viernes, 19 de junio de 2026

    Falacia en la discusión sobre biocombustibles


    Ilustración: Agustín Gomila

    Si alguien cree que Chávez puede llevar a Lula y Kirchner de las narices,
    debería repasar lo ocurrido con el etanol y el biodiesel.
    Brasil y Estados Unidos son los mayores productores mundiales de combustibles
    de origen vegetal. Lula está interesado en una alianza de ambos países
    para impulsar el consumo mundial etanol: quiere anticiparse al agotamiento de
    los hidrocarburos, imponiendo una fuente renovable que complementa el uso de
    otros combustibles.
    El 31 de enero, el brasileño fue a Camp David y obtuvo de Bush el OK
    para realizar en 2008 un Foro Internacional de Biocombustibles, con la participación
    de la Unión Europea, China, India y Sudáfrica. Cinco semanas después,
    Bush estaría en Brasil, ratificando su voluntad de impulsar el etanol
    como combustible alternativo.
    Mientras, Kirchner reglamentó la Ley de Biocombustibles: una iniciativa
    de la oposición, que había sido aprobada por unanimidad en el
    Congreso (2006) pero que el Ejecutivo parecía dispuesto a frenar. Se
    decía que el Presidente y su ministro de Planificación –influidos
    por el Gobierno de Venezuela– dudaban en poner en marcha la ley, según
    la cual la nafta debe ser mezclada con etanol, y el gasoil con biodiésel,
    ambos en la proporción 95 a 5.
    Sin embargo, el 8 de febrero Kirchner firmó el decreto reglamentario.
    De Vido dijo entonces que el biocombustible “generará un nuevo
    paradigma”, abriendo “una nueva matriz energética”.
    Kirchner, a su vez, señaló que esto colocaba a la Argentina “en
    sintonía con los intereses del mundo globalizado”.
    Fue entonces cuando Chavez decidió lanzar, en la propia Argentina, una
    campaña abierta contra los biocombustibles
    En línea con Fidel Castro (“convertir alimentos en combustible
    es una idea siniestra, que condena al hambre a miles de millones de seres humanos”),
    el venezolano aprovechó el acto en Ferrocarril Oeste para criticar ese
    “nuevo paradigma” que pone a la Argentina “en sintonía
    con los intereses del mundo globalizado”: “Sólo para producir
    un millón de barriles de etanol en un año es necesario sembrar
    20 millones de hectáreas de maíz. Si se hace una proyección
    (se verá que) para sustituir el consumo de gasolina en Estados Unidos
    haría falta sembrar casi medio mundo. Es un plan irracional y antiético”.
    El razonamiento incluye dos falacias:
    1- El hambre no se produce por escasez de producción sino por insuficiencia
    de ingresos. El desarrollo de los biocombustibles puede aumentar los ingresos
    de los países hoy más desfavorecidos.
    2- Ni el etanol ni el biodiésel están planteados como “sustitutos”
    de la nafta y el gasoil. Sirven para reducir el consumo, en proporciones que
    pueden variar entre 5 y (potencialmente) 15%.
    No obstante, la imagen que dibujan Castro y Chávez es políticamente
    fuerte: muestran al capitalismo quitándoles el pan a los pobres para
    cargar los BMW y los Mercedes de los ricos.
    Con semejante retórica, el Presidente venezolano pretendía influir
    en el resultado de la I Cumbre Energética Suramericana, que se realizó
    este mes en Porlamar (Isla Margarita, Venezuela), esperando que de allí
    surgiera un condicionamiento al desarrollo de los biocombustibles.
    Fracasó. Tanto que debió declarar: “No estamos en contra
    de los biocombustibles. Son una alternativa válida a considerar”.
    M