Por Martín Cuccorese

Foto: Gabriel Reig
Moshimoshi
Ortega y Gasset 1707 1er. piso, Las Cañitas.
De martes a domingo, de 20:00 hs a 01:00 hs
Tel.: 4772 2005
No será esta nota la que venga a descubrir las cualidades estéticas de la gastronomía del Lejano Oriente. No hace falta tampoco comparar las siderales diferencias entre comer un asado y dejarse llevar por la estética del sushi o el sashimi. Las comparaciones son odiosas pero también sugerentes. A pesar del uso del fuego, en el asado domina la pulsión, en cambio lo crudo, alma mater de la cocina japonesa, nos lleva a la composición de colores, algo netamente cultural. Hay un solo punto donde se unen: ambos deben ser elaborados a la vista.
De todas formas, desde este rincón lejanamente occidental, evaluar una propuesta cuyo fuerte es el sushi y la cocina del Sudeste asiático resulta para este cronista incómodo.
El aturdimiento de la “nouvelle divague delaruista”, la exaltación del in/out de la moda a fines de los noventa exigía cierta distancia bucal. No nos referimos al comer, sino a las palabras. Las aguas finalmente bajaron.
Al proponerme orientar la nota hacia Oriente, la trayectoria de Silvia Morizono fue un factor importante en la toma de decisión por ser una de las pioneras en darle a la comida japonesa un espacio en Baires, cuando todavía estaba recluida a los pocos restós de la comunidad. Desde hace ya tres años ha regresado al ruedo con Moshimoshi que, advierten, significa “aló-aló”, las primeras palabras utilizadas al atender el teléfono. Pero ahora, el agregado de propuestas de Asia continental más un irresistible sake bar terminaron por ser motivos contundentes.
No fue necesario tocar el timbre, subimos al primer piso aquel martes a la noche. En tren de retornar a las fuentes de Silvia pedimos un mix de sushi, rolls (California, Philadelphia, futo maki) y niguiri (e/ $24/$32). No obstante, como dijimos al principio, Moshimoshi no se queda aquí y su cocina está abierta a propuestas thai y vietnamitas. De allí que, ni cortos ni perezosos y sin distracciones, solicitamos “arrolladitos Hanoi” ($22) rellenos de camarones y trocitos de cerdo. Entrada caliente, sabrosa y contundente (para compartir) presentada sobre colchón de hojas verdes y acompañada de caldo agridulce. Obligado comer con las manos para reforzar las sensaciones táctiles de la crujiente masa.
Siendo dos y con apetito moderado y habiendo bebido un par de Asahi ($14, lata 500cc) uno podría aflojar y retirarse. Pero nuestra misión –esa palabra jesuítica que se ha metido en los negocios– nos impide retroceder. Continuamos saboreando un Saki Yake ($40), salmón grillado con jugo de jengibre y salsa teriyaki. Excelente el punto de la buena porción de salmón, cuya superficie crocante lleva semillas de sésamo. Jugoso y firme por dentro, ideal también para compartir.
El inspector retorna al Sudeste asiático de la mano de “Meckong” ($42), salteado thai de mariscos (camarones, mejillones, almejas) sobre suave salsa de leche de coco.
Cierra así la velada gourmet y se dirige hacia la terraza donde la primavera ya se hace sentir. Aquí funciona el sake bar coordinado por Dana Moreno. Y en un último movimiento se apresta a una degustación ($55) de la ritual bebida japonesa. Siete etiquetas exclusivas presentadas en pequeños cuencos –pueden tranquilamente compartirse– explicados en detalle y con sapiencia por Dana. Un plus generoso para la interesante y redonda propuesta de Moshimoshi.
Con una corta pero interesante carta de vinos y una atención mesurada, este restó de amplios ventanales y luz tenue recorre la siempre difícil y precisa gastronomía oriental sin sobresaltos. Respetando su estética y sus sabores. El goce, finalmente, corre por cuenta propia.

