Como en muchas ciudades de Europa, lo que realmente importa de Praga está condensado en una mínima geografía, a ambos lados del Moldava. Mirando un plano en la forma corriente -con el norte arriba- lo esencial de Praga se brinda al visitante como una secuencia que corre sencillamente de izquierda a derecha. Es imposible perderse si uno descubre la ciudad siguiendo ese eje longitudinal.
En el extremo izquierdo está una de las claves: en lo alto de una colina, visible desde todas partes, se alza el Castillo de Praga, el Hrad, cuyas paredes más antiguas, de estilo románico, se remontan al año 870. Fue residencia de monarcas y otros jefes de gobierno y lo siguió siendo hasta el presente. Recorrerlo significa, además de pasar revista a la enrevesada historia del país, tomar contacto con todos los estilos arquitectónicos. Aquí ocurrió, en 1618, la famosa ” defenestración de Praga”, cuando los representantes del emperador alemán fueron arrojados sin mayor miramiento por una ventana del castillo. Afortunadamente para ellos, cayeron sobre una montaña de paja, pero
esta efusividad de los nobles praguenses -además de costarles sus cabezas al poco tiempo- marcó el inicio de la Guerra de los Treinta Años.
Más recientemente hubo otra historia con alemanes: en mayo de 1942 miembros de la resistencia dieron muerte a Reinhard Heydrich, jefe de la SS y protector de Bohemia y Moravia. En represalia, los nazis rodearon la pequeña población de Lídice, cerca de Praga y, en junio, ultimaron a todos los hombres, enviaron a mujeres y niños a campos de concentración y arrasaron el pueblo
hasta hacerlo desaparecer.
Dentro del castillo sorprenden las colosales dimensiones de sus salas: ocurre que estaban diseñadas para que los caballeros ingresasen en ellas montados en sus cabalgaduras. En verdad, el castillo es un conjunto de construcciones, que se fueron sumando a través del tiempo; entre las
muchas cosas admirables se cuenta la Catedral de San Vito, con una impresionante fachada neogótica.
Recomendación: subir y bajar la colina del castillo a pie. Hay calles sinuosas, lugares para tomar café y vistas infinitas de la ciudad. Arriba, es absolutamente obligatorio caminar la Calle del Oro o de los Alquimistas, formada por construcciones casi de juguete, que en su tiempo sirvieron de
albergue a los encargados de la defensa del castillo. Hay discusión acerca de la práctica de la alquimia en ese lugar; lo cierto es que en la segunda mitad del siglo XVI reinaba Rodolfo II de Habsburgo, emperador germánico y soberano de Bohemia, además de personaje notable en más de un aspecto. Lo atraían fuertemente la alquimia y la astrología, y en su corte trabajó el astrónomo
danés Tycho Brahe. Apasionado y aventurero, este último perdió parte de su nariz en una riña callejera y desde entonces usó una prótesis de metal, fabricada por él mismo. También en la corte de Rodolfo II vivió el astrónomo ( y astrólogo ) alemán Johannes Kepler y, se dice, el muy célebre rabino Judá León, de quien hablaremos luego.
Bajando del castillo se llega a uno de los barrios más románticos de Praga, la Malá Strana (literalmente, ” lado menor”). Se la puede atravesar hasta llegar al Moldava por la calle Nerudova, llamada así en homenaje al escritor checo Jan Neruda (1834 – 1891), de quien tomó su seudónimo nuestro cercano Neftalí Reyes. Jan Neruda cuenta, en uno de sus relatos, cómo él y un amigo se
recostaban en lo alto de su vieja casa, en este barrio, apoyados en las formas cóncavas del techo neobarroco. Suavemente el camino conduce a la Plaza Malostranské; muy cerca, un breve desvío permite conocer el Palacio Wallenstein, construido por el célebre hombre de armas y ahora destinado a oficinas públicas. A pocos minutos de marcha se llega a una de las maravillas de Praga, el Puente de Carlos, llamado así en recuerdo de otro personaje central de la historia del país, Carlos IV, rey de Bohemia y emperador romano, quien desplegó sus talentos de estadista en el siglo XIV.
Poco antes del puente se pasa por la isla de Kampa, formada por un brazo del Moldava; es uno de los paisajes más bucólicos de Praga: se tiene la sensación de estar en una quieta campiña, a escasos metros del centro.
Antes de cruzar el Puente de Carlos y dejar la margen izquierda del Moldava, queda por explorar el barrio de Hradcany, cerca del castillo. Allí, por lo menos, hay que visitar la iglesia de Nuestra Señora Loreta y el monasterio de Strahov.
Este último es un edificio del siglo XIII, que hoy funciona como Museo Nacional de Literatura, con una biblioteca que alberga tesoros incalculables, globos terráqueos que tienen siglos, incunables, una esfera celeste usada por el gran Tycho Brahe y muchas otras maravillas. Un solo detalle: para ingresar hay que obtener un permiso en el museo.
Pero volvamos al Puente de Carlos: la construcción es de mediados del siglo XIV y atraviesa el Moldava con su maciza estructura de piedra de más de 500 metros de largo. Ingresando desde la Malá Strana se puede admirar la soberbia estructura de dos grandes torres de acceso, puestas ahí para controlar el movimiento de personas y carros sobre el río, en la Edad Media. El Puente de Carlos es algo para saborear con tiempo; cada uno de sus 30 grupos escultóricos tiene una historia y un simbolismo peculiar. Probablemente haría falta un libro entero para describir acabadamente este prodigio. Con seguridad el lector recuerda algún relato de otro gran checo, Franz Kafka, donde el
Puente de Carlos es claramente el protagonista. Pero los checos a veces juzgan a Kafka como un genio un tanto alejado de su cultura: Kafka escribió en alemán en un tiempo en que se intentaba marginar al idioma checo y en general combatir el nacionalismo de Bohemia.
Atravesando el Moldava, el río cantado por Bedrich Smetana en su célebre poema sinfónico, se ingresa de lleno en la Ciudad Vieja, el Staré Miesto, una caótica madeja de senderos, cortadas y pasajes que salen al cruce en todas direcciones. Es fácil perderse en ese laberinto, pero no es serio:
siempre se encuentra la salida; atrás queda el Moldava, hacia adelante esperan nuevos y apasionantes puntos de referencia. Se puede saltar de uno al otro, son visibles a la distancia y, por lo demás, los praguenses siempre ayudan a quienes desean explorar su ciudad. Hay también grandes avenidas, como la de París, que desemboca en la Plaza de la Ciudad Vieja, reconocible porque en su centro se levanta la figura en bronce de Jan Hus, el gran reformador que murió en la hoguera en 1415. En la Plaza de la Ciudad Vieja vale la pena detenerse a estudiar cada casa; son construcciones burguesas, de los siglos XIV en adelante, celosamente restauradas y cuidadas. Mención aparte merece la iglesia de Nuestra Señora de Tyn, de exuberante estilo gótico.
Pero antes de llegar a la Plaza de la Ciudad Vieja, apenas se cruza el Moldava, hay algo que no se debe perder: lo que queda del barrio judío, devorado por las llamas en el siglo XVIII. Subsiste un conjunto importante de sinagogas: la Klaus, la Pinjas, la llamada (por razones imprecisas) Vieja-
Nueva, la Alta, la Maisel y la conocida como Española. La más antigua es la Vieja-Nueva, edificada en 1270, en severo gótico primitivo; en ella continúa celebrándose el oficio religioso. Estos templos forman parte del Museo Judío y están repletos de objetos valiosos.
En el área de las sinagogas que sobrevivieron a la barbarie nazi se encuentra el cementerio judío de Praga, el más antiguo de Europa. En una reducida superficie se mezclan, en alucinante anarquía, más de 12.000 lápidas y tumbas. La más antigua es de 1439; la última, de 1787. Algunos entierros se practicaron hasta en doce niveles superpuestos. En lugar destacado se alza la tumba de Jehuda Liva Ben Becalel, más conocido como el rabí Loew o Judá León. El rabino Loew vivió en el siglo XVI y su nombre está indisolublemente ligado a la Cábala y a la antigua leyenda judía del Golem de Praga. Los cabalistas permutaban letras y números basados en el texto de las Escrituras,
para hallar el verdadero e ignoto nombre de Dios. En palabras de Borges: “Sabemos que hubo un día / en que el pueblo de Dios buscaba el nombre/ en las vigilias de la judería”. Quiere la tradición que el rabino Loew halló el nombre y, al repetirlo ante un muñeco, toscamente construido con sus manos, éste se convirtió en una criatura imperfecta y torpe, que se llamó Golem, y en torno de cuyo significado, existencia real o ficticia y múltiples simbolismos han corrido ríos de tinta.
Desde la Plaza de la Ciudad Vieja se abren varios caminos, todos válidos, todos recomendables, dos esenciales: hacia el este, siguiendo por la calle Celetná, se llega a la Torre de la Pólvora, de 1475. Si se tienen ganas se puede subir a lo alto, por una escarpada escalera de caracol y a veces con ayuda de una cuerda. Es lo más parecido que existe a recrear una auténtica vivencia del medioevo. Se llega arriba transpirando y con las manos inevitablemente sucias, pero el esfuerzo se justifica.
El otro camino, que es un must, desde la Plaza de la Ciudad Vieja, es el que conduce hacia el Museo Nacional, un símbolo de Praga, frente a cuya majestuosa escalinata se alza la estatua ecuestre de San Wenceslao. En el camino hacia el museo la calle se ensancha para transformarse, por varias cuadras, en la Plaza de Wenceslao. Pero en realidad, más que una plaza, es una paseo que concentra tal vez la mayor actividad de Praga, con hoteles, comercios, restaurantes, lugares para espectáculos y, sobre todo, mucha gente. La Plaza de Wenceslao es, también, un centro público fundamental, que muchas veces fue escenario de hechos políticos cruciales para el país.
Tal sucedió durante la Primavera de Praga, en 1968, y nuevamente ahora, cuando una ola de profundas transformaciones sacudió a todo el bloque del Este de Europa.
Por último, antes de dejar Praga hay que cumplir ciertos rituales: beber cerveza de Pilsen (hay un templo clásico para esto, que se llama U Fleku) y probar el elixir inventado por Jan Becher de Karlovy Vary, la becherovska; hay un buen pretexto: se asegura que es lo mejor que hay para curar todos los desórdenes digestivos.
Gerardo López Alonso.
(Texto y fotos)
Guía Rápida para Lingüistas Desesperados.
El checo es una hermosa lengua eslava, que se asemeja al polaco, pero con una grafía más simple, más fonética. Para quienes se interesen en pronunciar con alguna corrección los aparentemente incomprensibles nombres que aparecen en carteles y letreros, he aquí una guía rápida:
Las vocales a, e, i y u son largas o dobles. La e se pronuncia ie : c equivale a nuestra ch ; s a la sh en inglés; z es como nuestra ye. La más difícil es la r, que es como dos fonemas que se pronuncian uno a continuación del otro, como ry (recuérdese al maestro Antonín Dvorak, que se pronuncia Voryak) .
Todas las palabras se acentúan en la primera sílaba.
No es tan difícil como parece y, si se tienen dudas, en el centro de Praga funciona un famoso Instituto de Lenguas Eslavas, sin olvidar que como es sabido la escuela de Praga revolucionó la lingüística y marcó un hito en el campo de la semiótica. Pero esto, como diría Kipling, ya es otra historia.
Los Lugares.
Museos.
*Narodni Galerie, (Galería Nacional) Palacio Sterbersky, Hradcanské, 15. Pintura checa y europea de los siglos XIX y XX.
*Jirsky Klaster (Convento de San Jorge), en el Castillo. Colecciones de arte checo antiguo.
*Anezky Areal (Convento de Santa Agnes). Colección de arte checo del siglo XIX.
*Museo de la ciudad de Praga. Sady Jana Svermy, 1554.
*Narodni Muzeum (Museo Nacional), Vaclavske, 68.
TEATROS.
*Narodni Divadlo (Teatro Nacional), Narodni, 2. Tel. 20 53 64.
RESTAIRAMTES (VINARNA).
*U Tri Pstrosu, Drazickeho, 12 Tel. 536151.
*U Mecenase, Malonstranske, 10 Tel. 53 18 83
CERVECERIAS (PIVNICE).
*U Fleku, Kremencova, s/n. Tel. 29 24 36.
CAFES (KAVARNA)
*Malostrstranska Kavarna, Malostranske, 28.
*Obecni Dum, Republiky, 1090.
*Savarin, Na Prikope, 10.
