La fotografía me eligió a mí, asegura Ernesto Monteavaro, 67 años, vecino de San Isidro, fotógrafo retratista, cazador de personajes, “de la cultura en general”, y personaje él mismo, más famoso que muchos de los l.S00 artistas registrados en su archivo, algunos consagrados por la gloria, otros resignados a la lenta espera.
“Cuando tenía cuatro años, mi madre me puso en las manos una cámara y, de casualidad, apreté el disparador”, explica. Desde entonces, aunque trabajó en muchas cosas, no dejó de usar el mágico aparato, casi siempre solo, otras veces bajo la inspiración de maestros como Anatole Saderman, Horacio Coppola o Pedro Luis Raota.
De los paisajes y las fotografías sociales, fue transitando, casi sin darse cuenta, a su verdadero destino: el retrato. Jorge Luis Borges fue el detonante. Monteavaro quiso rescatarlo de tanta foto desafortunada e injusta, y se decidió a revelar a un Borges sonriente y socarrón. Las manos del gran escritor sobre el bastón llegaron a convertirse casi en un logotipo, que une a Borges y Monteavaro en la memoria colectiva y ha sido expuesto, junto con otras de sus obras, en Londres y otras capitales europeas.
A partir de Borges comenzaron los contactos con los escritores: Adolfo Bioy Casares (fotógrafo también él, Ricardo Molinari, Nicolás Guillén, Alicia Jurado. Y otras personalidades famosos: China Zorrilla, Magdalena Ruiz Guiñazú, Raúl Soldi.
“Mi técnica es la del artista furtivo. Soy una especie de ladrón bueno. Todas mis fotos son instantáneas. Me tapo con la cámara, muchas veces disimulado entre las cabezas de la gente. Me pongo en acción cuando mi víctima cree que estoy sacando a otro y recupera sus gestos naturales”.
“Usted me convirtió en una Gioconda”, le dijo Alicia Moreau de Justo, después de ver su fotografía Antes le habIa comentado a su médico de cabecera: “Hasta ahora, yo era que sólo mi marido y usted me habían visto desnuda. Pero ese amigo suyo, Monteavaro, me ha desnudado con su cámara. Me siento ofendida, pero, de todos modos, dígale que la foto es sensacional”.
Otra de sus agradecidas víctimas fue Ernesto Sábato.
Mientras el escritor leía sus textos en el espectáculo “La muerte de Lavalle”, acompañado por la guitarra de Eduardo Falú, Monteavaro se dedicaba a lo suyo. “Una noche, con la complicidad de Falú, conseguí una foto en la que Sábato aparece riéndose. Cuando se la mostré, puso gesto adusto y murmuró: ´malo, malo´, Preocupado, a punto de pedirle disculpas, le pregunté qué pasaba.
´Es que usted acaba de destruir la imagen de escritor atormentado que yo tenía´, me respondió”.
