
El sustento de la CGT no son las bases, sino el Gobierno que viene manteniendo
a Hugo Moyano como aliado. Pero la UOM entró primero en la Casa Rosada
al firmarse los convenios. Las negociaciones salariales en las empresas crearon
letra chica a la pauta oficial.
Antonio Caló es el líder de una UOM con muchos menos afiliados
(145 mil para ser precisos) que los 450 mil de los buenos tiempos de su antecesor,
Lorenzo Miguel. Desde hace tres años se colocó más allá
de la pelea de pesos pesados que se libra en la cima de la CGT. Ahora salteó
al camionero Hugo Moyano para llevar a la dirigencia metalúrgica a una
audiencia con el presidente Néstor Kirchner.
Cualquiera que cerrase los ojos ese día en la Casa Rosada hubiese creído
escuchar al viejo caudillo fallecido hace tres años: “Por suerte,
la industria metalúrgica no tuvo grandes problemas de suspensiones por
esta difícil situación que estamos atravesando (por la crisis
energética)”, transmitió Caló al primer mandatario.
Las suspensiones tuvieron muy poco impacto porque se reacomodaron los turnos
de trabajo; justo lo que Kirchner hubiera querido escucharle decir y así
fue nomás.
A un par de centenares de kilómetros de la plaza de Mayo, uno de los
miembros de la comisión directiva de la UOM, seccional Rosario, Daniel
Gutiérrez, declaraba lo contrario a una emisora radial: “el panorama
es preocupante desde el punto de vista de que no se han hecho inversiones en
el sector y nos encontramos con que algunas empresas, sobre todo las que trabajan
con hornos eléctricos, figuran como grandes usuarios y están restringidos
para utilizar energía eléctrica”.
Dio el ejemplo de Metalurgia Litoral: “Ha hecho una importante inversión,
incorporó hornos eléctricos en 2005 y hoy se encuentran que, en
primera instancia, suspenderá personal y, en segunda, puede llegar a
despedirlo, con 50% de la indemnización. Estas empresas están
castigadas”.
¿Cuál es la verdadera posición de la UOM?
Así ha sido siempre de dual el sindicalismo argentino. Un discurso para
negociar, otro para presionar. La historia es recurrente en cuanto a la división
de las centrales en una dura y otra negociadora. Lo era en la época de
Rucci y Ongaro de los 70, como en la de Moyano y De Gennaro de estos días.
Cuando aparece “argentinos” en la sigla la traducción es
“combativos”.
La OIT bosqueja un mapa sindical de los países que la integran y, cuando
toca a la Argentina, lo identifica en tres centrales (CGT, CTA y CCC, las dos
primeras de origen peronista y la última maoísta).
Y abre una cuarta categoría, que define como “sindicatos autónomos”,
entre los que cuenta a los no alineados con las tres centrales antedichas, como
la poderosa Federación de Educadores Bonaerenses, con sus 123 filiales
y 55.000 docentes afiliados, y curiosamente la propia UOM, que se corrió
de las luchas intestinas de la CGT.
Hasta que Néstor Kirchner consolidó su poder en 2004, la actual
CGT venía dividida desde 1994 en dos gajos: uno oficialista conducido
por el alimenticio Rodolfo Daer y otro disidente, liderado por el camionero
Hugo Moyano, denominado Movimiento de Trabajadores Argentinos.
Moyano quedó al frente de la CGT unificada desde entonces, pasando a
ser de disidente de los 90 a oficialista de turno.
El origen de la central obrera se remonta a los años 30, cuando sindicatos
socialistas, independientes y comunistas acordaron unirse, y desde el 45 en
adelante, ese gran mosaico ideológico se simplificó detrás
del liderazgo de Juan Domingo Perón, que perdura incólume aun
después de su muerte hace 33 años.
Hoy Moyano se dice tan peronista como sus adversarios, los “gordos”,
que enrolan a Armando Cavalieri (comercio), Juan José Zanola (bancos),
West Ocampo (sanidad), Oscar Lescano (Luz y Fuerza), entre los principales.
El gastronómico Luis Barrionuevo es otro que tercia en la conducción
con la misma camiseta justicialista.
Cambios cualitativos
La reestructuración socioeconómica del país, tras la recesión
de finales de la época menemista y el estallido de la crisis entre 2001
y 2002, consumó los cambios que afectaron el perfil productivo a partir
de la convertibilidad.
Los gigantescos gremios afectados a los servicios públicos, cuya patronal
venía siendo el Estado, de repente se encontraron con un Gobierno de
signo peronista, como el de Menem, al que debían allanarse políticamente,
mientras debutaban en dirimir intereses laborales con férreos ejecutivos
de las multinacionales que se adjudicaron las privatizaciones, en lugar de los
mansos funcionarios políticos que atendían sus áreas cuando
las prestadoras eran estatales.
Se licuó el poder de los dirigentes de Foetra, Luz y Fuerza, telefónicos,
así como de los estatales, y menguó la participación de
los clásicos industriales, como metalúrgicos, mecánicos,
construcción, plásticos. Creció la combatividad de los
docentes.
La mayor parte de las plantas sucumbía entonces a racionalizaciones,
suspensiones y despidos al compás del achicamiento del aparato productivo
de los 90.
La oposición sindical al Gobierno que provocaba estos cambios estructurales
en la economía estaba conformada por parte de los docentes (CTERA) y
empleados públicos (ATE), marginados de toda esa vorágine política
palaciega. Se constituyeron en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) desde
1995 y desde poco antes de la renuncia de Fernando de la Rúa ya se los
veía entreverados en movilizaciones callejeras con una naciente organización
de desocupados, los piqueteros, que se sumaron a través de la Federación
de Tierra y Vivienda.
También a estas marchas se sumaron con sus pecheras amarillas la central
clasista y combativa (CCC), cuyo brazo sindical es el Sindicato de Empleados
Municipales de Jujuy y el político, el partido Comunista Revolucionario.
Hoy los escenarios en que discurre la demanda sindical están fragmentados.
La conflictividad industrial no traspasa los tinglados. La negociación
de superestructura es política y transcurre dentro de los despachos.
La calle está ganada por los piqueteros, los gremios estatales (incluidos
docentes) y algunas expresiones minoritarias no alineadas.
Representatividad
Los datos globales de la estructura sindical nacional son:
• Entre 2 y 3 millones de trabajadores afiliados a 2.800 sindicatos registrados,
entre los cuales hay algunos de menos de 50 miembros.
• Hay 1.100 sindicatos con personería gremial.
• Los cuerpos de delegados o comisiones internas que reportan a las organizaciones
suman de 20 a 50 mil activistas.
Suele suceder, sobre todo cuando se discuten salarios, que la conducción
central de un gremio, como la UOM, acepte la pauta de ajuste del Gobierno y
logre conciliarla en los convenios con las grandes empresas siderúrgicas,
como Siderca, Siderar, Acindar y Aceros Bragado, que suman 15 mil obreros.
Pero hay más de un millar de firmas de todo tamaño adheridas a
las patronales metalúrgicas (Adimra) que emplean a 130 mil trabajadores
del sector, que no encajan en el molde negociado y surgen asperezas en las fábricas.
Se suceden las medidas de fuerza dentro de los lugares de trabajo en la zona
norte de la provincia de Buenos Aires, pero quedan circunscriptas a ese radio.
No hay espacio para huelgas salvajes. La lejanía con las federaciones
y confederaciones impide que “prendan” a un nivel más abarcativo.
El movimiento se desgasta, el Ministerio de Trabajo aplica las conciliaciones
obligatorias y finalmente se termina transando dentro de las formalidades de
la pauta oficial. Por lo menos, así ha sido hasta ahora.
Smata ha sido otro caso paradigmático de esta ambigua particularidad
de las negociaciones salariales. Firmó con la patronal dentro de la banda
fijada por el Gobierno, pero ese porcentaje no se ve en ninguna de las liquidaciones
salariales de las empresas.
Las fábricas trabajan a full pese al racionamiento eléctrico
y, puertas adentro, se entienden con las comisiones de delegados. El antecedente
lo constituyen Toyota y Peugeot, que ya tenían cerrado el acuerdo por
todo el año y evitaron presentarlo en el Ministerio de Trabajo dentro
del paquete de sus colegas de Volkswagen, Ford, Daimler, Chrysler y General
Motors.
La dispersión inspiró a José Rodríguez, secretario
general de Smata, a reabrir las conversaciones, empresa por empresa, para introducir
mejoras adicionales.
Lo curioso del caso es que para la encuesta oficial el porcentaje que regirá
será de 19%, pero para la estructura de costos de las empresas habrá
que ver cómo se traducen los rubros incorporados. Basta con observar
lo sucedido en Córdoba, donde Renault y Fiat-Iveco terminaron dando 57%
entre el aumento de este año y el anterior, más 5% ahora y otro
6% a fin de año.
Aunque ningún coletazo se escuche en la Plaza de Mayo o en el Congreso,
dentro de las plantas automotrices afiliadas a SMATA el personal venía
aplicando lo que se conoce como quita de colaboración. En Volkswagen
habían quedado en playa incompletos 400 autos. Ahora los cortes volvieron,
pero de corriente eléctrica, y dejan muchos más vehículos
inconclusos.
En contraste con lo homologado por el Ministerio de Trabajo, ningún mecánico
cobraba 15% de incremento en el básico, más 5% no remunerativo,
que figuraba en el parte de prensa oficial del año pasado. El acuerdo
real, que contemplaba 32% de aumento mientras duró el convenio, llega
a 40,3% a marzo de 2008.
El clima social que transcriben diariamente las primeras planas con paros de
telefónicos, aeronáuticos, trabajadores de la salud, ferroviarios
o docentes no se refleja en el índice de conflictividad gremial que elabora
el Centro de Estudios para la Nueva Mayoría: ha ido descendiendo este
año, de las 82 protestas en marzo, a 69 en abril, 39 en mayo y 29 en
junio. Coincide con el período de negociaciones salariales.
Pero el promedio del año pasado había sido de 62, sustancialmente
mayor que el actual. La incidencia que han tenido las medidas de fuerza de los
docentes en este comportamiento fue determinante, lo mismo que las de los gremios
estatales.
Los obreros industriales optaron por seguir de cerca el crecimiento de la producción.
En ciclos de abundancia como el actual, las automotrices aceptan camuflar en
la grilla aumentos superiores a la pauta oficial, a cambio de mejorar 20% la
productividad mientras la caldera no afloje.
La incógnita para el año próximo es si se logrará
repetir este escenario, o si los levantiscos delegados de fábrica negociarán
con mayor vigor por su lado, diga lo que diga la conducción del gremio.
M
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