En la época del Menem-dólar o viceversa, llegaban a cotidiano
variopintos vinos de todo el orbe. Sin distinción de razas, ni credos,
habitaban los hipermercados devenidos free-shops globales de una Argentina
que por fin era del Primer Mundo. Más allá de la pizza con champagne,
la horda importada arrasaba. Las bodegas argentinas se esforzaban por dar un
viraje a sus productos y, en tanto, uno caía en fiestas –y según
el poder adquisitivo del anfitrión– donde reinaban vinos chilenos
e italianos de medio pelo, descubiertos como el santo grial del placer.
Recuerdo borgoñas franceses de tres pesos que no resistían el
mínimo análisis matemático para dar cuenta de su contenido,
menos el sensorial, vinos que no podían evaluarse ni como regulares.
Blancos italianos de añadas vetustas, champagnes franceses que
vaya a saber en qué depósito de qué otro país habían
estado, antes de llegar al puerto de Buenos Aires; insignificantes blancos griegos,
Rioja pedestres, Riesling de baja estofa. De todo ese infernal lote algunas
joyitas: Vega Sicilia (España), Gaja (Italia), algunas de las mejores
expresiones de Robert Mondavi (EE.UU.), también algún que otro
Chablis con chapa de DOC, pero no mucho más.
Cuando la Argentina volvió a ocupar el lugar que le corresponde en el
mundo –como hace un siglo ya dijera Louis Ferdinand Celine en su novela
Viaje al fin de la noche–, dichas expresiones desaparecieron,
las malas y las buenas.
No duró mucho el “aislamiento” vínico, apenas unos
cinco años. Obviamente: la situación ahora es distinta. El propio
enfoque en el ingreso de vinos, el surgimiento de un consumidor más conocedor,
la elevación de la calidad de los vinos locales en las franjas competitivas,
plantean otros escenarios. Por ahora están llegando a cuentagotas y su
destino final son las vinotecas que frecuentan los vinófilos buscadores
de nuevas sensaciones. Es decir, lo que viene tiene ahora alguna razón
de ser. Vienen a competir, of course, en las franjas de precios medio-alto
y high level. El desafío resulta interesante y creo que el amante
del vino disfruta con su llegada. ¿Por qué? Primero porque su
aparición no es a tientas y locas, mas resulta calculada. Ya sea por
bodegas de capitales extranjeros que comienzan a traer vinos de su portfolio
mundial –caso J&F Lurton–, como por distribuidores especializados
en el tema que encuentran que el alza de los precios por parte de muchas bodegas
locales en sus productos top, abre la puerta a que el consumidor pueda
oblar US$ 50 ó 60 por algún vino foráneo que trae consigo
un plus de novedad, trayectoria o tradición. ¿Qué
queremos decir con esto? Es simple, a escala local, la franja de $120 la botella
se ha ampliado y en el mundo por US$ 40 hay una oferta más que interesante
que comienza a arribar a estas tierras.
Empujados por un vinófilo local que sabe apreciar la diferencia y también
la busca, es muy probable que en breve lleguen más.
M.C.
Lurton Sauvignon Blanc 2006
J&F Lurton (Valle de Casablanca, Chile)
Precio: $17
Proveniente del Valle de Casablanca este varietal Sauvignon Blanc expresa las
características de los blancos del Nuevo Mundo. Directo y frutado, sin
complejidades. Resulta muy seductor por sus aromas cítricos y a hierbas.
En boca, muy fresco, da placer beberlo. Un blanco para beber joven a un muy
buen precio.

Lurton Maury
J&F Lurton (Maury, Francia)
Precio: $60
Un tinto dulce natural de la región de Maury al sur de Francia. Está
elaborado con uvas Grenache (80 por ciento, garnacha) y Carignan (20 por ciento).
Tiene un reposo en barricas de roble francés, probablemente de tercer
uso. Bien dulce en boca (102 g/L), untuoso aunque no empalaga. Aromas a frutas
rojas y negras caramelizadas, membrillo.

Cloudy Bay Sauvignon Blanc 2006
Cloudy Bay (Nueva Zelanda)
Precio: $90
Uno de los más famosos Sauvignon Blanc del Nuevo Mundo. Elaborado con
uvas del valle de Wairau en Marlborough. Intensos aromas a frutas tropicales
y cítricas (maracuyá, ananá, pomelo), también matices
a ruda y césped recién cortado. Seco, con un paso refrescante
que invita a beberlo. Final largo y apoteótico donde vuelven todas las
notas encontradas y nariz. Un clásico que debe conocerse. Forma parte
del portfolio de vinos del Nuevo Mundo de Chandon.

La Vignée Bourgogne Pinot Noir 2003
Domaine Bouchard Père & Fils (Côte d’Or, Francia)
Precio: $100
No es un Grand Cru, pero tiene indiscutiblemente el sello de su terroir
borgoñés. Desde su color rubí pálido hasta las notas
a frutas rojas y negras, pequeñas, silvestres. Suave, redondo y amable.
Cierra con un final de persistencia media, con la típica elegancia de
la variedad. No es un vino de larga guarda pero mantendrá sus cualidades
un par de años más. Interesante por su elegancia.

Corton Charlemagne Grand Cru 1999
Domaine Bouchard Père & Fils (Aloxe
Corton, Côte d’Or, Francia)
Precio: $805
Apenas 17.800 botellas para este Chardonnay (cien por ciento) de la pequeña
Apellation Corton-Charlemagne Controlée. De gran personalidad. Elegantes
aromas a frutas de carozo (damascos, duraznos), recuerdos minerales y ligeras
notas tostadas. En boca, es un full body, paso untuoso y largo final.
Fermentado y madurado en barricas de roble francés. Para conocer lo que
es un vino blanco de guarda.

