viernes, 3 de abril de 2026

    Dani Rodrik, las verdades que gustan, y las otras

    Hay que reconocer que los empresarios agrupados en AEA tienen una idea muy clara
    sobre cuál es el estilo de comunicación que deben practicar con
    el Gobierno, y más importante aún, cuáles son las ideas
    y las palabras adecuadas que facilitan el diálogo con un elenco oficial
    famoso por su rispidez.
    Está claro que están inquietos por temas como la pobre inversión
    que se registra, por las crecientes dificultades en el abastecimiento energético,
    y por la necesidad de políticas de apoyo a quienes arriesguen. Pero saben
    que esas palabras no deben ser pronunciadas so pena de ser eyectados de cualquier
    mesa de diálogo.
    Con habilidad diplomática y cuidados modales anunciaron que durante su
    próxima reunión anual vendrá un conocido economista. Dani
    Rodrik quien hablará sobre su tema favorito: el crecimiento, y mejor
    aún cuando el crecimiento es sostenido y se entra en la idea de desarrollo.
    ¿Y quién es este señor? Es un prestigioso economista turco
    (nació en Estambul en 1957) que enseña en la Universidad de Harvard,
    donde es profesor de economía política internacional en la
    John F. Kennedy School of Government
    . Es doctor (Ph.D) en Economía
    y Master en Administración Pública de la Universidad de Princeton.
    Es también investigador coordinador del Grupo de los 24 (G-24), que representa
    los intereses de los países en desarrollo ante el FMI y el Banco Mundial,
    investigador asociado del National Bureau of Economic Research (Cambridge,
    Massachussets) e investigador del Centre for Economic Policy Research
    (Londres).
    Su discurso será, en general, grato a los oídos oficiales. Puede
    entusiasmar a la Presidenta, alentar al ministro de Economía Martín
    Losteau (que piensa seguramente bastante parecido), pero no logrará cautivar
    del todo a Néstor Kirchner, a Guillermo Moreno o a Julio De Vido.
    Rodrik despierta entusiasmo entre quienes escuchan sus conferencias, brillantes,
    sea en ambientes conservadores o progresistas. La clave, como él mismo
    dice, está en su capacidad para fastidiar “por igual a izquierdas
    y derechas”.
    En un reciente ensayo enfocado a las cabezas de los bancos centrales de las
    economías emergentes, advierte que “sabrán que están
    teniendo éxito cuando el secretario del Tesoro de Estados Unidos golpee
    a sus puertas para decirles que son culpables de manipular su moneda”.
    Tal vez a Martín Redrado, a pesar de guardar US$ 50 mil millones –una
    cifra inédita para la Argentina– todavía le reste aguardar
    un tiempo más para escuchar la admonición.
    Su posición con relación a la tasa de cambio que existe hoy en
    el país, le garantiza oídos entusiastas –por lo menos al
    inicio– entre los celosos funcionarios de este Gobierno.
    Para Rodrik no se trata sólo de que el dólar no sea artificialmente
    barato, sino que un dólar caro, o sea una moneda subvaluada, es recomendable.
    Lo que su investigación sostiene es que en países de ingresos
    bajos y medios –pero no en los países ricos–, “un incremento
    en la subvaluación impulsa el crecimiento”.
    Tanto en India como en Tanzania, en China como en Uganda, el crecimiento económico
    está asociado a la subvaluación de sus monedas. En Corea del Sur
    y Taiwán, los primeros “tigres” asiáticos, su rápido
    crecimiento se produjo con monedas bajas y comenzó a ser más lento
    cuando éstas se revaluaron.
    Estas son las conclusiones básicas de una investigación sobre
    las tasas de cambio y el crecimiento económico en la que analiza la relación
    entre monedas subvaluadas o sobrevaluadas y crecimiento económico en
    187 países entre 1950 y 2004, antes y después de la irrupción
    de la globalización.
    La moneda sobrevaluada –o sea el rezago cambiario, una tasa de cambios
    que mantiene al dólar barato– “está asociada con escasez
    de moneda extranjera, corrupción, déficit insostenibles en las
    cuentas corrientes y crisis de balanzas de pagos, todo lo cual daña al
    crecimiento económico”. La experiencia de la Argentina durante
    la convertibilidad es el ejemplo latinoamericano más notorio y tanto
    el sentido común como la ortodoxia económica dirán que
    hay que llevar el dólar a su precio “justo”.
    La mala noticia de la situación actual es que mantener la moneda subvaluada
    no es fácil. Apenas la economía comienza a crecer, aumentan las
    exportaciones, sube el empleo y comienzan a llegar inversiones, la abundancia
    de dólares presiona su precio a la baja. Si se interviene en los mercados
    cambiarios comprando dólares para mantener su precio alto, como hacen
    la Argentina y China, se acumulan reservas improductivas y se puede disparar
    la inflación. Si se trazan metas de inflación muy estrictas y
    se deja apreciar la moneda, como en Turquía y Sudáfrica, la política
    económica –siempre según Rodrik– “será
    odiada por empresarios, sindicatos, los otros ministerios y todo el mundo excepto
    los banqueros. La primera estrategia es problemática por insostenible
    a largo plazo, la segunda es indeseable porque compra estabilidad a costa del
    crecimiento”.

    Visión del desarrollo

    El gran aporte de Rodrik es su rica visión del desarrollo, de las metodologías
    para transformar a sociedades pobres. Advierte que la obsesión desde
    el mundo desarrollado y sus instituciones internacionales es impulsar “un
    esfuerzo general por remodelar las instituciones en las sociedades en desarrollo
    como prerrequisito para el crecimiento económico. El Proyecto Milenium
    de las Naciones Unidas implica un gran impulso de inversión, coordinada
    y de gran escala, en capital humano, infraestructura pública y tecnologías
    agrícolas”.
    Aquí viene la primera disidencia. Rodrik es un entusiasta defensor de
    las ideas de Albert Hirschman, un prestigioso economista de visión iconoclasta
    que “recordaba a sus contemporáneos que cualquier país que
    tuviera la capacidad de emprender programas integrales, por empezar, no sería
    subdesarrollado”.
    Incluso en alguna oportunidad Hirschman “fustigó a John Kenneth
    Galbraith por enunciar una larga lista de prerrequisitos para que la ayuda extranjera
    sea efectiva. Si los países en desarrollo pudieran cumplir con estas
    condiciones, escribió, estarían en condiciones de enviar ayuda
    extranjera a Estados Unidos”.
    “Hirschman creía que las posibilidades para el desarrollo económico
    no son tan limitadas como nos llevarían a pensar las teorías integrales.
    Los desequilibrios propios del subdesarrollo crean oportunidades que los estrategas
    políticos pueden aprovechar. En lugar de confiar en modas que vienen
    del extranjero –dice Rodrik–, necesitamos buscar y experimentar
    soluciones únicas que nos permitan eludir las estructuras sociales arraigadas
    que inhiben el crecimiento”.
    “La lección clave del pasado medio siglo –sigue Rodrik–
    es que los estrategas políticos deben ser más estratégicos
    que integrales. Tienen que hacer lo mejor con lo que tienen en lugar de anhelar
    poder transformar su sociedad en general. Necesitan identificar prioridades
    y oportunidades, y trabajar en ellas. Deben buscar un cambio secuencial y acumulativo
    en lugar de un avance único y abarcador”.
    “Los países exitosos comparten algunas características comunes.
    Todos ofrecen cierto grado de protección efectiva de los derechos de
    propiedad y cumplimiento de contratos, mantienen la estabilidad macroeconómica,
    buscan integrarse a la economía mundial y aseguran un contexto apropiado
    para la diversificación y la innovación productiva”.
    “Lo que sí difiere es la manera en que se logran estos objetivos.
    Por ejemplo, una mayor integración con los mercados mundiales se puede
    lograr mediante subsidios a las exportaciones (Corea del Sur), zonas de procesamiento
    de exportaciones (Malasia), incentivos de inversión para empresas multinacionales
    (Singapur), zonas económicas especiales (China), acuerdos de libre comercio
    regionales (México) o liberalización de las importaciones (Chile)”.
    Pero Rodrik también hace algunas advertencias que en el elenco oficial
    pueden ser escuchadas como un reproche.
    Así dice: “Los países empiezan a tener problemas cuando
    no utilizan los períodos de alto crecimiento para fortalecer sus cimientos
    institucionales. Dos tipos de instituciones, en particular, necesitan ser apuntaladas:
    las instituciones de gestión de conflicto para mejorar la resistencia
    de las economías a los choques externos, y las instituciones que promueven
    la diversificación productiva. El crecimiento colapsó en África
    a fines de los años 70 por la debilidad de las primeras y fracasó
    en América latina después de la primera mitad de los años
    90 por la debilidad de las segundas”.
    Claro que Rodrik será nuevamente escuchado cuanto apunte a los organismos
    multilaterales: “Hirschman estaría horrorizado por el alcance de
    la intromisión en las decisiones políticas internas en la que
    incurren hoy en día la Organización Mundial de Comercio o el Fondo
    Monetario Internacional. Como burocracias internacionales con una inclinación
    por las “mejores prácticas” y patrones comunes, estas instituciones
    no están preparadas para la tarea de buscar senderos innovadores y únicos
    que se adecuen a las circunstancias particulares de cada país”.