viernes, 3 de abril de 2026

    Grandes bloques

    La Europa de los 12, un mercado único sin fronteras a partir de 1992, parece destinada a ser la gran protagonista de la década. De la “euroesclerosis” de principios de los ´70, se ha pasado a la visión de la primera potencia comercial del mundo, con 320 millones de prósperos consumidores, y con una insospechada capacidad de adelanto tecnológico. El horizonte de la “casa común” europea puede dar lugar a un ensanchamiento de la actual comunidad.

    Austria, Noruega y Suecia están llamando a las puertas de Bruselas. Los restantes países, de lo que queda de la Asociación Europea de Libre Comercio, han obtenido un trato preferencial de la CEE y no puede descartarse su ingreso al selecto club en los próximos años. Polonia, Hungría y Checoslovaquia tienen pretensiones de ser aceptados.

    En cualquier caso, la obligación de cada socio es comprar primero lo que necesita a los otros socios.

    La lógica interna del proceso lleva a lo que Estados Unidos llama la “fortaleza europea”, un bloque cerrado y proteccionista. Con este ensanche de las perspectivas y las posibilidades que podrían ofrecer los antiguos satélites soviéticos, el interés por América Latina se ha tornado casi inexistente.

    La idea que los latinoamericanos acariciaron durante años -la noción de la “alternativa europea” como modo de contrapesar la excesiva influencia norteamericana en la región, como método de reemplazar el eje vertical (EE.UU.-América Latina) con un triángulo cuyo tercer vértice sería Europa- se ha diluido.

    Estados Unidos, que advierte el riesgo que corre, ha tomado medidas preventivas. El acuerdo de fronteras libres con Canadá y un acuerdo comercial de fondo con México, cuya negociación ha comenzado, conformarán un gigantesco mercado común norteamericano de 21 millones de kilómetros cuadrados (la misma extensión que la actual Unión Soviética), con una población superior a 350 millones de habitantes y un producto bruto conjunto de casi US$ 6 billones (dos veces y media el de Japón). EE.UU. aportará el principal mercado consumidor del mundo, recursos financieros y tecnológicos. Canadá contribuirá con petróleo, alimentos, minerales, electricidad y una industria importante (es el séptimo país del mundo industrializado). México asegurará que nunca faltará petróleo a sus vecinos y que se dispondrá de una abundante mano de obra, en términos relativos, barata. La capacidad de succión de este gigantesco polo atraerá inevitablemente a toda la América Central, y a buena parte del Caribe.

    Japón, la primera potencia financiera del mundo, rica en tecnología y con un extraordinario vigor comercial, está recreando su antigua zona de influencia en el Pacífico. Socios importantes podrán ser Taiwán, Corea, Singapur y Thailandia. Pero también la propia China y hasta Australia y Nueva Zelanda, sin hablar de Indonesia, Malasia y Filipinas.

    AUGURIOS Y PREDICCIONES.

    El negocio de pronosticar ha demostrado que es el más riesgoso de todos. Tal vez en cinco años -todo se acelera- haya un nuevo temario, una nueva agenda mundial. Estas son algunas posibilidades:

    I) La unificación alemana y la modernización de la zona oriental europea demandarán todos los excedentes financieros de Alemania Federal. Para que la Europa de los 12 funcione, hacen falta gigantescas inversiones en infraestructura que demandarán toda la capacidad de ahorro de estos países y agotarán las posibilidades de los mercados financieros. La unidad europea puede dar nuevo impulso a la planificación central (a cargo de la burocracia de Bruselas) y provocar un nivel de desempleo que complicará el panorama social. El avance tecnológico europeo es notable, pero lejos todavía del que exhiben EE.UU. y Japón.

    II) La incertidumbre es lo único cierto en Europa oriental. Fracasó el comunismo, pero no es tan obvio que hayan triunfado el capitalismo y el modelo de democracia liberal.

    La inversión externa y la ayuda financiera en esta zona del planeta pueden terminar en otra crisis de la deuda externa, igual o más grave que la latinoamericana. El desmembramiento de la URSS puede originar tensiones geopolíticas insospechadas. Hay indicios, ya mismo, de resurgimiento de racismo y xenofobia en Europa (en el sector occidental), y de conflictos étnicos y fronterizos (en el oriental).

    Yugoslavia avanza hacia la atomización.

    III) Japón, que parecía inmutable, acaba de superar una crisis bursátil de inmenso poder destructivo.

    La presión de su población por aumentar la calidad de vida conspira contra el abultado superávit comercial. Pero Tokio debe continuar siendo la principal fuente de recursos financieros para el resto del mundo, y en especial para el Tesoro de EE.UU. La desconfianza hacia el pasado imperial japonés hace que la influencia de Japón en los asuntos asiáticos tropiece con intensa resistencia. Los “recién industrializados” de la región conocen ya la presión de los trabajadores, que están haciendo desaparecer las ventajas de la mano de obra barata.

    El proceso de conformación de grandes bloques comerciales es el más probable, pero ello no significa que no ocurran accidentes. Japón y Estados Unidos necesitan llegar a un acuerdo comercial de fondo para evitar una guerra comercial. Hasta ahora nada indica que se esté cerca de lograrlo (a pesar del convenio sobre eliminación de “impedimentos estructurales”, que obliga a los japoneses a aumentar el gasto público – para reducir el superávit comercial- y a los estadounidenses a reducir el déficit presupuestario).

    La Europa comunitaria necesita seguir exportando al resto del mundo, y algunas concesiones deberá realizar para conseguir este objetivo.

    LOS CAMBIOS POSITIVOS.

    La propia dinámica del crecimiento externo de Japón por fin planteará la necesidad de avanzar en nuevas áreas, cuando aumenten las restricciones en Europa y en EE.UU. para los productos nipones.

    Si Tokio se anima a desafiar la arraigada noción de que América Latina es el “patio trasero” de EE.UU., puede contribuir con los recursos financieros y tecnológicos que requerirán los países sudamericanos para evitar un destino africano.

    Todas estas posibilidades son oportunidades y fisuras de los grandes bloques que, bien utilizadas, pueden permitir que la región recupere terreno.

    Incluso aunque se crea que han ocurrido a destiempo, no hay que renegar de los cambios trascendentes que se están dando en las economías latino americanas.

    Basta con no perder la perspectiva y aprender de la lección permanente que brinda observar al mundo industrializado.

    I) El achicamiento del Estado es necesario, en el sentido de que éste debe desprenderse de todas las actividades en que está más que probada su ineficiencia. Pero ello no significa, como pretenden algunas mentalidades decimonónicas, que el Estado abandone su misión esencial: su poder de regular; de elegir los sectores que hay que estimular, y de actuar como árbitro de los conflictos entre sectores sociales antagónicos. Japón se hizo grande alentando al sector privado, siempre que éste siguiera las directrices y tuviera el apoyo del legendario MITI (sigla inglesa para el Ministerio de Industria y Comercio Internacional). Hace pocos años, EE.UU. creyó legítimo impedir que Fujitsu de Japón tomara el control de Fairchild, el gran productor de semiconductores de California (que por cierto, era de capital francés); y más recientemente la Inglaterra de Margaret Thatcher evitó que General Motors se quedara con Land Rover. El interés nacional sigue siendo esgrimido por los campeones del libre mercado.

    II) Hay que impulsar la privatización. Pero hay que reparar en que Europa oriental ofrece ahora empresas estatales por valor -como primera aproximación- de U$S 400 mil millones. El objetivo esencial de la privatización es asegurar mejor servicio al usuario,innovación tecnológica y rentabilidad. No simplemente que el Estado deje de pagar sueldos, reduzca la deuda externa u obtenga recursos financieros para engrosar los cofres -y los gastos- públicos.

    III) Hay que incorporarse a la economía mundial, y pagar el precio que corresponda. Pero ello no puede significar -como ha ocurrido en algunos casos- la destrucción de una industria nacional que tan laboriosamente fue construida. Hay que eliminar subsidios, sin dejar de tener en cuenta -y exigir reciprocidad- que las subvenciones agrícolas del mundo industrializado (directas e indirectas) suman U$S 250 mil millones, según estimaciones del Banco Mundial; y que la ex Alemania Federal, modelo y ejemplo del libre mercado, mantiene más de 1.200 subsidios a la industria local y gasta anualmente U$S 7.200 millones de los contribuyentes en mantener la minería del carbón, cara e ineficiente.

    IV) Es preciso abolir barreras arancelarias y abrirse al comercio externo, pero al mismo tiempo hay que exigir el desmantelamiento del nuevo arsenal proteccionista de las economías prósperas, con su parafernalia de sistemas de cuotas, normas sobre calidad y seguridad, acuerdos “voluntarios” (que son la más refinada expresión de las restricciones existentes). Asegurar el acceso a las innovaciones tecnológicas es esencial. De lo contrario, los productos industriales de la región serán obsoletos, aun cuando tengan posibilidad de ingresar en los grandes mercados consumidores.

    RELACIONES DIFICILES.

    Las relaciones entre EE.UU. y América Latina han sido siempre tormentosas. Una fuerte corriente de opinión entre los estadounidenses cree que es tiempo de desentenderse de los díscolos vecinos del Sur. Se dice que, inexorablemente, los intereses nacionales de EE.UU. alejan al Norte del resto del continente. Ni hay razones estratégicas -puesto que tras la distensión con la URSS la región carece del valor que tenía antaño- ni los esfuerzos por ayudar merecen más que repudio de los ingratos latinos (siempre desde la óptica de EE.UU.).

    Visto desde el otro lado, desde la región que soportó frecuentes invasiones militares estadounidenses en lo que va del siglo, no deja de ser una paradoja que el viejo temor latinoamericano a la excesiva injerencia del “imperialismo yanqui” ceda paso a una nueva aprensión: el temor a ser olvidados o que se asigne a la región el “furgón de cola” en el tren de la política exterior de Washington.

    Por acción o por omisión, EE.UU. seguirá gravitando en América Latina, incluso si se concreta el vaticinio del ensayista Mark Falcoff: “las dos mitades del hemisferio se han partido y se están alejando entre sí”. A pesar de la historia de presiones, intervenciones y conflictos, América Latina solamente tiene más importancia que Africa en la escala de prioridades del Departamento de Estado, detrás de las demás regiones del mundo.

    LA GRAN OPORTUNIDAD.

    El primer aporte significativo de la “Iniciativa Bush” para América Latina es que la región está otra vez en el escenario: existe, merece atención y obliga al análisis. Por esta sola razón -con independencia de los méritos intrínsecos de la propuesta- merece la cálida acogida que tuvo entre los gobiernos regionales.

    A los empresarios y dirigentes estadounidenses, pero también a los de Europa y Japón, se les recuerda que hay un mercado consumidor de 400 millones de personas, cierto es que con economías devastadas y plagadas de problemas, pero con un enérgico proceso de reforma del Estado y de la economía en marcha; democracias que se van consolidando y un mercado libre, tal vez imperfecto, pero que funciona desde hace décadas.

    Un subcontinente con un producto bruto total que duplica el de los 8 países de la Europa oriental y que es casi la mitad del que exhibe todo el antiguo bloque comunista, incluyendo a la URSS. Un área del planeta que representa 5% del total del comercio mundial, y que en 1988 importó por valor de U$S 107 mil millones.

    Los latinoamericanos han reaccionado en forma ambivalente. De un lado, con el alivio que significa ser cortejados por EE.UU. que, aunque en descenso, sigue siendo la primera economía mundial, y con la perspectiva de integrar, aunque sea periféricamente, uno de los grandes bloques comerciales que se están conformando en el planeta. De otra parte, con todas las sospechas y renuencias que despierta cualquier movimiento del elefante con el que toca convivir.

    Los suspicaces dicen que los términos de la propuesta favorecen más a EE.UU. que a Latinoamérica.

    Los realistas creen que sin duda la iniciativa responde al interés nacional estadounidense, y se origina en buena medida en razones de política interna.

    Por lo mismo, dicen, porque es formulada desde una relativa posición de debilidad -si se la compara con la hegemonía que Washington tenía sobre los asuntos mundiales hace dos décadas-, ofrece las mejores posibilidades para una excelente negociación siempre que los latinoamericanos estén en claro acerca de cuáles son los objetivos que se persiguen y cuáles los que, razonablemente, se pueden obtener. En síntesis, puede ser la gran oportunidad de navegar en las corrientes centrales del comercio internacional.