La tormentosa historia del Bank of Credit and Commerce International (BCCI) revela inquietantes fisuras en la capacidad de control del actual sistema financiero internacional, vulnerable a maniobras de narcotraficantes y aventureros.
Un escándalo relacionado con el lavado de narcodólares y la revelación de que no menos de US$ 1.700 millones se esfumaron de sus cuentas en oscuras operaciones parecen haber sellado la suerte del Bank of Credit and Commerce International, la séptima institución financiera privada en el ranking mundial.
Con activos que llegaron a superar los US$ 20.000 millones y más de 400
oficinas instaladas en 73 países, el BCCI fue el primer banco surgido del Tercer Mundo que logró adquirir verdadera envergadura internacional.
Pocas instituciones pudieron exhibir una red de contactos políticos y gubernamentales semejante a la que construyó el banco en apenas 17 años, y casi ninguna igualó su ritmo de crecimiento.
Tras el estallido del escándalo, los expertos reflexionaron, tardíamente, sobre la ingenuidad con que gobiernos e instituciones aceptaron y promovieron la credibilidad de un gigantesco emporio que, en rigor, nunca contó con la garantía de un banco central. Las míticas fortunas amasadas en la región del golfo Pérsico parecían constituir un aval incuestionable que luego demostró ser más ilusorio que real.
Agha Hasan Abedi, un paquistaní con ciudadanía británica, fue el artífice de este notable fenómeno. Nacido en 1924 en el seno de una rica familia rural, Abedi ocupó, durante 14 años, la presidencia del United Bank, uno de los más importantes de Pakistán. En 1972, al nacionalizarse la banca en su país, decidió convocar a un grupo de compatriotas para fundar el BCCI en Luxemburgo. Los US$ 2,5 millones que constituyeron el capital inicial del banco fueron aportados por amigos árabes, entre quienes se destacaba el jeque Zayed bin Sultan al Hanayan, de Abu Dhabi.
Curiosamente, otro de los socios fundadores fue el Bank of America, que le otorgó un inmediato y valioso respaldo.
La familia Bin Mahfouz, que controla el poderoso National Commercial Bank de Arabia Saudita, se incorporó a la nómina de accionistas, en la que también participaban instituciones estatales jordanas.
EL BANCO DE LOS INMIGRANTES
El BCCI se propuso emerger como un banco del Tercer Mundo, capaz de ofrecer una alternativa a las instituciones tradicionales y de competir con ellas en un terreno relativamente inexplorado.
El éxito en esta empresa (el banco llegó a contar con 29 oficinas en Londres, para atender a un enorme mercado de inrnigrantes) condujo casi de inmediato a una etapa superior: la cartera de clientes se engrosó rápidamente con instituciones estatales y bancos centrales de más de 30 países en desarrollo y con las cuentas privadas de magnates del Tercer Mundo, más interesados en la discreción y la seguridad que en los rendimientos de sus inversiones financieras.
Esta última línea de negocios puede haber abierto, según los investigadores, la brecha que condujo finalmente al escándalo. Para ayudar a sus clientes privados a eludir las frecuentemente rígidas leyes de control cambiario y de transferencia de capitales vigentes en sus países de origen, el BCCI diseñó una serie de complicados mecanismos financieros que terminaron siendo utilizados para cubrir las huellas de operaciones non sanctas (tráfico de armas y drogas, evasión de impuestos y corrupción gubernamental).
El BCCI fue investigado por lavado de dinero y delitos fiscales en un gran número de países, entre ellos Brasil, Colombia, Bermuda, Canadá, India, Kenia, Sudán, Nigeria y Singapur. En tres de estos casos la instituci6n fue hallada culpable de los cargos.
Sin embargo, nada de esto frenó el avasallante crecimiento del banco.
Los US$ 200 millones en activos registrados en 1973 treparon a 2.200 millones en 1977 y superaron la cota de los 20.000 millones a fines de 1988. Instalado inicialmente en 19 filiales de cinco países, el BCCI operaba en 1977 en 32 naciones a través de 146 oficinas.
La imagen “tercermundista” de la institución y los sólidos contactos políticos de Abedi le abrieron puertas estratégicas en plazas hostiles para la banca tradicional. El BCCI fue el primer banco extranjero autorizado a instalarse en Zimbabwe tras la declaración de la independencia nacional, en 1980.
Su prestigio en los países en desarrollo se cimentó con políticas de apoyo a gobiernos acosados por el rigor de los organismos financieros internacionales. Tal fue el caso de Jamaica, durante el mandato de Edward Seaga, y de Perú, bajo la presidencia de Alan García.
ESTALLA EL ESCANDALO.
El lado oscuro de esta historia salió a la luz dos años atrás y se vincula con la enorme y sofisticada red de mecanismos financieros ideados para reciclar (o “lavar”) el dinero proveniente del narcotráfico, un negocio en el que,
según los expertos, se mueven alrededor de US$ 122.000 millones anualmente en todo el mundo.
Contrariamente a lo que suele creerse, el proceso de blanqueo de estos fondos resulta, en muchos aspectos, más complejo que el propio tráfico de drogas. El dinero, como lo señaló recientemente un comentarista británico, es más difícil de esconder que la cocaína, y deja más rastros. Esta circunstancia explica el grado de refinamiento que han alcanzado las operaciones de lavado de narcodólares, en las que el caso del BCCI terminó siendo un publicitado ejemplo.
Después de ganarse la confianza de un grupo de traficantes, los agentes depositaron casi US$ 1 millón en dos filiales del BCCI en Tampa, Florida. Esta suma fue transferida a Nueva York, y de allí a las oficinas del banco en Luxemburgo, donde se la utilizó para comprar un certificado de depósito que sirvió, a su vez, como garantía de un crédito por la misma cantidad, otorgado por una rama londinense del banco. El monto del préstamo terminó, tras
una nueva escala en el estado de Florida, depositado en cuentas bancarias controladas por los narcotraficantes en Uruguay.
De la investigación surgió que una cantidad de empresas movilizaba fondos de los barones colombianos de la droga por US$ 32 millones a través de la red del BCCI en Florida, Londres, París, Ginebra, Luxemburgo, Nassau y Panamá. Muchas de las empresas tenían su sede en Gibraltar, Hong Kong,
Liberia y Liechtenstein.
En la causa abierta en el estado de Florida en 1988, fueron presentados cargos contra la casa matriz, dos filiales y nueve funcionarios del BCCI. El banco llegó a un arreglo judicial que implicó aceptar las acusaciones, pagar
US$ 15 millones de multa y colaborar en la investigación contra los ejecutivos involucrados en el escándalo.
Entre éstos se encontraban Adjad Awan, ex funcionario del BCCI en Panamá, quien confesó haber sido el “banquero personal” del general Manuel Antonio Noriega.
ECOS DE LA TORMENTA.
Bajo el impacto del escándalo, la estructura del BCCI comenzó a ser examinada con particular atención en las principales plazas financieras. Una auditoría realizada en Londres (verdadero centro neurálgico del emporio) demostró que cientos de millones de dólares habían literalmente
desaparecido de la institución a través de misteriosas transferencias. Muchos de los inversionistas árabes habían adquirido acciones del BCCI mediante créditos del propio banco, nunca cancelados (ni tampoco reclamados). El polémico magnate saudita Gaith Pharaon, a quien se le atribuye un
importante rol en las operaciones secretas de la red financiera, habría recibido U$S 280 millones en préstamos sin garantías.
También en Estados Unidos -donde Abedi había tejido una poderosa red de influencias, a partir de su amistad personal con el ex presidente James Carter- las revelaciones sobre el funcionamiento del BCCI provocaron estupor. Los investigadores hallaron sólidos indicios de que la entidad habría adquirido secretamente el control del principal banco de Washington, el First American Bankshares, y que sus ramificaciones alcanzaban también a una institución de
ahorro y préstamo, CenTrust, cuya quiebra costó al fisco norteamericano US$ 2.000 millones.
El futuro de la institución que conmovió al mundo de las finanzas con su prodigioso ascenso parece ahora incierto. Algunos de sus más importantes fundadores y promotores han desertado. El Bank of America se separó del
grupo en 1980. Ocho años después, en medio de los ecos del escándalo, comenzó la discreta retirada de la familia Bin Mahfouz. Tampoco permanece al timón el legendario Abedi, quien tras un ataque cardíaco y un trasplante de corazón se vio obligado a abandonar el puesto de mando en 1988.
Recluído ahora en su residencia de Karachi, se limita a leer las noticias acerca de la crisis del imperio que construyó sobre los pilares de su talento y audacia.
