La intimidad del periodista es algo que, de acuerdo con las reglas, debería permanecer fuera del escrutinio de los lectores. Por eso se recomienda a quienes escribimos no incurrir en confesiones ni en nostalgias infidentes. Pero en este caso no hay más remedio: a los fines de este artículo importa recordar que cuando el que esto escribe era un niño (y esta remota circunstancia discurría hacia los años 40), no había mejor ejemplo para identificar a algo de mala calidad, desprolijo y chambón que un juguete japonés. Baratos y mal terminados, eran el paradigma de una industria precaria, inicial e improvisada.
En aquellos años muchos de los que hoy son ricos eran pobres y, por lo tanto, menos orgullosos y omnisapientes que en la actualidad.
La barbarie nazi se enseñoreó de Alemania después de la Primera Guerra Mundial, entre otros factores porque capitalizó la pobreza, la desocupación y el descontento popular, y esto sucedió casi a mediados del siglo veinte. Todo el cine neorrealista italiano nutrió su temática en el filón inagotable de la frustración y la miseria de la Italia de posguerra y eso fue apenas ayer.
Inmigrantes españoles llegaban a la Argentina, en busca de las oportunidades que no encontraban en su decaído país, hasta bien entrados los años ´50, y aún después.
El cólera azota ahora a Perú, pero antes, en el siglo XVIII, era moneda corriente en los barrios marginales de Londres, donde se hacinaba la población convocada por la revolución industrial. En Manhattan conviven, aún hoy, la opulencia con la marginalidad a pocas calles de diferencia, en el corazón de la ciudad.
¿Qué se pretende demostrar con esto? Dos cosas principales: por una parte, que la Argentina podrá estar viviendo hoy un mal momento, de penuria económica y abatimiento social, pero que nada dice que sea imposible salir de esa situación. De hecho, los casos mencionados (y muchos otros que se podrían sumar) indican exactamente lo contrario: sociedades que estaban sumergidas, a veces en tiempos muy recientes, pudieron salir y hoy viven tiempos de esplendor. Por otro lado, hay en esto también un mensaje para los que ahora son ricos: no deberían olvidar que, muchos de ellos, hasta hace unas pocas décadas, conocieron la pobreza y el atraso, a veces en sus formas más crueles e inhumanas. No deberían olvidarlo porque con frecuencia los nuevos ricos se tornan excesivamente orgullosos y tienden a perder la memoria de su pasado.
Pero retornemos por un momento al presente argentino y procuremos reducir el análisis a sus términos más elementales: hay crisis económica y para superarla se proponen múltiples fórmulas y recetas.
A pesar de su diversidad, todas ellas tienen algo en común: se apoyan en conceptos económicos a los que se atribuye algo muy parecido a una validez universal y permanente. Como si se tratase de un mundo de ideas que se estructura por encima de la realidad, en forma inalterable y absoluta.
Sin embargo, sucede que esto es sencillamente falso: no hay tales verdades absolutas, probablemente en ningún campo del saber humano y ciertamente no en el territorio de la economía.
No está escrito que las cosas tengan que ser de determinada manera, que hay un camino correcto y uno equivocado; que sólo hay una forma de salir de la crisis.
No es ninguna novedad afirmar que la Argentina es, desde el punto de vista económico, un país atípico, que no resulta fácil clasificar en una determinada categoría o grupo de naciones. ¿Es muy aventurado conjeturar que, por esa misma razón, tal vez “nuestras” soluciones también lleguen a ser -el día que las encontremos- bastante originales y hasta sorprendentes, si se las mide de acuerdo con los cánones tradicionales?
