miércoles, 22 de abril de 2026

    El medioevo posmoderno

    Ideas y debates |

    Parag Khanna es un exitoso geoestratega, autor de How to Run the World: a Course to the Next Renaissance. Stephen Kobrin –Wharton Digital Press– habló recientemente con Khanna sobre ese libro, la Edad Media posmoderna, diplomacia, Levante, sus actuales conflictos y sus paralelos de otra épocas.
    Justamente, en Cómo manejar el mundo, “usted postula –apunta Kobrin– el advenimiento de un medioevo posmoderno, término que solía emplear hace 40 años el italiano Furio Colombo”. Pero, en este caso, el experto alude a las nuevas complejidades diplomáticas. “Dinero y tecnología, no ya soberanía, determinarán quiénes manden a través de megadiplomáticos”, afirma Khanna.
    Para definir esta nueva clase, nunca soñada por Milovan Djilas, ”debemos retomar el concepto de Edad Media posmoderna. Se trata de una analogía, no de una astuta referencia histórica. El medioevo europeo fue un período de 1.000 años, durante el cual Este y Oeste fueron simultáneamente poderosos en diversos lapsos. La China de los Sung era el país más civilizado del planeta, la dinastía hindú Chola era una potencia naval sin rivales y el Califato islámico llegó a controlar desde la península ibérica hasta Asia central. Por entonces, Europa era débil. Estaba dividida entre el imperio Bizantino y el sacro imperio Romano-Germánico, un caso de balcanización avant la lettre muy prolongada.
    En primer lugar, el hecho es que “el atributo esencial de esa Edad Media era –como hoy– un escenario multipolar. Así lo expuse en mi anterior libro, The Second World, donde también señalé que contextos similares se habían dado en la historia. Este detalle no debe olvidarse”.
    En segundo término, en aquellos tiempos no solo estados o imperios terciaban, sino además ciudades, mercaderes, ejércitos mercenarios, iglesias, monasterios y bandas bárbaras eran actores relevantes en la escena diplomática. Con las diferencias del caso, ciertas situaciones se repiten en el siglo 21 de la era común”.

    Medioevo posmoderno
    Por ambas razones, puede decirse que el mundo vive el surgimiento de ese medioevo posmoderno.
    Por otra parte, Khanna se encuentra con gente joven que adhiere a una identidad generacional. Esta variante implica apoyo a ciertas causas o participación en la “sociedad tecnológica” vía comunidades en “la nube”. Por ejemplo, Facebook, Twitter y otras redes sociales. Este autor cree que las identidades corporativas son en extremo importantes cuando se refieren al sector privado.
    “Conversando con personas que trabajan en multinacionales, pero son ciudadanas de China, Rusia, Brasil, Turquía, México o India, veo que notan un mismo fenómeno: las visas en sus pasaportes no les darán por años realmente libre acceso. Particularmente, a Occidente.
    En realidad, son sus identidades laborales las que les franquean ese acceso mediante las visas que sus empresas les tramitan”. A eso Khanna llama “megadiplomacia”.

    Megadiplomacia
    La identidad corporativa o laboral permite a los jóvenes el acceso a visas que las multinacionales les tramitan. Por ende, “megadiplomacia” o diplomacia empresaria implica la participación de diversos grupos de interés. Entre ellos, multinacionales, organizaciones no gubernamentales, Gobiernos, entes multilaterales, cámaras empresarias, etc.
    En conjunto, “todos convergen en un colectivo diplomático donde cada cual negocia constantemente con cada quien y la solución de problemas –control de armas, pobreza, cambio climático, agua potable– no espera simplemente en organizaciones intergubernamentales verticalmente centralizadas. Por el contrario, se precisan coaliciones que acerquen las esferas estatal, social, empresaria y hasta religiosa. Veo alrededor del mundo –señala el estratega geo­político– tantas muestras teóricas de megadiplomacia que exigen prácticas a su altura. Por eso escribí dos libros”.
    Por su parte, Kobrin se pregunta si, en ese mundo de factores multipolares y megadiplomacia, las multinacionales, sus papeles y responsabilidades debieran cambiar. “Usted mismo –recuerda Khanna– ha estado escribiendo sobre economía política y comercio internacional durante años. Ergo, sabe que ya desde los 60 y 70 observábamos esa transformación en un sistema global que se aleja del estado-nación. Susan Strange, fallecida en 1998, hablaba del estado en retirada, un contexto de diplomacia triangular donde las empresas participan casi en igualdad de condiciones”.
    Por cierto, la actividad privada viene motorizando el nuevo sistema, aunque no siempre se dé cuenta. Finalmente, entonces, de­sem­peñará un papel prominente. La cuestión es desde dónde.

    Multinacionales
    En primer lugar, “es posible encarar el tema multinacionales partiendo de una pregunta: ¿qué poder financiero y control tienen sobre ciertas cadenas de abastecimiento y sus recursos? Obviamente, la respuesta es tremendo y se aplica por ejemplo a compañías de energía y combustibles o bancos universales. También vale para empresas estatales (China), paraestatales (Fannie Mae, Freddie Mac en EE.UU.) o mixtas. Pero, tomadas en conjunto, es posible definirlas en términos de los recursos que controlan, su fuerza laboral o la clase de lealtad que generan”.
    Un segundo, novedoso, punto de vista sobre multinacionales es, por supuesto, el país de origen. “Dado que muchas de ellas parecen redes móviles vinculadas a un estado, se generan nuevas concepciones sobre cómo operan las multinacionales de países emergentes. Se trate de Brasil, India, México o Rusia”.
    ¿Modifican escenarios?, ¿se adaptan a determinados tipos de normas?, ¿o actúan de modo estrictamente crematístico, mercantil? “Es un aspecto interesante del debate en torno del papel de las multinacionales en sí mismas”.
    Si se observan todos los ejemplos en sus diversos encuadres, es difícil generalizar. Se sabe que algunas empresas multinacionales son grandes proveedoras de bienes sin competencia. Otras en realidad eluden ese tipo de responsabilidades. El espectro es en extremo amplio y Khanna, en su libro, intenta no generalizar, sino destacar algunos de los mejores y peores actores en cada caso.


    Parag Khanna

    ¿Otro colonialismo?
    En este punto, su interlocutor pasa a otro asunto favorito del especialista: la necesidad de un “nuevo colonialismo”. Según lo ve Kobrin, la idea de soberanía territorial es “tan siglo 19 y 20 que hace pensar en ir alterando el mapa, por ejemplo, de África o Medio Oriente. Esto se pone interesante en el contexto de la “primavera árabe” y sus sucesivos levantamientos populares.
    “Mi último trabajo –subraya Khanna– se terminó hace algo de un año. Pero, como el lector puede notarlo desde el principio, ahí sostengo que la generación Y, mal llamada del milenio, apelaría a medios sociales y sus tecnologías para poner nerviosos a autócratas como Muammar Ghadafi, Bashar al-Asad o Ali Abdullá Saleh. Era un síntoma que venía observando durante años en mis viajes por la región. Hoy, esos medios, sus redes e instrumentos son claves de la primavera árabe”.
    Ahora bien ¿donde encaja el nuevo colonialismo? El autor confiesa que, entonces, no se refería realmente a los países árabes hoy convulsionados, salvo en lo atinente a redibujar los mapas de ciertos territorios. “Naturalmente, podía imaginar que Libia no se mantendría bien en su presente geografía”. Como él y otros geógrafos políticos suelen decir, “las líneas rectas de un mapa siempre son sospechosas”.
    Al mencionar estos temas en el libro, el autor más bien pensaba en África, Asia meridional y el mundo poscolonial íntegro. Gran parte de los casi 200 estados admitidos en la ONU son de esa categoría y nacieron en olas descolonizadoras desde 1947 en adelante. “Una cantidad importante de ellos son fallidos o van camino de serlo. Varios experimentan entropías asociadas con sobrepoblación (Bangladesh), pobre salud económica (Mozambique), masivo desempleo juvenil (Indonesia), corrupción sistémica (Nigeria) o todo eso junto (Congo-Kinshasa). En determinado momento, los regímenes menos viables entran en colapso”.
    Algunas señales aparecen en la primavera árabe. Países como Yemen, Libia, Sudán meridional (Adzania) o Irak tendrán que ser reconstruidos. Esos estados, sus administraciones, tramas sociales y economías necesitan ser imbuidas de propósitos claros: ahí reside la noción de nuevo colonialismo.
    “Por supuesto –advierte Khanna–, no se trata del funesto neocolonialismo que nunca dejó de existir en África, Oceanía o el Caribe y se aferra a mapas artificiales desde la conferencia de Berlín (1885) hasta el presente. No opino que debamos repetir esas experiencias y por eso tenemos que recalcar lo de nuevo. Específicamente, sus actores excluyen potencias mercantiles y explotadoras. Hablamos, más bien, de agentes capaces de ejercer presiones discretas sobre Gobiernos y mercados para conducirse o evolucionar más rápido de lo habitual”.

    Obstáculos
    Cuando se observa un país como Egipto, el más poblado de los árabes (85 millones de habitantes), se puede decir: “muy bien. Hosní Mubarak cayó y fue a juicio. Pero los militares continúan vigentes como un Estado en el Estado. ¿Cuál será el mecanismo que evite esperar 25 años, como sucedió en Turquía, para ir apartando a los uniformados de las esferas política y económica? En Pakistán, por el contrario, los generales siguen colonizando y corrompiendo la economía en desmedro de la gente”.
    Estos obstáculos son harto conocidos por propios y extraños; esencialmente por EE.UU. que, hasta la eliminación de Osama bin Laden, respaldaba al régimen. Nadie ignora estas cosas. Sin duda, el nuevo colonialismo es una fuerza capaz de acelerar cambios inevitables, necesarios y positivos.
    Al respecto, Kobrin cree que Washington debió haberse involucrado en Egipto, Libia, Yemen o, eventualmente, Siria. En el caso de Trípoli, actuaron realmente la Organización del Tratado Nor­a­tlán­tico (OTAN), Francia, Gran Bretaña, España e Italia. “Por supuesto que EE.UU. –afirma Khanna– hizo lo correcto. Esta vez, sus aliados europeos fueron más rápidos que en los Balcanes o Afganistán. En lo tocante a Libia, ayudó que Ghadafi no fuese bien visto por la Liga Árabe”.
    Tras un viaje a Libia, hace algunos meses, el propio autor se mostraba partidario de liquidar físicamente al coronel (la idea recién se aplicó, pero contra bin Laden). En ese momento, los rebeldes ya habían tomado Bengazi y el noreste del país. Pero, hace ya año y medio, había redactado un capítulo dedicado a los Ghadafi y sabía que el caudillo, arrinconado, resistiría y no aceptaría fácilmente un exilio dorado. Hasta fines de agosto, esa era en efecto su tesitura.

    Trabas a una intervención
    “En ciertos extremos existen no solo instrumentos legales –subraya el analista–, políticos y éticos o morales. Durante años, ninguno de ellos fue empleado en forma eficaz. Ni siquiera recursos tan convencionales como el paraguas aéreo o las zonas de exclusión (útiles en Kosovo y ambas guerras iraquíes) se ejecutaron bien en Libia”.
    Existen ciertos países donde “no se sabe qué podría pasar después de una intervención. Por ejemplo, si se intentase deponer al norocoreano Kim Jong-il sin participación de China ¿qué sucedería?, ¿qué tipo de resistencia se desencadenaría, recordando el primitivo pero letal armamento atómico en poder de Pyongyang? En otro plano, sabemos que una intervención en Irán provocaría una explosión nacionalista en un país que también tiene cierto grado de desarrollo nuclear.
    En este caso, sus vecinos decisivos (Turquía, Irak, Siria) difícilmente se sumen a una guerra contra Teherán. Ni siquiera es seguro que Saudarabia y sus aliados del golfo Pérsico se vuelvan contra Irán. Esta clase de incertidumbres puede trabar el desarrollo del nuevo colonialismo”. Volviendo a Libia, la posguerra tal vez no conduzca a una anarquía masiva, especialmente entre las innumerables tribus árabes y bereberes, muchas de ellas cuyos dominios desbordan sobre Túnez, Argelia, Chad, Egipto y Sudán. Tampoco chocarían las ciudades costeras, excepto Sirte –reducto de la tribu Ghaddafa en la costa central y punto norte de un eje que alcanza Sebha y separa Libia oriental de la occidental.