miércoles, 10 de junio de 2026

    El futuro del futuro

    Tiene futuro la futurología? Al paso que vamos, lo que sí podemos asegurar, más allá de cualquier duda, es que ya está teniendo pasado; ya se podría escribir una historia de ella, en varios volúmenes.

    En absoluto rigor ya se corrieron ríos de tinta acerca de algo muy parecido: las utopías. Las utopías fueron en el pasado lo que hoy es la futurología. Desde el Falansterio de Fourier, fueron tantas las utopías (y tan inaccesibles, como su nombre lo indica) que su único destino posible fue convertirse en densos tomos que duermen el sueño de los justos en las bibliotecas.

    Con la futurología sucedieron otras cosas; la lista de pronosticadores que incurrieron en desaciertos estrepitosos bastaría para componer una divertida antología. Algunas piezas: Hermann Kahn predijo, para el año 2000, una Unión Soviética gozando de un desarrollo y un equilibrio que calificó como de “madurez dorada”; ya ni siquiera existe la URSS, y lo que queda no es precisamente dorado y tal vez tampoco sea maduro. Hacia finales del siglo pasado algún célebre pensador pronosticó que, a partir de ese momento, con los avances registrados en artillería, explosivos, etc., el arte de la guerra había

    alcanzado la cúspide de su sofisticación destructiva y ya no podría desarrollarse más. ¡Pobre alma inocente!

    La aviación, los viajes espaciales y cosas parecidas también dieron lugar a serias tesis probatorias de su inviabilidad. Un científico francés demostró la imposibilidad de que un tren pudiera atravesar un túnel sin que los pasajeros muriesen por falta de oxígeno. Por fortuna, el tren ni se enteró. Del otro lado, siempre hubo -y sigue habiendo- pronosticadores que son como los antibióticos, o sea que tienen amplio espectro. Esto quiere decir que enuncian tales generalidades (o tal abanico de posibilidades) que difícilmente dejen de acertar alguna vez.

    Ciertas profecías están expresadas en un lenguaje tan esotérico que literalmente sirven para todo, desde vaticinar un estornudo hasta un terremoto (desde luego que en ambos casos hay algo que se sacude). El famoso oráculo de Delfos era celebérrimo precisamente por eso: lo difícil no era consultarlo, sino desentrañar el mensaje oculto en sus palabras, de una ambigüedad e imprecisión exasperantes.

    Muchos modernos consultores y expertos viven -y no necesariamente mal- utilizando técnicas parecidas: cuanto menos comprenda el cliente sus augurios, y más abultados sean los honorarios, más satisfecho quedará. Es una regla de oro que no falla. El lenguaje críptico, además, tiene la ventaja de que rara vez alguien se arriesga -por temor al ridículo- a decir que no entiende nada de lo que se está hablando. Como en el viejo cuento, pocas veces alguien se atreve a gritar: “¡El emperador está desnudo!” .

    Pero tratemos de ser justos: cuando se escriba la historia de la futurología habrá que reconocerle sus méritos, que no son escasos. En primer lugar, nunca como ahora se dispone de tanta información, al instante, proveniente de todo el mundo, junto con la capacidad de procesarla en computadoras. Esta capacidad de obtener, almacenar y procesar datos permite indagar al futuro con técnicas que hubieran parecido impensables unas décadas atrás. Sean cuales fueren los resultados, esta búsqueda permite conocer el presente con una profundidad y precisión sin precedentes. En segundo término, hace tres o cuatro décadas que venimos pensando mucho en el futuro, sobre todo en el cabalístico año 2000 y el comienzo del Tercer Milenio.

    Con aciertos o con errores se desarrollaron infinitas hipótesis, surgieron ideas nuevas, se creó el hábito de pensar en el porvenir como algo más “familiar” en un cierto sentido. Todo ese caudal de conocimientos ya está contribuyendo a que entendamos un poco más qué nos pasa y qué sucede a nuestro alrededor. A sospechar que el velo que esconde el futuro acaso no sea tan espeso como tal vez imaginamos.