jueves, 28 de mayo de 2026

    Trabajar para vivir y no vivir para trabajar


    Ilustración: Agustín Gomila

    Eso significa implementar un proceso de negociaciones y transacciones entre
    empleados y empleadores. Pero si la organización tiene una responsabilidad,
    otra le cabe al individuo, que deberá tomar decisiones y aprender a poner
    límites entre el mundo del trabajo y el privado.
    La expresión “equilibrio entre vida privada y trabajo” fue
    usada por primera vez en 1986 en Estados Unidos (aunque ya en los años
    70 la habían aplicado organizaciones británicas como New Ways
    to Work
    y la Working Mother’s Association) para aludir a
    hábitos poco saludables de trabajo que llevaban a alguna gente a descuidar
    otras áreas importantes de sus vidas, como familia, amigos y entretenimiento.
    Se cree que la extensión en el horario de trabajo que se hizo sentir
    en los últimos 25 años se debió en parte al surgimiento
    de la tecnología de la información y también al aumento
    de la competitividad en el ambiente de trabajo.
    Lo cierto es que en el último cuarto de siglo hubo una importante transformación
    en el ambiente laboral: se quebró aquel tácito contrato mediante
    el cual la empresa garantizaba trabajo de por vida a cambio de lealtad y espíritu
    de cuerpo. Y entonces la lealtad y el clima de “gran familia” fueron
    reemplazados por una cultura del desempeño que espera mucho de sus empleados
    pero no les ofrece mucha seguridad.
    En el aspecto de la vida privada, la llegada de la tecnología generó
    expectativas que no se cumplieron. Muchos vaticinaban, allá por finales
    de los 70, que la tecnología reemplazaría la mano humana en tareas
    hogareñas dejando más tiempo libre para la diversión y
    el entretenimiento. No fue así: en lugar de divertirse la gente decidió
    trabajar cada vez más. Así lo requería la implacable economía
    del consumo. El mundo se llenó entonces de “esclavos voluntarios”
    (título de un libro de Madeleine Bunting) que trabajaban cada vez más
    horas por semana. A esa situación de creciente esclavitud se llegó
    –según explicaciones recogidas por el Center for Work-Life
    Policy
    , de Estados Unidos– por una serie de factores entre los que
    figura la ambición personal, la presión de las obligaciones familiares
    y la aceleración del avance tecnológico. El estudio realizado
    por ese centro muestra que 81% de los entrevistados en todo el planeta dice
    que el trabajo le afecta la salud y que el estrés le daña las
    relaciones interpersonales y sexuales.
    Con el tiempo fueron apareciendo los problemas. Se popularizaron el “burnout”
    (agotamiento) y el estrés, que comenzaron a afectar a trabajadores de
    todas las ocupaciones. Crecieron la violencia en el trabajo, el ausentismo y
    los reclamos laborales de todo tipo. Todo eso se interpreta hoy como resultado
    de un insalubre desequilibrio entre vida privada y vida laboral. Desequilibrio
    provocado por una cultura de trabajo de 24 horas al día los siete días
    de la semana para producir y brindar servicios en forma continuada.
    Así comenzaron a observarse casos de altos ejecutivos que se retiran
    para probar suerte con emprendimientos personales y de empleados que pelean,
    no ya por aumentos de sueldo sino por más “tiempo personal”.

    Estabilizar el ambiente laboral
    Hay poderosas razones, entonces, para que los empleadores tomen el tema con
    seriedad. Primero, porque tienen la obligación de cuidar y respetar la
    salud mental y física de sus empleados, y por ende deberían tener
    políticas para asegurar que se toman las medidas pertinentes. Segundo,
    porque los costos de la rotación de personal son altos, y el desafío
    de mantener productividad cuando el personal está en permanente renovación
    se vuelve especialmente difícil.
    ¿Se desprende de esto que, si la empresa cuida de sus empleados, verá
    beneficios? Quienes defienden a rajatabla la necesidad de que las organizaciones
    implementen políticas para equilibrar la vida laboral y privada de la
    gente, dicen que al hacerlo ayudan a solucionar problemas de:
    Ausentismo: porque los empleados satisfechos faltan menos.
    Reclutamiento y retención: porque la gente elige trabajar en empresas
    que respetan su tiempo y no se van a dejar tentar por la competencia.
    Productividad: porque la gente satisfecha trabaja más
    y mejor.
    Sin embargo hay investigaciones serias que refutan estos tres supuestos.
    No hay soluciones fáciles para reducir estrés, fomentar el compromiso
    y garantizar un equilibrio entre vida laboral y personal. El estrés se
    alivia cuando la gente sabe que puede tomarse una licencia cuando la necesita,
    o cuando le queda tiempo para el gimnasio o para descansar. Se puede flexibilizar
    el horario de trabajo para facilitar la labor de la mujer o de quienes se acercan
    a la jubilación. Se pueden hacer las reuniones de negocios en horarios
    que no demoren el regreso a casa y quiten tiempo a la familia. O reducir los
    viajes internacionales.
    Algunos aspectos que integran el temario:
    Trabajo de medio tiempo. En los últimos años,
    aumentó el trabajo de medio tiempo, especialmente entre las mujeres madres,
    los jóvenes que ingresan al mercado laboral y los adultos que se acercan
    a la jubilación.
    Licencia por paternidad. Ya existe en algunos países
    de Europa, donde los hombres pueden pedir licencia por paternidad casi tan larga
    como la de la madre. Sin embargo, varias investigaciones demuestran una marcada
    renuencia entre los hombres a ejercer ese derecho.
    Flexibilidad laboral. Los horarios flexibles de trabajo son
    vistos como positivos tanto para empleados como para empleadores: porque aumentan
    la satisfacción laboral de los primeros y adaptan la carga laboral a
    las cambiantes necesidades de los segundos.
    Pero la flexibilidad ha demostrado que no es siempre algo bueno. Puede volverse
    negativa si sus condiciones son impuestas y no pactadas por ambas partes.

    La otra punta del problema
    Si a esta situación de “esclavitud voluntaria” se llegó,
    como dicen algunos, también por una cuestión de ambición
    personal o pérdida de foco, hay algunas modificaciones que el trabajador
    debe introducir en su vida.
    Los altos ejecutivos de empresa y especialmente los emprendedores que trabajan
    en pos de un sueño, deberían clarificar algunas cosas si también
    quieren una vida personal llena de satisfacciones. Deberán, entre otras
    cosas:
    Averiguar qué es lo que más importante en su vida
    y, en virtud de eso, decidir si hay actividades que pueden relegar o eliminar.
    Proteger su vida privada, y encontrar el tiempo necesario para
    dedicar a su persona, familia y relaciones. Si son su propio jefe, serán
    libres de poner límites para que el trabajo no se entrometa en la vida
    familiar.
    Buscar ayuda para encontrar el equilibrio. Turnarse con la
    pareja para algunas cosas o pedir a amigos o familiares que cubran ocasionalmente
    alguna obligación que no está en el tope de las prioridades.
    Divertirse y relajarse. Ambas cosas son esenciales en una vida
    bien equilibrada. Salir con la pareja, con amigos, o hacer aquello que divierta.
    Quien crea firmemente que lo más importante en la vida es ser feliz,
    se las arreglará para encontrar el tiempo.