
Ilustración: Agustín Gomila
Si alguien cree que Chávez puede llevar a Lula y Kirchner de las narices,
debería repasar lo ocurrido con el etanol y el biodiesel.
Brasil y Estados Unidos son los mayores productores mundiales de combustibles
de origen vegetal. Lula está interesado en una alianza de ambos países
para impulsar el consumo mundial etanol: quiere anticiparse al agotamiento de
los hidrocarburos, imponiendo una fuente renovable que complementa el uso de
otros combustibles.
El 31 de enero, el brasileño fue a Camp David y obtuvo de Bush el OK
para realizar en 2008 un Foro Internacional de Biocombustibles, con la participación
de la Unión Europea, China, India y Sudáfrica. Cinco semanas después,
Bush estaría en Brasil, ratificando su voluntad de impulsar el etanol
como combustible alternativo.
Mientras, Kirchner reglamentó la Ley de Biocombustibles: una iniciativa
de la oposición, que había sido aprobada por unanimidad en el
Congreso (2006) pero que el Ejecutivo parecía dispuesto a frenar. Se
decía que el Presidente y su ministro de Planificación –influidos
por el Gobierno de Venezuela– dudaban en poner en marcha la ley, según
la cual la nafta debe ser mezclada con etanol, y el gasoil con biodiésel,
ambos en la proporción 95 a 5.
Sin embargo, el 8 de febrero Kirchner firmó el decreto reglamentario.
De Vido dijo entonces que el biocombustible “generará un nuevo
paradigma”, abriendo “una nueva matriz energética”.
Kirchner, a su vez, señaló que esto colocaba a la Argentina “en
sintonía con los intereses del mundo globalizado”.
Fue entonces cuando Chavez decidió lanzar, en la propia Argentina, una
campaña abierta contra los biocombustibles
En línea con Fidel Castro (“convertir alimentos en combustible
es una idea siniestra, que condena al hambre a miles de millones de seres humanos”),
el venezolano aprovechó el acto en Ferrocarril Oeste para criticar ese
“nuevo paradigma” que pone a la Argentina “en sintonía
con los intereses del mundo globalizado”: “Sólo para producir
un millón de barriles de etanol en un año es necesario sembrar
20 millones de hectáreas de maíz. Si se hace una proyección
(se verá que) para sustituir el consumo de gasolina en Estados Unidos
haría falta sembrar casi medio mundo. Es un plan irracional y antiético”.
El razonamiento incluye dos falacias:
1- El hambre no se produce por escasez de producción sino por insuficiencia
de ingresos. El desarrollo de los biocombustibles puede aumentar los ingresos
de los países hoy más desfavorecidos.
2- Ni el etanol ni el biodiésel están planteados como “sustitutos”
de la nafta y el gasoil. Sirven para reducir el consumo, en proporciones que
pueden variar entre 5 y (potencialmente) 15%.
No obstante, la imagen que dibujan Castro y Chávez es políticamente
fuerte: muestran al capitalismo quitándoles el pan a los pobres para
cargar los BMW y los Mercedes de los ricos.
Con semejante retórica, el Presidente venezolano pretendía influir
en el resultado de la I Cumbre Energética Suramericana, que se realizó
este mes en Porlamar (Isla Margarita, Venezuela), esperando que de allí
surgiera un condicionamiento al desarrollo de los biocombustibles.
Fracasó. Tanto que debió declarar: “No estamos en contra
de los biocombustibles. Son una alternativa válida a considerar”.
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