
Hay que reconocer que los empresarios agrupados en AEA tienen una idea muy clara
sobre cuál es el estilo de comunicación que deben practicar con
el Gobierno, y más importante aún, cuáles son las ideas
y las palabras adecuadas que facilitan el diálogo con un elenco oficial
famoso por su rispidez.
Está claro que están inquietos por temas como la pobre inversión
que se registra, por las crecientes dificultades en el abastecimiento energético,
y por la necesidad de políticas de apoyo a quienes arriesguen. Pero saben
que esas palabras no deben ser pronunciadas so pena de ser eyectados de cualquier
mesa de diálogo.
Con habilidad diplomática y cuidados modales anunciaron que durante su
próxima reunión anual vendrá un conocido economista. Dani
Rodrik quien hablará sobre su tema favorito: el crecimiento, y mejor
aún cuando el crecimiento es sostenido y se entra en la idea de desarrollo.
¿Y quién es este señor? Es un prestigioso economista turco
(nació en Estambul en 1957) que enseña en la Universidad de Harvard,
donde es profesor de economía política internacional en la
John F. Kennedy School of Government. Es doctor (Ph.D) en Economía
y Master en Administración Pública de la Universidad de Princeton.
Es también investigador coordinador del Grupo de los 24 (G-24), que representa
los intereses de los países en desarrollo ante el FMI y el Banco Mundial,
investigador asociado del National Bureau of Economic Research (Cambridge,
Massachussets) e investigador del Centre for Economic Policy Research
(Londres).
Su discurso será, en general, grato a los oídos oficiales. Puede
entusiasmar a la Presidenta, alentar al ministro de Economía Martín
Losteau (que piensa seguramente bastante parecido), pero no logrará cautivar
del todo a Néstor Kirchner, a Guillermo Moreno o a Julio De Vido.
Rodrik despierta entusiasmo entre quienes escuchan sus conferencias, brillantes,
sea en ambientes conservadores o progresistas. La clave, como él mismo
dice, está en su capacidad para fastidiar “por igual a izquierdas
y derechas”.
En un reciente ensayo enfocado a las cabezas de los bancos centrales de las
economías emergentes, advierte que “sabrán que están
teniendo éxito cuando el secretario del Tesoro de Estados Unidos golpee
a sus puertas para decirles que son culpables de manipular su moneda”.
Tal vez a Martín Redrado, a pesar de guardar US$ 50 mil millones –una
cifra inédita para la Argentina– todavía le reste aguardar
un tiempo más para escuchar la admonición.
Su posición con relación a la tasa de cambio que existe hoy en
el país, le garantiza oídos entusiastas –por lo menos al
inicio– entre los celosos funcionarios de este Gobierno.
Para Rodrik no se trata sólo de que el dólar no sea artificialmente
barato, sino que un dólar caro, o sea una moneda subvaluada, es recomendable.
Lo que su investigación sostiene es que en países de ingresos
bajos y medios –pero no en los países ricos–, “un incremento
en la subvaluación impulsa el crecimiento”.
Tanto en India como en Tanzania, en China como en Uganda, el crecimiento económico
está asociado a la subvaluación de sus monedas. En Corea del Sur
y Taiwán, los primeros “tigres” asiáticos, su rápido
crecimiento se produjo con monedas bajas y comenzó a ser más lento
cuando éstas se revaluaron.
Estas son las conclusiones básicas de una investigación sobre
las tasas de cambio y el crecimiento económico en la que analiza la relación
entre monedas subvaluadas o sobrevaluadas y crecimiento económico en
187 países entre 1950 y 2004, antes y después de la irrupción
de la globalización.
La moneda sobrevaluada –o sea el rezago cambiario, una tasa de cambios
que mantiene al dólar barato– “está asociada con escasez
de moneda extranjera, corrupción, déficit insostenibles en las
cuentas corrientes y crisis de balanzas de pagos, todo lo cual daña al
crecimiento económico”. La experiencia de la Argentina durante
la convertibilidad es el ejemplo latinoamericano más notorio y tanto
el sentido común como la ortodoxia económica dirán que
hay que llevar el dólar a su precio “justo”.
La mala noticia de la situación actual es que mantener la moneda subvaluada
no es fácil. Apenas la economía comienza a crecer, aumentan las
exportaciones, sube el empleo y comienzan a llegar inversiones, la abundancia
de dólares presiona su precio a la baja. Si se interviene en los mercados
cambiarios comprando dólares para mantener su precio alto, como hacen
la Argentina y China, se acumulan reservas improductivas y se puede disparar
la inflación. Si se trazan metas de inflación muy estrictas y
se deja apreciar la moneda, como en Turquía y Sudáfrica, la política
económica –siempre según Rodrik– “será
odiada por empresarios, sindicatos, los otros ministerios y todo el mundo excepto
los banqueros. La primera estrategia es problemática por insostenible
a largo plazo, la segunda es indeseable porque compra estabilidad a costa del
crecimiento”.
Visión del desarrollo

El gran aporte de Rodrik es su rica visión del desarrollo, de las metodologías
para transformar a sociedades pobres. Advierte que la obsesión desde
el mundo desarrollado y sus instituciones internacionales es impulsar “un
esfuerzo general por remodelar las instituciones en las sociedades en desarrollo
como prerrequisito para el crecimiento económico. El Proyecto Milenium
de las Naciones Unidas implica un gran impulso de inversión, coordinada
y de gran escala, en capital humano, infraestructura pública y tecnologías
agrícolas”.
Aquí viene la primera disidencia. Rodrik es un entusiasta defensor de
las ideas de Albert Hirschman, un prestigioso economista de visión iconoclasta
que “recordaba a sus contemporáneos que cualquier país que
tuviera la capacidad de emprender programas integrales, por empezar, no sería
subdesarrollado”.
Incluso en alguna oportunidad Hirschman “fustigó a John Kenneth
Galbraith por enunciar una larga lista de prerrequisitos para que la ayuda extranjera
sea efectiva. Si los países en desarrollo pudieran cumplir con estas
condiciones, escribió, estarían en condiciones de enviar ayuda
extranjera a Estados Unidos”.
“Hirschman creía que las posibilidades para el desarrollo económico
no son tan limitadas como nos llevarían a pensar las teorías integrales.
Los desequilibrios propios del subdesarrollo crean oportunidades que los estrategas
políticos pueden aprovechar. En lugar de confiar en modas que vienen
del extranjero –dice Rodrik–, necesitamos buscar y experimentar
soluciones únicas que nos permitan eludir las estructuras sociales arraigadas
que inhiben el crecimiento”.
“La lección clave del pasado medio siglo –sigue Rodrik–
es que los estrategas políticos deben ser más estratégicos
que integrales. Tienen que hacer lo mejor con lo que tienen en lugar de anhelar
poder transformar su sociedad en general. Necesitan identificar prioridades
y oportunidades, y trabajar en ellas. Deben buscar un cambio secuencial y acumulativo
en lugar de un avance único y abarcador”.
“Los países exitosos comparten algunas características comunes.
Todos ofrecen cierto grado de protección efectiva de los derechos de
propiedad y cumplimiento de contratos, mantienen la estabilidad macroeconómica,
buscan integrarse a la economía mundial y aseguran un contexto apropiado
para la diversificación y la innovación productiva”.
“Lo que sí difiere es la manera en que se logran estos objetivos.
Por ejemplo, una mayor integración con los mercados mundiales se puede
lograr mediante subsidios a las exportaciones (Corea del Sur), zonas de procesamiento
de exportaciones (Malasia), incentivos de inversión para empresas multinacionales
(Singapur), zonas económicas especiales (China), acuerdos de libre comercio
regionales (México) o liberalización de las importaciones (Chile)”.
Pero Rodrik también hace algunas advertencias que en el elenco oficial
pueden ser escuchadas como un reproche.
Así dice: “Los países empiezan a tener problemas cuando
no utilizan los períodos de alto crecimiento para fortalecer sus cimientos
institucionales. Dos tipos de instituciones, en particular, necesitan ser apuntaladas:
las instituciones de gestión de conflicto para mejorar la resistencia
de las economías a los choques externos, y las instituciones que promueven
la diversificación productiva. El crecimiento colapsó en África
a fines de los años 70 por la debilidad de las primeras y fracasó
en América latina después de la primera mitad de los años
90 por la debilidad de las segundas”.
Claro que Rodrik será nuevamente escuchado cuanto apunte a los organismos
multilaterales: “Hirschman estaría horrorizado por el alcance de
la intromisión en las decisiones políticas internas en la que
incurren hoy en día la Organización Mundial de Comercio o el Fondo
Monetario Internacional. Como burocracias internacionales con una inclinación
por las “mejores prácticas” y patrones comunes, estas instituciones
no están preparadas para la tarea de buscar senderos innovadores y únicos
que se adecuen a las circunstancias particulares de cada país”.
