Por Daniel Alciro

Ilustración: Agustín Gomila
Para defender su feminismo, el escritor recurría a la Historia, y tomaba de ella ejemplos del poder femenino a través de los siglos.
Claro está: Palacio Valdés distinguía entre las mujeres que sólo habían usufructuado una herencia y aquellas que habían dejado su impronta en la historia.
No le atraían tanto las zarinas: aquellas mujeres inteligentes, pero desenfrenadas y feroces, que sucedieron al zar Pedro el Grande.
Una de sus preferidas era Cristina de Suecia (1640-1654), Protectora de la Cultura: la reina por la cual se mudaron a Estocolmo –entre otros intelectuales de la Europa continental– nada menos que el famoso filósofo francés René Descartes y el preciosista pintor, también francés, Sebastián Bourdon.
El embajador de Cristina en Francia fue el jurista holandés Hugo Grotius, universalmente reconocido como el Padre del Derecho Internacional.
Aquella reina intelectual no le debía su poder a nadie, y tampoco aceptó compartirlo. Era soltera y, presionada a contraer matrimonio, prefirió abdicar.
Figura apasionante, la monarca y mecenas sueca es la Reina Cristina de la película que interpretó Greta Garbo. El título fue adoptado recientemente en Buenos Aires para un libro biográfico (o panegírico) de Cristina Kirchner, escrito por la periodista Olga Wornat.
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Salomón y sus 700 esposas La Biblia (Reyes, 11.3) dice que Salomón, el hijo de David, “tuvo setecientas esposas reinas y trescientas concubinas”. |
Una falsa polémica
En la práctica, no siempre es fácil distinguir zarinas de Cristinas. Suele haber una zona gris, en la cual se combinan elementos de una y otra categoría.
De todos modos, Palacio no pretendía el gobierno de las Cristinas. Defendía la incorporación de las mujeres, en general, a los centros de decisión.
Él sabía que, en el mando, una mujer puede ser tan buena (o tan mala) como un hombre. Sólo reclamaba que España no se privase de talentos por un oscurantismo que hacía presumir la invalidez femenina para la función pública.
Era la actitud correcta.
Setenta y seis años más tarde, aún no se la entiende bien.
Basta que un país elija a una mujer para que se inicie una ociosa polémica sobre la “superioridad” o “inferioridad” femenina.
Unos exaltan la “intuición”, o el “sexto sentido” de las mujeres, y destacan su mayor “sensibilidad”.
Otros, les atribuyen menor “capacidad” para el pensamiento abstracto, y aseguran que son “inconstantes” o “débiles”.
Esa es la base de todo prejuicio: otorgar ciertas características a un conjunto y, luego, suponer que todo integrante de ese conjunto tiene esas mismas características. “Si los judíos son [presuntamente] avaros, Jacobo, por el hecho de ser judío, es [indudablemente] avaro”. Se parte de una premisa falsa, y se llega a una conclusión errónea.
La torpe discusión sobre el poder femenino se dio en Gran Bretaña, en 1979, cuando Margaret Thatcher fue electa Primera Ministra. A muchos les costaba creer que pudiera haber un Winston Churchill con polleras.
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Más de 50% Noruega no tiene reina. Su rey es Haroldo V. |
Ni sensible ni débil
Ella demostró que no tenía la virtud de la sensibilidad, ni el defecto de la debilidad.
Un hecho basta para probarlo.
Bobby Sands era un joven irlandés, miembro del IRA, arrestado a los 23 años y condenado a catorce de prisión por tenencia ilegal de armas. Internado en la cárcel de Long Kesh, reclamó que los republicanos (a quienes consideraba prisioneros políticos) fueran eximidos de usar el uniforme de presidiarios, y que se le permitiera tener, por semana, una visita y una carta. Como Thatcher no accedió, Sands inició una huelga de hambre.
Cuando Sands estaba por morir, ella dijo: “Es su decisión. El Gobierno no va a forzarlo a recibir tratamiento médico”. El joven irlandés murió a los 66 días de ayuno. Unas 100.000 personas asistieron a su funeral. Ella, mientras tanto, dijo al Parlamento: “El Sr. Sands era un criminal que decidió suicidarse”.
Los miembros del IRA se alistaron para continuar la lucha de Sands, a través de sucesivas huelgas de hambre, pero Thatcher no se movió ni un milímetro de su posición. Así fueron muriendo, uno a uno:
• Francis Hughes, a los 59 días de ayuno.
• Raymond McCreesh, a los 61.
• Patsy O’ Hara, a los 61.
• Joe McDonnell, a los 61.
• Martin Hurson, a los 46.
• Kevin Lynch, a los 71.
• Kieran Doherty, a los 73.
• Thomas McElwee, a los 62.
• Michael Devine, a los 60.
Con la radio y la TV siguiendo paso a paso las sucesivas agonías, muertes y protestas, Thatcher no cedió. Por fin, el IRA ordenó a sus militantes que dejaran de sacrificarse en vano.
El general Leopoldo Fortunato Galtieri no debía conocer estos antecedentes cuando decidió ocupar las Malvinas. Seguramente pensó que “Dama de Hierro” era un título honorífico con el cual adornaba su curriculum la Primera Ministra británica.
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kirchner. f Habrá que ver si la nueva Presidente está dispuesta a introducir cambios en la política general del país. |
Índice de probabilidades
Una mujer en el poder no garantiza, es cierto, mejor gobierno.
Sin embargo –como avizoraba Palacio– al levantarse la proscripción de la mujer, aumentó la probabilidad de tener mejores gobiernos.
El autor de El Trabajo de las Naciones, Robert Reich, ex secretario de Trabajo de Bill Clinton, asegura que el éxito económico de un país depende hoy “de las aptitudes, el vigor intelectual y la iniciativa” de quienes trabajan y toman decisiones. Cuanto mayor (y mejor preparada) sea la masa dirigente y la fuerza de trabajo, mayores serán las chances de desarrollo.
Esta es la era del capital humano; la producción depende de la acumulación y distribución del conocimiento.
Cuando la Argentina necesitó brazos, los importó. En unas décadas, multiplicó por siete el número de sus pobladores, que eran apenas un millón a la fecha de Caseros.
El capital humano que se requiere ahora no entrará por los puertos. Las aptitudes, vigor intelectual e iniciativas deben desarrollarse dentro.
La población ya no es escasa: 40 millones es el número de habitantes de Bélgica, Luxemburgo, Dinamarca, Noruega y Suecia sumados.
Sin embargo, el país ha dilapidado, por muchos años, la capacidad de esfuerzo e innovación de la mitad + 1 de sus habitantes: la que está compuesta por mujeres, tradicionalmente marginadas de la conducción y el empleo.
En las naciones industriales, la mujer representa entre 40 y 45% de la población activa. Y hay cada vez más mujeres en las posiciones –públicas y privadas– que confieren poder. Los prejuicios ancestrales se agrietan. La militancia feminista se afana en remover los escombros de la organización patriarcal.
En la Argentina, el ingreso masivo de las mujeres a la producción intelectual y física; su dedicación a la ciencia y la tecnología; su peso en el planeamiento, diseño y administración de la sociedad, tendrá el efecto de un torrente migratorio.
El fenómeno está en marcha. Empezó a gestarse, silenciosamente, hace varios años. Lo revelaba, ya, el censo poblacional a principios de los 80:
• Entre los argentinos de menos de 25 años, había un hombre por cada tres mujeres con título universitario.
• A cualquier edad, hasta los 35, las mujeres habían completado más estudios (secundarios o universitarios) que los hombres.
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Benazir Bhutto
Ha perdido belleza, pero no vigor. Benazir Bhutto es una pakistaní aguerrida. En los últimos días, su determinación y coraje la convirtieron, una vez más, en noticia. Desafiando los intentos de asesinarla, esta mujer, dos veces Primera Ministra y dos veces derrocada, no aparenta temerle ni a las bombas ni a la cárcel. La historia de Benazir, resumida en esta cronología, demuestra que está preparada para lidiar con todo:
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Mujeres argentinas
Sin embargo, el envión femenino todavía no ha tenido la fuerza necesaria.
Quizás una Presidente pueda dársela.
A lo largo de 197 años, ha habido mujeres que se destacaron en la escena pública. Pocas.
En 1893, una ordenanza municipal dispuso que la altoperuana Juana de Azurduy y la tucumana Manuela Pedraza tuvieran sus calles en Buenos Aires.
Azurduy combatió contra los realistas, llegó a ser Teniente Coronel, vio morir a sus cuatro hijos y luchó embarazada de una niña. Fue ella quien tomó el crítico cerro de Potosí. En el siglo 20, el arte la convirtió en figura popular: Félix Luna y Ariel Ramírez le dedicaron una zamba, y Mercedes Sosa la interpretó en una película.
Pedraza, mujer de un cabo, peleó junto a su marido contra los ingleses, en 1806, y mató a un invasor.
Azurduy y Pedraza integraban la magra veintena de calles porteñas que, sobre un total de 2.186, llevaban nombre de mujer en 1995.
Fue entonces cuando otra ordenanza, la 49.668 de 1995, dispuso dar nombre de heroínas y artistas, argentinas y extranjeras, a las calles de Puerto Madero.
Entre las heroínas y figuras nacionales del siglo 19 figuran:
• Macacha Güemes, hermana y eficaz colaboradora de aquél general que libró, en el Norte, “la guerra gaucha”.
• Mariquita Sánchez de Thompson, activa en la tarea de vincular unos patriotas con otros.
• Juana Manso, educadora, escritora e historiadora, considerada “la primera feminista argentina”. Asistiendo al presidente Domingo Faustino Sarmiento, fundó 34 escuelas y numerosas bibliotecas. En 1862 escribió el primer manual escolar de la Argentina: el “Compendio General de la Historia de las Provincias Unidas del Río de La Plata”.
• Cecilia Grierson, la primera médica argentina, graduada en la Universidad de Buenos Aires en 1889.
En el siglo 20, hubo dos mujeres que –si bien tuvieron como esposos a hombres de peso– se destacaron por aportes propios.
Una fue Alicia Moreau de Justo. A los 21 años creó, en 1906, el Centro Feminista de Argentina y el Comité Pro-Sufragio Femenino. Cuatro años más tarde organizó el Primer Congreso Femenino Internacional. Graduada de médica en 1915, fundó y presidió en 1920 la Unión Feminista Nacional, que confederó al feminismo argentino. Un año más tarde se incorporó al Partido Socialista y sólo en 1922, cuando ya llevaba 16 años de actividad pública, se casó con Juan B. Justo.
La otra mujer fue Eva Perón. Su influencia histórica no se debe sólo a su marido. Ella tuvo una participación decisiva en los sucesos del 17 de octubre de 1945, cuando Perón fue arrestado y llevado a Martín García, para luego volver triunfante, a inaugurar la era peronista. Eva fundó el Partido Peronista Femenino, realizó una intensa labor social a través de Fundación Eva Perón, e impulsó los proyectos que, después de tantos años de lucha de las feministas, establecieron el voto de la mujer y la patria potestad compartida.
Necesidad de un mayor impulso
Con una mujer Presidente, la Argentina inicia ahora una nueva etapa. No llegará lejos si los críticos –en vez de ayudar con juicios y propuestas a un mejor gobierno– se dedican a observar la vestimenta de Cristina Fernández de Kirchner, o a calificar de “histeria” aquello que en los hombres consideran “firmeza”.
No llegará lejos, tampoco, si la Jefa de Estado cree que puede gobernar con su glamour y sus sarcasmos, sin ideas y sin equipos. El camino quedará a medio recorrer si el Gobierno, presidido por una mujer, es formado unánime o mayoritariamente por hombres.
La Argentina tiene, por primera vez, la oportunidad de abrir todas las puertas del poder a una pléyade de mujeres con talento y vocación de servicio público.

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Militanta e inteligenta La Real Academia ha terminado por aceptar esta acepción: presidenta. f. La que preside. |
La verdadera revolución
Así acabó el poder de los varones
El valenciano Vicente Blasco Ibáñez, autor de novelas llevadas al cine (Los cuatro jinetes del apocalipsis, Sangre y arena, con Rodolfo Valentino) escribió en 1922 una que no pudo filmarse: plena de situaciones fantásticas, habría requerido un Steven Spielberg. Era El paraíso de las mujeres. Aquí, un extracto, referido al derrocamiento de los varones.

Vicente Blasco Ibáñez
El hombre no sólo monopolizaba el Gobierno, la justicia, la enseñanza y todos los medios de producción; guardaba además las armas, como un privilegio de su sexo. ¿De qué modo vencer a los hombres, cuando disponían de instrumentos destructores como jamás se conocieron en nuestra historia?
De pronto surgió el hecho providencial y decisivo, un descubrimiento científico que casi puede ser calificado de milagro.
Una de las mujeres nuevas dedicadas a la ciencia orientó sus estudios hacia una finalidad práctica y humanitaria. Quería terminar las guerras definitivamente, y un día, para bien de la humanidad, inventó unos rayos prodigiosos, que designó áridamente con el nombre de rayos negros.
Estos rayos, proyectados a largas distancias, hacían estallar todas las materias explosivas, aunque estuviesen preservadas por muros o por envolturas metálicas. Hasta en el fondo del agua conseguían su objeto los rayos maravillosos.
El Comité supremo de las reivindicaciones feministas se fue enterando minuciosamente de los trabajos de esta química y a continuación la puso presa, con toda clase de miramientos, en una cueva del Club Feminista, para que no pudiese revelar su secreto a los hombres.
Las muchachas más valerosas, acostumbradas a los deportes, montaron una mañana en varios aeroplanos, volando sobre toda la extensión del país. Cada avión llevaba un aparato de los inventados por la sabia providencial. Eran a la vista unas simples cajas de las que salían varios chorros de humo tenue y negro. Estas mangas, al descender del avión, iban pasando sobre la superficie de la tierra, y toda materia inflamable que tocaban, aunque estuviese defendida por paredes u oculta bajo el suelo, hacia explosión inmediatamente. Así, en unas cuantas horas volaron todos los arsenales, polvorines y depósitos de municiones existentes en nuestro país.
Aquí, en la capital, el gobierno de los hombres, asustado por esta revolución catastrófica, intentó apresar al Comité feminista. Toda la guarnición marchó al asalto de nuestro Club. ¡Esfuerzo inútil! El Comité aguardaba tranquilamente en medio de la calle, armado de los famosos rayos negros. Le bastó proyectarlos, para que una mitad de las tropas huyese a la desbandada y la otra mitad quedase tendida en el suelo.
Los soldados vieron cómo sus fusiles estallaban entre sus manos antes de disparar y cómo se inflamaban las cápsulas en sus cartucheras, acribillándolos de heridas mortales. Los que estaban más lejos, espantados por el fenómeno, arrojaban las armas y se despojaban de sus bolsas de municiones, viendo en el propio equipo militar un peligro de muerte. Los oficiales, impulsados por el orgullo profesional, gritaban: ¡Adelante!, pero el revólver estallaba en su diestra, llevándoles la mano y el brazo. Los artilleros abandonaban las piezas para huir, en vista de que los armones llenos de proyectiles se inflamaban solos, lo mismo que si fuesen volcanes, haciendo volar los miembros de los hombres despedazados.
Gracias a los rayos negros, en unas cuantas horas se cambio el orden de la vida, y el Comité vencedor se instaló en el antiguo palacio imperial, decretando que había muerto para siempre el gobierno de los varones.
Mentiría si le dijese que este movimiento feminista fue unánime. Las prudentes, las contemporizadoras, las amigas del hombre, acudieron llorosas al Comité para suplicarle que no insistiese en su lucha contra los tiranos masculinos. Debo añadir que estas conservadoras, faltas de carácter y de dignidad sexual, eran en aquellos momentos la mayoría del país. Pero ¿qué revolución no ha sido hecha por una minoría y no se ha visto obligada a imponerse a la debilidad y el pensamiento miope de los más? El gobierno provisional del feminismo no prestó atención a estas tránsfugas que [anteponían] su egoísmo particular a los intereses del sexo. Las revoluciones no se miden por los dolores que originan, sino por los nuevos beneficios que aportan al bienestar y la libertad de los humanos.
Al día siguiente andaban fugitivos y aterrados por todo el territorio de la República los hombres, que horas antes se creían eternamente superiores. Era tal el terror infundido por los rayos negros, que todo el que tenía armas se apresuraba a dejarlas abandonadas en medio de los campos. Los padres y los maridos miraron con nuevos ojos a las mujeres dentro de sus casas. Imploraban su protección para que intercediesen con el gobierno femenino.
Como usted adivinará, un movimiento de esta clase no podía quedar dentro de los límites de lo que se llamaba antiguamente Liliput. Media docena de aparatos y un pelotón de voladoras resultaron suficientes para que el reino vecino quedase en poder de las mujeres, muriendo su monarca y los principales dignatarios.
En resumen: bastó una semana para que en todos los países triunfasen las mujeres, quedando los hombres en un servilismo igual al que habían infligido a nuestro sexo durante miles de años. Así fue lo que hemos convenido en llamar la Verdadera Revolución, tan distinta en sus resultados a las revoluciones hechas por los hombres.
Pero la muerte de la tiranía masculina no era suficiente. Había que organizar y gobernar la nueva existencia del mundo, y esto lo hicimos con rapidez. No habiendo ya ejércitos de hombres, era imposible que resucitase la guerra.
La gran superioridad de nuestro sexo se hizo patente cuando el Comité femenino, de acuerdo con las mujeres de los otros países, decretó la apertura de una Asamblea para reglamentar la victoria.
Lo primero que acordaron las mujeres fue suprimir las naciones con todos sus fetichismos patrióticos provocadores de guerras. Ya no hubo Liliput, ni Blefuscu, ni Estado alguno que guardase sus antiguos nombres y diferencias.
Esta Asamblea, creadora de un mundo nuevo, se dio cuenta de que para consolidar su obra era preciso que las futuras generaciones ignorasen el pasado. Todo lo que hacia referencia al periodo de miles y miles de años durante el cual dominaron los hombres quedó suprimido. Se destruyeron los libros, los periódicos, los monumentos, todo lo que pudiera hacer sospechar a los varones del porvenir, la autoridad despótica ejercida por sus antecesores. Únicamente en las bibliotecas de las universidades conservamos las obras de aquellos tiempos; pero sólo tienen permiso para leerlas los profesores de indiscutible lealtad que se dedican al estudio de la Historia.
Quedaron en poder de las mujeres escuelas y universidades, y sólo se dio en ellas una instrucción de acuerdo con las órdenes del gobierno. Si usted pudiese hablar con las muchachas que frecuentan nuestros establecimientos de enseñanza, se convencería de que no tienen la menor sospecha de cómo fue el mundo antes de la Verdadera Revolución. Creen que las hembras han gobernado siempre y que los varones forman un sexo débil y tímido, necesitado de que lo protejan.
Confieso que la Revolución causó muchas víctimas y que aún hoy el mantenimiento de sus reformas exige ciertas precauciones que tal vez parezcan poco humanitarias; pero ¡Qué de beneficios nos trajo!… Hace cincuenta años que gobiernan las mujeres, y no ha habido una sola guerra ni asomo de motivo capaz de provocarla en lo futuro.
Reconozco que nuestro triunfo no ha sido del todo generoso. Cuando se sufre una esclavitud de miles de años, el mal recuerdo y la venganza resultan inevitables. En los primeros años después de la Verdadera Revolución, los hombres lo pasaron mal. La autoridad tuvo que intervenir muchas veces para aconsejar prudencia y tolerancia Todavía quedan entre nosotras espíritus conservadores y tradicionalistas que guardan un odio implacable al antiguo tirano.



