Por Javier Rodríguez Petersen
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Miguel Bein
Miguel Bein reconoce que entre los analistas existe cierta competencia por el lugar que ocupan en los rankings del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central. Más aún, señala que ese es justamente el incentivo que encontró la entidad para impulsar a los economistas a “hacer semanalmente el esfuerzo que significa tener que actualizar series todo el tiempo con todas las variables monetarias y de la economía”.
“Figurar entre los cinco primeros le da a la consultora mayor visibilidad. Por eso participan casi todas, salvo algunas a las que al principio les fue mal y no quisieron volver por temor al descrédito. Pero también hay equipos de universidades y bancos y hay algo de amor propio en esa quimera de tratar de anticipar la realidad”, asegura para señalar luego con cierto orgullo que él no modificó su consultora para mejorar sus pronósticos para el REM y que, incluso, en 2004 y 2005 (en los que su estudio fue el que más aciertos registró) hizo la tarea “absolutamente solo, trabajando los fines de semana”.
–Hay algunos ítems del REM en los que las proyecciones se fueron mostrando muy acertadas, como el tipo de cambio…
–Es sólo porque el indicador es estable; cuando la tasa de cambio se empiece a mover, todos vamos a errar.
–En otros, como el PBI, las predicciones fueron muy erradas, ¿por qué?
–Al proyectar el PBI del año siguiente, todos empezaban de muy abajo porque estaban convencidos de que se trataba de un veranito que terminaba y de que el país había llegado a su producto potencial. Lo mismo pasó con la cuenta corriente: el consenso suponía –no era mi caso– que a medida que la economía creciera se iba a reducir el superávit externo porque las importaciones iban a volar y las exportaciones se iban a estancar. En estas presunciones había dos grandes errores conceptuales: se subestimó la capacidad de la economía argentina de seguir creciendo y generar inversiones, y lo que podía producir el capitalismo agrícola en el país. Muchos no se dieron cuenta de que 12 años atrás la Argentina cosechaba la mitad por habitante y de que el incremento le dio una extraordinaria capacidad a cada argentino para llevar en su mochila más insumos importados, más bienes de capital y más bienes durables.
–Y eso se combinó con un período de precios altos.
–Sí, pero estoy hablando de toneladas. Entre 1980 y 1996, la agricultura argentina exportó en promedio US$ 130 por habitante, y este año va a exportar más de US$ 400 dólares. Simultáneamente en el mundo bajaron los precios de los bienes de capital. Si agregamos las exportaciones de la minería que se quintuplicaron, los lácteos, el turismo que por primera vez tiene balanza positiva en 50 años, vemos que estamos frente a una nueva estructuralidad del sector externo que no sólo tiene que ver con los precios. Esto no se vio y por eso muchos pensaron que la Argentina volvía al esquema de stop and go, pero precisamente esto es lo que se rompió.
–¿Para un período largo?
–Sí, justamente porque no es sólo un problema de precios. La Argentina está cerca de los 100 millones de toneladas de cosecha agrícola, cuando estaba en 33 ó 34 hace 15 años. La Argentina está por primera vez en condiciones de no repetir la crisis del séptimo año, como las de 1975 con el “Rodrigazo”, 1982 con la tasa Libor en 12%, la híper de 1989, el tequila de 1995 que casi hace saltar la convertibilidad y el sistema financiero y la crisis de finales de 2001. Mucha gente nos pregunta qué va a pasar en 2008, y nosotros les decimos que la nueva estructura del sector externo y la nueva situación fiscal, que no es definitiva pero sí claramente distinta a la histórica, nos permiten asegurar que no vamos a enfrentar una crisis financiera sino, probablemente, en dos o tres años un aterrizaje más suave a una tasa de crecimiento de largo plazo cercana a 4 ó 4,5%.
–Eso, ¿de qué va a depender?
–Obviamente, de la política económica, que en la Argentina es básicamente defender el superávit fiscal, hoy principal y casi única ancla antiinflacionaria. Cuando uno elige poner el tipo de cambio arriba, sabe que los precios van a ir convergiendo, por eso se trata de que el tipo de cambio vaya retrocediendo pero de a poco para converger a un cambio de equilibrio en seis o siete años. Con un sistema financiero reducido en el que los canales de transmisión de la política monetaria y de tasas de interés son bajos, lo que nos queda es el anclaje fiscal. Se necesita un superávit muy robusto.
–¿Por qué?
–Porque el modelo con el tipo de cambio muy arriba permite cobrar retenciones a las exportaciones dejándole al agro un tipo de cambio razonable, y las retenciones explican 60% del superávit. Pero esto produce una sobreabundancia de divisas, exacerbada por ingreso de capitales porque no hay ningún riesgo de crisis cambiaria, que se suma al objetivo estratégico de recuperar reservas para que el Central se vea obligado a una enorme compra de dólares. Y por cada dólar que compra, tiene que emitir tres pesos. Parte de esos pesos van a la economía y eso contribuye a la reactivación, pero es tan fuerte lo que se debería expandir que la emisión sobrepasa a la demanda de dinero por transacciones, eso obliga a esterilizar emitiendo deuda y cuesta caro. Por eso, para que este esquema sea sostenible necesitamos que el Tesoro pase a ser un comprador de dólares: los únicos pesos gratis, que no pagan tasa de interés para comprar dólares son los que provienen del superávit fiscal.
–Ese dinero, ¿se destinaría por ejemplo al fondo anticíclico?
–El fondo anticíclico se podría destinar a comprar dólares. Para tener superávit fiscal hace falta un dólar alto para cobrar retenciones, pero para tener un dólar alto hace falta tener un gran superávit que permita ayudar al Central a comprar dólares. Por eso creer que en los próximos años con sólo tener superávit no hay ningún riesgo es un error conceptual importante.
–En un año electoral, ¿cree que los candidatos coinciden en este punto?
–Creo que sí. Pienso que la Argentina generó por primera vez un consenso que es que la regla de oro es un alto superávit, y esto es así porque de alguna manera es un país que todavía mantiene conflictos con bonistas que no entraron al canje, no arregló la deuda con el Club de París y todavía no puede acceder al mercado internacional de capitales salvo para bonos con legislación local. Un país que decide autolimitar sus fuentes de financiamiento, como una empresa en convocatoria, necesita una enorme caja sin la cual no se podrían sostener ni la política económica ni la estabilidad política.
–¿Cuáles son sus proyecciones para este año?
–Estamos con una perspectiva de crecimiento de 8,3%, básicamente porque pensamos que la agricultura le va a agregar al año 0,7 ó 0,8 puntos. En particular, al final del primer semestre la economía argentina va a estar creciendo arriba de 8,5%, y el segundo trimestre va a dar arriba de 9%.
–El número de consenso de los analistas extranjeros es mucho más bajo. Ya hace años que vienen diciendo que la Argentina no puede crecer a este ritmo. ¿Por qué?
–Porque tienen una confusión extraordinaria. Creen que un país con bajo nivel de institucionalidad no puede tener seis años de crecimiento agresivo, y ese es un gravísimo error: también habrían errado con Rusia. Tienden a asociar la posibilidad de hacer negocios y ganar dinero en un país sólo a lo institucional y el funcionamiento del modelo según determinados cánones. Pero países desordenados pueden crecer mucho. Aunque el planteo institucional es importante a largo plazo, la verdad es que la correlación de corto plazo es baja. Hay preconceptos ideológicos que hacen que algunos analistas crean que los países que socialmente no hacen las cosas bien no pueden tener 7 u 8 años de crecimiento fortísimo, pero no podemos suponer que China no podría crecer porque tiene una dictadura sangrienta. Lo que creo es que hay un desconocimiento extraordinario sobre cómo funciona la realidad social. M
J.R.P.

