sábado, 4 de abril de 2026

    Se acabó la democracia

    Por Daniel Alciro

    Entre 1853 y 1994, la Constitución argentina ignoró a los partidos políticos.
    Sin embargo, durante ese largo período, nuestra democracia giró en torno de los partidos.
    A partir de 1853, prevalecieron el Autonomista y el Nacional, que se fusionaron en 1874, dando origen al PAN. Éste gobernó el país hasta 1916.
    Pertenecieron a ese partido los Presidentes:
    • Avellaneda (1874-1880)
    • Roca (1880-1886, 1898-1904)
    • Juárez Celman (1886-1890)
    • Pellegrini (1890-1892)
    • Sáenz Peña (1892-1895)
    • Uriburu (1895-1898)
    • Quintana (1904-1906)
    • Figueroa Alcorta (1906-1910)
    • Sáenz Peña (1910-1914)
    • De la Plaza (1914-1916)
    La Unión Cívica Radical (UCR; fundada en 1891) accedió al poder en 1916 y lo conservó hasta 1930.
    De la UCR surgieron el Partido Socialista (1894) y el Partido Demócrata Progresista (1914). Pero la UCR no fue sustituida como “partido de poder” hasta que surgió el peronismo (1946; primero Partido Laborista, luego Peronista y, finalmente, Justicialista o PJ).
    La última mitad del siglo 20 fue –siempre que rigió la democracia– un duelo continuo entre la UCR y el PJ.
    Pero los partidos, tan fuertes en la realidad, seguían ausentes del la Carta Magna.
    Cuando la Constitución fue reformada, en 1994, los convencionales quisieron reparar esa imperdonable omisión.
    “Los partidos políticos deben tener rango constitucional”, se dijo en Santa Fe.
    La Convención Constituyente proclamó entonces:
    “Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático” (Constitución Nacional, artículo 38 nuevo).
    Y no se limitó a eso. Agregó que la Constitución garantiza “su organización y funcionamiento democrático” (id.).
    Todavía más: les otorgó a los partidos el monopolio de la representación popular. Desde 1994, en efecto, ellos tienen “competencia (léase: exclusividad) para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos” (id.).
    Paradójicamente, desde ese momento los partidos políticos entraron en una crisis que no parece tener fin.
    Siete años después de la reforma constitucional, la gente salió a las calles a gritar “Que se vayan todos”.
    Ni la UCR, ni el PJ como tal, se han recuperado de ese sismo.
    No han surgido, por otra parte, partidos nuevos y sólidos. Sólo coaliciones circunstanciales, para adherir u oponerse al oficialismo de turno.
    Por otra parte, los propios partidos, viejos o nuevos, se resisten a asumir el rol que les asignó la Constitución. No se organizan ni funcionan democráticamente.
    ¿Quién eligió, como candidata, a Cristina Fernández de Kirchner? Su marido.
    ¿Y a Lavagna? Alfonsín y Caamaño.
    ¿Y a Carrió? Ella.
    Las candidaturas no surgen de internas o primarias.

    Un menú reducido
    A la hora de votar, los ciudadanos deben elegir de un menú corto, compuesto por autocandidatos o candidatos designados por pequeñas camarillas.
    En todo caso, la gente interviene (indirectamente) a través de las encuestas. Las “instituciones fundamentales de la democracia”, en efecto, han cedido su lugar a Mora y Araujo, Zuleta Puceiro o Haime.
    Se podría juzgar preferible que, en vez de candidatos postulados por la “partidocracia”, haya candidatos surgidos de una preselección popular, aunque esa preselección se haga de manera informal, a través de sondeos. Hasta se podría interpretar que, con todos sus defectos, ésta es una forma de democracia directa.
    Sin embargo, las encuestas son una suerte de servicio meteorológico: nos dicen qué tiempo hace ahora, y formulan pronósticos de corto plazo.
    Sustituir las “instituciones fundamentales” por las encuestas puede llevar a una democracia espasmódica.
    Basta con recordar que las encuestas consagraron, en los últimos años a Bordón, De la Rúa, Álvarez y Fernández Meijide.
    La “interna abierta” entre De la Rúa y Meijide fue nada más que una opción entre dos candidatos ungidos, respectivamente, por Alfonsín y Álvarez.
    ¿Quién se acuerda (o quiere acordarse) de ellos ahora?
    Por supuesto, ningún procedimiento garantiza el éxito. El mejor candidato, surgido de un proceso institucional impecable, puede provocar una gran decepción.
    Sin embargo, los que llegan “de abajo” suelen tener una permanencia envidiada por aquellos que fueron flores de un día.
    Las democracias partidarias son menos volátiles, más estables y, por lo tanto, más previsibles que las “democracias personalistas”.
    En realidad, “democracia personalista” es un oximoron: nombre que se da a expresiones contradictorias, como “agua seca” o “virgen preñada”.
    En la Argentina hubo, históricamente, una tendencia a esa contradicción.
    Algunos sociólogos han aventurado una tesis: el “Ejecutivo fuerte” es herencia del sistema virreinal. En realidad, resulta difícil identificar el ADN de nuestro personalismo político. El hecho es que los dos grandes partidos argentinos del siglo 20 rindieron culto a dos personas: uno a Yrigoyen; el otro a Perón.
    Sin embargo, ambos partidos sobrevivieron a la desaparición de Yrigoyen (1933) y Perón (1974), a punto que, en 1983, aparecían fuertes como nunca (ver el recuadro Marchas y Contramarchas).
    Para llegar a la Presidencia, Alfonsín había tenido que esperar a que se muriese Balbín –líder indiscutido de la UCR desde los años 50– y luego ganarle una elección interna a De la Rúa.
    En 1989, Menem debería hacer un gigantesco esfuerzo e imponerse dentro del PJ –contra todos los pronósticos– a su rival, Cafiero.
    Es cierto que en la UCR surgió el “alfonsinismo”, y en el PJ el “menemismo”, pero ninguno de esos partidos pasó a ser propiedad de estos caudillos sustitutos, carentes de la fuerza y ascendiente que tuvieron sus antecesores.
    En todo caso, en 1983 pareció que se establecía una democracia institucionalizada, sólida y duradera.

    Condiciones especiales
    Se daban, para eso, condiciones únicas:
    Desprestigio de las Fuerzas Armadas. La amenaza de un nuevo gobierno de facto estaba disipada. Después de su derrota en la Guerra de Malvinas (1982), las Fuerzas Armadas se habían desprestigiado ante la población.
    Horror por lo sucedido en el período 1976-1983. El juicio a las Juntas permitió conocer los crímenes del período militar, alentando la idea del “Nunca Más”; es decir, no a otra dictadura.
    Supresión del servicio militar obligatorio. En la década del 90 se terminó con el servicio militar obligatorio, quitando a las Fuerzas Armadas capacidad de movilización: factor que había facilitado el rol político desempeñado por los militares en el período 1930-1983.
    Caída del muro, fin de la guerra fría y del apoyo externo a gobiernos represores. La caída de la URSS, y el consiguiente fin de la guerra fría, acabó con la “teoría de la seguridad nacional” y el apoyo externo a gobiernos de fuerza.
    Desaparición de los movimientos revolucionarios y las guerrillas. El nuevo panorama internacional provocó también la desaparición de los movimientos revolucionarios y las guerrillas que perturbaron el desarrollo democrático de América latina a partir de los años 60.
    Elección sin proscripciones. La elección de 1983 fue libre, sin proscripciones.
    Derrota del peronismo en las urnas. Por primera vez desde el advenimiento de Perón, la UCR derrotó al peronismo en las urnas, creando una posibilidad de equilibrio y alternancia.
    Contrapeso parlamentario. El radicalismo no tenía mayoría en el Congreso, lo cual demandaba la construcción de consensos.
    Régimen bipartidista. Esa nueva situación prometía la consolidación de un régimen bipartidista, como el que caracteriza a las democracias más estables del mundo. Sin excluir a otras fuerzas, representativas de intereses específicos, allí donde haya dos grandes partidos “de poder”, uno gobernará y el otro –con potencial para sustituir al gobernante– actuará como un control permanente.
    Gobierno comprometido con la ley y las libertades públicas. El radicalismo es un partido comprometido con los principios republicanos, el orden jurídico y las libertades públicas. Era oportuno que fuera la UCR la que diera el tono de la nueva democracia.
    Ausencia de intereses corporativos. El nuevo Gobierno no estaba ligado a intereses sindicales. Tampoco a grupos empresarios. No presidía una democracia dependiente.

    La oportunidad que abrió el 83 fue cerrada por las crisis económicas.
    La “década perdida” de América latina, la crisis de la deuda, la inflación mundial y la hiperinflación local de 1988-2001, no sólo acabaron con el gobierno de Alfonsín sino que disminuyeron la confianza colectiva en la democracia.
    Años más tarde, el remedio que se halló para la hiperinflación –el peso convertible a la tasa fija de 1:1– terminó afectando la competitividad de la economía y provocando una serie de males: quiebras, desempleo y una deuda impagable. Se llegó entonces a la devaluación forzada, el default, la crisis bancaria y el estallido social.
    Fue en ese momento cuando la gente salió a las calles a gritar “Que se vayan todos”, aludiendo a los políticos.

    Una oposición partida
    En las elecciones presidenciales de 2003, el candidato más votado fue Menem (25%), seguido por Kirchner (22%). Como Menem desistió de la segunda vuelta, Kirchner fue consagrado Presidente. Nunca antes –desde la implantación del voto universal, secreto y obligatorio– un Jefe de Estado había sido ungido por una votación tan exigua.
    La situación económica internacional, la disminución de la deuda (primero por el default, luego por la renegociación) y la competitividad derivada de la devaluación, permitieron que Kirchner aumentara, en el poder, su respaldo social.
    Frente a su gobierno quedó una oposición partida, que nunca pudo recuperarse del estallido de 2001.
    El resultado es una democracia no balanceada, que favorece las ambiciones hegemónicas de quien gobierna.
    El sistema político argentino ha retrocedido varios años.
    Es en estas condiciones que el Presidente se permite designar como candidata presidencial a su esposa, y que una oposición impotente se divide en diversas fracciones, anulando sus posibilidades, no ya de ganar en primera vuelta sino de forzar una segunda.
    Durante la presidencia de Kirchner, éste no pareció amilanado por su escasa legitimidad de origen: aquél magro 22%, que le significó un segundo puesto y, luego, la Presidencia por abandono de su rival.
    Con tan flojos antecedentes, Kirchner:
    • Jamás convocó a los partidos políticos.
    • Ni pensó en establecer un consejo económico y social.
    • Batió el récord de decretos de necesidad y urgencia, a pesar de tener mayoría propia en ambas cámaras del Congreso.
    • Nunca hizo reuniones de gabinete.
    • No dio una sola conferencia de prensa.
    • Castigó a varias empresas, a través de decisiones personales que muchos consideraron discriminatorias.
    • Sin consultar a nadie, entró en conflictos, probablemente innecesarios, con terceros países.
    • En suma, ejerció el poder de un modo que algunos analistas no vacilan en juzgar como autoritario.

    La esposa, según sus actuales colegas en el Senado de la Nación, es impetuosa, tajante e irreductible.
    Desafecta al diálogo, se caracteriza por un rasgo extraño en la vida parlamentaria: pronuncia discursos demasiado agresivos y jamás concede interrupciones.
    En una recordada sesión, su víctima fue el vicepresidente Daniel Scioli, quien no podía responderle por no ser senador. Cristina Fernández desarrolló una teoría conspirativa y sugirió que Scioli estaba detrás de artículos periodísticos que la perjudicaban a ella.
    Si Kirchner hizo las cosas que hizo con 22% de los votos, y su esposa no parece más contemporizadora, ¿qué debería esperarse de un nuevo gobierno, surgido de una elección en la cual la senadora Fernández duplicara los votos que su marido obtuvo en 2003?
    Debe tenerse en cuenta que una oposición atomizada no puede poner frenos a los excesos gubernamentales.
    En las actuales condiciones, sólo podría crearse cierto equilibrio si se diera un número muy alto de circunstancias:
    • Que hechos recientes (índices dudosos del Indec, coimas pagadas por Skanska, bolsa de dinero –y renuncia– de Miceli, contratos de Picolotti, US$ 800 millones en un avión alquilado por Enarsa, acto criminal de Varizat en Santa Cruz) hayan afectado sensiblemente la imagen del Gobierno, a punto de no asegurarle, en octubre, un piso de 40%.
    • Que algún candidato opositor se despegue, en las encuestas, del pelotón de desafiantes.
    • Que el “voto útil” favorezca al (o a la) candidato/a que aparezca como la principal figura opositora.
    • Que eso fuerce una segunda vuelta.

    Aunque el oficialismo gane esa segunda vuelta, se habrá construido un dique de contención.
    La solidez y duración de tal dique dependerá de muchos factores; pero al menos ofrecerá una chance para la reconstrucción de un sistema democrático que hoy no existe: el Gobierno, hegemónico, no se siente amenazado (y, por lo tanto) controlado por ninguna fuerza política.

    Un largo proceso

    Cómo se elige Presidente en EE.UU.

    La selección de un candidato presidencial, tanto en el Partido Republicano como en el Partido Demócrata, sigue un largo y minucioso proceso. Los pasos son los siguientes:

    1- Comité Exploratorio. Todo potencial candidato designa normalmente un exploratory committee para determinar si su candidatura es viable. Ese comité puede realizar encuestas y organizar actos, sin dar cuenta a la Federal Electoral Commission sobre el origen de los fondos utilizados. Pero si finalmente el potencial candidato decide presentarse, deberá rendir cuenta de todo lo que gastó estudiando si la pileta tenía agua. Además, algunos estados, como Columbia, regulan legalmente la actividad de los comités exploratorios, para asegurar que sean verdaderamente tales, y no comités de campaña encubiertos.

    2- Test. Los republicanos empiezan la preselección con la Ames Straw Poll. Ames es una localidad del estado de Iowa. Straw Poll es una elección no vinculante; un test que se hace para ver hacia dónde mueve el viento la pajita (straw). El Partido Republicano realiza este test un sábado de agosto, el año previo a las elecciones, en Ames. Los candidatos que quieren tener allí su primera presentación, concurren y pronuncian, cada uno, una síntesis de sus propuestas.
    En 1995, Robert Dole ganó en Ames y, luego, fue el candidato del Partido Republicano. Lo mismo pasó con George W. Bush en 1999. Pero Ames no siempre anticipa qué sucederá al final del camino. En 1979, el test favoreció a George H. W. Bush y las primarias terminaron consagrando a Ronald Reagan. En 1987, Pat Robertson salió victorioso de Ames y, en las primarias, cayó frente a Robert Dole.
    Para las elecciones del corriente año, el Ames Straw Poll, realizado el 11 de agosto, dio como ganador al gobernador de Massachusetts, Mitt Romney (31% de los votos). Sin embargo, es difícil que gane las primarias. La última medición de American Research Group lo muestra muy abajo de Giuliani y peleando con Fred Thompson por el segundo puesto.

    2b- Endorsements. Los demócratas tienen un proceso de preselección distinto: los endorsements. Gobernadores, senadores y diputados anticipan, en una convención reducida, a qué aspirantes darán su apoyo. El resultado de esa convención no necesariamente anticipa cuál será el resultado de las primarias, pero sirve para dar una orientación sobre el respaldo partidario, y por lo tanto la fortaleza, que puede tener cada aspirante.

    3- Encuestas. Los surveys son guías importantes, pero no decisivas. De lo contrario, candidatos con 1, 2 ó 3%, se retirarían muy temprano de la carrera o se quedarían sin apoyo. Ocurre con frecuencia que, después de un tiempo, un candidato desiste y apoya a otro, con lo cual se altera el panorama. Por otro lado, las encuestas están reguladas, se realizan con un método invariable, y se repiten sistemáticamente durante un largo período, evitando así las distorsiones. A más de un año de la elección presidencial de 2008, el cuadro de abajo muestra la situación actual de cada candidato (AGO = agosto) y qué curva siguió su popularidad en los últimos seis meses.

    4- Cáucuses. La palabra caucus tiene origen indígena: los algonquines, en América del Norte, utilizaban –para designar un consejo o asamblea– un término que sonaba muy parecido. Hoy, en la política estadounidense se llama caucus a las reuniones de dirigentes convocados a participar en el proceso de nominación y apoyo a distintos candidatos. A lo largo de un año electoral, se celebran, en todo el país, varios cáucuses; muchos de ellos, al mismo tiempo que las primarias.

    5- Primarias. La gente es convocada a elegir a los candidatos. En algunos estados, sólo puede votar en una primaria quien se haya inscripto previamente para participar en ella. No se requiere ser un afiliado a un partido: la inscripción para votar (en el Partido Republicano o en el Demócrata) vale para esa sola vez. No es un abono sino una entrada. En algunos estados, no hace falta ni siquiera la inscripción. Se habla entonces de primaria “abierta”.
    Un votante elige a los delegados comprometidos a sufragar, en el colegio electoral, por el candidato que ese votante prefiere.
    El calendario de primarias para 2008 (sujeto a mínimas variaciones) es el que se presenta en el cuadro de abajo.
    Se llama “super martes” al día en el cual se concentra el mayor número de primarias. No hay, en el calendario electoral, otro momento en el cual tantos delegados sean elegidos al mismo tiempo.

    6- Debates entre precandidatos. Los aspirantes participan, mientras se desarrollan las primarias previstas en el calendario, en diversos debates que son transmitidos por televisión a todo el país. En esos debates fijan posiciones sobre los temas más diversos y presentan iniciativas.

    7- Convenciones partidarias. En el verano previo a las elecciones, cada partido realiza su convención nacional. El año próximo, los demócratas se reunirán entre el 25 y el 28 de agosto en Denver, Colorado; y los republicanos entre el 1° y 4 de septiembre en Minneapolis-St.Paul, Minnesota. Se trata de grandes eventos, televisados a todo el país, que sirven para proclamar a los candidatos a Presidente y vice, que generalmente son aquellos que han obtenido el primero y el segundo puesto, respectivamente, en la suma de las primarias. En las convenciones se aprueba, también, la plataforma de cada partido.

    8- Campañas. Una vez que cada partido tiene su fórmula, comienza la campaña, que está sometida a regulaciones muy estrictas. El origen y aplicación de los fondos es objeto de un control permanente que realiza la Federal Elections Commission, encargada de aplicar la Federal Election Campaign Act 1971.

    9- Debates entre los candidatos. Los candidatos se ven cara a cara en una serie de debates, y deben responder a las preguntas más urticantes. En más de una oportunidad, el debate ha volcado una elección a favor de quien, hasta el momento previo, no era el favorito. Una ONG, la Commission on Presidential Debates (CPD) asegura que los debates provean la mejor información posible a los televidentes. La CPD actúa como sponsor y reguladora de debates presidenciales.

    10- La elección propiamente dicha. La elección se celebra el segundo martes de noviembre.

    Algún sarcástico podrá decir: “Y después de todo eso, eligen a un Bush”. Otro recogerán las críticas que, dentro de Estados Unidos, se hacen a distintas partes del proceso electoral.
    El sistema, por supuesto, es perfectible; y su finalidad no es seleccionar a los candidatos que más nos gusten a los críticos, sino aquellos que sean más representativos del electorado estadounidense.
    No hay duda de que, al final de este largo proceso, surgen candidatos con sólido respaldo. Los estadounidenses no se ven obligados a optar entre el candidato que señaló el dedo del Presidente y el candidato que ungió una camarilla del principal partido opositor. M