Reconvertir las ineficientes economías de la URSS y de sus antiguos satélites europeos ,se supo desde el principio- de, mandará ingentes inversiones, que saldrán del ahorro interno, pero también en gran medida del aporte del mercado internacional de capitales. Los recursos financieros disponibles en el mundo no abundan en esta década.
Desde ahora hasta el año 2000, hará falta US$ 1 billón (millón de millones) para que la parte oriental de Alemania alcance un nivel de desarrollo igual a 80% del que disfrutará en ese momento el sector occidental.
A partir de extrapolar ese método de cálculo -y sin que nadie se atreva a apostar sobre la infalibilidad del pronóstico- los economistas involucrados piensan que se requerirán US$ 7 billones para que las economías de la Europa oriental se aproximen a los niveles de los países de la OCDE. En cuanto a la URSS, la única certeza es que la cifra puede ser todavía mayor.
Si se abarca este panorama en conjunto, se deberá inyectar anualmente una suma que -según la precisión del cálculo y lo ambicioso y veloz del programa a cumplir- oscilará entre US$ 80.000 y 8000.000 millones durante diez años. Es cierto que la mayor parte de esos recursos habrá de provenir de las propias economías que se quiere convertir, pero para tener una idea de lo que se demandará al mercado de capitales, baste recordar que Estados Unidos capta anualmente US$ 10 mil millones de ahorros del resto del mundo.
¿Cuál es el total de ahorro disponible cada año en todo el mundo? Según las estadísticas más precisas de los organismos internacionales, ronda la cifra de US$ 3 billones. Todo indica que no hay posibilidades de que el ahorro disponible crezca en los próximos años.
Con la liberación financiera de los últimos años, el inversionista tiene todas las posibilidades de optar por la alternativa más rentable.
El gran drama para estos países que inician el tránsito democrático es que existen muchas opciones atractivas para invertir ahorros. En especial, dentro de los propios países industrializados.
Las cifras son reveladoras: el mercado de crédito internacional está cerca de US$ 500.000 millones al año. 90% de ese volumen fueron préstamos a países de la OCDE (las 24 naciones industrializadas).
Apenas US$ 2 mil millones encontraron su camino hacia Europa oriental. Los bancos de las 12 naciones más ricas del planeta controlan US$ 5,25 billones en activos externos. 84% de ese total, son inversiones cruzadas entre esos mismos países.
Solamente cinco economías -Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña, Francia y Alemania- concentraron 75% de la inversión extranjera genuina que hubo en todo el mundo entre 1981 y 1986.
La mitad fue inversión en Estados Unidos. Muchas de estas inversiones están congeladas debido al bajo precio de la propiedad inmueble. Si esta situación no se remedia, los solicitantes de fondos de los países ricos aplastarán los esfuerzos de los demandantes de crédito en el mundo en desarrollo.
La banca comercial internacional retiene la mitad del total de la deuda externa de países en desarrollo, lo que no deja de ser una mejoría para sus balances, puesto que hace una década eran tres cuartas partes. Tras esta experiencia, es poco probable que estén dispuestos a correr el “riesgo de soberanía” al otorgar préstamos a estas naciones sin otro respaldo exigible o ejecutable. Desde esta perspectiva, los bancos no están interesados en Europa oriental y la URSS.
La tendencia ahora es a invertir en empresas o nuevos negocios en países que ofrezcan especial atractivo. Tanto los soviéticos como los antiguos adláteres favorecen la política de “joint-ventures”. Pero no basta: el inversor requiere seguridad jurídica, repatriación de capitales, una burocracia que no entorpezca y huye del exceso de regulaciones. Todo eso es casi inexistente en los nuevos mercados. Los organismos multilaterales de crédito son fuente importante de recursos, pero su capacidad financiera está muy lejos de las necesidades expuestas. Estos organismos han comprometido líneas de crédito por US$ 20 mil millones a lo largo de los próximos veinte años.
