miércoles, 29 de abril de 2026

    ‘Sourrouillización’ de Domingo Cavallo

    A Cavallo le están creciendo pelo y anteojos. Estamos viendo una sourrouillización de la economía”, reflexionó uno de los industriales presentes en la convocatoria del ministro en el teatro Cervantes.

    La observación, además de ingeniosa y sugerente para caricaturistas, es aguda en cuanto reconoce una nueva realidad: Cavallo ha terminado por admitir la dimensión política de la tarea económica.

    Advierte que no hay más remedio que entrar en laboriosas negociaciones; que es preciso persuadir y no sólo imponer.

    La evidencia más concreta de la nueva actitud se ofreció en la reunión del ministro con economistas de todas las tendencias y extracciones. El mensaje implícito fue claro: “Denme tregua”. El ministro de Economía no puede hacer todo lo que quiere, sino lo que puede, confesó. Por lo tanto, cuando le formulen reclamos al equipo económico, deben pensar en las restricciones y dificultades que hay que enfrentar. Corolario: por favor, suavicen las críticas.

    El gran mérito de Cavallo es haber resistido las demandas de terminar con el rezago cambiario, lo que ha significado un necesario proceso de ajuste interno en las empresas, más allá de lo que se suponía posible. ¿Hasta dónde es posible tensar la cuerda?, es el nuevo interrogante.

    El punto débil del programa económico es que la convertibilidad no produjo deflación, como se supuso inicialmente. Algo mejoró la productividad, sin duda. Pero el nivel de inflación, con todos los logros que se reconocen al ministro, apunta a mantenerse en no menos de 12% anual.

    Con ese panorama, no es extraño que la palabra devaluación se comience a pronunciar con más frecuencia, como si el temor reverencial que inspiraba Cavallo se estuviera diluyendo. Todavía hay una fuerte corriente de opinión que sostiene que la hipótesis de la devaluación no existe, es imposible de considerar. Sería el fin de la confianza en el programa, dicen.

    Pero la recesión también es descartada: la arquitectura del ingreso fiscal tiene una columna que es el IVA. Si baja el consumo se derrumba la recaudación y, por ende, el equilibrio fiscal.

    Ante lo que parece un callejón sin salida, aparece otra línea de pensamiento: ¿y si, de verdad, lo imposible es no devaluar? La última gran prueba para la consagración de Cavallo es cómo salir de la actual paridad cambiaria sin que ello signifique el colapso de la estabilidad. Y la prueba deberá enfrentarse en algún momento del año próximo.

    EL VOLATIL CAPITAL EXTRANJERO.

    Para los que tienen memoria, son curiosas las explicaciones que suelen dar los expertos sobre los ciclos de auge o depresión en el mercado bursátil local. Cuando los valores estuvieron en ascenso, el principal ingrediente de la explicación era el papel que estaban jugando capitales extranjeros que llegaban alentados por el nuevo vigor de la economía argentina.

    Si alguien se ocupaba de señalar -como fue el caso de MERCADO- que esos capitales eran por definición volátiles, ya que, enfrentados con opciones de escasa rentabilidad en los grandes centros financieros, incursionaban en busca de oportunidades de rápidas ganancias, la respuesta era que la racionalidad de esas inversiones suponía colocaciones a mediano y largo plazo.

    Cuando llegó el momento de la baja, los mismos augures, con toda seriedad, dijeron que el descenso se debía a la retirada de capitales extranjeros especulativos.

    La conclusión es obvia: si estaban en lo correcto la segunda vez, significa que estaban equivocados en la primera o bien que -por ignorancia o negligencia- enviaron la señal equivocada al mercado local.

    El proceso es similar en toda América latina. Aun cuando localmente tendemos a explicar los procesos por exclusivas razones domésticas, lo cierto es que hay una conexión, un comportamiento similar en las más importantes economías de la región. Todas aumentan el nivel de sus reservas en el Banco Central, todas colocan bonos en los mercados internacionales, todas registran alzas -y ahora también bajas- en la Bolsa.

    Si se analizan los resultados de las Bolsas latinoamericanas al 30 de septiembre se verá que todas, con excepción de Brasil, tienen pronunciadas bajas con respecto al mes anterior, en términos de dólar. En el caso de Argentina, de -9,3%; en el de Chile, de -7,3%; en el de Colombia, de -2,4%; en el de México, de -5,6%; y en el de Venezuela, de -21,7%. Atípico es el caso de Brasil que, en medio de una gran crisis política que terminó con la remoción provisoria del presidente Collor de Mello, registró un alza de 5,6%.

    El problema central es que la fortaleza de los mercados de capital latinoamericanos -el argentino incluido- depende en gran medida del flujo de capitales externos (US$ 6.600 millones en 1991, para toda el área); y nadie puede garantizar que los recursos que llegaron en su momento -y que contribuyeron a valorizar las firmas locales- se queden por períodos prolongados.

    NUEVO PAQUETE: FIN DEL DOGMA.

    No es un golpe mortal al plan de estabilidad, ni una traición al proceso de apertura de la economía, como sostienen los que tienen el hábito de ser más papistas que el Papa. El potencial inflacionario del paquete de estímulo a las exportaciones tampoco se corresponde con tanta vocinglería alarmista.

    Las decisiones anunciadas por Domingo Cavallo deben encuadrarse en esta perspectiva:

    * Significan el fin del rígido dogma económico implantado el año pasado. El modelo no es intocable.

    Y tocarlo no significa necesariamente su colapso.

    * Con esta rápida maniobra, el equipo económico difiere, por lo menos hasta la segunda mitad del año próximo, la polémica -y la consiguiente presión- en torno a la magnitud del rezago cambiario. La palabra devaluación, que se volvió a escuchar en las últimas semanas, puede volver a perder dramatismo por un tiempo.

    * Estamos frente a claras medidas de política industrial. Se mejora la posición relativa de los exportadores, y se dificulta el ingreso de las importaciones. El costo de esas medidas está por comprobarse, a pesar de que el aumento en la tasa de estadísticas -de 3 a 10%- se ofrece como contrapartida.

    * El paquete persigue aumentar exportaciones, disminuir importaciones, y eliminar el déficit de la balanza comercial. Cavallo se vió forzado a admitir -contra lo que aseguraba hace pocos meses- que el déficit comercial de este año superará los US$ 1.000 millones.

    * La tesis oficial era que el déficit comercial no importaba mientras ingresaran capitales externos. El cambio de rumbo obedece, bien a que se avizora que no habrá tal ingreso de flujos financieros externos, o bien a que la retórica oficial era un simple bluff.

    A partir de ahora habrá que observar con lupa la composición interna de la inflación. La estrategia de fondo de estas medidas es cambiar la estructura de los precios relativos. Seguramente habrá alza en los bienes comerciables de origen agrícola o industrial. En cambio, los servicios deberían mantenerse o incluso descender. Ya que la esperada deflación no se produjo, tal vez se logre el efecto buscado con esta vuelta de tuerca.

    LA HORA DE LA CLINTONOMIA.

    Según Alan Greenspan, titular de la Reserva Federal, el mundo puede enfrentar la más grave recesión mundial desde la década de los `30. Con Europa y Japón exhibiendo signos de estancamiento -y aun de retroceso- y sin que Estados Unidos logre retomar el crecimiento, el panorama es sombrío. Esas son las condiciones en que le puede tocar actuar a Bill Clinton.

    ¿Qué se puede hacer en estas circunstancias? Hay tres alternativas: a) confiar en que la reactivación ocurra pronto, con lo cual sería razonable desarrollar las propuestas de recortar el déficit gradualmente; b) esperar a que ello ocurra en el tiempo debido, aunque signifique prolongar la actual situación por dos años más; y c) confiar en que el estímulo fiscal -una herramienta keynesiana-

    permita el resurgir económico, aunque en el corto plazo signifique aumento en el endeudamiento.

    Las ideas centrales enunciadas por Clinton son: el presunto efecto “cascada” de las políticas de Ronald Reagan, que debían permear a toda la sociedad, no se concretó. A pesar de ser favorecidos impositivamente, los ricos no invirtieron. Si el país no logra salir de la actual recesión es por culpa de las deudas acumuladas durante esos años por gobiernos, empresas y particulares.

    Clinton es un convencido de que el gobierno debe jugar un papel más protagónico en la vida de la gente, y de que, si Estados Unidos está perdiendo terreno frente a Japón y Europa, es debido a que el gobierno hace muy poco para respaldar el crecimiento económico.

    Su visión de la economía global concluye que es lo que se debe privilegiar: puesto que casi todo es móvil, el capital, las fábricas y hasta ramas de actividad completas, lo único que queda fijo en un país es su población y su infraestructura. Por eso su política persigue tener los recursos humanos mejor educados, preparados y entrenados para que la economía nacional sea exitosa en el siglo próximo, al tiempo que es preciso mejorar las telecomunicaciones y el transporte. Antes, mejorar el ingreso per cápita dependía de cómo les fuera a las empresas estadounidenses. Ahora depende de conseguir el empleo en las más dinámicas compañías del mundo, cualquiera sea su nacionalidad de origen.

    También el recurrente tema del déficit fiscal estadounidense vuelve a primer plano. Este año fiscal -terminado en septiembre- totalizó US$ 314.000 millones. El problema con el déficit es que absorbe los ahorros privados, desvía recursos que debían dedicarse a la producción, y eleva el costo del dinero para el gobierno y para los particulares.

    En Estados Unidos hay tres corrientes de pensamiento sobre este tema: los partidarios del supply side sostienen que el déficit no es tan malo siempre que impuestos más bajos vigoricen la economía.

    Los keynesianos no están, en principio, en contra del déficit. Pero creen que todo lo hecho durante la década pasada estuvo mal, porque se tradujo en mucho alivio impositivo y en escasa inversión.

    Finalmente, los que están en el centro creen que durante la década pasada se consumió a crédito, y ahora llegó el momento de pagar.

    DILEMA PARA LOS FONDOS DE PENSION.

    Como un ejercicio de imaginación, supongamos que ya tienen aprobación legislativa los famosos fondos de pensión. Más aún, digamos que están en pleno funcionamiento. ¿En qué invertirían?

    ¿Cómo solucionarían el problema de obtener rentabilidad en las colocaciones con la responsabilidad de asegurar el retiro de los futuros jubilados y actuales cotizantes?

    En este momento, no sería precisamente la Bolsa la que podría despertar el entusiasmo de estos inversionistas institucionales. El tema de fondo es que hoy las opciones disponibles son prácticamente inexistentes. Como ocurre en casi todo el mundo, el grueso de estos recursos se volcará hacia títulos públicos. Lo cual no es criticable en principio, ya que es legítimo que el Estado acuda a financiarse en esta fuente, y además porque se supone que el tomador de fondos honrará su compromiso.

    Hay un solo problema técnico. Los fondos de pensión en todo el mundo compran bonos estatales porque existe la garantía de cierta indexación que asegura una tasa positiva sobre la inflación. Ello ocurre con los principales países industrializados. Pero, en Argentina, adoptar el mismo sistema sería vulnerar el plan de convertibilidad.

    Los que creen que la vocación dispendiosa del gobierno sólo está momentáneamente domeñada, pero que subsiste en estado latente, temen que a través de este mecanismo haya una proliferación de títulos y bonos en el futuro, que se traduzca a la postre en una economía empapelada.