miércoles, 27 de mayo de 2026

    Llegó la hora de la reflexión

    Introducción |

    Por Osvaldo Cado y Nicolás Bridger (*)


    Osvaldo Cado y Nicolás Bridger
    Foto: Gabriel Reig

    Tal como dijera Anatomía de la Nación, en su versión 2009, “[…] la capacidad de predecir está bastante devaluada. Muy pocos observadores son identificables con el acierto”. A pesar de ello, no podemos evitar la humana necesidad de la búsqueda de certidumbres, humilde e intelectualmente honesta.
    Ahondando entre las certidumbres, algunas cosas han quedado más claras que otras. La crisis nos tiene que convencer o, al menos recordar, que la economía es una ciencia social y, como tal, se sustenta en supuestos antropológicos. No podemos entonces evitar analizar al hombre, parte activa y pasiva del sistema. Si de algo no se puede dudar a esta altura, es de la desmesura del hombre envalentonado por la coyuntura, antes subido al tren de los mercados híper eficientes, luego asegurando una depresión global y el fin del capitalismo de mercado.
    Es en contextos como el del último año cuando se toman malas decisiones. Cuando convergen en tiempo y espacio la necesidad humana de la certidumbre, potenciada por un marco de desconcierto generalizado, con la desmesura del hombre envalentonado por una circunstancial victoria, en este caso, en el campo intelectual. Esto nos lleva a recordar una de nuestras conclusiones del anterior anuario. “Lo sucedido obliga a realizar un replanteo sobre los límites y el alcance del conocimiento económico, es decir, un ejercicio de humildad epistemológica […]”.
    La segunda certidumbre, entrando ya en el campo que nos ocupa (el técnico) y como corolario de lo anterior, es la fortaleza del sistema de organización económica nacido hace al menos 200 años. En este sentido nos parece útil reflejar algunas ideas de Alan Greenspan, indudablemente parte responsable de los fenómenos del último año, hoy blanco fácil de los oportunistas.
    “No me molestó ver incumplidas mis predicciones [respecto a las perspectivas negativas post atentado a las torres gemelas], ya que la sugestiva recuperación de la economía luego del 9/11 era la prueba de un hecho importante: nuestra economía se había vuelto increíblemente resistente. […] Mercados financieros desregulados, mercados laborales más flexibles y los avances en la tecnología de información han mejorado nuestra capacidad para absorber crisis y recuperarnos”.
    “[…] la batalla intelectual [del capitalismo de libre mercado y la globalización] está lejos de ser ganada. Por 12 generaciones el capitalismo ha alcanzado un avance tras otro, a la par de mejoras sin precedentes en los estándares y la calidad de vida en todo el globo. A pesar de ello, continúa siendo resistido”.

    Así como se sorprendió Greenspan en 2001, muchos nos hemos sorprendido en 2009. El notable contraste entre el escenario proyectado hace un año y el presente de la economía global no puede sino surgir (al margen de la desmesura) de subestimar las fortalezas del sistema, muchas de las cuales están hoy puestas en duda. Existe el peligro que, en una vorágine reguladora e intervencionista, se minen los pilares que facilitaron un veloz rebote de la economía global luego de la explosión de la burbuja más grande de los últimos 80 años. Deben hacerse correcciones, pero el debate debe ser amplio, profundo y equilibrado, evitando tomar decisiones que impliquen un autosabotaje.
    Entrando en el campo de lo probabilístico (o de la devaluada predicción), la economía global registraría un crecimiento intenso durante 2010. Luego de una contracción de 0,5%, este año estaríamos en presencia de un crecimiento nada despreciable de 3%. Sin embargo subsisten dudas respecto a 2011.
    Estados Unidos rebotó al son del gasto público y acumula un déficit inédito e insostenible. Si bien tiene margen para continuar con esta política por algún tiempo, el sector privado continúa deprimido y es aquí donde se presenta el mayor interrogante. Esta crisis tendrá un costo para la principal economía del mundo. Existen desequilibrios estructurales que deben corregirse y de los cuales son partícipes indirectos las economías en desarrollo, sobre todo las asiáticas.
    Es imposible pensar en un crecimiento sostenido de EE.UU. (y del mundo) sin una recuperación del sector privado, que se desarrolle a la par de un proceso de desapalancamiento gradual. Por ahora este tema no ha sido centro de ningún debate post-crisis, probablemente por que la urgencia desplazó a lo importante. Habrá que ver entonces cómo se desarrolla todo 2010 para empezar a armar el rompecabezas del próximo año.

    Argentina: el tiempo no les dio la razón
    La crisis financiera internacional expuso las debilidades del “modelo” económico. A pesar de la retórica oficialista que exalta las fortalezas de la economía, la comparación de la performance de los principales países de la región muestra que solo México registró una mayor caída del PIB. El margen de maniobra de la política económica oficialista ante su primera prueba de fuego se mostró, en el mejor de los casos, limitado.
    En el plano fiscal, el aumento previo del gasto primario sumado a la manipulación de las estadísticas de inflación (constituyendo un virtual default sobre la deuda pública ajustada por CER) impidieron que el Gobierno pudiera realizar una política contracíclica genuina. A su vez, difícilmente pueda calificarse de este modo a un incremento permanente del gasto corriente financiado con stocks finitos, algo que se ha vuelto una constante durante los últimos dos años.
    Por el lado de la política monetaria, la inflación elevada y el razonable temor a que la volatilidad cambiaria exacerbe la fuga de capitales llevó al BCRA a tomar una postura defensiva, a contramano de lo observado en los países vecinos que dejaron flotar su moneda minimizando el impacto en el producto bruto.
    Sin embargo no todo es negativo. Mirando el vaso medio lleno, la performance de la economía en el último año no fue tan mala como se habría esperado en el marco de una crisis global gravísima. Sin dudas la situación podría haber sido mejor de no haber mediado el comportamiento autodestructivo (irracional) del oficialismo. Pero esto último no hace más que confirmar que el camino de la flexibilidad cambiaria y la prudencia fiscal es el correcto, a pesar de que en lo últimos años se haya recorrido a los tumbos. Creemos que es una batalla que se ha ganado en el campo político e ideológico. Resta afianzar y solidificar las instituciones que garanticen el prudente manejo de estos instrumentos, objetivo difícil pero asequible.
    Las perspectivas de 2010 son optimistas. El repunte del sector agrícola, la recuperación de la demanda externa (principalmente Brasil) y una fuga de capitales decreciente nos permite augurar un crecimiento económico del orden de 4% luego de una caída de 4,4% en 2009, aunque imprevistos en el marco de la política económica puedan siempre generar cambios (para mejor o peor) al son de los flujos de capitales privados.
    Hemos observado que el elevado crecimiento esperado para 2010 (recuperación para ser más precisos) colisiona con la justificada percepción respecto a una situación social delicada. Detrás de esta especie de paradoja descansa la confusión entre crecimiento y desarrollo. Si bien el crecimiento económico es una condición necesaria del desarrollo, no constituye una condición suficiente. La experiencia argentina de los últimos seis años refleja crudamente este fenómeno. Un Gobierno desmesurado, subido al tren de una economía que crecía a 9% anual (“tasas chinas”), envalentonado por una coyuntura muy favorable (“Tenemos un modelo a prueba de crisis”), todo lo que lo llevó a ignorar las señales que apuntaban a una situación insostenible en el mediano plazo. Hoy nos encontramos con los mismos niveles de desempleo, pobreza e indigencia que en los momentos previos a la salida de la convertibilidad (2001).
    En nuestro escenario 2010, el crecimiento estará acompañado por una inflación en ascenso y una limitada generación de empleo, configurando un contexto social difícil. Por otro lado, la dinámica fiscal debe ser corregida si no se quiere llegar a 2011 con un margen de maniobra nulo. Este elemento se vuelve relevante teniendo en cuenta la posibilidad de una “resaca” de la economía global y, sobre todo, descontando un año electoral virulento y un Gobierno que, con un horizonte cada vez más finito, podría decidir “quemar las naves”.

    (*) Osvaldo Cado y Nicolás Bridger dirigen el equipo económico de Prefinex que junto con Mercado, realizan este anuario de la economía argentina.