Dormir poco -y no quejarse por ello- ha llegado a ser un sello de distinción. De algún modo, se impuso en la sociedad moderna la noción de que quienes dicen no necesitar más de cuatro o cinco horas diarias de sueño son individuos dinámicos, productivos y eficientes , en contraste con los “dormilones”, generalmente tildados de melancólicos y lentos.
El estilo espartano de vida que los años ´80 pusieron de moda no parece respetar, en este caso, ciertas normas básicas de cuidado de la salud. Los expertos en el todavía misterioso fenómeno del sueño coinciden en que, aunque es verdad que ciertas personas no requieren más que unas pocas
horas de reposo nocturno, esto no las convierte necesariamente en más activas ni eficaces. Por otra parte, estos individuos representan casos excepcionales, cuyo número es ampliamente excedido por los que han convertido la necesidad -o el insomnio- en virtud.
La inmensa mayoría de los seres humanos, sostienen los especialistas, realmente necesita dormir entre siete y ocho horas por jornada. En Estados Unidos, donde el tema ha sido estudiado con particular atención, las investigaciones revelaron que el norteamericano medio padece un déficit
de 60 a 90 minutos de sueño diario.
Los practicantes del nuevo culto al sueño breve suelen exhibir todos o algunos de los siguientes rasgos: recurren, invariablemente, al despertador; duermen hasta mucho más tarde los sábados y domingos y siempre llegan cansados al viernes.
SEGUN PASAN LOS AÑOS.
Más allá de sus aspectos fisiológicos y psíquicos, el sueño es, también, una cuestión cultural.
Hay evidencias de que, un siglo atrás, la gente dormía un promedio de ocho horas y media. La invención de la lámpara eléctrica fue el primer factor que contribuyó a acortar ese lapso. El segundo, e infinitamente más poderoso, fue la irrupción de la televisión. La creciente profesionalización y las presiones de los ámbitos laborales también hicieron mella en el sueño de las poblaciones urbanas.
Un estudio realizado por la Universidad de Michigan reveló datos sorprendentes. Después de examinar la rutina diaria de 706 hombres y mujeres, los investigadores descubrieron que un aumento salarial de 25% reducía en 10 minutos el tiempo promedio de sueño diario en el caso de los
hombres.
Las mujeres también destinan más horas al trabajo después de lograr una promoción o un aumento de sueldo, pero el “factor de ajuste”, en los hábitos femeninos, es el tiempo destinado a actividades recreativas, deportes o tareas domésticas. No se trata -explican los investigadores- de que la población femenina necesite dormir más o de que se niegue por principio a reducir sus horas de sueño, sino que, sencillamente, ya no puede recortarlo. Las mujeres que trabajan duermen, en promedio, 5% menos que sus colegas masculinos, y están peligrosamente cerca del llamado “límite biológico”, que los especialistas sitúan en seis horas diarias.
EL DIA SIGUIENTE.
Los riesgos que se presentan al trasponer esa frontera biológica no son siempre evidentes, ni inmediatos. Tras una noche de escaso sueño, un cirujano puede realizar impecablemente una operación y un ejecutivo es capaz de enfrentar con éxito una reunión de negocios. Bajo los efectos de la adrenalina y la tensión, un individuo está en condiciones de asumir una tarea difícil para la que cuente con la destreza necesaria.
La carencia de sueño destruye, en cambio, el pensamiento creativo y la capacidad de concentrarse en tareas rutinarias.
El verdadero peligro surge del hecho de que la privación de sueño tiene efectos acumulativos, y es bastante frecuente que la persona afectada no perciba los daños a corto plazo, porque los individuos “aprenden” a adaptarse a esta carencia.
Sin embargo, las consecuencias pueden adquirir proporciones trágicas. El Departamento de Transporte de Estados Unidos estima que alrededor de 40.000 accidentes automovilísticos anuales se deben a problemas de falta de sueño de los conductores. Algunos investigadores sospechan, además, que la tragedia del trasbordador espacial “Challenger” se debió al error de una persona que no había dormido lo suficiente durante varios días.
Dado que los sueños suelen presentarse durante el último tercio del período de reposo nocturno, al acortarse éste, se limitan sustancialmente los beneficios psicológicos que depara la actividad onírica. La depresión, la irritabilidad y el cansancio crónico se instalan en las personas que han sido privadas de la capacidad de soñar, lo que inevitablemente se refleja en las relaciones familiares y laborales.
Es posible, aun sin la ayuda de un especialista, determinar si el propio tiempo de sueño es suficiente y si resulta posible reducirlo. Se trata de un método de ensayo y error, que consiste en ajustar en 15 minutos la hora en que habitualmente suena el despertador, hasta encontrar la medida adecuada.
Los expertos recomiendan, finalmente, tratar de compensar lo antes posible las carencias inevitables de sueño, ya sea a través de siestas (aunque sean breves) o de la prolongación del descanso durante los fines de semana.
