Un punto resulta indudablemente crítico en la reforma que el ambiente público ha comenzado a comentar: es el referente a la modificación del artículo 77, a fin de que el presidente pueda ser reelecto sin período intermedio. Mi opinión es contraria a tal reforma, y creo que la prescripción existente es una de las más sabias y prudentes de cuantas establece nuestra Carta Magna.”
“Bastaría observar lo que sucede en los países en que tal inmediata reelección es constitucional. No hay recurso al que no se acuda, lícito o ilícito; es escuela de fraude e incitación a la violencia, como asimismo una tentación a la acción política, por el gobierno y los funcionarios. Y si bien todo depende de los hombres, la historia demuestra que éstos no siempre han sido ecuánimes ni honrados para juzgar sus propios méritos y contemplar las conveniencias generales, subordinando a ellas las personales o de círculo.”
“En mi concepto, tal reelección sería un enorme peligro para el futuro político de la República y una amenaza de graves males que tratamos de eliminar desde que actuamos en la función pública. (…) En seis años de gobierno un ciudadano debe dar de sí todo cuanto posee en bien del país. Luego es menester que llegue otro con nuevas ideas y nuevas energías para ponerlas al servicio del bien común, que es el bien de la patria. Un presidente que llega a su oficina a las 10 y se retira a las 12, puede cumplir no sólo dos sino diez períodos presidenciales si le da la vida. Pero comenzando su labor a las 6 de la mañana y abandonándola a las 8 ó 9 de la noche… no creo que se pueda aguantar más de seis años.”
Las ideas precedentes tienen entidad para ser consideradas cuando se discute la empresa de la reforma constitucional.
Podría decirse que una cosa es emprender la discusión pensando el régimen político deseable y otra entrar a la cuestión a partir de la identificación entre un desempeño personal y la polémica necesidad de su continuación.
La lectura de la historia de los argentinos, aunque no sólo de ellos, enseña que la consolidación de un régimen político legítimo se fue transformando en una exigencia ético-social y no sólo en el acuerdo siguiente a serias discusiones académicas.
La misma lectura exhibe una sucesión de líderes a veces extraordinarios y a veces rutinarios, no siempre constitucionales cuando nos referimos a nuestra historia contemporánea, que en general han aportado poco, si algo, al establecimiento, construcción y solidez del régimen político, y mucho o poco, según los casos, al goce del poder.
La novedad interesante sería, pues, que los liderazgos se constituyan en autoridad verdadera. Como se sabe, el auctor, cuando es generador de autoridad genuina, se convierte en fiador de certidumbre para el grupo, para la ciudad, para la sociedad. Si no es factor de confianza, no es al cabo autoridad aunque ocupe algunos de los roles que estatutos y constituciones atribuyen al papel de quien debe garantizar con su conducta la solidez del edificio político.
Preciso es decir que el pensamiento político creativo ha estado en los tiempos contemporáneos más bien a la zaga del pensamiento de los economistas, de los artífices de organizaciones nuevas y de los hombres preocupados por las turbulencias de un mundo en cambio permanente y veloz. Esta observación, que compartíamos en conversación reciente con Alvin Toffler en su paso por Buenos Aires, sugeriría la necesidad de repensar profundamente la política, lo público y las condiciones para el ejercicio apropiado del gobierno de sociedades cada vez más complejas.
En las sociedades del pasado, sobre todo en las pequeñas ciudades clásicas, la certidumbre era más fácil de lograr. El sentido y el contenido de la expresión “bien común” era accesible para la mayoría, sobre todo en el clima de sociedades animadas por valores religiosos y por creencias comunes a mucha gente. Por eso la nostalgia por lo pequeño que a veces evocan concepciones presuntamente posmodernas. Esa nostalgia puede ser fácilmente reaccionaria en nombre de la posmodernidad, pero al mismo tiempo revela la aspiración del hombre concreto a recuperar un hogar colectivo dominable y protector.
En consecuencia la discusión constitucional es una tarea que depende, en cuanto a su calidad, de las perspectivas y propósitos que la animen. Una cosa es pensar la República y otra pensar la corte y el destino del príncipe.
Es importante tener presentes algunos de esos presupuestos porque las lecciones de la historia no se olvidan sin sanción. En alguna medida es lo que hace pertinente el pasaje citado al principio de estas reflexiones, extraído literalmente del mensaje presidencial leído el 1º de mayo de 1948 por un interesante y polémico político argentino: Juan Domingo Perón.
