El último tren de la tecnología del siglo XX pasó como una exhalación (sin siquiera hacer sonar el silbato) por la estación campesina de las pampas, que con sus materias primas a flor de tierra se había estado pertrechando para asimilar sus ciencias y su arte a la Sorbona, al Louvre de París o a la Scala de Milán. La Fundación Producción y Trabajo lo plasma en cifras: “Se invierte por habitante la mitad que en 1910” y “harían falta US$ 13.500 millones nada más que para reponer las construcciones y maquinarias ya existentes”.
Pero no puede decirse que todos los argentinos se hayan encogido de hombros mientras el mundo corría en pos del espacio celeste, de la información y la síntesis. “Así como Suiza fue el país de la micromecánica (relojería, instrumentos de medición), nosotros estuvimos a la cabeza de las potencias nucleares del mundo en desarrollo con la Comisión Nacional de Energía Atómica; en la vanguardia del aluminio con Aluar; de la biotecnología, con Polichaco, y de los bienes de capital, con Pescarmona”, enumera Carlos Martínez Vidal, titular de la Asociación Argentina de Desarrollo Tecnológico Jorge Sábato.
El paradójico inventario de la ciencia y la tecnología de estas latitudes muestra tres premios Nobel: Luis Federico Leloir, Bernardo Houssay y César Milstein, al lado de la tétrica estadística del retroceso en 60% de la inversión bruta interna fija en la última década.
¿Hasta dónde no es atribuible a este contraste que Milstein esté en Londres, que compatriotas como David Sabattini dirijan el Departamento de Biología Celular de la Universidad de Nueva York y Gregorio Weber haga lo mismo en el área de biofísica de la Universidad de Urbana, en Illinois? ¿Y Luis Reyna, cabeza de un equipo que en el laboratorio de IBM en Yorktown Heights (Nueva York) vio nacer los revolucionarios chips?
CEREBROS OCIOSOS.
Para el director adjunto del Instituto de Tecnología de la Confederación General de la Industria, Rubén Zeida, estas eminencias -45 mil profesionales que habrían emigrado en busca de trabajo en los últimos 20 años y los 15 mil científicos que deambulan escribiendo parvas de papeles para engordar el curriculum (en el mejor de los casos, por US$ 1.500 al mes)- constituyen “materia gris disponible” que se podría poner en movimiento en cuanto la estabilidad y un marco regulatorio que garantice las inversiones atraiga los capitales “escondidos”.
“Existen los científicos capacitados que pueden competir a nivel internacional. Pero hay una absoluta disociación entre los que saben y los que tienen poder”, argumenta Patricio J. Garrahan, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y presidente del Foro de Sociedades Científicas.
El encargado del departamento de ciencia y técnica de la Unión Industrial Argentina, Jorge Mazza, evalúa que en estos momentos únicamente dos de cada 100 empresas tienen rango moderno de competitividad. Cree que 70% puede progresar, pero que habrá 28% que no sobreviviría a la transformación.
Los asesores parlamentarios de la comisión mixta legislativa, Ricardo Auer y Juan José Devalle, suponen que la electrónica de avanzada que se desplegó en el misil Cóndor puede ser una de las llaves que abrirá las puertas del Primer Mundo.
Del parque industrial de Córdoba salen máquinas-herramienta con control numérico que recorren el continente. Del valle mendocino emergen turbinas para centrales hidroeléctricas que se adjudican licitaciones en Estados Unidos. Del rionegrino INVAP, con sede en Bariloche, se ve partir hacia Argelia un reactor de experimentación, y máquinas para fabricación de elementos combustibles se despachan a la India.
La onda mundial tecnológica pasa por los sustratos: la informática y la biotecnología. En un pequeño laboratorio se puede convertir en obsoleta una materia prima tradicional como el cobre.
Un fax cada vez más simplificado y barato barre al correo, y un superconductor sepulta a toda una generación de computadoras. El ciclo quizá dure 20 años más.
La lucha por la punta que entablan Japón, Estados Unidos y Alemania no deja resquicio para las vacilaciones. Estado y privados planifican y comparten, roban, copian o generan tecnologías. En Estados Unidos ambos sectores se reparten por mitades los US$ 132.000 millones que se destinan por año a investigación. En Japón y Suiza, los particulares asumen las tres cuartas partes.
LA GUERRA DE LAS GALAXIAS.
Desde Argentina, semejantes montañas de dólares destinados a descubrir nuevas tecnologías parecen pertenecer a otras galaxias. En realidad, así es, porque ése fue el escenario en el que el ex presidente norteamericano Ronald Reagan le planteó la batalla final al bloque comunista.
Los “ejércitos universitarios” y las corporaciones que investigaban para la NASA -vendiendo “de paso” las tecnologías logradas- conformaron un frente triunfador más poderoso que los integrados por “marines” y aviadores.
Sin embargo, hay intersticios que permanecieron sin ser cubiertos totalmente, como la química fina, integrada por sabores, aromas, drogas, fármacos, adhesivos y hormonas para cultivos orgánicos, que se cotizan a más de US$ 3 por kilo y pueden ser abastecidos por empresas argentinas.
Zeida opina que con el desarrollo de técnicas de mercadeo y de programas para mejorar plantas, el país podría transformar y revalorizar materias primas, como cueros, lana, vidrio y cemento, que en muchos casos (y apelando nada más que a una mejor presentación) los italianos les sacan 30 a 40% más de rentabilidad.
Evidentemente, la integración con Brasil en el Mercosur será determinante para el camino tecnológico que deberán recorrer los empresarios argentinos. Están los que, como los asesores legislativos, piensan que a partir de la unificación se estará en condiciones de competir con el resto del mundo, y los que, como Zeida, creen que la contienda empieza con los brasileños antes que con los países desarrollados.
“La integración se da mediante la homologación de normas técnicas de producción y envase, para las que habría que unificar, por ejemplo, la corriente en 110 o 220W”, explica. “Pero con esto no se arreglan las desventajas geopolíticas de estar lejos del tránsito de las mercaderías. Sería un error caer en la complementación a través de fusiones por absorción, cesiones de paquetes accionarios o adquisiciones de estructuras existentes en un mercado para competir sin transferir capitales”.
INTELIGENCIA NACIONAL.
Gobierno y empresarios acaban de sentarse a la mesa a firmar un pacto productivo abstracto, que no contempla qué sectores serán elegidos para fijarles un marco regulatorio que los proteja mientras se les agrega “inteligencia nacional” para insertarlos en el mundo. ¿Biotecnología, química fina, algunas líneas de máquinas-herramienta? Lo que parece estar claro es que existe consenso en la sociedad para reservar la iniciativa a la actividad privada. La presencia estatal languidece, huérfana de recursos económicos y con su tradicional infraestructura desmantelada. La exigua partida de 2,3% del presupuesto que se asigna a la investigación, unos US$ 380 millones, denota la quiebra global del sistema.
En realidad, el protagonismo que le cupo al Estado en la actividad científica monopolizó los recursos en el área básica, fundamentalmente por el escaso interés del empresariado en desarrollar tecnología dentro de un modelo de sustitución de importaciones que incorporaba conocimiento extranjero. A lo largo de 30 años, se destinaron US$ 10.000 millones para asistir a la ciencia y la tecnología, pero sólo US$ 300 millones se reconocen como aportes privados en ese lapso.
En los últimos 15 años, menos de 5% de los proyectos de investigación estuvieron ligados a la producción. La necesidad de acercar al gobierno, los científicos y las empresas fue insistentemente señalada por Jorge Sábato. El premio Nobel Leloir era otro de los que, desde la Fundación Campomar, propiciaba esa alianza.
Sin embargo, hubo una persistente reticencia por parte de los docentes universitarios a permitir que las empresas entraran en los claustros. La ex decana de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, Juana Pasquini, considera un error que la industria subvencione a la universidad para reforzar directamente su presupuesto, porque “a cambio le requerirá servicios que harán competir económicamente a docentes y estudiantes con graduados, restándoles de esa forma incentivo para la investigación científica. Así, la universidad académica puede convertirse en escuela terciaria”, previene.
ANTESALA DE CAMBIOS.
Los científicos argentinos le dieron más de un susto al “establishment” occidental. Sin una industria que les diera trabajo, ni patrocinantes privados que arriesgaran capital en desarrollos tecnológicos, los que no emigraron se refugiaron entre átomos y misiles dentro de los laboratorios prohijados por los militares. “Usaron tecnología propia y adquirida, así como transferencias poco conocidas internacionalmente, como la canadiense”, narra Martínez Vidal.
El programa avanzó desde Atucha I y Embalse para estancarse en Atucha II. La ex interventora de la Comisión Nacional de Energía Atómica, Ema Pérez Ferreyra, pone de manifiesto la mística que guió a los científicos que trabajaron en tecnología nuclear. El país podía importar turbinas para mover los ríos y máquinas para extraer petróleo, pero en laboratorios como el del INVAP, de Bariloche, se concebían plantas enriquecedoras de uranio.
El grado de dominio de tecnología nuclear se puso de manifiesto cuando los hombres de la CNEA repararon por sí mismos uno de los canales de combustibles de Atucha, para lo que diseñaron y construyeron herramientas especiales. Ema Pérez recuerda también que “la Comisión vendió reactores a Argelia y negocia con Turquía la instalacición de un reactor de pequeño tamaño”.
Aunque nació empujado por las hipótesis de conflicto trazadas por los militares en torno de la frontera con Chile y de las islas Malvinas, el grado de sofisticación del proyecto misilístico Condor permitiría, entre otros usos pacíficos, llevar al espacio un satélite de comunicaciones propio.
La posta de las investigaciones espaciales, más allá del controvertido Cóndor 2, fue tomada por una suerte de NASA argentina que orienta el “padre del complejo astronómico El Leoncito”, Jorge Sahade, quien se propone construir el satélite SAC-B, que lanzará la verdadera NASA norteamericana, en 1994, por un convenio firmado con la Secretaría de Ciencia y Técnica.
AUGE Y FRUSTRACION.
Esta generación de científicos argentinos, que aprendió secretos de la alta tecnología que le estaban geopolíticamente vedados al país, fue el resultado de una ofensiva académica iniciada entre 1955 y 1960, con la creación de institutos como INTI, INTA, CNEA, CONICET y las universidades autónomas.
Según Zeida, el ciclo de madurez de un buen tecnólogo se compone de ocho años de cursos de posgrado y perfeccionamiento en el exterior y otros ocho años más dedicados a la producción de tecnologías competitivas.
“Por eso, al comenzar la década del ´80 estábamos, comparativamente, en un nivel superior al de Estados Unidos” afirma. “Las interrupciones de los procesos democráticos (en 1966 y 1976) atrasaron nuestro ciclo de ciencia y técnica, que recién se comenzó a restablecer en 1983. En 1984/85 apareció un fenómeno nunca visto de florecimiento de convenios de transferencia de tecnología, como por ejemplo la planta piloto de ingeniería química en Bahía Blanca, que era un centro tecnológico de apoyo a los ocho integrantes del polo petroquímico de la zona”.
Sin embargo, la ausencia de inversiones privadas significativas y el paulatino retiro del Estado de las labores investigativas fueron dejando un tendal de científicos desocupados y frustrados en estos últimos años.
En un informe preparado para MERCADO por el experto David Landesman (de CyT), el incentivo para atraer los recursos humanos dispersos y los capitales argentinos escondidos sería la recientemente aprobada ley 23877, de promoción y fomento de la innovación tecnológica, cuya autoría corresponde al diputado pampeano Jorge Rodríguez. Esta ley crea “unidades de vinculación”,
que actuarán dentro de los organismos públicos de investigación y desarrollo para efectivizar contratos con terceros en proyectos innovadores, administración de recursos en virtud de esos convenios y pago de sobresueldos junto con la adquisición de equipamiento para los que participen en los emprendimientos.
El fondo se financiará con 20% del gravamen sobre transferencia de divisas y los excedentes que se obtengan por las privatizaciones. En mayo, por ejemplo, se recaudaron US$ 3 millones, de los que la cuarta parte corresponde a la Nación y los tres cuartos restantes a las provincias.
La ley crea también un consejo consultivo para la promoción y el fomento de la innovación, integrado por todos los sectores dedicados a la ciencia y la tecnología. Otro aspecto fundamental es que obliga a que el sector privado participe en todos los proyectos.
Es una alternativa, como lo son también la empresa que asocia a la Universidad de Buenos Aires con la UIA, la CGI y la Municipalidad (Ubatec), los convenios de universidades con empresas (como el de IBM), la fundación Concretar (que comparten la UIA y el Banco Provincia de Buenos Aires), las privatizaciones del área nuclear, como Conoar (que ahora es operada por Sade), o Faesa, dedicada a las aleaciones de tubos mediante calor.
La necesidad de las empresas privadas de competir y los capitales acumulados tras las fronteras constituyen los potenciales más valiosos con que cuenta el país para insertarse en el mundo de los negocios.
“Argentina podría ocupar nichos del mercado mundial en sectores de automatización industrial y desarrollo, en procesos químicos y metalurgia. Pero, para que el desarrollo se produzca, habría que orientarlo hacia un mercado creado por necesidades concretas”, afirma Tomás Buch, responsable de Prospectiva en el INVAP.
Es la asignatura pendiente entre empresarios y políticos: concertar -como lo hicieron japoneses, coreanos, alemanes, franceses, españoles y norteamericanos- acerca de qué interesa hacer con la “inteligencia nacional”; cómo dejar de ser un país productor de materias primas que expulsa cerebros para convertirse en fábrica exportadora de materia gris.
Rubén Chorny.
Tecnología privada.
INICIATIVAS DE ALTO VUELO.
Turbinas que funcionan en represas norteamericanas, bananos micropropagados
biotecnológicamente vendidos a Brasil: la presencia argentina en el mundo.
INDUSTRIAS MECANICAS.
PESCARMONA.
En la provincia de Mendoza se fabrican, pieza por pieza, cuatro turbinas generadoras de 390 megavatios que pesan 1.830 toneladas cada una. Están destinados a la central hidroeléctrica de Piedra del Aguila.
Robots, tornos para maquinar elementos de 18 metros de diámetro y hasta bancos de ensayos de turbinas para exportar a Latinoamérica se esparcen por el emporio tecnológico montado por los Pescarmona.
Los conocimientos fueron acopiados por los profesionales que enviaron permanentemente a perfeccionarse en Suiza, Estados Unidos, Noruega y Suecia. “Es mucho más económico que los cerebros de los ejecutivos y expertos viajen en avión que trasladar una fábrica”, explica Luis Menotti
Pescarmona.
IMPSA desarrolló válvulas para el sistema de agua potable de Nueva York, le vende grúas al puerto de Shangai y turbinas la central hidroeléctrica Kaw Dam, en Estados Unidos.
BIOSIDUS.
Un aséptico laboratorio de 3.000 m2 es el escenario de una de las empresas especializadas en biotecnología más avanzadas del mundo. La ingeniería genética, la purificación de proteínas, cultivos de células, cuerpos monoclonales y fermentaciones se aplican en la búsqueda de productos destinados a la sanidad humana, animal y vegetal.
Entre sus hallazgos más notorios se cuentan la molécula interferón (antiviral) y el Hemax (eritropoyetina humana para anemias derivadas de insuficiencias renales crónicas). Las vacunas antihepatitis, los anticuerpos monoclonales para diagnósticos y purificación de las proteínas y los reactivos que detectan en el organismo los genes de agentes extraños, mediante técnicas de hibridación molecular constituyen algunos de sus logros biológicos de mayor predicamento.
LABORATORIOS WIENER.
Los reactivos para diagnóstico que produce esta empresa de la ciudad de Rosario, fundada por Miguel Rojkin hace 25 años, compiten con los productos que elaboran firmas internacionales como Baxter, Merck Darmstadt, Abbott, Boehringer Mannheim y otras de ese nivel.
La tecnología enteramente nacional empleada por Wiener ha ganado la confianza de los profesionales que efectúan los análisis para medir colesterol, glucosa, ácido úrico, urea, o para detectar mal de Chagas, fiebre tifoidea o hepatitis.
MASSUH.
Los papeles para escribir y para imprimir extraídos del eucalipto fueron sometidos a un proceso químico descontaminador, que reduce a la mitad la madera necesaria para elaborar la pasta.
El procedimiento desarrollado por Massuh inscribió a la empresa entre las de avanzada en el ramo, superando incluso a competidoras norteamericanas.
FIMDETEC.
El grupo Techint creó en Campana la Fundación para el Desarrollo Tecnológico (Fundetec), con los aportes de sus empresas vinculadas: Arsa, Cometarsa, Propulsora Siderúrgica, Siat y Siderca.
A través de su centro de investigación industrial, la entidad se ocupa de estudiar, por medio de una máquina de ensayos a plena escala, los fenónemos físicos, químicos o mecánicos de las operaciones de plantas industriales para encarar los problemas recurrentes que afectan la calidad y la productividad.
Otra de las actividades de Fundatec es la actualización permanente de un banco de datos nutrido de información técnica, que permite ubicar la frontera tecnológica de la industria a la que pertenece la empresa, mediante la observación de los nuevos procesos ligados a la producción de los materiales tradicionales.
TECNOPLANT.
La bióloga Betina Panick y su esposo, el arquitecto Jorge Luis Gersberg, albergan en un discreto vivero de Baradero una de la veintena de empresas biotecnológicas que existen hoy en todo el mundo, dedicadas a la micropropagación de frutales, hortalizas y plantas forestales. Tecnoplant vende a los productores brasileños bananos cultivados sobre tejidos de máxima asepsia y libres de hongos y bacterias; espárragos a los alemanes; yerba mate “in vitro” a los paraguayos y una muestra de 5 toneladas de frambuesas a los norteamericanos.
VILMAX.
Desde una planta enteramente computarizada salen rumbo al puerto, con destino a 35 países, tambores de colorante fabricados con las técnicas más avanzadas. Vilmax es la única empresa argentina que participa en el programa europeo Eureka, de estímulo a la aplicación de tecnología, que congrega a 1.500 socios con 470 proyectos. Con su nombre incorporado al club de la alta tecnología internacional, Vilmax continúa realizando silenciosamente sus propias investigaciones en química fina.
El semillero de IBM.
LA BRIGADA DE “BIG BLUE”.
En recientes congresos de informática realizados en Europa y Japón, dos trabajos presentados por un grupo formado en Buenos Aires recibieron mención especial. Fue todo un acontecimiento, porque los equipos californianos, que entran y salen habitualmente de los laboratorios de alta investigación, ni siquiera figuraron en la nómina de distinguidos.
Este galardón se constituyó en el bautismo de fuego internacional para los 40 jóvenes egresados de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, de la Escuela Superior de Informática, del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales.
Todos ellos fueron seleccionados por IBM para formarlos en las tecnologías de punta dentro del área de la computación.
Y para predicarles con el ejemplo, les asignó como coordinadores a dos científicos argentinos que se destacan en el escenario donde se libra una de las carreras tecnológicas más encarnizadas de la era moderna: Jorge Sanz (del laboratorio de Almaden, en la costa oeste de Estados Unidos) y Luis Reyna (uno de los puntales en la planta de investigaciones de Yorktown Heights, donde se desarrollaron los microchips).
El Grupo de Investigación en Computación y Aplicaciones Avanzadas (cuya impronunciable sigla sería GICAA) se erigió en un apéndice local de los laboratorios más sofisticados de Estados Unidos, que transmitirá los conocimientos adquiridos y procesados a empresas del país e institutos
de enseñanza, aunque también, a cambio, “pensará” para el cerebro central de la gigantesca compañía (conocida como “Big Blue” en el mundo de los negocios internacionales).
Si bien son comisionados permanentemente para adiestrarse en los laboratorios norteamericanos, los miembros de este grupo de elite tuvieron que asumir el compromiso de no emigrar mientras dure el contrato.
