Tanto Andreas como su creador Jorge Garfunkel padecen la particularidad de recibir súbitos esclarecimiento entre avión y avión. Ya desde las primeras páginas se nos dice que “un día de diciembre de estos ú]timos años, en la sala de espera de un aeropuerto, Andreas tuvo el primer atisbo de una idea que lo llevaría muy lejos”. Implacable raider argentino que se ubica entre tiburones yuppies y empresarios tradicionales con mucho de ballenas, Andreas prefiere verse como “un delfín juguetón” deslizándose con gracia de outsider entre unos y otros, respondiendo a una estrategia privada al igual que aquellos condottieri. La “idea que lo llevaría muy lejos” es el take-over de una compañía europea de comunicaciones sugerentemente llamada Goethe SMB, competidora de otra compañía sugerentemente llamada Balzac: “La clave de la maniobra estaba en operar en los márgenes de tiempo que le daría la formidable operación conjunta que no sólo modernizaría los aparatos estatales de media docena de países sino que ahí mismo tiempo los aliviaría de una parte del peso de su deuda externa”, se nos informa. Y cualquier similitud con la vida real es pura coincidencia.
La “idea que lo llevaría muy lejos” a Jorge Garfunkel (Buenos Aires, 1943) fue la de escribir el libro Al fin del día (Emecé), la novela de Andreas. “Se me ocurrió en tránsito en el aeropuerto de Caracas, probablemente el aeropuerto más espantoso del mundo. Se suponía que iba a estar nada más que una hora; pero terminaron siendo cinco. Después, me la pasé jugueteando con la trama durante las casi 200.000 millas aéreas que volé el año pasado y, a partir de la cuidadosa lectura de Suspense -algo así como un manual para armar libros de misterio escrito por Patricia Highsmith-, no me quedó más remedio que sentarme a escribirlo”.
Garfunkel -fanático de Hammett y de la serie negra por la atracción “de argumentos que se plantean a partir de situaciones deshilvanadas, como la vida misma”- se define en el prólogo de su nuevo libro como “argentino, cuarenta y ocho años, divorciado, un hijo. Soy empresario full-time, lo que en la
Argentina tiene sentido literal: veinticuatro horas sobre veinticuatro horas, los siete días de la semana. Mi válvula de seguridad es escribir. No mucho y sin pretensiones. Por la puerta de la imaginación me escapo un rato de las dificultades cotidianas. Por otro lado, no es puro hedonismo.
El ejercicio literario puede servirme para objetivar mi pensamiento”. Garfunkel seguramente sea el empresario argentino que más escribe quizás porque pasa demasiado tiempo en aeropuertos. Ya tiene en su haber las novelas La conspiración de los banqueros (1985) y esa suerte de exitosa alegoría histórica que fue Alfonso y sus fantasmas (1986) sin olvidar la crónica Cincuenta y nueva semanas y media que conmovieron a la Argentina (1990).
Libro este último que escribió como posible mensaje en una botella para el futuro: “leí un artículo en un diario inglés donde se afirmaba que el gran enigma que no tiene explicación lógica en la historia moderna es la decadencia de nuestro país.
Tampoco la tenemos nosotros, claro. Y yo creo que esto es así porque en la Argentina no se busca la comprensión de las crisis a partir del debate. En la Argentina no se debate porque nada se explica. Y así asistimos a debates gigantescos por el solo motivo de no saber con quién se está tratando. Por
eso desconfiamos de la persona equivocada y pensamos que a nosotros no nos va a pasar. Es un karma de nuestra realidad nacional que para mí tiene dos ejemplos paradigmáticos en la pantalla grande: La guerra de los Roses y Rebelde sin causa”.
Al fin del día, de algún modo, tiene intenciones igualmente didácticas. Siendo la vida, pasión y viajes de un individuo que Garfunkel no vacila en señalar como raza en extinción: “Los raiders son una raza que, pienso, no tendrá muchas oportunidades dentro de la Pax Americana de los ´90.
Fueron un virus fuerte. Pero ya se ha descubierto la vacuna que los neutraliza”.
De ningún modo un roman a clef, Garfunkel advierte que en Al fin del día, es inevitable, aparecen gestos y modales reconocibles, valiosos tanto para un escritor siempre alerta Como para un empresario sagaz. Con un pie en el avión a Londres y ya calibrando las posibilidades inspiradoras del aeropuerto de Heathrow, Garfunkel reflexiona acerca de la intriga que despierta su faceta literaria entre colegas empresarios: “Muchos piensan que la existencia del escritor y el empresario son incompatibles. Yo, por el contrario, creo que son dos de las actividades más afines que existen. Los dos tienen algo de aventurero y los dos trabajan hasta cuando duermen; en ambos oficios hay una
constante asimilación e intercambio de data que no reconocen límites y que desbordan posibilidades dramáticas”.
La vida brillante
Son muchos los que, desde hace años dentro del ambiente literario, esperan con creciente ansiedad la aparición de lo que, por cuestiones de comodidad, se conoció como “La novela de Bobby”.
Personaje que “no encontraba pretexto alguno para no lanzarse a lo más feroz de la contienda de las finanzas, de modo que empleaba sus formidables energías en la perpetración de nuevos y complicados negocios cada vez más vastos y osados y, cabe presumir, del mismo tipo de aquellos que, en Argentina, le habían servido no sólo para centuplicar su fortuna original sino también para excitar la demoledora codicia de militares encumbrados y alentar en su contra la presión adversa de la justicia sin que, por otro lado, la protectora comunidad judía, de la que era uno de sus príncipes -pero de los execrables, admitamos- emitiera el menor guiño en su beneficio”.
Su autor, Rodolfo Rabanal (Buenos Aires, 1940), ya había publicado -primero en El Periodista y después en un volumen de cuentos- un anticipo que justificaba con creces la expectativa. Finalmente, bajo el nombre de La vida brillante, Planeta publicará este año la saga de los Mayer y de Bobby Mayer, clan empresarial que no puede evitar el ser comparado al de los Graiver. Poderosa novela sobre poderosos, la vida brillante profundizará, según el autor, en un tema ya insinuado en El factor sentimental, best-seller reciente que supo ser leído por la beautiful people vernácula como si se tratara de un álbum de fotos: la figura de un outsider intelectual relacionándose con gente de poder.
Este viraje temático de Rabanal, después de tres libros escritos desde lo estrictamente literario -El apartado (1975), en otra parte (1982) y El pasajero (1984)- y una historia de amor en la carretera de gran repercusión -Un día perfecto (1978)- es explicado por Rabanal con pasión casi antropológica: “En
los últimos cincuenta años -explica Rabanal- se establecieron dos formas casi religiosas, dos patrones casi sagrados: el sexo y el dinero. Agotada la posibilidad aventurera propuesta por el siglo XIX y permitida la figura de fueras de serie a la Sir Richard Burton, la carrera del dinero se convierte en una
aventura posible y la figura del empresario todopoderoso crece, a mi juicio, hasta convertirse en un aventurero, alguien que puede movilizar su entorno a partir del dinero. Ahí entra Bobby y eso fue lo que me interesó de Graiver en primer lugar: un hombre joven y poderoso. Alguien que piensa -como yo- que las ideologías no han muerto sino que la ideología monetarista venció a la del humanismo.
Situación que no me hace feliz, claro. Yo, quizás con cierta ingenuidad, sigo sosteniendo que un gran capitalista debe ser consciente y responsable de su vasta influencia en el medio que lo rodea. Debe preservarlo del mismo modo que lo hacían los primeros magnates. Antes, el capitalismo creaba fuentes de trabajo y ahora las reduce a círculos cada vez más restringidos. Hay, evidentemente, una erótica del dinero que me parece increíblemente atractiva como materia literaria. Dentro de este esquema de acción, Bobby es un antihéroe porque, paradójicamente, se consagra a partir de su caída.
Como, si lo pensamos un poco, se consagraron tantos escritores. Y estoy de acuerdo con Garfunkel:
lo nuestro es muy parecido. Pero debo admitir que siempre me sentí inexistente frente a un empresario, siempre lo vi como dueño de un poder que no soy capaz de concebir para mí mismo como escritor.
Y, tal vez por el mismo prejuicio, siempre sospeché que la mirada que un empresario dedica a un escritor está teñida de un cierto indisimulable desdén.
