más importante que trasciende
    el callejón sin salida en que se metió la convertibilidad
    sería la permanencia del ministro Cavallo y su plan más
    allá del tercer año, que se cumple a fines de enero.
    Las cuentas fiscales y el sector externo no juegan a favor de
    la estabilidad, ni el marco político la favorece.


    Antes de que se desate la próxima crisis cambiaria
    quién sabe por qué designios, el gobierno deberá
    elegir si toma la iniciativa o se la deja al mercado y bajo qué
    condiciones.



    Rubén Chorny y Miguel Angel Diez.


    Informe: Gabriel Macaggi.





    ¿EL DOLAR EN UNA CANASTA?


    Unos días antes de la corrida, Domingo Cavallo
    mencionó la posibilidad de reemplazar la convertibilidad
    con el dólar por una canasta de monedas que incluya también
    al marco alemán y al yen. Los sucesos posteriores ralearon
    la hipótesis. El economista Mario Vicens analizó,
    no obstante, las consecuencias que una medida semejante tendría
    sobre la economía.


    "El ministro estaría pensando que existe
    la posibilidad de que el dólar se recupere frente al marco
    y pase, por ejemplo, de 1,45 (dos meses atrás) a 1,60 (ahora)
    o a 1,80 (como a principios de año). Esto significa que
    una revaluación del dólar arrastra una revaluación
    del peso con respecto del marco, con


    lo cual los productos de origen alemán que
    no cambiaron de precio en marcos van a ser más baratos
    en la Argentina y los productos de origen argentino van a ser
    más caros en Alemania, medidos en marcos. Cuando se establece
    una paridad cambiaria no se está buscando mejorar o empeorar
    la situación de competitividad de la producción
    nacional, sino que quede definido, de algún modo, el nivel
    general de precios de la economía. Entonces uno puede tomar
    como criterio el dólar, el oro, un conjunto de monedas,
    un bien en particular."