ANÁLISIS | Perspectiva
Por Néstor Sargiotto

En ese contexto, más que contar las pérdidas potenciales respecto a los valores excepcionales que presentaban los granos hasta comienzos de julio pasado, la pregunta obligada es hasta qué punto seguirán cayendo.
La lectura del mercado de commodities ofrece al menos dos planos de análisis: uno, referido a la evolución de la oferta y demanda como tal; y el otro, enfocado específicamente en los precios.
En el primer plano, es sabido que los granos representan bienes indispensables para la alimentación de la población. Aunque resulte una obviedad, la relación siempre estrecha entre una producción mundial limitada y una demanda que no puede darse el lujo de no comer coloca a los agroalimentos en una situación privilegiada respecto a otros segmentos de la actividad.
En un escenario de crisis global, es lógico que el consumo se retraiga (en especial en los alimentos de mayor valor energético y la producción de derivados, como los biocombustibles), lo que a su vez repercute negativamente en los precios. Una vez digeridos los nuevos precios, la relación oferta/demanda de granos tenderá a estabilizarse y los agricultores podrán vender toda su producción, algo que no se puede decir de otras actividades, como la industria automotriz o el sector financiero, por ejemplo.
En el plano de los precios, cualquier análisis de las cotizaciones futuras debe partir de una lectura correcta de la fase anterior. La realidad es que las cotizaciones excepcionales de los granos se asentaban, al menos, sobre cuatro patas.
La primera era el incremento de la demanda mundial de alimentos, motorizado en gran medida por las mejoras en las pautas de consumo de países del sudeste asiático.
En una línea paralela, el auge de los biocombustibles se traducía en una demanda adicional de granos. Por caso, sólo en Estados Unidos la industria del etanol preveía “comerse” 100 millones de toneladas de maíz durante el actual ciclo (más que toda la producción agrícola argentina).
Una tercera pata del boom de cotizaciones surgía de la depreciación del dólar. Hasta noviembre de 2007, los granos acumulaban un alza de 60% en dólares, pero sólo 5% en euros. Dicho en otras palabras, hasta ese momento las pizarras expresaban, más que un incremento de los granos, una pérdida de valor de la moneda de referencia.
A esos tres factores, desde septiembre de 2007 se sumó la crisis subprime de las hipotecas en Estados Unidos. El desplome inmobiliario movió grandes volúmenes de fondos especulativos hacia posiciones aparentemente más seguras, como el petróleo, los metales y los granos, catapultando las cotizaciones, que en siete meses prácticamente duplicaron su valor en dólares.
Con esas cuatro “patas” bien consolidadas, la mesa estaba servida para el crecimiento explosivo de los commodities.
Pero la realidad cambió drásticamente en los últimos tres meses y hoy se puede decir que la única “pata” que queda efectivamente en pie es la de la demanda de granos para alimentos (claro está, algo diezmada por los efectos de la crisis económica en el consumo planetario y la pérdida de poder adquisitivo de los principales países consumidores).
En cuanto a la valuación relativa del dólar en el mundo, es una incógnita lo que pueda pasar a largo plazo. Por lo pronto, la moneda estadounidense ha sido tomada en la coyuntura actual como valor de resguardo, lo que se tradujo en un fuerte desplome de otras monedas. A mayor valor relativo del dólar, es lógico que las cotizaciones de granos nominadas en esa moneda se retraigan de manera proporcional.
En lo que respecta a los fondos especulativos, así como su llegada masiva a los mercados motorizó el auge de los precios, su retirada en desbande hacia opciones consideradas de menos riesgo (como los bonos de corto plazo del Tesoro de EE.UU., el dólar o el oro) fundamenta buena parte del desplome del último mes.
Planteadas todas las variables mencionadas, está claro que no resulta sencillo anticipar un valor determinado para las cotizaciones de los granos. Un cálculo conservador podría situar la soja en un rango de US$ 200/300 por tonelada (dentro de la banda en que, con mínimas excepciones, fluctuó durante las últimas tres décadas).
En todo caso, lo más positivo para el negocio de los commodities agrícolas es que, aun en las malas, el horizonte sigue mostrando un piso de demanda generado por una población mundial que crece y que no puede dejar de comer. Suena a poco luego de los meses de euforia vividos recientemente, pero en un contexto de caída vertical, tener un piso sobre el cual hacer pie es un “lujo” que hoy por hoy no se puede dar buena parte del resto de los sectores de la economía.

