viernes, 3 de abril de 2026

    Los discretos cofrades de Harvard

    Todavía los sioux cazaban bisontes y los esclavos negros morían en las primeras plantaciones de arroz y algodón. Era un mundo primitivo pero emergente, donde los colonos ingleses iniciaban la conquista norteamericana. Muchos llegaban refugiados, huyendo de la intolerancia de la iglesia anglicana, como los puritanos del “Mayflower”, que en 1620 constituyeron el embrión de Massachusetts. En esa región efervescente, y con más exactitud en Cambridge, Massachusetts, nació en 1636 la Harvard University, inagotable fuente de formación de la clase dirigente norteamericana y mundial.

    No es casual que Harvard surgiera en ese momento, en esa región y en ese estado. Fue también ahí se moldeó la moderna burguesía norteamericana, que dos siglos después derrotó a los esclavistas en la Guerra de Secesión, imponiendo un modelo de país. Hoy, 355 años después, la luz de Harvard continúa iluminando. La más antigua universidad de los Estados Unidos sigue siendo el tradicional campo de entrenamiento de quienes aspiran a decidir y dirigir. Abogados, administradores de empresas, economistas, médicos, salen de Harvard catapultados hacia el éxito.

    Llevan en el alma y en la sangre conceptos que sólo pueden parecer huecos a quienes no pasaron por sus aulas: competencia, esfuerzo, excelencia y vocación dirigente.

    Son muchos los argentinos que recalaron en la majestuosa universidad y que ocuparon aquí cargos relevantes en el mundo empresario, la vida profesional o la función pública. Domingo Cavallo; Dagnino Pastore; Mario Brodersohn; Walter Klein; Manuel Sacerdote, son apenas algunos nombres de los 200 ex alumnos de Harvard, que en armoniosa camaradería se reúnen

    mensualmente en su propio club para recordar los días de estudiantes. Sus sueños juveniles, en esencia, se han cumplido. En su momento invirtieron lo que ahora serían US$ 32.000 anuales para lograr el objetivo y están satisfechos. “Si yo tuviese la oportunidad de ir a Harvard diez veces más,

    iría diez veces más”, dice el vicepresidente senior del Banco de Boston, Manuel Sacerdote.

    DIAS DE GLORIA.

    En estos tres siglos y medio de existencia, Harvard pasó de ser un colegio provincial a una universidad internacional, y si bien se autodefine como un lugar “accesible a todos los candidatos talentosos, sin importar su nacionalidad o nivel de riqueza”, se trata de un sitio para elegidos.

    Durante el siglo XIX, Harvard comenzó una era de expansión, agregando nuevas especialidades y absorbiendo también estudiantes de la región sur de los Estados Unidos y del extranjero. Sólo queda un dulce recuerdo histórico de aquella inscripción inicial de 12 estudiantes bajo la batuta de un maestro en 1636; ahora su población ha crecido a 17.000 graduados anuales.

    La universidad comprende 21 escuelas de grado y posgrado, que otorgan títulos de máster y doctorado en carreras tan diversas como Derecho, Economía, Negocios, Medicina, Teología, Educación. De sus aulas, salen profesionales preparados para el liderazgo. El filtro es riguroso no sólo para ingresar sino para proseguir, sin importar de quién se trate. Manuel Sacerdote recuerda que tuvo como compañero de estudios a uno de los hijos del príncipe de Laos, quien pese a su sangre azul debió emprender el regreso al remoto país por sus calificaciones deficientes.

    Desde luego que el primer “filtro” para acceder a Harvard es económico. Cursar un máster de dos años en la Business School cuesta US$ 15.350 por año académico, cifra a la que debe agregarse un seguro de salud por US$ 1.020, materiales de estudios por US$ 1.500 y habitación individual por US$ 3.050.

    Manuel Sacerdote.

    “Si alguien me pregunta qué aprendí en Harvard, no podría explicarlo, pero seguro que cambió mi personalidad. El método no se estudia en ningún libro, pero tener que resolver tres complejos problemas todos los días resulta un ejercicio necesario para formar a un hombre de negocios. Harvard me dio mucho más de lo que yo fui a buscar en aquel lejano setiembre de 1966.

    Pensé que iba a aprender algunas cosas útiles para mi trabajo, pero volví siendo una persona diferente. Me dio una formación más humanista que me sirvió para balancear mi educación”.

    “Es cierto que en la Escuela de Negocios hay competencia, pero nunca llega al extremo.

    Todo está planificado con la idea que en la administración gerencial es importante trabajar en equipo”.

    “Quien tiene la posibilidad de cursar allí debe hacerlo; es un enorme privilegio; si yo tuviese que ir diez veces más, no dudaría un instante”.

    “¿Los de Harvard somos una elite? No me parece un término adecuado; tenemos una experiencia común que constituye una etapa muy importante en nuestras vidas, muy reconfortante, que nos permite sentirnos bien cuando nos reunimos”.

    Vicepresidente senior y Gerente Regional del Banco de Boston. Máster en Business School (1968).

    Norman Coates.

    “Me gradué en Estados Unidos como ingeniero industrial y luego hice un máster en investigación de operaciones; llegué a la conclusión de que sabía mucho, pero en realidad no sabía nada. En 1976 tuve la suerte de cursar en Harvard, que fundamentalmente me brindó una enseñanza metodológica para ordenar los pensamientos. Algunos cínicos dicen que Harvard busca candidatos

    con ciertas características, luego los coloca en un molde y los lanza al mercado. Pero creo que esos dos años ayudan también a resolver temas primordiales como preguntarse dónde estoy, hacia dónde voy y cómo voy a llegar”.

    “Hay un ejercicio permanente de toma de decisiones, que otorga un gran entrenamiento en la materia. Sin embargo, eso no es todo en la vida empresaria; cuando uno ingresa a una compañía muchas veces debe manejarse con otros valores que tienen que ver con la cultura de esa organización o incluso con la idiosincrasia del presidente de la empresa”.

    Representante del Vereins-Und Westbank. Máster en Business School (1978).

    UN FILTRO RIGUROSO.

    Disponer de este dinero no garantiza arribar a las aulas: además debe sortearse la minuciosa preselección de candidatos al ingreso.

    Según Marga Clavell, abogada del estudio Klein & Mairal y próxima a partir a Harvard tras ser admitida, “la universidad realiza, para empezar, una estricta evaluación de los conocimientos del idioma inglés. Luego piden un certificado analítico de las materias aquí cursadas, antecedentes académicos, experiencia profesional y cuáles son las actividades e intereses fuera de la profesión. Es indudable que buscan personas con un perfil de grandes inquietudes intelectuales”.

    Si bien el altísimo prestigio alcanzado por Harvard coloca a esta universidad en los primeros puestos del ranking mundial, uno de sus ex alumnos, Alan Arntsen (abogado), piensa que su preeminencia no es absoluta: “si alguien desea realizar un máster para que le vaya bien en los negocios y en la vida profesional, lo aconsejable es cursar en Harvard. Pero si uno quiere hacer un máster por satisfacción personal, por vocación académica o docente, lo que yo aconsejo es Cambridge”. La conservadora universidad inglesa, fundada hace casi 800 años, cobija todavía rasgos medievales, con profesores ataviados con togas que dan clases magistrales y alumnos respetuosos del estilo jerárquico tradicional. Arntsen también estudió en Cambridge, y señala como una diferencia la integración y participación del alumno en el caso de Harvard, en contraposición a la formalidad de Cambridge.

    La carrera de derecho de la universidad norteamericana es muy apreciada por estudiantes y profesionales argentinos, incluyendo a algunos célebres como Guillermo Walter Klein, ex secretario de Coordinación Económica. Ahora instalado en un confortable estudio de la calle Lavalle, Klein cursó Harvard entre 1962 y 1964, obteniendo un máster en leyes y otro en economía porque, según dice, su deseo era dedicarse a la administración pública. Su paso por el gabinete del ex ministro Martínez de Hoz confirma esa vocación, pero los avatares de la economía y la política lo recluyeron ahora a la actividad privada.

    En el Klein abogado y economista, Harvard ha dejado su huella profunda: “Ahí se estudia sobre la base de casos prácticos, porque les interesa el análisis del derecho a través de la jurisprudencia y de la resolución de casos concretos. En la carrera de economía es distinto, porque existe una mayor dedicación al aspecto teórico. Las dos carreras fueron para mí un complemento perfecto”.

    La atracción que Harvard despertaba en el joven Klein de los años ´60, y que hoy se mantiene invariable entre estudiantes y graduados, demuestra por oposición las deficiencias de la universidad argentina. “Aunque tengo un gran respeto por la enseñanza privada y pública, todavía no hemos logrado crear un sistema en el que los profesores y los alumnos se dediquen a la carrera en

    forma “full time”. No disponemos de equipamiento, carecemos de buenas bibliotecas y no hay posibilidades de realizar investigación y desarrollo. En Harvard todo eso es posible, pero, pese a las deficiencias de la universidad argentina, los estudiantes que egresan aquí no desentonan ni hacen un mal papel en Massachusetts”.

    Cada tanto, Walter Klein vuelve a sumergirse en las tonificantes aguas de Harvard, reuniéndose con ex compañeros, asistiendo a clase y participando por algunos días de la vida universitaria. En Buenos Aires también es uno de los principales animadores del club que nuclea a unos cien graduados, que se reúnen mensualmente para almorzar, intercambiar experiencias y escuchar alguna conferencia interesante. El club también cumple el papel de asesorar a estudiantes que aspiran a cursar en Harvard y les otorga en algunos casos apoyo financiero.

    Guillermo Walter Klein.

    “A veces se habla del prestigio social de ser graduado de Harvard, pero desde mi punto de vista eso es irrelevante. Lo que garantiza un título obtenido en esa universidad es haberse sometido a un sistema disciplinado de estudios. Es un certificado de idoneidad para afrontar las exigencias de la vida profesional”.

    “Había varias diferencias entre los métodos de enseñanza en las disciplinas de Derecho y Economía. En la primera, uno tenía que ir preparado con determinada lectura de material y la clase se transformaba en un gran debate, extremadamente participativo. En Economía, por el contrario, el

    profesor exponía y se escuchaba a la cátedra”.

    “Siento que ambas me dieron instrumentos muy útiles; estoy muy agradecido por haber podido ingresar. En la medida en que puedo, trato de encaminar a todos los jóvenes que me preguntan, contándoles lo que yo viví: apertura de los horizontes, de la mente y de los enfoques”.

    Abogado. Máster en Derecho y Economía (1963 – 1964).

    LOS “BUSINESS BOYS”.

    Aunque Harvard tiene los atributos del rey Midas y convierte en oro todo lo que toca con su sabiduría, la escuela de negocios es una de las que alcanzó mayor celebridad con el correr de los años. Fue fundada en 1908, cuando la industria americana se encontraba en plena expansión.

    Estados Unidos ya era desde 1895 la primera potencia mundial, y el acelerado desarrollo del capitalismo había transformado a sus empresas familiares en grandes corporaciones. Los avances en tecnología, comunicación, transporte y métodos de producción fueron creando oportunidades gerenciales y mostrando la necesidad de contar con un management más capacitado. La Escuela de Negocios de Harvard cubrió ese vacío, porque el hombre exitoso en los negocios necesitaba también elevar su visión gerencial, ampliar su capacidad analítica y absorber experiencias de conducción empresaria. Por ese motivo, la Business School se caracterizó desde su lanzamiento por tratar a la gerencia como una ciencia tan seria y trabajosa como la medicina o las leyes.

    Lo que Harvard buscó antes y ahora es desarrollar en cada graduado un eficiente gerente general; de ahí que los estudiantes se entrenan con el célebre método de los casos, luego copiado por numerosas escuelas de negocios del mundo, inclusive las de la Argentina.

    “El método está basado en el sistema socrático: se aprende a través de una pregunta dirigida y el profesor es una especie de director de orquesta que lleva la clase contraponiendo interrogantes y respuestas. Es diametralmente opuesto a la enseñanza magistral, donde el alumno tiene un rol pasivo”, comenta Norman Coates, máster en Administración de Empresas y actual representante local del Vereins-Und Westbank.

    A través de este mecanismo de entrenamiento, se calcula que los estudiantes tratan durante sus dos años de carrera uno 800 casos empresarios que los ubican en escenarios cambiantes y situaciones conflictivas. Como en los negocios de la vida real, también ahí las decisiones se toman apresuradas y con información insuficiente, dado que el mundo que aguarda al egresar puede resultar todavía más problemático. Que en esta escuela se forman líderes, no es una frase hecha. Los valores que se aprenden en Harvard encajan más con grandes organizaciones y multinacionales que con pequeñas empresas familiares.

    Y cuando finalmente se obtiene el título, ¿las puertas se abren mágicamente? Según lo observado por Guillermo Madariaga, que actualmente se encuentra cursando el Máster de Administración de Empresas, las compañías norteamericanas toman contacto con los estudiantes ofreciendo posibilidades de empleo. Además se publica un libro que contiene todos los antecedentes de los graduados.

    Pero la magia no existe, y en la Argentina los recién graduados si no cuentan con experiencia laboral todavía no son suficientemente valorizados y remunerados. En los Estados Unidos, un abogado egresado de Harvard que se emplea en un estudio importante puede ganar US$ 80.000 al año, mientras que en la Argentina la retribución será de US$ 12.000. Aun así, la mayoría de los estudiantes argentinos de Derecho regresan al país luego de recibir el máster, cosa que no ocurre con los “business boys”, que buscan colocarse en el mercado internacional.