miércoles, 17 de junio de 2026

    Gobierno y comunicación : ‘has recorrido un largo camino ..’

    La mayoría de los hombres de gobierno supone que el éxito de la gestión se asienta inexorablemente en la eficacia con la cual se transmite a la ciudadanía el accionar oficial.

    El senador Eduardo Menem dijo, poco antes de la última crisis en el aparato oficial que se ocupa de la divulgación, que “el sistema de comunicación entre el gobierno y la comunidad no funciona”. El saldo fue el reemplazo, en la Secretaría de Medios de Comunicación, de Fernando Niembro por Raúl Burzaco.

    Niembro -un periodista deportivo cercano al afecto presidencial por el recuerdo de su padre, Paulino, dirigente gremial que, enrolado en el “neoperonismo”, pudo en la década del sesenta capitanear el retorno de esa agrupación a los escaños del Parlamento Nacional, luego de la absurda proscripción dictada por la denominada Revolución Libertadora, que derrocó a Perón en setiembre de 1955- se

    fue molesto de la función pública.

    Su cometido no fue ni mejor ni peor que el de otros comunicadores oficiales; curiosamente, había sido designado para terminar con la Secretaría de Prensa y Difusión, el organismo centralizador de la comunicación oficial, hasta que apareció la denominada “vocería”, hoy a cargo de Humberto Toledo, pero ancló en un organismo similar bajo la denominación señalada.

    No le será fácil ahora a burzaco -también periodista, vinculado largamente a los medios gráficos nacionales- atender el reclamo oficial de mejorar la imagen: sabe que la “mejor imagen es un buen gobierno”.

    Un antecesor suyo, Edgardo Sajón, trágicamente desaparecido a manos de la represión de los años ´70, solía decir gráficamente: “No se pueden vender empanadas de humo”.

    La designación de Burzaco dejó en el camino aprestos tales como confiar a consultoras extranjeras la divulgación de los actos del gobierno argentino en todo el mundo, algo que reconoce antecedentes en gobiernos anteriores, con menguado éxito.

    UN CASO ATIPICO.

    El presidente Menem, no hace falta repetirlo, es un mandatario atípico: es su propio vocero. Normalmente, el presidente de la Nación se comunica radiofónicamente todas las mañanas; visita semanalmente la sala de periodistas de la Casa de Gobierno y concurre desprejuiciadamente a la mayoría de los programas periodísticos de la televisión local.

    No hace mucho, llamó personalmente a la sala de periodistas de Balcarce 50, para confirmarle a un colega que estaría en su programa de acuerdo con lo solicitado.

    Hasta hace poco, al llegar a la Casa de Gobierno y ser reclamado por un periodista radial, no trepidó en hacerse acompañar por el solicitante a su despacho y enlazar allí la comunicación requerida.

    Decimos hasta hace poco, porque la última conferencia de prensa en la Casa de Gobierno, donde obligadamente las preguntas periodísticas confluyeron sobre los presuntos incriminados en el lavado de dinero del narcotráfico, sin omitir a algunos funcionarios que lo rodean, generó una suerte de espantada oficial, que hizo espaciar los contactos.

    Hechos recientes como los ocurridos con Liliana López Foresi en un canal de televisión; el de José Ignacio López, desplazado de la conducción de un vespertino, o una impactante expresión, en torno del cometido profesional del flamante secretario de Medios de Comunicación ante el gabinete nacional, ratifican ahora cierto enervamiento de la plácida relación entre el poder y los medios.

    Pero aquella prodigalidad tampoco había servido para el objetivo de una buena imagen, aunque, justo es recalcarlo, ratificó el propósito de apuntalar una irrestricta libertad de prensa de la que se jacta hasta ahora el gobierno.

    APARECE EL “VOCERO”.

    Singularmente, el primer vocero de prensa presidencial correspondió a un gobierno de facto: el del general Bignone, quien designó también a un hombre de prensa, Eduardo Maschwitz.

    El primer gobierno democrático que le sucedió mantuvo la innovación: Raúl Alfonsín llevó a su lado al citado José I. López, un periodista que recorrió con éxito el espinoso camino de interpretar reiteradamente el pensamiento oficial, sin ningún tropiezo, a pesar de su condición apartidaria o, quizá, por ello.

    Una cita inevitable en la historia de las comunicaciones oficiales es la de la Secretaría de Prensa y Difusión de la primera etapa peronista, hacia 1946. Entonces, Raúl A. Apold se constituyó en la mejor apoyatura del gobierno peronista, utilizando discrecionalmente los medios oficiales y aun privados, para divulgar el accionar oficial. Cuenta la leyenda de aquellos años que tanta fue la prodigalidad de Apold que hasta salieron “sugerencias escritas” de editoriales para diarios independientes.

    Apold supo concentrar con mano férrea la información y la divulgación oficial, y se constituyó en un temido “censor” de la actividad periodística.

    Más cercano en el tiempo, otro hito puede considerarse el del ya mencionado Sajón: ligado al presidente militar Alejandro A. Lanusse, supo hacer de él -una figura originalmente reacia a la comunicación- un presidente con llegada a la gente, aun en medio del pandemonio que significó aquella gestión, ligada a la presencia de Perón en Madrid y la amenaza y concreción de su retorno al país; la existencia de la guerrilla; la oposición sindical y política; en fin, la época en que se dio la paradoja de que un preso de Perón le pusiera la banda presidencial a su acólito, Héctor J. Cámpora, aquel estruendoso 25 de mayo de 1973.

    Aquellas presencias rotundas en la Secretaría de Prensa y Difusión trajeron las innovaciones que derivaron en la amputación del cometido original y la creación de la “vocería”, que supone una actividad menos controladora de la actividad de prensa y una presencia casi exclusivamete dedicada a transmitir el pensamiento presidencial.

    La existencia de la vocería derivó en el desmantelamiento del aparato de prensa oficial, que servía para detallar por escrito cada paso oficial y para entregar periódicamente las versiones taquigráficas de la palabra presidencial.

    Ahora, los periodistas de la Casa de Gobierno deambulan por los despachos -no todas las puertas están abiertas-para obtener su propia información, algo que ocurrió siempre, pero que tenía la apoyatura de la versión oficial escrita pormenorizadamente.

    FIN DEL “MANO A MANO”

    Son, obviamente, otros tiempos, acelerados por la grabación y la imagen: el periodista de los ambientes oficiales ya no goza de la charla “mano a mano” con el funcionario, para ir al fondo de cada acontecimiento, acuciado por la necesidad de transmitir rápidamente la voz y la imagen del funcionario, que, a su vez, se escuda en el “empacamiento” que exigen los flashes, las luces y los grabadores.

    Mientras tanto, una moderna sala, construida con el aporte privado en el segundo piso de la Casa de Gobierno, alberga ahora las conferencias de prensa presidenciales, luciendo en las paredes el logo “Casa Rosada”, a imagen del de la “Casa Blanca” en Washington, algo que hizo exclamar al propio Bush, cuando estuvo en Buenos Aires: “¡Esta es más grande!”

    Pero la cuestión de fondo sigue siendo la misma: la preocupación oficial porque, a su juicio, el despliegue de los medios oficiales y privados no hace justicia con los esfuerzos que se generan desde todos los despachos para mejorar las condiciones generales de bienestar, sin advertir que aquéllos son simplemente el espejo de la realidad. –