Opinión |

Reserva Federal
Cuando los historiadores revisen, dentro de 50 ó 100 años, la presente crisis global, ¿cómo la definirán? Tal vez digan que fue el acontecimiento más importante en dos siglos, cuando se detuvo la marcha que parecía indetenible de la globalización, cuando se derrumbó el sistema financiero en tres cuartas partes del globo, el fin del dominio de Occidente, y el colapso del capitalismo.
Pero hay otra posibilidad: que señalen que fue un proceso de gran significación, pero nada definitivo. Que fue lo que permitió el ascenso geopolítico de Asia –en especial de China–, el retorno de un proteccionismo rampante y la reaparición dominante del Estado regulador.
Tal vez ninguna de las dos cosas. “Ni tan calvo ni con dos pelucas”, como diría el viejo dicho castizo.
Condenados a evaluar lo que vivimos con los datos insuficientes que tenemos, solamente podemos arriesgar algunas hipótesis.
Con relación a la economía, es razonable decir que esta crisis es igual o incluso más grande que la de los años 30 del siglo pasado, aunque se manifieste de distintas maneras. Afecta a todo el mundo: a los que exportan y a los que necesitan inyecciones de capital foráneo. El epicentro es Estados Unidos, la economía N° 1. Nunca se había montado un rescate financiero de tal magnitud, que dejará a los Gobiernos con una deuda enorme, pero que para algunos analistas ya está funcionando puesto que advierten tímidos signos de recuperación.
En cuanto a los riesgos, hay menos certezas y más presunciones. La otra cara del gigantesco rescate en la inmensa deuda que se está contrayendo y la incertidumbre sobre cuándo los individuos comenzarán a ahorrar para achicarla, especialmente después de décadas de consumo incesante. Además, en algún momento los reducidos mercados financieros –a medida que aumente la deuda de los Estados– reclamarán tasas que compensen el mayor riesgo. Y finalmente, queda por ver qué podrán hacer los bancos centrales para encontrar una salida no convencional que no sea inflacionaria.
Es cierto también que hay una modesta recuperación en el ámbito financiero. Pero sin duda recuperar la salud llevará varios años de prudente gestión. Seguramente el sistema financiero no volverá a ser lo que fue desde la década pasada hasta hace 12 meses. Lo que no queda claro aún es cuál será el real impacto de las regulaciones que propician todos los Gobiernos.
Sería difícil que ocurriera un colapso del capitalismo que obligue a su reemplazo. Los grandes países del sudoeste asiático –supuestamente los mismos que tomarán la posta del poder político en el mundo– siguen adhiriendo a los principios de una economía de mercado.
Sin embargo, correrías del libre mercado estarán muy condicionadas. La desconfianza es grande, especialmente donde más sólido reinaba el capitalismo. Habrá un tiempo prolongado donde se reclamen y se vean acciones regulatorias. Al fin y al cabo, se suponía que el sector financiero era el más controlado y fue donde se disparó el gatillo de la crisis global.
Probablemente no habrá más, ni en teoría, un solo modelo de capitalismo y economía de mercado. Muchos países harán su propio ajuste al modelo.
En cuanto al ritmo de la globalización, aquí sí que puede haber novedades. La gigantesca inyección de recursos que hacen los Estados amenaza dejar el sistema financiero global como una cáscara vacía. La protección a ultranza de la producción nacional de bienes se expande como reguero de pólvora y a nadie se le escucha defender –como antes– al libre comercio.
Buena parte del mundo emergente se encontró en una situación histórica diferente al llegar esta crisis. Con buenas reservas en las arcas de los bancos centrales, y con superávit fiscal o en todo caso, escaso déficit. No hay duda de que estos países harán un esfuerzo por mantenerse en ese camino. Lo que supondrá desequilibrios en otras partes del mundo, que habrá que ver como se saldan.
En cuanto a los que pregonaban “la muerte del Estado” se han llevado una sorpresa. No solo está vivo sino más enérgico que nunca. Estará hiperactivo durante los próximos años aunque habrá que ver cómo logrará escapar a la trampa de la gigantesca deuda que comienza a acumularse sobre sus espaldas. Por lo menos una generación deberá esperar hasta que esta deuda tenga proporciones más manejables.
Con seguridad, veremos perfilar un nuevo orden global. Donde algunos países emergentes como China, India, Brasil y Sudáfrica, pueden ser actores de excepción. La responsabilidad por esta crisis pesa sobre los hombros de Estados Unidos y del sistema financiero occidental. Ambos han recibido un duro golpe a su prestigio. Habrá que ver el desarrollo futuro de los organismos internacionales. Por de pronto, el único favorecido es el agonizante FMI que ha pasado ahora –producto de la necesidad y de la urgencia– a jugar un rol de gran significación.
Pieza central del nuevo orden será la naturaleza de la relación entre China y Estados Unidos. El escenario en cambio, no pinta bien para Europa que parece reaccionar más lentamente a los desafíos del momento.
China en medio de una apuesta excesiva

La sabiduría convencional dice que China se está escapando de los efectos de la crisis mundial. Baja su ritmo de crecimiento, pero sigue creciendo a ritmo importante (se estima que en torno a 6%). Los analistas dicen que la inyección de recursos fiscales por US$ 595.000 millones ha reactivado el proceso económico. Todo bien, pero hay voces disonantes que alertan que el gigante asiático no ha percibido ni la hondura de la crisis, ni lo que durará la caída de la demanda mundial.
Como en griego clásico, “en chino crisis, weiji, es riesgo y oportunidad”, apunta Stephen Roach, director ejecutivo de Morgan Stanley. El ascenso de China como potencia mundial refleja esa dicotomía, vista ya en 1997/8 y 2000/1”. Pero, a diferencia de esas dos ocasiones, “no parece que China aprecie la severidad de los actuales riesgos”.
En verdad, Occidente sufre “el peor descalabro financiero desde los años 30. Nombres otrora emblemáticos están por el suelo. Las economías centrales marchan a una contracción colectiva no vista desde la Segunda Guerra Mundial”.
En relación con 3,7% anual medio de avance en 40 años, un retroceso de 1,5% en el Producto Bruto Mundial (PBM), como el previsto en 2009, “es asombroso. En un volumen total de US$ 64 billones (millones de millones), esa caída presupone 3,2 billones. Nunca antes la economía del planeta había afrontado una baja tan severa y abrupta”.
De ahí que, según Roach, “Beijing debiera tomar plena conciencia del cimbronazo en gestación. Solo así entenderá la amenaza recesiva a su economía y su modelo de crecimiento basado en la exportación. Pero parece que el gigante no capta el mensaje y se aferra a políticas o estrategias anacrónicas, suponiendo que habrá una reacción de corte clásico en el perfil de la demanda exterior. Eso lo coloca en mala posición ante un rasgo clave del escenario postcrisis: una prolongada caída de la demanda mundial, liderada por Estados Unidos. Por ende, el modelo chino queda expuesto a lo que podría ser otro punto ciego en la economía internacional”.
Mientras tanto, Beijing reprocha a Washington sus desbordes fiscales y una adicción al endeudamiento que podría reducir el valor de las inversiones chinas en letras de tesorería. De paso, impulsa una drástica reforma del sistema cambiario internacional. Pero, advierte el directivo de Morgan Stanley, “si presiona demasiado en esa dirección, arriesga desencadenar una crisis del dólar que ahondaría los problemas presentes”. Ahí reside la “paradoja manchuriana” de China potencia. En términos de weiji, eso convertiría toda oportunidad en riesgo.
En opinión del analista, ese país “es único en apostar tanto al crecimiento cifrado en las exportaciones”. Según estadísticas del Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio, la porción china en el intercambio global se octuplicó en los poco más de 30 años desde el despegue de 1978. Eso dobla o triplica los avances de otras economías en el este y sur de Asia en comparables estadios de desarrollo.
Por otra parte, China elevó de 20 a 36%, entre 2001 y 2007, el peso del intercambio en su Producto Bruto Interno. “En calidad de máximo mercado emergente abierto –su comercio exterior llegó a 65% del PBI–, no está en condiciones de eludir algunos efectos de la crisis general”.
Hasta cierto punto, no lo logró. Tras una severa baja de exportaciones, el ritmo de aumento del PBI cedió de 13% en 2007 a 6,8% anual en el cuarto trimestre de 2008. Luego repuntó parcialmente. El Gobierno ya había reaccionado, en noviembre, con una amplia gama de estímulos por US$ 585.000 millones en el bienio 2009/10, dominado por proyectos de infraestructura. “Este paquete proactivo –sostiene Roach– toma aspectos de los lanzados para afrontar las crisis sistémicas internacionales de 1997/8 y 2000/1, en este caso signada por una suave recesión. En ambas instancias, la economía mundial emergió bastante rápidamente y China estaba en muy buena posición para sacar provecho del rebote”.
Como entonces, hoy el Gobierno “no hace mucho para generar medidas orientadas a promover el gasto y el consumo internos, aspectos demorados en una economía que sigue creciendo. Si bien no hay nada de malo en las iniciativas infraestructurales de corte keynesiano, no son suficientes para estimular la demanda interna. Esta se ha desmoronado a apenas 36% del PBI en 2007”.
En esencia, China no juega solamente a sus estímulos proactivos, sino también a acciones simétricas adoptadas en otras partes del mundo y ello subraya “uno de los mayores peligros de su estrategia. Si –sospecha Roach– el público estadounidense entra recién ahora en una contracción de gastos y consumo, China verá frustrados sus objetivos”. Obviamente, ni Beijing ni Washington comparten estas presunciones.
Beijing sigue dependiendo bastante del crecimiento vía exportaciones y descuida el consumo interno. Por tanto, “repite lo de 1997/8 o 2000/1 y espera subirse a una próxima reactivación de las economías occidentales. Su política cambiaria (flotación administrada del yüan contra una canasta dólar-euro-yen) es un componente clave. En efecto, ata el país a políticas que exigen reciclar sus enormes reservas internacionales en bonos y otros activos en dólares. Esto cierra la paradoja y obliga a China a defender la estabilidad del dólar”.

